OCHO
Patrick
M e quedé clavado en el umbral de la cocina, con una mano apoyada en el marco de madera.
La luz blanca de los tubos fluorescentes rebotó en la encimera de granito, pero yo solo la vi a ella. Clover estaba de pie junto a los armarios, paralizada. Tenía los ojos inmensos, esos malditos pozos turquesas que siempre me habían vuelto loco, clavados en mi pecho desnudo.
El silencio en el apartamento se volvió tan denso que casi podía masticarse.
La vi tragar saliva. Vi cómo su mirada descendía, lenta y hambrienta, trazando la línea de mis abdominales hasta el borde bajo de mis pantalones de franela.
Su escrutinio fue como un chispazo eléctrico.
La sangre abandonó mi cerebro y se precipitó hacia el sur con una violencia que me hizo apretar los dientes.
No necesitaba que me tocara. Su sola presencia y esa forma salvaje de mirarme, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre mí y devorarme vivo, bastaban para encenderme como una bengala.
El instinto me gritó que acortara la distancia. Que cerrara los dos metros que nos separaban y la acorralara contra la encimera.
«Tu actuación estuvo bien. Pero no me hagas la pelota.»
Su intervención en el chat familiar, el desdén que me había lanzado un rato antes en el salón y la muralla de hielo que levantaba cada vez que intentaba acercarme me estaban agotando emocionalmente. Necesitaba llegar a una tregua con ella. Rebajar el nivel de hostilidad de alguna forma racional.
Apreté la mandíbula, obligando a mis músculos a destensarse, y me pasé una mano por el pelo mojado para romper el hechizo.
—Solo venía a buscar algo de comer antes de irme a dormir —dije. Mi voz sonó más ronca de lo normal, delatando el esfuerzo por mantener la compostura—. Llevo desde el almuerzo sin probar bocado.
Clover parpadeó rápido, como si saliera de un trance, y el rubor le subió por el cuello hasta incendiarle las mejillas. Apartó la mirada hacia los recipientes apilados sobre el granito.
—Todo tuyo —murmuró, pasándose los brazos por el pecho en un gesto instintivo de protección—. Te he guardado el pollo al limón.
Mi favorito. Lo había recordado. Eso me calentó por dentro y di un paso hacia la isla de la cocina.
—Recuerdas mi plato favorito —dije en voz baja, clavando mis ojos en su perfil.
Clover apretó los labios. El peso de esos trece años de separación, y de todo lo que aún sabíamos el uno del otro, cayó sobre sus hombros. Asintió de forma rígida, esquivando mi mirada.
—Recuerdo muchas cosas. Buenas noches, Patrick —soltó, y se dio media vuelta para escapar por el pasillo.
—Espera.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera frenarla. Clover se detuvo en seco, con la espalda rígida, pero no se giró.
Di otro paso hacia ella, deteniéndome a un palmo de su espalda.
—Esto se está volviendo insoportable, Clover —murmuré, dejando salir una fracción del cansancio que me pesaba en los huesos—. La tensión entre nosotros es asfixiante.
Ella se giró de golpe. Tenía los ojos muy abiertos y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.
—Pues vas a tener que aguantarte —disparó, atropellando las palabras y alzando la barbilla—. Porque yo no te deseo, O'Malley. Ni un poco. Puedo contenerme perfectamente, así que deja de hacerte ilusiones. No va a pasar nada entre nosotros.
Fruncí el ceño. Mi cerebro tardó un segundo en procesar sus palabras.
Había estado hablando de las pullas constantes. De la hostilidad. De los piques absurdos delante de nuestros padres y hermanos.
Pero ella había pensado en otra cosa.
El cansancio se evaporó de mis venas. Una sonrisa lenta y arrogante se abrió paso en mis labios. Me crucé de brazos, dejando que el peso de mi cuerpo descansara sobre una pierna, y la miré desde arriba con pura diversión canalla brillando en los ojos.
La acababa de cazar en su propia trampa. Estaba tan jodidamente afectada por la química entre nosotros como lo estaba yo.
Clover vio mi reacción y la vergüenza le tiñó la cara de un rojo furioso.
—Borra esa maldita sonrisa de idiota de tu cara, Patrick —siseó, apretando los puños.
—No puedo —ronroneé, dando medio paso hacia ella hasta acorralarla ligeramente con mi envergadura—. Y, siendo sincero, tampoco quiero.
Clover abrió la boca, buscando aire y un insulto, pero me adelanté antes de que pudiera contraatacar.
—Pero para que conste, muñeca —aclaré, bajando el tono de voz—, me refería a la enemistad que te empeñas en mantener. A los cuchillos que me lanzas cada vez que abro la boca. Voy a estar aquí por poco tiempo. Son tres meses. Deberíamos intentar, al menos, ser amigos.
Se quedó muda. Su postura seguía a la defensiva, como un gato acorralado.
—Un pacto de amistad y no agresión —le propuse, sosteniéndole la mirada con seriedad, aunque la sonrisa seguía jugando en la comisura de mi boca.
—No. —La negativa fue rotunda.
—¿Por qué? —Suspiré, sintiendo la frustración burbujear bajo la piel—. Piénsalo, Clover. Aunque sea por el bienestar de la familia. Nos tienen que ver juntos los fines de semana, estamos en la misma base...
—Precisamente por el bienestar de la familia, de nuestros padres, de tu hermana y el mío propio, lo mejor es que nos mantengamos todo lo alejados el uno del otro que permitan los metros cuadrados de este apartamento —sentenció, con una frialdad que logró traspasar la coraza de mi pecho.
Inspiré hondo, llenando mis pulmones de aire, y sacudí la cabeza. La cabezonería de esta mujer era un muro de hormigón armado imposible de derribar.
—Buenas noches, O'Malley —repitió.
Esta vez no intenté detenerla. La vi alejarse por el pasillo, con el paso rápido y firme, hasta que la puerta de su habitación se cerró de golpe, dejándome a solas con una erección latente y un táper de pollo al limón frío.
✽✽✽
El aroma a café recién hecho llenaba la cocina.
El sol apenas empezaba a despuntar sobre los tejados de Wildwater Falls, pero yo llevaba despierto una hora, enfundado en la parte inferior del mono táctico y con una energía inusual recorriéndome el cuerpo a pesar del desgaste del rescate en la nieve del día anterior.
Estaba dándole el primer sorbo a mi taza cuando el sonido de unos pies arrastrándose por el parqué anunció la llegada de Violet.
Apareció bajo el umbral de la puerta con una camiseta gigante de un grupo de rock, los pantalones del pijama arrugados y el pelo oscuro alborotado en todas direcciones.
Tenía los ojos entrecerrados y una expresión que amenazaba con muerte y destrucción a cualquiera que se atreviera a dirigirle la palabra.
Hasta que no se metía dos dosis de cafeína oscura en vena, la mejor amiga de Clover era un terreno minado.
—Alguien se ha levantado con el espíritu de una asesina en serie —comenté, apoyando la cadera contra la isla de la cocina, dejándole espacio.
Violet soltó un gruñido inarticulado que sonó desde el fondo de su garganta.
—Déjate de chorradas, O'Malley, y ponme un café —masculló, dejándose caer en uno de los taburetes altos, apoyando la frente contra la superficie fría de granito.
Sonreí, sacudí la cabeza y agarré una taza limpia para llenársela de café negro hasta el borde. Se la deslicé por la encimera. Violet levantó la cabeza lo justo para agarrar el asa como si fuera un salvavidas. Le dio un sorbo largo y me fulminó con una mirada oscura.
—¿Cómo es físicamente posible que, a las siete de la mañana y después de sacarte el hielo hasta de las pestañas ayer, estés irradiando esta energía? —espetó, frunciendo el ceño—. Pareces dispuesto a cagar arcoíris y unicornios, y me está dando náuseas.
Solté una carcajada baja, dándole un trago a mi propia taza.
—Es genética, Vi. Encanto natural y la satisfacción del trabajo bien hecho. Deberías probarlo algún día en ese dojo tuyo.
Violet me dedicó un gesto obsceno con el dedo medio, pero la comisura de sus labios tembló, traicionando el amago de sonrisa.
—Por cierto —pregunté, bajando el tono y adoptando un aire casual, trazando el borde de mi taza con el pulgar—, ¿la otra gruñona oficial del piso sigue hibernando o ya se ha atrincherado en el baño?
Violet parpadeó, girando la cabeza para mirar los números rojos del reloj del microondas.
—A estas horas, Clover ya se habrá marchado —informó, dándole otro sorbo a su café—. Probablemente ya esté calibrando los radares en la sala de control.
El rastro de buen humor se me borró de la cara. Miré el pasillo vacío.
—Parece que se está tomando muy en serio eso de evitarme a toda costa —murmuré, tensando la mandíbula al recordar cómo había huido la noche anterior a pesar de la chispa evidente que casi incendia la cocina.
Violet me observó en silencio durante unos segundos. La coraza de chica dura se ablandó lo justo para dejar paso a la comprensión de una amiga leal.
—Clover es tenaz, Patrick —dijo Violet, con la voz un poco más suave—. Y esa tenacidad la convierte en la persona más cabezota que vas a conocer en tu vida. Cuando se atrinchera en una idea, es imposible sacarla de ahí. No va a ser nada fácil hacerle cambiar de opinión sobre ti.
Tragué saliva. La idea de que el muro de hielo de Clover fuera permanente, de que nunca me diera la oportunidad de redimirme por los errores del pasado, se me clavó en el pecho con la fuerza de un ancla.
Violet ladeó la cabeza, escrutándome con esa agudeza que la hacía tan peligrosa.
—¿Pasó algo más? —preguntó de repente, entrecerrando los ojos—.
Aparte de la mierda del accidente, de la huida de tus padres y de esa despedida dramática en el porche hace trece años.
¿Hay algo más entre vosotros que yo no sepa?
Porque ese nivel de hostilidad necesita mucho combustible para aguantar tanto tiempo.
Me quedé quieto. La pregunta me golpeó de lleno.