Flare (Wildwater Falls 5) SIETE
22%

SIETE

Clover

E l olor a salsa de soja y cerdo agridulce impregnaba el salón.

Era lunes por la noche y, como marcaba nuestra tradición sagrada, la mesa baja de centro estaba sepultada bajo una montaña de cajas de cartón blanco de Golden Dragon.

A Violet y a mí nos encantaba pedir comida china para cinco personas siendo solo dos, garantizando así el desayuno del día siguiente a base de tallarines fríos.

Yo estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, intentando pescar un trozo de pollo con los palillos.

—Lo juro, Clover —decía Violet desde el otro lado de la mesa, con su habitual tono monocorde y seco—.

El niño tiene cinco años. Cinco. Se plantó en medio del tatami , me miró muy serio, se subió el cinturón blanco hasta las axilas y me dijo que no pensaba hacer la grulla porque s u mamá le había dicho que cualquier tipo de explotación animal estaba mal.

Solté una carcajada tan fuerte que casi me atraganto con los fideos.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté, limpiándome la comisura de los labios con una servilleta de papel.

—Que la grulla no iba a sufrir ningún tipo de daño físico o psicológico —respondió Violet, llevándose un rollo de primavera a la boca con una expresión de absoluta indiferencia—.

Y que si i no se ponía a hacer los ejercicios lo mandaría hacer cincuenta flexiones.

Oye, mano de santo. Jamás había visto a un niño de cinco años ponerse posición tan rápido.

Me eché a reír de nuevo. Esa era la dinámica entre nosotras.

Violet era impasible por fuera, introvertida y sarcástica, mientras que yo era puro nervio y ruido.

Pero nos entendíamos sin necesidad de manuales.

Confiaba en ella más que en casi cualquier otra persona en Wildwater Falls; era mi roca desde que habíamos empezado a compartir apartamento cuando regresé de improviso de la universidad a los diecinueve años.

El año y medio que pasé en la Universidad de Portland me demostró que la ciudad no era para mí.

El recuerdo del final de ese año y medio intentó colarse en mi mente, pero lo bloqueé de un portazo feroz. No podía permitirme pensar en eso ahora.

El sonido de la llave girando en la cerradura principal cortó mi risa de golpe.

Los músculos de mi espalda se tensaron. La puerta se abrió y el eco de unas botas pesadas contra el parqué anunció su llegada.

Segundos después, la enorme figura de Patrick apareció en el umbral del salón.

Venía directo de la base. Llevaba el uniforme a medio abrochar, la camiseta térmica negra pegada al pecho y el pelo castaño revuelto, aplastado en algunas zonas por el casco.

—Buenas noches, chicas —saludó, con la voz rasposa por el cansancio.

Avanzó un par de pasos y se detuvo justo detrás de mi lado del sofá, apoyando las manos grandes y desgastadas en el respaldo. El aire a su alrededor cambió de inmediato. El olor a ozono, a combustible de aviación, a frío de montaña y a él me golpeó de lleno.

Apreté los palillos con fuerza. No me giré. Si levantaba la vista y me cruzaba con sus ojos, si veía un solo atisbo de la forma en que me había devorado con la mirada en el cuarto de baño, estaba segura de que el corazón se me saldría por la boca.

—Buen trabajo hoy en la cara norte, O'Malley —soltó Violet, señalándolo con el extremo de su palillo—. Noah me ha contado la intervención de hoy. Extraer a tres sepultados antes del segundo alud es una locura.

Sentí el calor del cuerpo de Patrick irradiando a escasos centímetros de mi nuca.

—Teníamos buenas indicaciones desde el control —respondió él con naturalidad, sin rastro de arrogancia—. Y el equipo Alfa es una máquina perfecta. Yo solo me dediqué a seguir a Ian y a no estorbar.

Un resoplido burlón y afilado escapó de mi garganta antes de que pudiera frenarlo.

Patrick guardó silencio un segundo. Sentí cómo desplazaba el peso de su cuerpo sobre el sofá.

—¿Tienes algo que añadir, muñeca? —me preguntó. Su voz vibró baja, justo por encima de mi cabeza, cargada de esa chulería segura que le salía sin esfuerzo.

Clavé la vista en mis tallarines. Sabía que estaba siendo injusta.

Lo había escuchado por la emisora de la base; sabía que se había jugado el cuello en esa cornisa inestable, que había trabajado como un puto profesional.

Como si llevara toda la vida haciendo esto.

Pero tenerlo tan cerca, me ponía de los nervios.

—Nada —respondí, con un tono impregnado de cinismo—. Solo me sorprende que, conociéndote, no te estés colgando tú solo la medalla de héroe local.

El ambiente en el salón se congeló de inmediato. Violet detuvo su palillo a medio camino de la boca.

Sabía que había sido un golpe bajo.

Patrick no se alteró. No elevó la voz ni intentó justificarse. Simplemente, soltó una exhalación corta por la nariz.

—Puedes pensar de mí lo que te dé la puta gana —replicó. Su tono indiferente me dolió el doble.

Se separó del respaldo del sofá, rompiendo la burbuja de calor que me envolvía.

—¿Quieres cenar? —intervino Violet, rompiendo el hielo e intentando rebajar la tensión—. Hemos pedido el doble, como siempre. Hay cerdo agridulce de sobra.

Alcé la vista de golpe, fulminando a Violet con una mirada de advertencia.

«No lo invites a quedarse.»

Patrick captó el intercambio silencioso al instante. Vi por el rabillo del ojo cómo esbozaba una sonrisa torcida, cruzándose de brazos mientras me miraba fijamente.

—Te lo agradezco, Vi, pero no —declinó él, sin apartar los ojos de mi nuca—. Prefiero no estropearos la velada. Además, necesito una ducha urgente para quitarme la mugre de encima. Si me guardas algo en una fiambrera para más tarde, te deberé la vida.

—Hecho —asintió Violet.

Los pasos pesados de Patrick se alejaron por el pasillo. Segundos después, la puerta de su habitación se cerró y el sonido del agua a presión empezó a resonar a través de las paredes del apartamento.

Solté los palillos sobre la caja de cartón. El apetito se me había cerrado de golpe.

Alcé la vista. Violet me estaba mirando fijamente. Sus ojos oscuros y analíticos escudriñaban cada una de mis facciones con esa intensidad silenciosa que empleaba para leer a sus alumnos en el dojo.

—¿Qué? —espeté, cruzándome de brazos a la defensiva.

Violet masticó con calma, tragó y se limpió las manos.

—Deberías darle una oportunidad, Clover.

—No sé de qué me hablas.

—Sí, lo sabes —rebatió Violet, implacable—.

Al menos como amigo. Te he visto coordinar emergencias con quinientas vidas en juego sin que te tiemble el pulso.

Pero él entra por la puerta, respira, y te conviertes en un erizo.

No lo entiendo. No entiendo este odio visceral que le tienes.

Hace trece años que se fue, erais unos críos.

¿Qué te ha hecho que sea tan imperdonable?

Apreté los labios, formando una línea fina.

La imagen de Portland, de mi propio desastre y del pánico absoluto que me había destrozado hace seis años, se proyectó en mi mente. Pero no iba a verbalizarlo. No iba a abrir esa caja de Pandora.

—No voy a hablar de él, Violet —sentencié, agarrando la caja de fideos con tanta fuerza que el cartón se abolló—. Y no hay nada que darle. Ni oportunidades, ni amistad. Solo quiero que terminen sus prácticas y se largue. Fin de la historia.

Mientras Violet dejaba el tema de Patrick a un lado y empezaba a relatar, con su habitual tono inexpresivo, cómo su abuela Gladys había amenazado al cartero con una manguera por pisarle las petunias, el sonido del agua cayendo en el cuarto de baño se convirtió en un zumbido de fondo.

Mi mente se desconectó del salón. Las paredes del apartamento se desvanecieron y el olor a comida china fue barrido por el hedor a cerveza rancia, sudor y perfume barato.

Seis años antes

El bajo de la música electrónica hacía vibrar el suelo de madera pegajosa bajo mis botas.

Yo tenía diecinueve años y estaba en aquella casa de fraternidad arrastrada por mi compañera de habitación, que había insistido durante días en que necesitaba salir y que yo debía acompañarla.

Odiaba ese tipo de fiestas. El salón principal estaba atestado de universitarios borrachos saltando en una pista de baile improvisada, y las escaleras de la izquierda, sumidas en la penumbra, estaban flanqueadas por parejas que buscaban rincones oscuros para meterse mano.

Me abracé a mí misma, esquivando a un tipo disfrazado de algo inidentificable. No entendía a esta gente, ni siquiera era Halloween como para ir disfrazado de rata gigante, ¿o era una ardilla?

Todo el mundo estaba ya borracho o en camino de estarlo. Pero yo no pensaba beber; al día siguiente tenía clase de Relaciones Públicas a las ocho de la mañana y me negaba a enfrentarme al profesor con resaca.

Me di la vuelta con la intención de abrirme paso hacia la cocina a por un simple vaso de agua o un refresco, cuando choqué de bruces contra un muro.

No era una pared. Era un pecho sólido, duro y ancho. Unas manos grandes y firmes me agarraron por la cintura para evitar que me cayera hacia atrás, y un olor que no tenía nada que ver con el ambiente cargado de la fiesta me envolvió. Olía a limpio, a frío y a un rastro de colonia sutil y masculina.

Levanté la vista, dispuesta a disculparme, y el aire se me atascó en la garganta.

Me quedé completamente paralizada. Pensé que la luz estroboscópica me estaba jugando una mala pasada, que era una alucinación absurda.

El chico que me sostenía era enorme. Estaba muy en forma, con los hombros anchos embutidos una camiseta oscura.

Tenía el pelo castaño algo revuelto en la parte superior y una sombra de barba de un par de días que le daba un aire canalla, peligroso.

Pero, a pesar de lo mucho que había cambiado esos ojos castaños eran inconfundibles.

Patrick O'Malley.

No había sabido nada de él en siete años. Y allí estaba, mirándome fijamente en medio de una fiesta en Portland. Su aparente sorpresa duró apenas un latido antes de que una sonrisa lenta, provocativa y sobrada le curvara la boca.