TRES #2
—No quiero limar ninguna aspereza con Patrick, Noah —repliqué, tajante—. No hay nada que limar. Solo quiero que acabe su maldito cursillo, recoja su ego descomunal y se largue del pueblo de una vez por todas.
Un silencio tenso cayó sobre la sala de descanso. Sonaba como una niña caprichosa y lo sabía, pero es que Patrick O’Malley sacaba lo peor de mí.
Caleb dio un paso al frente.
Mi hermano mayor me miró fijamente. Él me conocía y sabía leerme como si fuera un letrero de neón.
—Clover —dijo Caleb, en un tono bajo —. Mírame.
Levanté la barbilla, a la defensiva.
—¿De verdad es eso lo que quieres? —me preguntó buscando la verdad en mis ojos—. Piénsalo bien. ¿De verdad quieres que Patrick se marche, que cruce Granite Pass y no volver a verlo nunca más?
Mi cerebro me gritaba que dijera que sí, que asintiera con furia, pero mi boca se negó a pronunciar la mentira.
Aspiré con profundidad, sintiendo cómo el pecho me temblaba, y me encogí de hombros, desviando la mirada hacia el café con leche de mi taza.
Caleb acortó la distancia entre nosotros en dos zancadas. Levantó una mano grande y áspera y me dio un apretón cariñoso en el hombro.
—No sé exactamente qué pasó entre vosotros hace años —murmuró, dándome el espacio para respirar sin juzgarme—. Pero te conozco, fiera. Y sé perfectamente que tú no eres de las que guarda un rencor tan gratuito a alguien a quien querías tanto.
Apreté los labios, intentando contener la emoción que me quemaba la garganta.
—Quizá no sea gratuito, Caleb —susurré, con la voz rota.
Él asintió lentamente, sin exigirme respuestas que aún no estaba preparada para dar.
Me rodeó con sus brazos y me dio un abrazo breve pero aplastante, el tipo de abrazo que te recompone los huesos.
Pegó los labios a mi pelo y, bajando el tono de voz para que ni Noah ni Ian pudieran escucharlo, me susurró:
—Y yo sé que lo que realmente quieres no es ver desaparecer a Patrick O'Malley para siempre.
Me soltó antes de que pudiera derrumbarme.
✽✽✽
A mediodía, el zumbido constante de los servidores de la sala de control se vio interrumpido por el eco metálico de las inmensas puertas del hangar principal abriéndose de par en par.
Desde mi posición elevada tras la cristalera insonorizada, tenía una visión panorámica perfecta de la pista cubierta.
Me recosté en mi silla ergonómica, cruzando los brazos sobre el pecho, y observé la llegada de los cadetes.
Eran cinco hombres y una mujer enfundados en sus uniformes tácticos oscuros de la academia, moviéndose en un grupo compacto mientras el comandante Harris salía a recibirles.
Mis ojos lo encontraron al instante. Era físicamente imposible no hacerlo.
Patrick destacaba por encima del resto, y no solo por su envergadura o por lo bien que le sentaba el uniforme.
Era su postura. Esa forma en la que caminaba, con una seguridad implacable, como si el maldito hangar y todo el valle de Wildwater Falls le pertenecieran.
Vi cómo Harris los guiaba entre los helicópteros de rescate, presentándolos a las distintas unidades.
Al llegar al puesto del equipo Alfa, Caleb se acercó para saludarlos.
Observé cómo mi hermano y Patrick intercambiaban unas palabras; Patrick esbozó una sonrisa relajada, bromeando sobre algo que hizo que Caleb soltara una carcajada breve y le diera una palmada amistosa en el hombro.
Solté un resoplido fastidiado, empañando el cristal durante un segundo. Sabía que el recorrido oficial terminaba arriba. Conmigo.
Diez minutos después, el sonido pesado de botas militares resonó en el pasillo y la puerta de la sala de control se abrió. El aire frío del hangar se mezcló con la atmósfera técnica de nuestra centralita.
—Y este es el cerebro de la base —anunció el comandante Harris, haciendo un gesto que abarcaba las hileras de pantallas parpadeantes, radares y consolas—.
Aquí está nuestro equipo de tierra: analistas, especialistas de enlace y operadores.
Y al mando de todos ellos, la jefa de comunicaciones, Clover Donovan.
Me puse en pie. Mantuve la espalda recta, mi expresión bloqueada con absoluta frialdad profesional. Paseé la mirada por los seis alumnos. Patrick estaba apoyado casualmente en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón, observándome con una intensidad que me calentó la piel.
—Vaya, sí que hay muchos Donovan en esta base de rescate —murmuró uno de los alumnos, un chico fornido que estaba justo al lado de Patrick. Soltó una risita jocosa, buscando complicidad en el grupo—. Casi parece un negocio familiar, ¿eh?
Pero Patrick no se rio.
Su actitud relajada desapareció de un plumazo. Giró la cabeza hacia su compañero y lo miró con una severidad tan gélida y oscura que el ambiente en la pequeña sala pareció descender diez grados de golpe.
—Cierra la boca —le ordenó Patrick. Su voz era un gruñido bajo —.
Deberías callarte, abrir los oídos y aprender un poco de los Donovan.
El día que hayas salvado una mínima fracción de las vidas que ellos han salvado en estas montañas, entonces, y solo entonces, podrás empezar a hablar.
Hasta entonces, muestra un puto respeto.
El silencio que siguió fue denso e instantáneo. El cadete bromista se puso rojo hasta la raíz del pelo, tragando saliva con dificultad y clavando la mirada en el suelo de linóleo.
Me quedé sin respiración.
Miré fijamente a Patrick. Mi pulso dio un salto errático.
No me lo esperaba. Esa defensa férrea, esa lealtad hacia mi apellido, chocaba frontalmente con el hombre que yo quería creer que era.
Durante un segundo, una chispa de alivio se encendió en mi pecho.
Pensé que quizá, si era capaz de mantener esa rectitud, si lograba ser ese profesional serio y letalmente enfocado en el trabajo, su estancia en la base no terminaría en un desastre absoluto.
Y entonces, Patrick giró el rostro de vuelta hacia mí.
La seriedad desapareció de sus ojos castaños en un milisegundo. Una media sonrisa arrogante y sobrada volvió a curvar la comisura de sus labios. Me sostuvo la mirada y, con una lentitud exasperante, me guiñó un ojo.
—Hola, muñeca —ronroneó.
Y ahí estaba de nuevo con ese apodo que detestaba y que él insistía en usar.
La chispa de alivio se evaporó, ahogada por una llamarada de indignación. Lo fulminé con la mirada, apretando los puños a los costados antes de dar un paso al frente y dirigirme al grupo, obligando a mi tono de voz a sonar autoritario y clínico.
—Bienvenidos a comunicaciones —empecé, señalando los paneles a mi espalda—.
Como jefa de esta sala, mi trabajo es mantenerlos vivos cuando estén ahí fuera colgados de un cable.
Desde estos terminales coordinamos a los especialistas en meteorología, analizamos los radares Doppler predictivos para detectar cizalladuras de viento en el cañón y enlazamos las comunicaciones por satélite.
Cuando saquen a alguien de un barranco al límite, nosotros ya habremos establecido la telemetría directa con el Hospital Regional, enviando los signos vitales al cirujano antes de que el helicóptero toque el suelo.
Hice una pausa, asegurándome de clavar mis ojos en cada uno de los cadetes para que comprendieran el peso de mis palabras.
—Durante una emergencia de primer nivel, no sois lobos solitarios.
Sois una pieza más del engranaje. Por eso, en algún momento de vuestros tres meses aquí, haréis rotaciones en esta consola.
Vais a comprender la importancia de coordinar una crisis y a entender por qué una orden dada desde esta sala no se cuestiona jamás. ¿Ha quedado claro?
Los seis asintieron con solemnidad.
—Cristalino, jefa —murmuró Patrick, y aunque usó el título correcto, la forma en que lo arrastró sonó a pura provocación.
—Bien —concluyó el comandante Harris, dándome un leve asentimiento de aprobación—. Vamos a terminar el recorrido en la zona técnica. En marcha, equipo.
El grupo comenzó a salir de la sala, retrocediendo por el pasillo. Fui incapaz de evitarlo; mi mirada voló hacia la puerta por última vez.
Patrick se había detenido un instante en el umbral. Antes de darse la vuelta para seguir a su instructor, me dedicó una última sonrisa acompañada de un último e insoportable guiño.
La puerta metálica se cerró, aislándome de nuevo.
Me dejé caer en mi silla ergonómica, apoyando las manos temblorosas sobre el teclado. Odiaba que fuera tan malditamente arrogante. Odiaba su chulería y odiaba la facilidad con la que dominaba cualquier espacio que pisaba.
Pero, sobre todo, odiaba la forma en que siempre me afectaba su presencia.