Flare (Wildwater Falls 5) CUATRO
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CUATRO

Patrick

E l olor a combustible de aviación me llenó los pulmones. Para mí, ese era el olor de casa.

Me subí la cremallera del grueso mono rojo de vuelo hasta el pecho, notando el peso de la tela técnica sobre los hombros.

Oficialmente, hoy empezaban mis prácticas en la Wildwater Air Rescue Base .

Durante las próximas tres semanas, mi rotación me anclaría al helicóptero Alfa Uno, asistiendo directamente en los rescates a Ian Collins.

Y no podía estar más feliz por ello. Sin contar que durante tres meses iba a ver a Clover a diario en el trabajo.

Crucé la inmensa pista del hangar hacia la zona donde descansaba el Alfa Uno, una máquina imponente y pulcra. Los tres miembros del equipo me esperaban junto al fuselaje abierto, y la bienvenida fue inmediata.

Caleb fue el primero en acercarse. Acortó la distancia con una sonrisa amplia y me dio una palmada en la espalda que resonó en el hangar y casi me saca el aire de los pulmones.

—Bienvenido al circo, O'Malley —me saludó mi cuñado.

Noah, el técnico sanitario del equipo, estaba apoyado en el patín del helicóptero. Era puro carisma, una de esas personas que irradiaba una energía brillante, casi como un maldito rayo de sol constante.

—No le rompas las costillas el primer día, Caleb —bromeó Noah, tendiéndome la mano—. ¿Listo para colgarte de un cable, novato?

—Nací listo, Grant —le respondí, aceptando el apretón con una sonrisa torcida—. Solo espero que no te marees cuando veas cómo se hace un rescate de verdad.

Noah soltó una carcajada limpia. A pesar de mis bromas, la realidad era que me sentía increíblemente orgulloso de empezar mi rotación con ellos.

Frente al equipo Alfa, mi habitual chulería daba un paso atrás; me sentía humilde.

Eran auténticas leyendas en Wildwater Falls y mi único objetivo era convertirme en una esponja y absorber cada gota de su experiencia.

Especialmente de la del hombre que se mantenía un paso por detrás.

Ian Collins me miraba en completo silencio. Su actitud estoica, forjada a base de rescates imposibles y una voluntad de hierro, siempre imponía. Me sentí un poco intimidado bajo el peso de su escrutinio, sosteniéndole la mirada con la espalda recta y las manos cruzadas en la espalda.

—Estoy deseando ver en lo que puedes convertirte, Patrick —dijo Ian finalmente, con esa voz grave que te hacía vibrar los huesos.

—Lo único que quiero es aprender todo lo que pueda de vosotros —le respondí, despojando mi voz de cualquier rastro de sarcasmo. Era la pura verdad.

Ian asintió despacio.

Caleb se frotó las manos y dio un paso al frente. El buen humor desapareció para dar paso al protocolo estricto que mantenía a sus hombres vivos en el aire.

—Escucha bien, Patrick. Aquí funcionamos como un solo organismo —sentenció Caleb, mirándome fijamente—.

No hay heroísmos estúpidos. No hay egos.

Y, bajo ningún concepto, se cuestionan las órdenes de la base.

Tus ojos y tus oídos cuando estemos ahí arriba volando a ciegas son los técnicos de la sala de control.

Debes atender estrictamente a lo que te digan.

Clover es la jefa de comunicaciones, y su voz es la ley.

Si en algún momento hay una duda en una intervención o en un rescate, no te la juegas: pides soporte, pides refuerzos o pides información a la base. Siempre.

Asentí con firmeza, sintiendo el peso de la responsabilidad. Sabía perfectamente cómo funcionaba la cadena de mando y no pensaba desafiarla.

—Entendido —confirmé—. ¿Me hacéis la guía de la bestia?

Ian hizo un gesto hacia el interior del habitáculo trasero y procedió a mostrarme la distribución del equipo táctico: los anclajes del cabrestante, el equipo de estabilización de Noah y los puntos de sujeción para el arnés. Me concentré en sus palabras, memorizando cada compartimento.

Pero entonces, mientras Ian revisaba los mosquetones principales, giré la cabeza un momento. Mis ojos buscaron el enorme ventanal que se abría en el segundo piso del hangar, el que separaba nuestra zona de la sala de control.

Allí estaba ella.

Clover estaba de pie junto al cristal, con la mirada clavada en el hangar.

Su silueta era perfecta, la postura recta, con los cascos de comunicación colgando del cuello.

Durante un latido, el mundo a mi alrededor se detuvo.

Nuestros ojos se engancharon a través de los metros de distancia.

Fue una conexión tan intensa que me cortó la respiración.

Fui a esbozar una sonrisa, pero antes de que pudiera reaccionar, ella se dio media vuelta con brusquedad y desapareció cortando el contacto de raíz.

Inspiré hondo, llenando mis pulmones del aire helado del hangar para intentar calmar el enjambre de mariposas ansiosas que me estaba destrozando el estómago. Apreté los puños dentro de los bolsillos del mono de vuelo y volví a centrar mi atención en la voz de Ian.

Iba a ser un infierno tenerla tan cerca. Pero quizá, solo quizá, si le demostraba mi valía en el trabajo consiguiera que dejara de odiarme tantísimo.

✽✽✽

La sirena de emergencia rasgó la calma de la base con un aullido que me disparó la adrenalina directa al torrente sanguíneo.

No hubo dudas, ni un solo segundo de vacilación.

El instinto se apoderó de mí. Corrí detrás de Ian y Noah hacia la pista del hangar, donde las aspas del Alfa Uno ya empezaban a girar con un rugido sordo que hacía vibrar el asfalto.

Me abroché el arnés en el asiento trasero, aseguré los mosquetones y me coloqué el casco de vuelo.

En el instante en que la clavija del intercomunicador encajó, el ruido ensordecedor de las turbinas desapareció, sustituido por la estática limpia de la radio. Y entonces, la escuché.

— Alfa Uno, aquí Base —la voz de Clover resonó en mis oídos nítida y desprovista de cualquier emoción personal—.

Colisión múltiple por placa de hielo negro en la Interestatal 9, kilómetro cuarenta y dos.

Hay seis vehículos implicados. Las unidades de tierra están en camino para el triaje en el asfalto, pero tenemos un SUV que ha saltado el guardarraíl.

Está volcado y encajado de forma precaria entre la pared de granito y los pinos, al borde del barranco.

Posibles atrapados. Necesitan extracción técnica inmediata.

— Recibido, Base. Llegada en seis minutos —respondió Caleb, elevando la bestia de acero en el aire con una suavidad que desafiaba la física, inclinando el morro hacia nuestro objetivo.

A través del intercomunicador interno, la voz grave de Ian me trajo de vuelta a la cabina.

— Escúchame bien, O'Malley —me ordenó, girando la cabeza para clavar sus ojos verdes en los míos a través de la visera del casco—. El terreno será inestable. Cero improvisaciones. Me sigues, observas y acatas el protocolo. Eres mi sombra .

—Entendido —asentí con firmeza.

La tensión marcaba mis músculos, pero mi mente estaba absolutamente clara. Quería demostrarles que pertenecía a este lugar. Mi objetivo no era lucirme, sino ser un engranaje útil dentro de la maquinaria perfecta que era el equipo Alfa.

Cuando llegamos al kilómetro cuarenta y dos, el escenario era dantesco. Un tráiler cruzado bloqueaba los dos carriles, rodeado de amasijos de hierro retorcido y cristales reventados. Las luces azules y rojas de los primeros coches patrulla parpadeaban contra la nieve.

Caleb no dudó. Encontró un claro minúsculo en el asfalto y aterrizó el Alfa Uno con una maestría agresiva, posando los patines a escasos metros del borde del barranco.

Saltamos antes de que las aspas dejaran de girar por completo. El frío nos abofeteó, mezclado con el olor a goma quemada. Ignoramos el caos de la carretera y corrimos hacia el precipicio.

Clover tenía razón. El SUV colgaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con el morro asomando al abismo y el chasis trasero empalado por las gruesas ramas de un pino centenario y la roca de granito. El metal crujía amenazando con ceder y precipitarse al vacío.

Noah se arrastró por el capó con la agilidad de un felino, asomándose a la ventanilla reventada.

—¡Dos víctimas femeninas, jóvenes! —gritó Noah por encima del ruido del viento—.

¡La conductora está inconsciente, Glasgow de siete, posible trauma craneoencefálico!

¡La copiloto está consciente pero desorientada!

¡El pilar B ha colapsado y una rama atraviesa la cabina, bloqueando las piernas de la copiloto!

—Tenemos que asegurar la estructura antes de usar la cizalla o el coche se irá abajo —analizó Ian, escaneando el chasis con rapidez. Agarró los cables del cabrestante del helicóptero que yo acababa de desenrollar—. O’Malley, primera prueba ¿Cómo procederías? Evalúa el terreno y la posición. Rápido.

Mi mente de bombero evaluó los vectores de fuerza y la estabilidad del terreno con rapidez.

—El centro de gravedad está desplazado hacia el frontal —indiqué levantando la voz por encima del viento, señalando el eje trasero del SUV—.

Si tensamos del pilar A, el chasis rotará sobre el pino y se despeñará.

Si pasamos la eslinga por el eje trasero y anclamos el cabrestante al guardarraíl de la autopista, usaremos el peso del motor como contrapeso.

Podremos cortar el techo sin que el habitáculo ceda.

Ian me miró y asintió dándome la razón.

—Buena vista —sentenció, asintiendo con un respeto profesional que me inyectó un chute de adrenalina pura—. Hazlo. Yo preparo el equipo de excarcelación.

Mientras Noah mantenía la vía aérea de la conductora abierta desde una posición imposible, Ian y yo trabajamos codo con codo. Aseguré el vehículo en tiempo récord. Las chispas de la cizalla hidráulica saltaron contra la nieve mientras cortábamos los pilares y arrancábamos la puerta trasera.

Liberamos a la copiloto primero, inmovilizándola con un collarín y pasándola a las camillas de los equipos de tierra que acababan de llegar. Después, trabajamos en sincronía perfecta para extraer a la conductora inconsciente, asegurándola en el tablero espinal con una delicadeza extrema.