Flare (Wildwater Falls 5) CINCO #2
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CINCO #2

Estaba harta. Estaba cansada, tenía frío y mi paciencia se había agotado por completo. No iba a entrar en su juego, no iba a dejar que me provocara hasta hacerme perder los estribos.

Apreté la toalla contra mi cuerpo y avancé hacia la puerta.

Él ocupaba casi todo el espacio del marco con los brazos cruzados, así que intenté pasar de largo, pegándome al otro extremo de la madera.

Pero al cruzar, el espacio era demasiado estrecho.

La piel desnuda de mi brazo rozó el dorso de su mano.

Fue solo un roce. Un roce fugaz de sus nudillos calientes contra mi piel helada.

Me estremecí de arriba abajo, como si me hubieran enchufado a una corriente de doscientos voltios. Di un paso atrás, chocando con el lavabo, con el corazón golpeándome las costillas.

Patrick levantó las dos manos, con las palmas abiertas, y me dedicó una sonrisa ladeada.

—Tranquila. No muerdo. —Inclinó un poco la cabeza, observándome—. Aunque creo que al menos podrías darme las gracias.

—Gracias —mascullé entre dientes, clavando los ojos en el suelo de linóleo, incapaz de sostenerle la mirada sin que viera el caos absoluto que había desatado en mí con un solo roce.

El sonido de su risa, baja y ronca, inundó el pasillo.

Y algo se rompió dentro de mí.

—¡¿Te hace gracia?! —estallé. Di un paso al frente, alzando la voz, dejando que toda la frustración y el cansancio salieran a la superficie.

Empecé a gesticular con las manos, furiosa—.

¡Claro que te hace gracia! ¡Tú te ríes de todo!

¡Vienes aquí con tu aire de sobrado, te burlas de mí, me arrinconas, te ríes en mi cara... !

No pude terminar la frase.

Al levantar los brazos con brusquedad, la tensión sobre la toalla desapareció. Sentí cómo el nudo de felpa sobre mis pechos cedía.

Ocurrió a cámara lenta. El peso de la tela húmeda resbaló por mi piel, cayendo al suelo con un ruido sordo.

El silencio que siguió fue absoluto.

El aire frío del extractor chocó con mi piel completamente desnuda. Me quedé petrificada. Bloqueada. Ni siquiera atiné a cruzar las manos para cubrirme. Mantuve la respiración contenida, con los pulmones ardiendo, y levanté los ojos hacia Patrick.

Patrick dejó de respirar.

Sus ojos, oscuros y dilatados, bajaron desde mi rostro hasta mi cuello, trazando la línea de mis pechos, la curva de mis caderas y el vértice de mis muslos.

Lo hizo despacio, devorándome con una intensidad tan cruda que sentí cómo la piel me quemaba allí donde su mirada me rozaba.

Se quedó absolutamente paralizado, con las manos apretadas en puños a los costados de su cazadora de cuero, como si estuviera luchando físicamente contra la gravedad para mantenerse en su sitio.

El instinto me gritó que me cubriera, que cruzara los brazos sobre el pecho y me encogiera de vergüenza. Pero el orgullo fue más rápido. Y, debajo del orgullo, latió algo mucho más primitivo y peligroso.

Levanté la barbilla. Eché los hombros hacia atrás, exponiendo mi desnudez por completo bajo la implacable luz blanca del baño.

—¿Qué pasa, O'Malley? —pregunté, con una sonrisa burlona y la voz temblando apenas una fracción—. ¿Nunca has visto a una mujer desnuda antes?

Patrick levantó la vista de golpe. Sus ojos castaños se clavaron en los míos, ardiendo con un fuego oscuro y salvaje. Dio un paso firme hacia mí. El corazón me dio un vuelco brutal contra las costillas, pero no retrocedí.

Él no dio un solo paso más. Se detuvo a un par de metros de distancia.

La tensión en el aire se volvió tan espesa que casi costaba respirar.

Yo estaba completamente expuesta, vulnerable, sin un solo centímetro de tela que me protegiera y, sin embargo, me sentía increíblemente segura.

Era una sensación vertiginosa. Sabía, con una certeza absoluta que me calaba hasta los huesos, que por mucho que el deseo lo estuviera consumiendo por dentro, Patrick tenía un autocontrol de hierro.

Mantenía las manos pegadas a los costados porque jamás, bajo ningún concepto, daría un paso más allá ni me tocaría sin mi consentimiento explícito.

Me encantaba ser observada así. Por él. Solo por él. Nadie en toda mi vida me había mirado con esa mezcla de adoración y hambre. Nadie me había hecho sentir tan deseada, tan dueña del momento a pesar de estar completamente desarmada.

La excitación me golpeó con la fuerza de un latigazo. Sentí cómo el frío de la habitación hacía que mis pezones se endurecieran dolorosamente. Una punzada de calor denso y líquido se acumuló en mi bajo vientre, y noté la humedad empapando mi sexo de forma evidente, incontrolable.

Patrick no se perdió ni un solo detalle.

Sus ojos registraron el endurecimiento de mis pechos, el estremecimiento de mi respiración y el rubor furioso que me cubría el cuello.

Él tampoco podía ocultar lo que le estaba pasando.

La tela de sus vaqueros oscuros se tensaba sobre una erección pesada, dura y perfectamente marcada.

Quería tocarlo. Quería que acortara esos dos malditos metros, que me agarrara por la cintura, me empujara contra los azulejos del baño y me besara hasta dejarme sin aire.

Me quedé quieta, con los labios entreabiertos, esperando a que el control se le rompiera. Esperando a que diera el paso.

Pero Patrick desvió la mirada de mi cuerpo. Miró la toalla húmeda a mis pies.

Avanzó.

Contuve el aliento cuando acortó la distancia.

Se agachó justo frente a mí. Durante un segundo eterno, su rostro quedó a escasos centímetros de mi centro desnudo y palpitante.

El calor que irradiaba su cuerpo me envolvió, su aliento rozó la piel sensible de mis muslos, y tuve que clavar las uñas en mis propias palmas para no enredar los dedos en su pelo oscuro y tirar de él hacia mí.

Patrick agarró la toalla, se levantó con una lentitud tortuosa y la extendió.

Sin tocarme la piel en ningún momento, rodeó mi cuerpo con la tela, envolviéndome firmemente. Ajustó los bordes sobre mi pecho, asegurando el nudo con unos nudillos tensos que rozaron mi clavícula apenas un milímetro, haciéndome soltar un jadeo ahogado.

Sus ojos buscaron los míos. Estaban oscuros, velados por una tensión contenida que lo obligaba a apretar la mandíbula.

—Es tarde, muñeca —murmuró. Su voz era un rasgueo grave, tan ronco que parecía arañarle la garganta—. Deberías descansar.

El frío regresó al instante, colándose por cada costura de la toalla.

La sensación de poder y seguridad se evaporó, sustituida por una vulnerabilidad atroz. Me había desnudado frente a él, literal y metafóricamente. Le había dejado ver mi deseo, esperando que me tomara, y él me había vuelto a tapar.

No dije ni una sola palabra. Apreté los puños contra la toalla, pasé por su lado rozando su cazadora de cuero y caminé a toda prisa por el pasillo. Entré en mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra la madera, deslizándome hasta el suelo.

Cerré los ojos con fuerza, sintiéndome estúpida, ridícula y dolorosamente rechazada por el único hombre que siempre lograba hacerme pedazos.