Flare (Wildwater Falls 5) TRES
10%

TRES

Clover

E l lunes por la mañana, el viento helado barría la explanada de asfalto de la Wildwater Air Rescue Base. Atravesé la pista a paso rápido, hundiendo la barbilla en el cuello de mi forro polar técnico, hasta que las puertas metálicas del hangar principal se cerraron a mis espaldas.

A las siete en punto, ya estaba sentada en la sala de reuniones.

El comandante Harris presidía la mesa principal, flanqueado por los pilotos de guardia y mi equipo de técnicos de comunicaciones.

—El frente frío que entra por Granite Pass nos dejará ráfagas de hasta ochenta kilómetros por hora a partir de las cuatro de la tarde —intervine, proyectando los mapas topográficos en la pantalla principal—.

He ajustado los modelos predictivos. Si tenemos una alerta en el flanco norte de Wildwater Gorge , los helicópteros tendrán una ventana de aproximación muy estrecha.

Recomiendo que los equipos de tierra estén prealertados para cualquier extracción que el clima nos obligue a abortar por aire.

Harris asintió despacio, frotándose la mandíbula rasposa.

—Buen trabajo, Donovan. Mantendremos a los equipos terrestres listos. Eso es todo, señores. A sus puestos.

La sala empezó a vaciarse entre el rasgueo de las sillas y el sonido de las botas contra el linóleo. Recogí mi tablet, dispuesta a encerrarme en mi santuario, cuando la voz del jefe de la base me detuvo.

—Donovan. Quédate un segundo.

Me giré, colgándome la correa de la emisora al hombro. Harris se acercó, tendiéndome una fina carpeta de plástico transparente.

—A partir de hoy, y durante los próximos tres meses, vamos a tener a los alumnos de la academia de rescate haciendo sus prácticas operativas aquí —me informó —. Son seis en total. Tienes la lista y sus expedientes ahí dentro. Uno de ellos es el hermano de la mujer de Caleb, ¿verdad? O'Malley.

El estómago se me encogió de golpe. Me obligué a mantener la expresión perfectamente neutral.

—Sí, comandante. Es el hermano pequeño de Hannah.

—Bien. Escucha, quiero que te encargues de las rotaciones tácticas.

Los quiero pasando por todos los helicópteros, aprendiendo a trabajar con los distintos pilotos y equipos sanitarios.

Pero, sobre todo, quiero que los integres en el protocolo de la centralita.

—Harris me miró a los ojos, y su expresión se volvió de piedra—.

Parte fundamental de su programa académico es entender que no son lobos solitarios.

Tienen que aprender a seguir tus directrices.

Tú eres los ojos de esta base, Clover. Si la jefa de comunicaciones dice que aborten, abortan.

Deben ser un equipo unido, y quiero que aprendan a moverse en perfecta sintonía contigo. Tú marcas el pulso.

Tragué saliva, empujando la ansiedad hacia abajo. Patrick. A diario. Durante tres meses. Bajo mis órdenes directas.

—Entendido, comandante. Rotarán por todos los equipos y aprenderán a respetar las comunicaciones. Se lo garantizo.

En cuanto puse un pie dentro de la sala de control, el ruido del mundo exterior desapareció, sustituido por el zumbido constante de los servidores y el suave parpadeo de las pantallas de radar.

Me senté en mi silla ergonómica y dejé la carpeta a un lado.

Mis dedos volaron sobre el teclado ejecutando los protocolos de inicio.

Calibré las frecuencias de emergencia, aseguré la encriptación de los canales de la base y vinculé el radar meteorológico con los mapas topográficos de las montañas.

Aislé las variables de cizalladura del viento para el corredor del barranco y verifiqué el enlace de telemetría médica con el hospital.

En menos de cinco minutos, la red entera de Wildwater Falls estaba bajo las yemas de mis dedos. Aquí dentro, yo tenía el control.

Una vez que el panel principal se iluminó en verde, deslicé la mano hacia la carpeta de plástico y la abrí.

Había seis expedientes. Fui pasando las hojas con lentitud, memorizando los nombres, los grupos sanguíneos, las alergias y las notas de los instructores de los primeros cadetes. Todos eran excelentes profesionales, con historiales militares o experiencia en cuerpos de bomberos forestales.

Y entonces, llegué al final.

Patrick O'Malley.

Su fotografía de me devolvió la mirada desde la esquina superior derecha. Incluso en una miserable foto oficial de la academia, en baja resolución y con el uniforme, su maldita chulería y lo atractivo que era traspasaban el papel.

Mi mirada bajó hacia las evaluaciones de los instructores.

Empecé a leer y sentí que la respiración se me enganchaba en el pecho.

Las notas eran escandalosas. Según el jefe de instructores de Portland, Patrick era "un alumno excepcional con una capacidad innata para la evaluación de riesgos en situaciones límite".

Sus puntuaciones en los ejercicios de rescate vertical y en espacios confinados pulverizaban la media.

De hecho, al final de la página, un apunte a mano de uno de los técnicos más veteranos señalaba que no había visto una puntuación igual en los simulacros de extracción con grúa desde los tiempos de Ian Collins.

Me recosté en la silla, soltando el expediente sobre el teclado.

No me sorprendía. En absoluto. Conocía a Patrick desde que llevábamos las rodillas despellejadas, y sabía perfectamente la clase de dedicación brutal que ponía en todo lo que le importaba.

Pero lo que de verdad me jodió, lo que me hizo apretar los dientes hasta que me dolió la mandíbula, fue el calor repentino que floreció en mi estómago. ¿Orgullo? ¿Estaba orgullosa de él? Eso era algo difícil de admitir, incluso a mí misma.

Cerré la carpeta de golpe.

No iba a permitirme sentir nada bueno por él.

Era una maldita debilidad. Y si dejaba que esa debilidad se filtrara en mi sistema mientras trabajábamos juntos, me llevaría directa al desastre.

Tenía que tratarlo como a un alumno más.

Como a un cadete al que no dudaría en reprender si desafiaba una de mis órdenes.

Bloqueé mi consola, me puse en pie de un salto y salí de la sala de control en dirección a la sala de descanso. Necesitaba café. Uno muy cargado, tan negro y amargo como la actitud que iba a tener que mantener durante los próximos tres meses.

Al empujar la puerta batiente de la sala de descanso encontré que estaba ocupada por tres tipos enormes vestidos con el mono de vuelo rojo. El equipo Alfa en todo su esplendor.

Caleb estaba apoyado contra la encimera, con el mono de vuelo a medio abrochar, sosteniendo una taza humeante.

A su lado, Noah Grant rebuscaba en la máquina expendedora con el ceño fruncido, y en uno de los sofás hundidos, Ian Collins revisaba su teléfono en silencio, con esa inalterable quietud que lo caracterizaba.

—¡Buenos días a mi equipo de rescate favorito! —anuncié, sintiéndome más tranquila y yo misma que hacía un rato.

Fui directa hacia mi hermano mayor y me lancé a sus brazos. Caleb soltó una carcajada ronca, dejando la taza a un lado justo a tiempo para atraparme y darme un abrazo que me levantó un palmo del suelo.

—Eh, fiera —me saludó, revolviéndome el pelo al soltarme.

—Grant, Collins —dije, girándome hacia los otros dos—. ¿Qué tal los achaques de la edad? ¿Listos para volar?

Noah soltó un bufido y le dio un golpe a la máquina expendedora antes de girarse hacia mí con una sonrisa torcida.

—Estoy en la flor de la vida, chica. Mi cuerpo es un templo del rendimiento sanitario. Eres tú la que tiene cara de necesitar tres dosis de cafeína en vena.

—Y tú tienes cara de que la máquina acaba de robarte un dólar otra vez —repliqué, guiñándole un ojo.

Noah soltó una maldición por lo bajo y volvió a golpear el cristal, haciéndome reír—.

Oye, espero que tengáis ganas de hacer de niñeras.

El comandante Harris acaba de soltarme que vamos a tener a los cadetes de la academia rotando por los helicópteros durante los próximos tres meses.

Caleb se enderezó, y vi cómo sus ojos claros se iluminaban con interés. Ian también levantó la vista del móvil.

—Es una buena noticia —dijo Caleb, cruzándose de brazos—. Nos vendrá bien sangre fresca en la base. Me gusta enseñar a los nuevos en el aire.

—Sí, bueno, guarda el entusiasmo, Capitán América —mascullé, yendo hacia la cafetera para servirme la taza más negra y amarga que pude encontrar—. Adivina quién viene en el paquete de los seis elegidos. El insufrible y arrogante de Patrick O'Malley.

Chasqueé la lengua con fastidio, dándole la espalda a mi hermano mientras echaba un poco de azúcar al café y lo llenaba hasta el borde de leche fría.

—Patrick es un bombero excelente, Clover —me rebatió Caleb, con ese tono frío y razonable que a veces me daban ganas de acallar—. Se está tomando muy en serio su formación. Si está entre los seis seleccionados para hacer prácticas con nosotros, es porque se lo ha ganado a pulso.

Apreté la cucharilla con fuerza. Lo sabía. Joder, si lo sabía. Pero admitirlo en voz alta era darle demasiado crédito.

—Me da igual lo bueno que sea colgándose de un cable —espeté, girándome hacia ellos con la taza en las manos.

La ansiedad empezó a filtrarse en mi voz—.

Es que no lo soporto, ¿vale? Ya tengo que aguantarlo metido en mi apartamento, paseándose por mi pasillo, comiéndose la comida de mi nevera, gastándome el jabón de ducha, encontrando su ropa en mi cesto de la colada y ahora también voy a tenerlo aquí.

En mi base. En mi sala de comunicaciones.

Escuchando su tonito arrogante por la emisora y viendo su cara de chulo en la sala de descanso.

Al levantar la mirada de mi taza me di cuenta de que los tres me miraban con las cejan enarcadas y una media sonrisa que delataban lo que pesaban.

—Míralo por el lado bueno, Clover —sugirió Noah, con voz suave—. Lleváis meses de piques y hostilidad. Quizá obligaros a trabajar juntos sea la excusa perfecta para limar asperezas de una vez.