Flare (Wildwater Falls 5) CUATRO #2
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CUATRO #2

El Alfa Uno solo tenía capacidad operativa de soporte vital avanzado para un paciente crítico.

—¡La copiloto va en la ambulancia de tierra al Regional! —gritó Noah, subiendo la camilla de la conductora al helicóptero—. ¡Caleb, sácanos de aquí, la presión intracraneal está subiendo!

Despegamos en menos de treinta segundos. El suelo se alejó bajo nuestros pies y el Alfa Uno se inclinó, cortando el cielo invernal en un vuelo agresivo y directo hacia el hospital.

Apoyé la cabeza contra el mamparo, sudando bajo el traje térmico a pesar del frío, viendo cómo Noah ejecutaba su magia médica con la chica inconsciente. Ian me dio un golpe seco en la rodillera y levantó un pulgar. Yo le devolví el gesto, respirando hondo. Lo habíamos conseguido.

En los auriculares, la voz de Clover volvió a dominar la frecuencia, coordinando nuestra llegada.

— Alfa Uno, el quirófano dos está despejado. El equipo de trauma os espera en el helipuerto.

El hospital apareció en el horizonte, una mole de acero y luces brillando en medio de la nieve. Caleb realizó una aproximación impecable, posando el helicóptero en la H iluminada del tejado.

— Alfa Uno en tierra. Paciente transferida —confirmó Caleb, apagando los rotores.

— Excelente trabajo de coordinación, equipo —respondió Clover por el canal general. Hubo una breve pausa que duró apenas un latido, y entonces dijo algo que no me esperaba —. Buen trabajo, cadete O'Malley.

Me quedé momentáneamente paralizado.

El reconocimiento profesional directo a través del canal oficial fue un choque eléctrico que me recorrió la espina dorsal. Por un segundo, me quedé sin aire. Pero al instante siguiente una sonrisa me estalló en la cara bajo el casco.

Mientras empujábamos la camilla hacia las puertas del hospital para realizar la transferencia de la paciente, el pecho se me infló de un orgullo nuevo.

El Alfa Uno iniciaría el regreso a la base en pocos minutos, y yo estaba un paso más cerca de demostrarle a Clover Donovan que no era el capullo irresponsable que ella creía que era.

✽✽✽

El Alfa Uno tocó la plataforma de la base con la maestría y suavidad habitual de Caleb Donovan. En cuanto las aspas empezaron a perder velocidad, el equipo de mecánicos rodeó el fuselaje, arrastrando las mangueras de repostaje.

Me quité el casco, dejando que el aire helado del hangar me aliviara el sudor de la nuca. Aún tenía el pulso latiendo con fuerza en las sienes. Habíamos entrado, asegurado el vehículo y sacado a las víctimas con una precisión milimétrica.

Mientras caminábamos hacia el interior de la base, Ian detuvo el paso.

Se giró hacia mí y, con un movimiento seco, me plantó una mano firme en la espalda.

Su expresión era inescrutable, pero el golpe lo decía todo.

Sonreí, sintiendo cómo el aire me llenaba los pulmones de una forma distinta, más profunda. Había encajado.

A los pocos metros de adentrarnos en la base, la vi.

Clover estaba junto a las máquinas de café, apretando una carpeta contra el pecho.

Charlaba con el piloto del Beta Dos, un tipo al que había conocido días atrás y que no me cayó demasiado bien, su interacción con los cadetes era cuanto menos irrespetuosa.

Era el típico piloto arrogante que se creía más listo que la mayoría, mejor que cualquier bombero de rescate y eso en un equipo en el que te jugabas la vida a diario podía ser un desastre a largo plazo.

Me acerqué con paso tranquilo, metiendo las manos en los bolsillos del mono de vuelo.

Esperé a que el piloto asintiera ante algo que ella le explicaba y se despidiera con un gesto antes de acortar la distancia que nos separaba.

—¿Qué tal, muñeca? —dije, dejando que mi sonrisa habitual se abriera paso mientras me detenía frente a ella—. Supongo que habrás tomado nota de lo rápido que hemos resuelto el aviso.

Los ojos turquesas de Clover me barrieron de arriba abajo. No hubo chispa, ni indignación, ni esa rabia vibrante que solía arrancarle. Solo había hielo.

—Corta el rollo, O'Malley —soltó. Su voz sonó tan plana y distante que parecía metálica—. Estamos en una base operativa. Sé profesional por una vez.

Se dio media vuelta y avanzó por el pasillo sin mirar atrás.

Sus palabras me golpearon el pecho con la fuerza de un bloque de granito. La sonrisa se me borró de la boca en un instante. El ruido de los mecánicos, el zumbido de las máquinas expendedoras, la luz blanca del pasillo... todo desapareció.

Trece años antes

El ruido de las cajas de cartón siendo embaladas inundó mi mente.

Habían pasado seis meses desde el accidente del autobús.

Seis meses de agachar la cabeza en el supermercado, de escuchar susurros a nuestras espaldas.

Estaba de pie en medio de nuestro salón desmantelado.

Mi hermana Hannah descansaba en el sofá, pálida, con la pierna inmovilizada tras su segunda operación.

Mis padres guardaban los platos en papel de periódico.

—Todo irá bien, Pat —me aseguró Hannah, forzando una sonrisa.

Yo tenía los puños tan apretados que las uñas se me clavaban en las palmas.

Me estaban arrancando mi casa. Me estaban arrancando mi colegio.

Vera Donovan se había encargado de que Wildwater Falls nos odiara.

Y Clover... Clover ni siquiera me miraba.

Si me la cruzaba en la calle, cambiaba de acera. Llevaba meses sin escuchar su voz.

Tres golpes sonaron en la puerta principal.

Mi padre abrió, pero no eran los hombres de la mudanza. Era ella. Llevaba unos shorts vaqueros y una camiseta con el estampado de Sailormoon y tenía los ojos anegados en unas lágrimas que se negaba a dejar caer.

Salí al porche de madera. El viento cálido de verano nos golpeó de lleno.

—¿Es cierto? —preguntó, con la voz temblando en la garganta—. ¿Os marcháis?

La rabia me quemaba la sangre. Una rabia ciega y afilada.

—Sí. —Alcé la barbilla, sosteniéndole la mirada—. Al final tu madre ha conseguido lo que quería.

Clover parpadeó y una lágrima le resbaló por la mejilla.

—¿Y no pensabas despedirte de mí?

—Llevas meses sin hablarme, Clover —repliqué, encogiéndome de hombros, usando la indiferencia como escudo—. Puede que los Donovan hayáis conseguido echarnos del pueblo, pero que te quede clara una cosa: yo también os odio. Os odio a todos. Te odio.

No esperé a ver cómo encajaba el golpe. Me di la vuelta, entré en casa y cerré la puerta de un portazo.

El sonido de una bota contra el linóleo me devolvió al presente con una sacudida brutal.

Parpadeé, tragando saliva para deshacer el nudo denso que se me había formado en la garganta. Caleb estaba a mi lado. Tenía la vista fija en el final del pasillo, exactamente en el punto por donde Clover acababa de desaparecer.

Mi cuñado soltó un suspiro, levantó la mano y me apretó el hombro.

—Ten paciencia con ella, Patrick —murmuró, en un tono lo bastante bajo para que solo yo lo escuchara.

Miré el suelo bajo mis botas de vuelo. Caleb me pedía paciencia, pero el peso de aquel portazo aún me aplastaba las costillas.

Yo mismo le había dado la espalda a la única persona que me importaba cuando los dos estábamos hechos pedazos.

Y, por mucha paciencia que tuviera, dudaba que el tiempo fuera suficiente para curar una herida tan profunda.