DOS #2
Violet me observó unos segundos más, asimilando la verdad aplastante de mis palabras. Finalmente, descruzó las piernas y se puso de pie.
—Buenas noches, O'Malley. No te castigues demasiado.
—Buenas noches, Grant.
Escuché la puerta de su habitación cerrarse al final del pasillo.
Me quedé solo en la penumbra del salón. Dejé caer la espalda de nuevo contra el sofá, clavando los ojos en las sombras del techo.
Tenía el tiempo en contra. Y lo peor de todo es que seguía sin tener ni la más remota idea de cómo acercarme a ella, de cómo desarmar sus defensas o de cómo lograr, por una maldita vez en la vida, que dejara de odiarme.
✽✽✽
El domingo por la mañana, el silencio de nuestro apartamento me golpeó con más fuerza que la resaca que no tenía.
Me asomé al pasillo, descalzo y con el ceño fruncido.
La puerta de la habitación de Clover estaba abierta de par en par y la cama seguía perfectamente hecha.
No había dormido en casa. El estómago se me retorció en un nudo y una punzada de ansiedad me subió por la garganta al imaginarla saliendo de la fiesta del brazo de cualquier imbécil con el que hubiera decidido pasar la noche.
Tuve que apretar los puños y obligar a mi cerebro a frenar esa línea de pensamiento antes de volverme loco.
«Está con Octavia».
Me lo repetí como un mantra mientras me metía bajo la ducha fría.
«Seguro que se quedó en casa de Caleb con la niña y con mis padres».
Un par de horas después, conduje hasta la casa que ahora compartían mi hermana y Caleb a las afueras de Raven Ridge.
Los recién casados se habían marchado a una mini luna de miel de apenas dos días, el único descanso que el hospital y la base de rescate les habían permitido, y mis padres, Mary y Ben, se habían quedado al cargo de Octavia antes de regresar a Portland.
Al aparcar la camioneta, el aire afilado de mediados de enero me cortó la cara.
En el porche, abrigada hasta las orejas con un plumas enorme y un gorro de lana calado hasta las cejas, estaba Octavia.
Tenía las manos manchadas de grasa, agachada frente a su bicicleta de montaña con el ceño fruncido en una expresión de concentración absoluta que era cien por cien Donovan.
Sonreí. Era imposible no querer a esa niña con locura.
Caleb y Hannah eran su centro, su universo de seguridad, y mis padres se habían convertido en sus abuelos adoptivos, la clase de abuelos ruidosos y consentidores que Octavia merecía.
Y Clover era su ídolo. Pero yo me había adjudicado el papel del tío canalla; quería que supiera que, pasara lo que pasara, si alguna vez necesitaba a alguien que le guardara un secreto, que la protegiera de todo o que acudiera en su ayuda sin hacer preguntas, solo tenía que llamarme a mí.
Me acerqué a ella, apoyando una mano en el poste de madera del porche.
—¿Problemas mecánicos, enana? —le pregunté.
Octavia levantó la vista, apartándose un mechón oscuro de la frente, y me dedicó una sonrisa inmensa.
—Intento arreglar los frenos. Hacen un ruido muy raro cuando bajo por la pendiente del bosque.
—A ver, déjame echarle un vistazo.
Me agaché a su lado, ignorando el frío que subía por las tablas de madera, y entre los dos desmontamos la pinza. Le enseñé cómo alinear las pastillas y cambiar los discos de freno. Mientras la observaba apretar el tornillo con sus manos pequeñas y manchadas, sentí una sacudida de nostalgia.
—Me recuerdas un montón a tu tía Clover —le dije, pasándome un trapo por los nudillos—. Ella también era una cabezota y se empeñaba en reparar su propia bicicleta. Nunca dejaba que yo le tocara la cadena.
Octavia abrió mucho los ojos turquesas, tan idénticos a los de su tía.
—¿En serio? No sabía eso de ella.
—Oh, no sabes ni la mitad, enana —bromeé, guiñándole un ojo—. Cuando quieras, te puedo contar un arsenal de historias sobre todas las travesuras que hacíamos cuando teníamos tu edad. Tu tía era un peligro público.
Octavia soltó una carcajada limpia y cristalina que se condensó en vapor en el aire frío. Se quedó mirándome un segundo, ladeando la cabeza con esa inteligencia afilada que caracterizaba a los Donovan.
—Pues no eres tan horrible como dice la tía Clover —sentenció con total naturalidad—. Eres bastante guay, tío Patrick.
Una carcajada me brotó del pecho.
—Quédate con esa idea en la cabeza, pequeña —le dije, dándole un toque suave en la punta de la nariz helada—. Y ayúdame a ablandarla un poco, ¿trato?
Antes de que Octavia pudiera responder, la puerta mosquitera crujió a nuestras espaldas. Mi padre asomó la cabeza, frotándose los brazos por el frío.
—Como no entréis ya, tendré que usar un soplete para despegaros del porche —nos advirtió con una sonrisa—. Venga, adentro.
Octavia dejó las herramientas y entró corriendo. Yo la seguí, empapándome al instante del calor de la calefacción y del olor a comida casera que venía de la cocina. Fui directo hacia los fogones y le di un beso sonoro en la mejilla a mi madre.
Mary me observó de arriba abajo con esa mirada de escáner maternal que nunca fallaba.
—¿Estás bien, Patrick?
—Sí, claro —mentí, apoyando la cadera contra la encimera. Mi pierna derecha rebotaba con una leve inquietud. Seguía sin saber dónde demonios estaba Clover.
Fue entonces cuando escuché su voz.
Venía del piso superior, bromeando con Octavia sobre quién llegaría primero a las escaleras.
Segundos después, Clover apareció en el umbral del salón.
Llevaba unos vaqueros, un jersey ancho de lana que le quedaba inmenso y el pelo revuelto.
Había dormido aquí. Con mi familia y con su sobrina.
No se había ido con nadie. Estaba preciosa.
La punta de los dedos me hormigueaba por el deseo de acercarme y tocarla.
Cuando Clover levantó la vista y me vio apoyado en la cocina de su hermano, se quedó sin palabras. El buen humor desapareció de su cara como si alguien hubiera pulsado un interruptor, sustituido de inmediato por un gesto de pura irritación y fastidio.
Le dediqué mi mejor y más arrogante sonrisa canalla.
—¿Ya me echabas de menos, muñeca? —arrastré las palabras, cruzándome de brazos para disfrutar de la forma en que sus mejillas se encendían.
Clover abrió la boca para soltarme algún veneno, pero el sonido de unos neumáticos triturando la grava del camino de entrada nos interrumpió. Fruncí el ceño y me giré hacia la ventana de la cocina.
—¿Esperamos a alguien más? —le pregunté a mi madre, viendo asomar el morro de un todoterreno que conocía muy bien.
—Son Vera y Sean —respondió Mary con voz suave, secándose las manos en un trapo—. Vienen a comer con nosotros, Patrick. Ahora somos familia.
El estómago se me revolvió en un instante, pero esta vez no fue por ansiedad. Fue puro asco. Mi mandíbula se tensó con tanta fuerza que los dientes me rechinaron.
Vera Donovan.
La mujer que había empujado a mis padres al exilio, que nos obligó a malvender nuestra casa y a largarnos del pueblo hace trece años.
La mujer que había ignorado y despreciado a Octavia durante toda su infancia porque culpaba a su padre por no haber salvado a su hermano pequeño, y que había odiado a mi hermana Hannah hasta enfermar, culpándola de haber sobrevivido al accidente en lugar de Carson.
La mujer que había ignorado a su hija de doce años como si solo su dolor fuera importante.
Clover podría hacer la vista gorda con su madre.
Hannah, Caleb y Octavia la habrían perdonado.
Mi madre, con su corazón enorme, la habría invitado a comer. Pero yo no olvidaba. Yo no perdonaba.
Mi madre se acercó, apretándome el brazo con firmeza.
—Compórtate, Patrick —susurró, con una advertencia severa en los ojos.
No respondí. Me separé de la encimera y mantuve la espalda recta.
La puerta principal se abrió. Vera y Sean Donovan entraron, sacudiéndose el frío. Sean repartió saludos cordiales y Vera forzó una sonrisa diplomática, agradeciendo a Mary la invitación. Pero entonces, los ojos de Vera escanearon la cocina y se cruzaron con los míos.
No disimulé ni una fracción de la hostilidad que me hervía en la sangre.
La miré con un desprecio tan absoluto, que la sonrisa de Vera se congeló en su rostro.
Se le cortó la frase a medias. Dio un paso imperceptible hacia atrás, casi chocando con su marido, y sus ojos se desviaron rápidamente hacia el suelo.
Nadie más en la sala se dio cuenta. Ni Sean, ni mi padre, ni siquiera Clover. Solo mi madre soltó un pequeño suspiro de advertencia a mi lado, y Vera, que optó por rodear la isla de la cocina por el lado más alejado a mí, evitando cruzarse en mi espacio.
Y yo me quedé allí, en silencio, clavando mi postura. Sabía que esta guerra silenciosa me costaría cara con Clover, pero había lealtades que jamás pensaba negociar.