Flare (Wildwater Falls 5) OCHO #2
26%

OCHO #2

Sostuve la mirada de Violet, procesando la información.

Clover no se lo había contado. Su mejor amiga, la persona con la que vivía y con la que compartía casi todo, no tenía ni idea de lo que había pasado hacía seis años en aquella fiesta universitaria en Portland.

Clover había guardado el secreto, enterrándolo tan hondo como nuestro encuentro en aquella habitación.

Y si ella había decidido mantenerlo en la oscuridad, yo no iba a ser quien encendiera la luz.

—Éramos unos críos, Vi —mentí, esquivando la pregunta con un encogimiento de hombros casual—. Un portazo a los doce años duele más que un disparo. Supongo que es rencor acumulado.

Apuré el resto de mi café de un trago y dejé la taza en el fregadero. Agarré mi chaqueta del uniforme del respaldo de la silla y me la eché al hombro.

—Bueno, me voy a la base —anuncié, guiñándole un ojo hacia el taburete—. Supongo que esta noche, cuando vuelva, tendré otra oportunidad para desplegar mis encantos y conquistarla.

Violet suspiró y negó con la cabeza, apoyando la barbilla en la mano.

—Eso va a tener que esperar, Romeo —murmuró, con los ojos clavados en el fondo de su taza—. Clover tiene una cita esta noche. No pasará por casa hasta tarde.

Me quedé paralizado a un paso del recibidor.

El aire abandonó mis pulmones. La palabra “cita” resonó en mi cabeza como una campana de alarma ensordecedora.

Sentí un latigazo de calor trepándome por el cuello.

La imagen de Clover arreglándose, sonriéndole a otro hombre, sentada a un palmo de distancia de un imbécil que no era yo, se proyectó en mi mente con una claridad que me revolvió el estómago.

Alargué el brazo. Agarré el pomo metálico de la puerta de entrada y apreté los dedos alrededor del metal con tanta fuerza que los nudillos me crujieron.

No dije ni una sola palabra. Giré el pomo, salí al pasillo exterior y cerré la puerta tras de mí.

✽✽✽

El olor a jabón industrial y humedad me recibió al empujar la puerta de los vestuarios del personal de vuelo.

El turno estaba a punto de empezar. Fui directo a mi taquilla y giré la combinación del candado, con la mandíbula aún tan apretada que me dolían las sienes. La imagen mental de Clover con otro tipo me llevaba martilleando el cerebro desde que había salido del apartamento.

—Ahí lo tenemos. El nuevo héroe de Wildwater Falls.

La voz alegre y vibrante de Noah Grant cortó el silencio. Me giré justo a tiempo para atrapar al vuelo la toalla limpia que me acababa de lanzar desde el otro extremo de la sala. Noah estaba sentado en el banco de madera, atándose las botas técnicas con una sonrisa inmensa.

—Corta el rollo, Grant —repliqué, esbozando una media sonrisa, abriendo la puerta metálica de la taquilla—. No es para tanto. Solo hice mi trabajo. Me dediqué a no estorbar demasiado.

—Sí, sí es para tanto, O'Malley —me rebatió Noah. Dejó los cordones y se enderezó, clavando sus ojos en mí con una seriedad repentina que rara vez mostraba—. Te lo digo muy en serio. Lo que hiciste ayer en esa cornisa... eso marca la diferencia.

Me quedé quieto, con el arnés a medio abrochar.

—No fue solo que acataras las órdenes de Ian al milímetro —continuó Noah, bajando el tono, hablando de profesional a profesional—.

Fue la calma. Estábamos en una bomba de relojería, con una ventana de quince minutos antes de que la montaña nos sepultara a todos, y tú no dudaste.

Mantuviste el pulso frío. Ese hielo en las venas es lo que te mantiene vivo durante un rescate de alto riesgo.

Y es lo que hace que la gente vuelva a casa con sus familias en lugar de en una bolsa para cadáveres.

Me tragué el nudo áspero que se me formó en la garganta. Escuchar esas palabras del técnico sanitario del Alfa Uno, un hombre que había visto la muerte de cerca cientos de veces, me llenó de orgullo.

—Gracias, Noah —murmuré, con una sinceridad absoluta.

Asintió y se puso en pie, subiéndose el mono rojo de vuelo.

—Por cierto —dejó caer, ladeando la cabeza—, te quedan exactamente dos meses y medio de prácticas en la academia. Nunca has mencionado qué vas a hacer cuando te den el título oficial. ¿Cuál es el plan maestro?

La pregunta me cayó encima como una losa de plomo.

Me dejé caer pesadamente en el banco de madera. Apoyé los antebrazos en las rodillas, entrelazando las manos y mirando las baldosas grises del suelo. Mi plan maestro. Hacía veinticuatro horas lo tenía clarísimo, pero ahora, cada puta pieza del tablero estaba saltando por los aires.

—Mi intención al entrar en la academia era solicitar una plaza fija —confesé, arrastrando las palabras—. Aquí, en esta base, o en algún equipo de montaña de los condados cercanos.

Noah se apoyó contra los casilleros, cruzándose de brazos, esperando a que continuara.

—Pero no sé qué cojones hacer, Noah —admití, pasándome una mano por el pelo—. Tengo una oferta formal sobre la mesa. Mi antiguo capitán de bomberos en Portland me ha garantizado un puesto fijo en la estación central en cuanto me gradúe. Es un trabajo seguro. Una vida estable.

Noah se acercó en silencio. Levantó una mano y me dio una palmada firme y comprensiva en el hombro.

—Oye, no tienes que firmar ningún papel hoy mismo —me aseguró, con ese tono empático suyo que lograba calmar cualquier incendio—. Sé que en una estación de la ciudad te iría genial. Apagarías fuegos, sacarías a gente de los coches y serías un bombero excelente. Pero piénsalo bien, Patrick.

Levanté la vista hacia él.

—Tú estás hecho para esto —sentenció Noah, señalando hacia el techo, en dirección al hangar—. Para el riesgo vertical. Si te encierras en una ciudad, serás uno más. Pero ahí arriba, colgando de un helicóptero en medio de una tormenta, es donde realmente puedes marcar la diferencia.

Las palabras de Noah me expandieron el pecho. El orgullo me llenó los pulmones de nuevo. Él tenía razón. Mi instinto, mi cuerpo y mi vocación me gritaban que mi sitio estaba aquí, volando entre los picos de las Rocosas.

Pero entonces, el sabor amargo volvió a inundarme la base de la lengua.

De qué servía estar en el lugar correcto profesionalmente, si la única persona con la que quería compartirlo no soportaba ni siquiera respirar el mismo aire que yo. Clover no quería tenerme cerca. Me había dejado claro que mi presencia en Wildwater Falls era no deseada.

Apreté las manos hasta clavarme las uñas en las palmas. Esa misma noche, mientras yo estuviera en casa pensando en ella, ella iba a estar cenando, riendo y quién sabe qué más con un gilipollas cualquiera.

Me puse de pie de un salto, cerré la taquilla de un portazo que resonó en todo el vestuario y ajusté el arnés de otra vez.

La adrenalina del trabajo me llamaba, pero por primera vez en años, las ganas de huir, largarme a Portland y no volver a pisar este pueblo eran tan fuertes que casi me ahogaban.