SEIS
Patrick
E l café negro humeaba dentro de mi taza, pero yo llevaba diez minutos con la vista clavada en el líquido oscuro sin dar un solo sorbo.
El ruido de la sala de descanso de la base era un murmullo de fondo, ahogado por el latido sordo que me taladraba las sienes desde la noche del sábado.
Me pasé el pulgar por el labio inferior.
Mi cabeza era un bucle incesante. La toalla húmeda cayendo al suelo.
La piel desnuda de Clover, erizada por el frío del cuarto de baño.
El endurecimiento de sus pezones, la respiración entrecortada y esos enormes ojos turquesa, cargados de vulnerabilidad y desafío que me había golpeado directo en la entrepierna.
Apreté el asa de la taza hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Había requerido cada gramo de autocontrol agacharme, recoger la toalla y taparla sin rozar ni un milímetro de su piel.
Si mis dedos hubieran tocado su cadera, la habría empujado contra los azulejos y no habría parado hasta dejarla sin aliento.
Pero el autocontrol había sido la única jugada posible.
Tocarla allí, acorralada y con la cerradura rota, habría sido aprovecharse y ella me habría odiado el doble.
De hecho, ya lo hacía. Solo tenía que recordar la mañana siguiente a lo del baño: me la había cruzado en la cocina del apartamento y la mirada de absoluto desdén que me había lanzado mientras se servía un vaso de agua habría sido capaz de congelar el puto infierno.
—Demasiada paz —comentó Noah, dejándose caer en la silla frente a mí, estirando las piernas con un suspiro exagerado—. Ni un triste esguince de tobillo en toda la semana. Empiezo a sentirme inútil, O'Malley.
Levanté la vista de la taza, arqueando una ceja.
—Acabas de sentenciarnos, Grant. Eres un gafe de manual.
Noah abrió la boca para rebatirme, pero la sirena de emergencia rasgó la tranquilidad de la base con un aullido estridente que nos hizo saltar de las sillas.
Dejé la taza en la mesa y corrí hacia el hangar detrás de Noah. El protocolo se activó en segundos. Me enfundé el arnés táctico y el casco de vuelo, subiendo al Alfa Uno mientras las aspas ya cortaban el aire frío.
El intercomunicador cobró vida con un chasquido de estática y la voz de Clover llenó mis oídos.
— Alfa Uno, Beta Dos, tenemos un código rojo en la cara norte de la estación de esquí.
—El tono de Clover no titubeó —. Alud masivo fuera de pista.
Cuatro esquiadores desaparecidos. Llevan balizas activas.
Según el reporte visual, tres están completamente sepultados y uno semienterrado.
El centro operativo de tierra se está montando en la base de la estación.
Caleb tiró de los mandos, inclinando el helicóptero hacia las montañas.
— Beta Dos en el aire —informó otra voz en la frecuencia—. Hacemos escala en la azotea del Regional para recoger al doctor Cormac Donovan como mando médico avanzado. Nos vemos en la zona cero, Alfa Uno.
El trayecto fue vertiginoso. Al sobrevolar la cara norte, el paisaje era desolador: una cicatriz de nieve revuelta, hielo y rocas destrozadas cortaba la ladera de la montaña a lo largo de seiscientos metros.
Caleb hizo un vuelo estacionario sobre el desastre, luchando contra las ráfagas térmicas.
— ¡No hay un metro de nieve estable ahí abajo para posar los patines! —gritó Caleb por el canal interno—. ¡Tengo una cresta firme a treinta metros del flanco este del alud! ¡Preparaos para el descenso con grúa!
Ian Collins se giró hacia nosotros. Su rostro era una máscara de concentración letal.
— O'Malley, Grant, escuchadme bien —ordenó Ian —. La nieve de depósito es una trampa mortal. Nos moveremos en línea. Grant, tú a por la víctima visible. O'Malley, tú conmigo a la cuadrícula de búsqueda. Sondas y palas. Si la nieve cruje, os tiráis de espaldas. ¿Entendido?
—¡Entendido! —respondimos al unísono.
Caleb estabilizó el Alfa Uno sobre la cresta. Ian fue el primero en saltar, deslizándose por el cable del cabrestante con una suavidad inhumana. Me enganché justo después, sintiendo el vacío bajo mis botas y el impacto del viento helado antes de tocar la nieve dura de la cresta. Noah nos siguió.
Nos desenganchamos y avanzamos hacia la zona de depósito del alud, con los detectores de víctimas de avalancha encendidos. A los pocos metros, distinguimos la tela roja de una chaqueta sobresaliendo entre bloques de hielo del tamaño de un coche.
—¡Ahí está el semienterrado! —marcó Ian—. ¡Grant, es tuyo! O'Malley, conmigo, amplía el radio cinco metros a la derecha.
Noah se lanzó hacia la víctima, arrodillándose en la nieve para empezar a cavar con las manos y estabilizar la cervical del esquiador.
Yo seguí a Ian, sacando la sonda de mi mochila. El pitido de mi dispositivo empezó a acelerarse, marcando los pulsos electromagnéticos de los desaparecidos bajo la nieve. El sonido pasó de un bip rítmico a un chillido constante.
—¡Tengo una señal fuerte aquí! —grité, hincando las rodillas en la nieve. Clavé la sonda perpendicular al suelo, hundiendo el tubo de aluminio en el hielo compactado. Un metro. Metro y medio. Tope blando . —¡Contacto! ¡A un metro y medio de profundidad!
—¡Márcalo y clava la baliza roja! —ordenó Ian, moviéndose rápidamente diez metros más arriba, donde su propio detector había enloquecido—. ¡Tengo el segundo contacto aquí! Nos falta uno.
El ruido pesado de unos rotores nos obligó a levantar la vista. El Beta Dos se cernía sobre la cresta. Descargaron a los especialistas de tierra y, segundos después, la figura inmensa de Cormac Donovan descendió por el cable, cargado con una mochila médica de trauma avanzado.
Cormac no perdió ni un segundo. Corrió hundiendo las botas en la nieve hacia donde Noah trabajaba.
—¿Diagnóstico, Grant? —exigió él, arrodillándose junto a la nieve.
—Varón, veintitantos. Inconsciente. Fractura cerrada de cúbito y radio con deformidad evidente. Glasgow de ocho, clara conmoción cerebral e hipotermia grado dos —reportó Noah, asegurando el collarín.
Cormac le tomó el pulso carotídeo al chico, con el rostro tenso.
—La vía aérea está comprometida. Necesito evacuación inmediata para descompresión craneal o no llegará vivo al hospital. Preparad la camilla nido.
El intercomunicador de nuestros cascos chisporroteó de repente. La voz de Clover cortó el aire frío con su tono profesional y urgente.
— Alfa Uno, Beta Dos, equipos de tierra, escuchadme.
Los radares térmicos indican que las corrientes están cambiando.
Los vientos racheados están alcanzando los cincuenta nudos en la cornisa superior de la ladera.
La capa de nieve es inestable. El riesgo de un alud secundario acaba de subir a nivel crítico.
Tenéis una ventana operativa minúscula. Acelerad la extracción.
Ian me miró desde su posición.
—¡O'Malley, deja la sonda del tercer objetivo a los equipos de tierra! ¡Ayuda a Grant y a Cormac con la camilla! ¡Rápido!
Dejé la baliza anclada en el hielo y corrí hacia Noah. Entre los tres, movimos al herido hacia la camilla nido rígida, asegurando los anclajes del pecho y las piernas.
—¡A la de tres! —ordenó Cormac.
Tiramos de la camilla, luchando contra la pendiente y la nieve suelta, arrastrando el peso del herido hacia la cresta de seguridad donde el Beta Dos ya había bajado el cabrestante. El viento nos azotaba la cara, levantando remolinos de polvo blanco que nos cegaban.
El paramédico del Beta Dos se asomó por la puerta lateral, enganchando el mosquetón de la camilla.
— ¡Subiendo paciente! —gritó el paramédico por la radio.
—¡Trasladadlo directamente a la zona de reanimación del Regional! —ordenó Cormac a gritos, cubriéndose los ojos del viento generado por el helicóptero—. ¡Yo me quedo aquí para el triaje de los que faltan!
La camilla desapareció en el interior del Beta Dos, y el helicóptero se inclinó, alejándose hacia el valle a toda velocidad. Ian, Cormac, Noah y yo nos giramos hacia la cicatriz del alud.
El viento aullaba sobre la cornisa de la montaña, levantando ráfagas de nieve en polvo que se clavaban en el rostro como esquirlas de cristal.
El caos era absoluto: el ruido ensordecedor de los rotores del Alfa Uno manteniéndose en vuelo estacionario sobre nosotros, los gritos de los técnicos de tierra, el crujido constante de la placa de hielo inestable bajo nuestras botas.
Ian Collins no perdió ni una fracción de segundo.
—¡O'Malley! ¡Con el experto de tierra, a la tercera sonda! —ordenó Ian, señalando un punto en la pendiente—. ¡Empezad a cavar un metro por debajo de la marca! ¡En cuña y hacia arriba, no compactéis la nieve sobre sus cabezas! ¡Moveos!
Clavé la pala de aluminio en la ladera. La nieve de un alud no es blanda; es una masa congelada, pesada como el hormigón.
El técnico de avalanchas y yo entramos en un ritmo frenético, lanzando bloques de hielo hacia los lados, luchando contrarreloj contra la montaña y contra la advertencia de Clover que seguía parpadeando en mi cerebro.
Unos metros más arriba, la voz de Ian volvió a resonar grave y firme.
—¡Contacto! ¡Tengo a dos aquí!
Cormac y Noah se lanzaron hacia la trinchera que Ian acababa de abrir. Dejé de cavar un segundo para verlos abalanzarse sobre los dos primeros esquiadores. Los sacaron lo justo para evaluar sus signos vitales sin moverles las columnas.
—¡Hipotermia severa en ambos, grado tres! —gritó Cormac, con los dedos enguantados en el cuello de uno de los chicos—. ¡No responden a estímulos y la postura indica riesgo inminente de lesión medular! ¡Necesitamos inmovilización en bloque, ya!
Cormac apretó el botón de su radio, conectando con la sala de control.
—Base, avisa al Regional. Necesito al equipo de trauma pesado en el helipuerto y que activen los protocolos de recalentamiento extracorpóreo. ¡A estos dos los evacuamos con las motos de nieve de los equipos de tierra para no saturar los helicópteros!
— Recibido, doctor Donovan. Regional alertado —respondió Clover al instante.