Flare (Wildwater Falls 5) CINCO
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CINCO

Clover

D ejé caer las llaves en el cuenco de la entrada con un chasquido metálico y me descalcé las botas pateándolas contra el zócalo. El apartamento estaba sumido en un silencio sepulcral.

Inspiré hondo, dejando que el peso de catorce horas ininterrumpidas de turno doble me aplastara los hombros.

Me estaba reventando a trabajar a propósito.

Cubrir las guardias extra era la única excusa medianamente aceptable para salir antes de que amaneciera y volver cuando el sol ya había caído.

Cualquier cosa con tal de no tener que cruzar el pasillo a las siete de la mañana y encontrármelo de frente.

Despeinado, con los ojos entrecerrados por el sueño, arrastrando los pies descalzos hacia la cocina mientras ese maldito olor a sábanas limpias y a piel caliente inundaba nuestro espacio.

El Patrick sonriente y chulo hacía que mi corazón quisiera escapar de mi caja torácica.

Pero el Patrick soñoliento recién levantado tenía la capacidad de convertirme en papilla babeante.

Así que sí, estaba evitándolo a más no poder.

Cerré los ojos, frotándome las sienes con fuerza para borrar la imagen de su camiseta blanca pegada al pecho húmedo tras salir de la ducha.

Era sábado por la noche. Sabía perfectamente dónde estaba.

A estas horas, Patrick y el resto de los cadetes de la academia ya habrían ocupado las mesas del fondo de The Switchback , el bar de montaña más ruidoso y nocturno del pueblo.

Conocía su rutina de memoria. Sabía que estaría pidiendo lo de siempre, inclinándose sobre la madera gastada de la barra, riéndose de alguna estupidez con esa seguridad aplastante suya.

Sabía exactamente cómo las chicas de la barra se girarían para mirarlo.

Apreté la mandíbula hasta que me dolieron las muelas.

A veces, Violet y yo nos uníamos al grupo cuando coincidíamos con los amigos de toda la vida.

Pero yo siempre terminaba agarrando mi abrigo y marchándome antes de tiempo, incapaz de quedarme allí sentada viendo cómo desplegaba sus modales sobrados y esa sonrisa de cabrón arrogante cada vez que una desconocida se le acercaba a menos de un metro.

Me arranqué la chaqueta del uniforme y caminé por el pasillo hacia el baño.

La puerta de la habitación de Violet estaba abierta de par en par.

Seguramente seguiría en el dojo; últimamente pasaba las noches allí, completamente centrada en las artes marciales, no sabía qué le pasaba últimamente, pero conociéndola sabía que presionarla no era la solución.

Solo podía esperar a que estuviera preparada y me contara lo que le pasaba.

Así que estaba sola. Era mi momento.

Entré en el único baño del piso y cerré la puerta tras de mí.

Giré el pestillo metálico y respiré hondo.

Solo era una precaución, por si a O'Malley le daba por saltarse su adorada noche de sábado y volver antes de tiempo.

Abrí el grifo de la bañera al máximo, dejando que el vapor empañara el espejo al instante, y vertí una cantidad obscena de mi gel de coco favorito.

Me desnudé, dejé la ropa en un montón sobre la tapa del inodoro y me sumergí en el agua hirviendo.

Cerré los ojos y dejé que el calor me aflojara los músculos del cuello y la espalda.

Me quedé allí, con la mente en blanco, hasta que las yemas de los dedos se me arrugaron y el agua empezó a quedarse tibia.

Apoyé las manos en el borde de loza, me puse de pie y me envolví firmemente en una toalla limpia, metiendo el extremo por encima de mis pechos.

Avancé descalza por las baldosas húmedas, agarré el pomo de metal y giré.

El mecanismo rechinó, pero el pestillo no retrocedió.

Fruncí el ceño. Tiré hacia mí. Nada. Agarré el pomo con las dos manos, aplicando fuerza, e intenté girarlo hacia ambos lados. El cilindro giraba en falso con un traqueteo inútil de piezas sueltas. El pestillo seguía incrustado en el marco de madera.

Llevaba semanas fallando, atascándose a ratos, pero nunca habíamos encontrado el momento de desmontarlo. Pegué un tirón seco. Luego otro. Apoyé el pie contra la base de la puerta y tiré con todo mi peso, pero la madera ni siquiera tembló.

Estaba atrancada. Y yo no había metido el pijama en el baño.

El aire frío del extractor empezó a erizarme el vello de los brazos. Me abracé a mí misma, apretando la toalla contra mi cuerpo húmedo, y miré a mi alrededor. Mi teléfono móvil asomaba en el borde del lavabo. Me abalancé sobre él.

Busqué el contacto de Violet y le di a llamar. Saltó el buzón de voz directamente. Lo intenté una segunda vez. Y una tercera. Apagado o fuera de cobertura.

Dejé caer la mano con el teléfono. En todo Wildwater Falls, solo había otra persona que tuviera las llaves de mi apartamento.

El instinto me gritó que me sentara en la tapa del inodoro y esperara a que Violet volviera, aunque tardara cinco horas.

Pero los azulejos estaban helados, tenía el pelo empapado goteando sobre mis hombros desnudos y estaba empezando a temblar.

Deslicé el dedo por la pantalla. Tragué saliva. Pulsé el botón de llamada.

Me llevé el aparato a la oreja, escuchando el tono de llamada con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas. Estaba a punto de colgar cuando la línea se abrió al tercer tono.

El ruido de fondo era ensordecedor. Música rock, cristales chocando y voces elevadas.

—¿Clover? —La voz de Patrick sonó alerta.

—O'Malley —dije, y mi propia voz me sonó patéticamente inestable.

El ruido de fondo se amortiguó de golpe. Imaginé a Patrick saliendo del local para poder oír mejor. Su tono era preocupado porque él sabía perfectamente que yo no le llamaría un sábado por la noche a menos que fuera una maldita emergencia.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —exigió saber. No había ni rastro de chulería en su tono.

Me mordí el labio inferior, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello.

—Sí. Estoy bien. Solo... necesito que vengas al piso.

—Voy para allá. ¿Qué ha pasado?

—Nada grave, te lo juro. Es que Violet no me coge el teléfono, y si no fuera por eso, jamás te habría...

—Trágate el maldito orgullo un segundo, muñeca, y dime qué pasa —me interrumpió.

Cerré los ojos, apoyando la frente contra el azulejo frío de la pared.

—Me he quedado encerrada en el cuarto de baño. El pomo se ha roto.

El silencio al otro lado de la línea duró una eternidad. Solo se escuchó su respiración pesada. Y entonces un profundo suspiro.

—Joder, Clover —murmuró, y esta vez el tono de su voz recuperó esa confianza exasperante —. Te dije hace dos semanas que me dejaras arreglar esa maldita puerta. Me ofrecí a desmontarla.

—Corta el rollo —le espeté, apretando el nudo de la toalla contra mi pecho, a la defensiva—. Dime si vas a venir a sacarme o no.

—Llego en diez minutos.

Colgó sin esperar respuesta.

Aparté el teléfono de mi oreja, observando la pantalla apagada.

El frío del cuarto de baño se volvió más afilado contra mi piel húmeda.

Me senté en el borde de la bañera, cruzando los brazos sobre las rodillas para entrar en calor, con la vergüenza quemándome el pecho.

Y en ese momento fui consciente de mi estado, porque Patrick O'Malley venía hacia aquí, iba a abrir esa puerta y me iba a encontrar temblando y cubierta únicamente por un trozo de felpa húmeda.

✽✽✽

El frío de las baldosas ya me había calado hasta los huesos cuando el ruido de la cerradura principal del apartamento me sacó de mi letargo.

Me puse en pie de un salto, ajustando el nudo de la toalla sobre mi pecho. Escuché el eco de unas botas pesadas cruzando el salón y deteniéndose justo al otro lado de la puerta del baño.

—¿Muñeca? —La voz de Patrick sonó clara —. No hacía falta que destrozaras la cerradura del baño para llamar mi atención, ¿sabes? Bastaba con pedirlo.

Me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que casi saboreé la sangre para evitar soltarle un grito.

Conocía ese tono. Sabía que su chulería habitual era su forma de restarle peso al desastre y que no me sintiera mal.

En el pasado cada vez que tenía una torpeza o metía la pata esa era su manera natural de destensar la situación y evitar que la situación se convirtiera en un drama, pero el agotamiento de catorce horas de turno no me dejaba margen para apreciarlo.

—Solo sácame de aquí, O'Malley —le exigí.

No respondió, pero escuché el repiqueteo de unas herramientas metálicas. El sonido de un destornillador trabajando sobre las piezas oxidadas llenó el silencio. No tardó ni diez minutos. El mecanismo cedió con un chasquido seco.

El pomo cayó al suelo del pasillo y la puerta se abrió hacia adentro.

Patrick estaba apoyado en el marco, aún con la cazadora de cuero puesta y el aire frío de la calle enredado en el pelo. Hizo una reverencia teatral, abriendo los brazos en un gesto exagerado.

—Es una suerte que este caballero estuviera cerca para salvar el...

Las palabras murieron en sus labios.

Su mirada, que segundos antes brillaba con esa arrogancia canalla, se clavó en mi cuerpo.

Sus ojos bajaron desde mi pelo húmedo y revuelto, recorriendo la línea de mi clavícula, la curva de mis pechos aprisionados por el nudo de la toalla, hasta mis piernas desnudas y húmedas.

Vi cómo la nuez de su garganta subía y bajaba al tragar saliva con dificultad.

Su respiración se volvió de pronto un poco más pesada.

El rubor me incendió las mejillas y el pecho, pero el orgullo me hizo alzar la barbilla.

—Me alegra ver que al menos sirvo para dejarte sin palabras —murmuré, con toda la ironía que pude reunir.

El golpe funcionó. Patrick parpadeó, sacudiendo la cabeza imperceptiblemente, y la maquinaria de su cerebro volvió a funcionar. La media sonrisa, torcida y sobrada, reapareció en su boca.

—No te engañes, muñeca —ronroneó, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una caricia—. No necesito verte medio desnuda para que me dejes sin palabras. Podrías vestir un saco de patatas y seguirías siendo la mejor visión que he tenido jamás.