Flare (Wildwater Falls 5) SIETE #2
23%

SIETE #2

—Hola, muñeca —murmuró, inclinándose un poco para que su voz rasposa se colara por encima del estruendo de la música.

El pánico y la indignación estallaron en mi pecho a partes iguales.

El fantasma del niño que me cerró la puerta en las narices se superpuso al hombre que tenía delante.

Me di media vuelta, dispuesta a salir huyendo de allí antes de que volviera a hacerme daño, pero los dedos de Patrick se cerraron alrededor de mi brazo desnudo.

No me hizo daño, pero su agarre fue lo bastante firme para detenerme en seco. Su pulgar acarició la cara interna de mi codo, enviando una descarga eléctrica por toda mi piel.

—Suéltame, O'Malley —le advertí, girando el rostro para fulminarlo con la mirada —. Prefiero irme antes de que busques otra excusa para decirme lo horribles que somos los Donovan y vuelvas a cerrarme una puerta en la cara.

Esperaba sarcasmo o una burla arrogante. Pero la sonrisa canalla de Patrick se desvaneció, dando paso a una expresión que casi parecía... triste.

—Fui un imbécil —admitió, dando un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su calor me envolvió—. Tenía trece años, estaba asustado y lo pagué con la única persona que no se lo merecía. Dame cinco minutos, Clover. Dame la oportunidad de pedirte perdón.

Su mirada bajó hacia mis labios un microsegundo antes de volver a mis ojos.

—Déjame compensártelo, muñeca.

Dudé. Mi cerebro me gritaba que corriera hacia la puerta de salida, pero el Patrick de diecinueve años que me miraba desde arriba era demasiado tentador.

Demasiado guapo. Y, por debajo de la corpulencia y la barba, seguía siendo el chico que me conocía mejor que nadie en el mundo.

El tirón gravitatorio entre los dos era el mismo de siempre, innegable y salvaje.

Patrick soltó mi brazo y extendió su mano hacia mí, con la palma abierta.

Acepté.

Enrosqué mis dedos en los suyos. Él entrelazó nuestras manos con firmeza, tiró suavemente de mí y, abriéndose paso con su envergadura entre la multitud de universitarios sudorosos, me guio hacia las escaleras de la izquierda.

Subimos los peldaños, dejando atrás el ruido de la fiesta, adentrándonos en el pasillo oscuro del piso superior, sorteando a las parejas que se besaban contra la pared, hasta que Patrick abrió la puerta de una de las habitaciones vacías y me arrastró con él hacia el interior.

El crujido de una puerta me devolvió al presente con la violencia de un latigazo.

Parpadeé, respirando entrecortadamente. La humedad del cuarto de baño había llegado hasta el pasillo. Escuché el clic de la habitación de Patrick cerrándose.

Tragué saliva, intentando deshacer el nudo que me ahogaba y bajar las pulsaciones de mi corazón.

Alcé la vista. Violet había dejado de hablar de su abuela. Estaba sentada en silencio, escrutándome con esos ojos oscuros y analíticos que no se perdían absolutamente nada.

—Tierra llamando a Clover —dijo Violet, ladeando la cabeza—. ¿A dónde demonios te has ido?

Solté el aire que retenía en los pulmones, aparté la caja de comida china y me abracé las rodillas sobre el sofá.

—A ninguna parte —murmuré, clavando la mirada en la televisión apagada—. Solo estaba recordando por qué no es nada sensato volver a confiar en Patrick O'Malley.

✽✽✽

Violet soltó un bostezo que le hizo lagrimear los ojos, recogiendo un par de envases vacíos de la mesa baja.

—Estoy muerta —anunció, con su habitual falta de inflexión—. Si hay un incendio, sálvate tú. Si entran a robar, diles que mi cartera está en el recibidor pero que me dejen dormir. Buenas noches, Clover.

—Que descanses, Vi. Yo guardo las sobras.

Violet arrastró los pies hacia su habitación y yo me quedé sola en la cocina. El zumbido de la nevera era el único sonido en el apartamento hasta que la pantalla de mi móvil, apoyado sobre la encimera de granito, se iluminó con una vibración continua.

Lo agarré. Era el grupo de WhatsApp Donovan-O’Malley . Lo había creado Hannah y raramente lo usábamos a menos que hubiera algún evento familiar o una urgencia. Me sorprendió la velocidad a la que empezaron a llegar los mensajes.

Cormac: El esquiador de la parada ha salido de quirófano. Lo hemos estabilizado en la UCI. No habrá secuelas neurológicas graves. Trabajo impecable en el hielo, Patrick.

Hannah: ¡Ese es mi hermanito! ❤️ Sabía que ibas a arrasar.

Caleb: Bien hecho hoy, novato. Nos has ahorrado un desastre.

Ben O’Malley: Estamos muy orgullosos de ti, hijo.

Mary O’Malley: Mi niño. Cuídate mucho ahí arriba.

Papá: Gran trabajo, chico. Esa es la actitud.

Deslicé el dedo por la pantalla. No había ni un solo mensaje de mi madre. Tampoco me sorprendía.

Segundos después, aparecieron los tres puntos suspensivos de Patrick escribiendo. Lo imaginé sentado en la cama, con el pelo húmedo de su ducha y con su eterna sonrisa de sobrado estampada en su cara.

Imbécil O’Malley: Gracias a todos. Pero fue un trabajo de equipo puro y duro. Yo me limité a seguir las órdenes de Ian y Cormac sobre el terreno. Y, para ser justos, la coordinación desde la base nos salvó el culo a todos. Buen trabajo hoy, jefa.

Solté un resoplido que rebotó en los armarios de la cocina. Sentí un pellizco de calor en el pecho, pero me obligué a aplastarlo de inmediato. Tecleé con los pulgares a toda velocidad.

Clover: Tu actuación estuvo bien. Pero no me hagas la pelota, O'Malley.

La respuesta en el chat fue casi instantánea.

Caleb: No seas tan dura con el chaval, fiera. Admite que ha hecho un trabajo excelente.

Cormac: Caleb tiene razón, Clover. Su RCP en la nieve fue de manual.

Patrick: Gracias, jefes.

Caleb: Está más que claro que tienes madera de bombero de rescate.

Bloqueé la pantalla con un clic seco y tiré el teléfono sobre la encimera. Suspiré, frustrada porque, en el fondo, sabía que mis hermanos tenían razón. Había sido un rescate impecable.

Agarré la última caja de cartón de tallarines, dispuesta a meterla en un recipiente hermético, cuando el sonido inconfundible del pomo de una puerta girando resonó en el extremo del pasillo.

Me tensé. Unos pasos lentos y descalzos avanzaron por la madera.

Me giré hacia la puerta de la cocina justo cuando Patrick apareció bajo el marco, envuelto en olor a gel de ducha.

Llevaba el pelo oscuro mojado, alborotado sobre la frente.

Pero lo que me dejó absolutamente sin aire, secándome la boca, fue que solo llevaba puesto un pantalón de pijama de franela de cuadros azules, colgado peligrosamente bajo en las caderas.

Tenía el torso completamente desnudo.

Mis ojos bajaron por puro instinto animal. No pude evitarlo. Me lo comí con la mirada. Desde la anchura espectacular de sus hombros y la definición dura de sus pectorales, bajando por la línea oscura de vello que desaparecía bajo la cinturilla del pijama.

La atracción me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías. Una oleada de calor denso se me acumuló en el bajo vientre. Odiaba la reacción de mi estúpido cuerpo.

El fantasma de sus labios chocando con los míos en la boda de Hannah y Caleb estalló en mi cabeza.

La imagen de sus ojos oscuros, dilatados y hambrientos devorándome en el cuarto de baño mientras la toalla caía a mis pies se superpuso a la realidad.

El deseo que sentía por él era una fuerza gravitatoria imposible de negar.

Estaba en el aire, en el espacio de dos metros que nos separaba, vibrando como un cable a punto de partirse.

Todo era un desastre. Un maldito desastre de proporciones épicas.

Porque por muy espectacular que fuera su cuerpo, por mucha química salvaje que nos atrajera hasta hacernos perder la cabeza, debajo de todo eso seguía estando el chico que me había dado la espalda cuando mi mundo se derrumbaba.

El hombre que, años después en Portland, me había demostrado lo fácil que le resultaba volver a soltarme la mano.

No importaba cuánto lo deseara. Me había roto el corazón demasiadas veces, y yo no iba a sobrevivir a una más.