SEIS #2
Volví a hundir mi pala en el hielo. Mis pulmones ardían por el esfuerzo en la altitud, pero no reduje el ritmo. Sabía exactamente lo que se esperaba de mí. Éramos un engranaje. Mi pala chocó con algo que no era roca ni hielo. Tela sintética.
Solté la herramienta y me tiré de rodillas sobre la nieve, cavando con las manos enguantadas. Aparté los últimos bloques compactos hasta descubrir un rostro amoratado y un casco abollado.
—¡Tengo al tercero! —grité, acercando el oído a su boca mientras mis dedos buscaban el pulso en su arteria carótida. Nada. Cero movimiento torácico—. ¡Está en parada! ¡No respira!
Cormac, que estaba asegurando el collarín cervical del primer herido junto a las motos de nieve, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se clavaron en mi posición con una ferocidad clínica. No abandonó a su paciente, pero su voz resonó como un látigo sobre la ladera.
—¡O'Malley, comprueba la vía aérea! ¡Asegúrate de que no hay tapón de nieve!
Le arranqué las gafas protectoras al esquiador y le abrí la mandíbula con cuidado de no desplazarle las cervicales. Barrí el interior de su boca con el dedo índice.
—¡Vía despejada! —grité de vuelta—. ¡No hay nieve en la faringe!
—¡Entonces inicia reanimación ahora mismo! —ordenó Cormac—. ¡Fuerte y continuo! ¡El frío protege el cerebro, tenemos margen!
Entrelacé las manos en el centro de su esternón, bloqueé los codos y dejé caer todo el peso de la parte superior de mi cuerpo.
«Uno, dos, tres, cuatro...»
El crujido del cartílago bajo mis palmas me indicó que estaba alcanzando la profundidad adecuada. Me aislé del viento, del ruido y de mis propios músculos ardiendo. Solo existía el ritmo de las compresiones.
Ian apareció en mi campo de visión, coordinando a los de tierra.
—¡Los dos primeros están asegurados en los trineos! ¡Empiezan el descenso!
Una sombra bloqueó el poco sol que se filtraba por las nubes. Noah se arrodilló al otro lado del paciente en parada, abriendo su botiquín táctico para sacar el balón resucitador y conectar el oxígeno.
—¡Sigue así, Patrick, no pares! —me animó Noah, colocando la mascarilla sobre el rostro del chico y sincronizando sus ventilaciones con mis compresiones.
El canal interno del equipo zumbó.
— Alfa Uno en posición para extracción —avisó Caleb, acercando el helicóptero hacia la cornisa, levantando un torbellino de nieve que nos obligó a entrecerrar los ojos—. ¡El tiempo se acaba, equipo!
Noah apartó la mascarilla un segundo y comprobó el monitor portátil que acababa de conectarle al pecho.
—¡Alto! —me ordenó Noah.
Levanté las manos un milímetro, con los pulmones jadeando. Noah miró la pantalla.
—¡Tenemos pulso! ¡Es un ritmo sinusal débil, pero bombea por sí solo!
Cormac, que ya se había levantado de la trinchera inferior, cerró su mochila médica y se acercó a nosotros con paso pesado. Evaluó la pantalla del monitor durante un segundo antes de mirarnos a Ian, a Noah y a mí.
—Lo habéis estabilizado. Buen trabajo —sentenció, colgándose la mochila al hombro—. ¡Yo bajo con el equipo de tierra para coordinar el traslado de los otros dos y asegurar el soporte vital durante el descenso! ¡Llevaos a este en el Alfa Uno y volad directo al hospital!
—¡Recibido! —confirmó Ian, sacando la camilla rígida—. ¡O'Malley, a las piernas! ¡Grant, cabeza! ¡A la de tres!
Sincronizamos nuestros movimientos con una precisión ensayada mil veces en la academia. Levantamos al esquiador en bloque, lo aseguramos en la camilla nido y corrimos encorvados bajo las aspas del Alfa Uno, luchando contra la gravedad y la montaña.
El helicóptero se mantenía en un vuelo estacionario a escasos metros de nuestras cabezas, luchando como una bestia salvaje contra las ráfagas que amenazaban con estamparlo contra la pared de granito.
— Alfa Uno, el tiempo se ha agotado. —La voz de Clover vibró en mi auricular interno, afilada y urgente —. Las corrientes térmicas han colapsado la cornisa. El segundo alud es inminente. Salid de ahí. Ahora.
— ¡No puedo mantener el pájaro estable mucho más, Ian!
—rugió Caleb por el canal de radio, forzando los mandos mientras el viento azotaba el fuselaje—.
¡ El rotor está levantando un infierno de nieve polvo!
¡Si pierdo la visibilidad y entramos en un whiteout, nos vamos todos al fondo del barranco! ¡Cargad ya!
El caos blanco a nuestro alrededor era cegador, pero Ian Collins era un bloque de hielo.
—¡Grant, arriba con el herido! —ordenó el jefe de rescate, enganchando el mosquetón principal a los arneses de la camilla nido—. ¡O'Malley, tú y yo nos enganchamos los últimos, a la vez. No dudes!
Agarré el cable guía, clavando los crampones de mis botas en la nieve inestable para mantener la camilla equilibrada mientras el cabrestante tiraba de ella hacia el cielo. Noah subió junto al herido, desapareciendo en el vientre del helicóptero.
Ian y yo nos quedamos solos en la cornisa durante tres segundos.
El hielo bajo mis botas crujió. Un sonido profundo, sordo y letal que reverberó en la suela de mis botas. La montaña estaba cediendo.
Agarré el mosquetón del cabrestante que bajaba hacia mí, lo encajé en la anilla de mi arnés al unísono con Ian y apreté el puño alrededor del cable.
—¡Tira! —grité a través de la radio.
El tirón nos arrancó del suelo justo cuando la cornisa de nieve cedía bajo nuestros pies, desmoronándose hacia el abismo en una cascada de hielo blanco.
El viento nos zarandeó en el aire, golpeándome contra la corriente helada.
Ian entró primero en el helicóptero para luego agarrar con manos firmes las correas de mi arnés y tirar hacia el interior del habitáculo trasero.
En la fracción de segundo exacta en que las suelas de mis botas golpearon el suelo metálico, Caleb inclinó el morro del Alfa Uno hacia el valle y aceleró a fondo. La aceleración nos aplastó contra el mamparo trasero mientras dejábamos atrás el bramido de la montaña derrumbándose.
Me arranqué el mosquetón y me aseguré en el asiento, con los pulmones ardiendo y el pecho subiendo y bajando a un ritmo salvaje.
El corazón me latía tan fuerte contra las costillas que casi dolía.
Las manos me temblaban bajo los guantes técnicos por el esfuerzo y la sobredosis de adrenalina.
Había estado colgando del vacío con la montaña deshaciéndose bajo mis pies, ejecutando maniobras al límite.
— Alfa Uno, aquí Control. —La estática de la radio se limpió, y escuché cómo Clover soltaba una exhalación que no pudo camuflar, un sonido pequeño pero cargado de alivio—. El equipo de trauma pesado os espera en el helipuerto del Regional. Trabajo impecable ahí arriba, equipo.
Levanté la vista. Ian estaba apoyado contra la pared del helicóptero. Se levantó la visera del casco, clavó sus ojos de un verde claro irreal en mí y, con un asentimiento lento y cargado de respeto, levantó el pulgar.
Tragué aire. El nudo de tensión que me bloqueaba la garganta se aflojó. Noah, que seguía bombeando oxígeno al paciente, me dedicó una sonrisa brillante, y Caleb alzó una mano desde los mandos de la cabina. Me había ganado el sitio.
Minutos después, Caleb posó los patines del helicóptero sobre el helipuerto con una suavidad casi mágica.
Las puertas de cristal de la azotea se abrieron de golpe.
Un enjambre de batas verdes y azules corrió hacia nosotros empujando una camilla rodante.
A la cabeza del equipo de trauma iba mi hermana.
Hannah llevaba el fonendoscopio al cuello y el rostro cerrado en una expresión de pura concentración médica, lista para continuar el trabajo que nosotros habíamos empezado en el hielo.
Me solté el arnés, dispuesto a apartarme para dejar que Ian y Noah hicieran la transferencia, como marcaba el protocolo para los cadetes. Pero cuando fui a retroceder, Ian me agarró del brazo.
Se hizo a un lado y me señaló la cabecera de la camilla rígida.
—Lo has sacado tú del hielo, O'Malley —me ordenó Ian por encima del ruido de los rotores, cediéndome su lugar—. Termina el trabajo.
Asentí con firmeza. Agarré el asa de la camilla, trabajando en perfecta sincronía con Noah y los camilleros del hospital para pasar al paciente.
—¡Varón, hipotermia severa, grado tres! —empezó a dictar Noah a gritos mientras empujábamos el carro a toda velocidad por la pasarela de la azotea—. ¡Post-parada cardiorrespiratoria, ritmo sinusal recuperado con RCP en el terreno! ¡Vía aérea despejada, oxígeno al cien por cien!
—¡Preparad las mantas térmicas y la vía central para fluidos calientes! —ordenó Hannah, corriendo a nuestro lado, sin siquiera detenerse a saludarme, completamente inmersa en su papel de cirujana—. ¡Quirófano dos, moveos!
Llegamos a la línea roja que marcaba el área estéril de los boxes de trauma y de los quirófanos. El equipo del hospital se hizo con el control de la camilla.
—¡Nosotros lo cogemos desde aquí, Alfa Uno! —gritó uno de los residentes.
Solté la barra metálica. Di un paso atrás, frenando en seco, y dejé caer los brazos a los lados.
Observé cómo mi hermana y el resto del equipo desaparecían tras las puertas batientes del quirófano, luchando por la vida del hombre que, apenas veinte minutos antes, estaba enterrado bajo un metro y medio de nieve.
El silencio repentino del pasillo contrastaba con el ruido de la sangre que seguía bombeando en mis oídos.
Me quité el casco de vuelo despacio, pasándome una mano temblorosa por el pelo húmedo de sudor. Las piernas me pesaban como si estuvieran hechas de plomo y el frío de la montaña aún me calaba los huesos, pero el pecho... el pecho lo sentía más ligero que nunca.
Apoyé la espalda contra la pared blanca del hospital y cerré los ojos un segundo. Una calma sólida me ancló al suelo.
Había arrancado a un hombre de la muerte en condiciones imposibles.
Abrí los ojos, mirando el pasillo vacío con la mandíbula apretada en un gesto de convicción absoluta. Este era mi lugar. Solo necesitaba convencer a cierta jefa de comunicaciones que mi lugar también era junto a ella.