DOS
Patrick
E l silencio del apartamento me recibió en cuanto empujé la puerta.
Lancé las llaves en el pequeño cuenco de cerámica de la entrada, escuchando el tintineo metálico rebotar contra las paredes vacías. Un piso que, como Clover se empeñaba en recordarme a diario con esa lengua afilada que tenía, yo solo ocupaba de forma "estrictamente temporal".
Solté un suspiro largo y empecé a sacarme los faldones de la camisa del pantalón. Me desabroché la pajarita con un tirón seco, dejándola colgar sobre el cuello abierto, y caminé descalzo hasta la cocina. Saqué una botella de agua de la nevera y me dejé caer de espaldas en el sofá del salón.
Me pasé una mano por la cara y cerré los ojos un instante. El cansancio físico no era nada comparado con el agotamiento mental que me provocaba orbitar alrededor de Clover Donovan.
Mi mente viajó de forma traicionera al cuarto de suministros.
A sus manos agarradas a mi pelo, a la forma en que su cuerpo esbelto y tenso se había pegado al mío, buscando fricción, buscando calor.
La respiración se me aceleró solo de recordarlo.
Había estado preciosa esta noche. Con ese vestido rojo y esos enormes ojos azul turquesa que siempre me volvían loco, parecía una puñetera muñeca, la clase de mujer capaz de volarle la cabeza a cualquier hombre que tuviera la suerte de mirarla dos segundos seguidos.
La dulzura de sus labios, la desesperación con la que me había devuelto el beso, el roce de sus dedos en mi cinturón... Todo en ella era fuego.
Hasta que decidió convertirse en hielo.
La frialdad con la que me había empujado, la hostilidad brutal en la pista de baile y su amenaza de convertir en su "misión de vida" ignorarme hasta que me largara del pueblo me habían golpeado más fuerte de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.
Di un trago largo de agua y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá, clavando la vista en el techo a oscuras.
Yo no era un hombre de medias tintas. La academia de rescate en la que me estaba formando era mi vida.
El trabajo vertical, jugarme el cuello colgando de un cable en medio de una tormenta de nieve para sacar a alguien de un barranco...
eso era pura vocación. En mi trabajo yo era disciplinado, humilde, una máquina de precisión enfocada al cien por cien en la misión y en no cometer un solo error.
Pero cuando me quitaba el uniforme y me enfrentaba a Clover, toda esa disciplina se iba al infierno.
Mi plan inicial había sido sencillo: volver a Wildwater Falls, usar la especialización en la academia como excusa y, sencillamente, acercarme a ella de nuevo.
Ahora que Hannah estaba feliz con Caleb y la guerra entre los Donovan y los O'Malley parecía haber firmado una tregua, creí que el camino estaba despejado.
Pensé, de forma ingenua y estúpida, que podríamos recuperar nuestra complicidad. Que volveríamos a ser los de antes.
No esperaba estrellarme contra un rechazo tan frontal. Tan lleno de rencor.
Y lo peor de todo era mi propia reacción.
Cada vez que Clover me levantaba un muro, cada vez que me miraba como si fuera escoria, mi instinto de defensa se disparaba y yo respondía con lo único que siempre me había funcionado: mi actitud.
Mi chulería. Sabía que mi boca y mi sarcasmo la sacaban de quicio.
Ya era así de niños. Me encantaba picarla, buscarle las cosquillas con cualquier comentario mordaz solo para ver cómo se le encendían los ojos, hasta que los dos terminábamos partiéndonos de risa en el porche de su casa.
Pero esa magia, esa facilidad para leernos el uno al otro, parecía haberse esfumado.
Apreté la botella de plástico hasta que crujió entre mis dedos.
El puto accidente de autobús de hace trece años. La campaña de acoso de su madre, Vera, que obligó a mi familia a huir como criminales. La muerte de Carson.
Y, sobre todo, lo que había pasado hace seis años.
Ese era el verdadero fantasma en la habitación. Toda esa mierda acumulada había enturbiado lo que teníamos.
¿Y si lo había roto de forma irremediable?
No. Me negué a aceptarlo. Si Clover Donovan se creía que me iba a rendir solo porque me había declarado la guerra en medio de una pista de baile, es que había olvidado quién era Patrick O'Malley.
El clic de la cerradura de la puerta principal resonó en el silencio del apartamento como el chasquido de un gatillo.
Levanté la cabeza de golpe del respaldo del sofá. Esperaba ver entrar a Clover, aún envuelta en su vestido de madrina, quizá dispuesta a soltarme otra réplica afilada o, con un poco de suerte, a mirarme con esos ojos turquesas desbordados de furia.
Pero la persona que cruzó el umbral sacudiéndose la nieve del abrigo no fue ella. Era Violet.
Dejé caer la cabeza de nuevo contra los cojines con un resoplido pesado, sintiendo cómo la tensión me abandonaba de golpe.
—Eh, Grant —la saludé con voz ronca, arrastrando las palabras.
—O'Malley —respondió ella, con su habitual tono sosegado.
Cerré los ojos, escuchando sus pasos amortiguados acercándose a la cocina.
Oí el zumbido de la nevera al abrirse, el ruido líquido de algo al destaparse y, segundos después, el crujido del cuero cuando Violet se dejó caer en uno de los butacones individuales que flanqueaban el sofá.
No dijo nada al principio. Violet era así: introvertida, observadora y dueña de unos silencios que solían obligarte a hablar de más.
—¿Estás bien? —preguntó por fin.
Asentí lentamente. Abrí un solo ojo para mirarla desde mi posición despatarrada en el sofá.
—¿Tengo pinta de estar mal?
Violet le dio un sorbo a su bebida, apoyó los codos en las rodillas y arqueó una ceja con una ironía que me resultó insultantemente familiar.
—Tienes pinta de cachorro apaleado, Patrick.
Solté una carcajada seca, frotándome la cara con ambas manos antes de dejar caer los brazos a los lados.
—No soy un puto cachorro, Vi. Pero sí... definitivamente me siento algo apaleado hoy.
—Es por Clover.
No era una pregunta. Me encogí de hombros, intentando quitarle peso al bloque de hormigón que me aplastaba el pecho.
—No tiene importancia. Supongo que me estoy acostumbrando a este odio desaforado de los Donovan. No es nada nuevo. Quiero decir, comparado con lo que hizo Vera hace trece años para destruir a mi familia y echarnos del pueblo, el hielo de su hija pequeña no debería sorprenderme.
La expresión de Violet se endureció al instante. Dejó la lata sobre la mesa de centro con un golpe que me obligó a abrir el otro ojo.
—No hagas eso —me reprendió con una severidad implacable—. No compares a Vera con Clover. Sabes perfectamente que no tienen nada que ver.
Esbocé una media sonrisa torcida, sintiendo el regusto amargo de mis palabras.
—Tienes razón. No puedo compararlas. —Tragué saliva, sintiendo que la confesión me arañaba la garganta—. Porque Clover tiene el poder de hacerme muchísimo más daño del que Vera logró hacerme jamás.
Violet me miró en silencio, y vi cómo sus facciones se suavizaban. Sus ojos oscuros se llenaron de una compasión silenciosa y honesta. Esa mirada de lástima fue como una aguja clavada directamente en mi orgullo. Me enfurruñé, incorporándome un poco para fulminarla con la mirada.
—No me tengas lástima, Violet. Odio que me compadezcan.
—Intentaré no hacerlo —replicó ella, inalterable—, pero no me lo pones nada fácil con esa cara de cachorrito abandonado.
—Que no soy un cachorro.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, esta vez menos hostil. La calefacción del apartamento zumbaba de fondo, peleando contra los grados bajo cero del invierno que castigaba Wildwater Falls al otro lado de los cristales. Me froté el puente de la nariz, derrotado por mi propia cabeza.
—Estaba preciosa en la boda —solté de repente, casi sin darme cuenta.
La imagen de Clover en la ceremonia, con la barbilla alta, la respiración agitada y la piel encendida por nuestro encuentro previo en el cuarto de suministros, se me había quedado grabada a fuego en las retinas.
Era una muñeca sexy capaz de volarle la cabeza a cualquier hombre. Pero yo no quería ser cualquier hombre.
Violet asintió despacio, recostándose en el butacón.
—Ten un poco de paciencia con ella, Patrick.
Negué con la cabeza, apretando los puños sobre las rodillas.
—No es cuestión de paciencia, Vi. Es cuestión de tiempo.
—Señalé vagamente hacia mi habitación, ese espacio temporal que Clover me recordaba a diario—.
Mi especialización en la academia de rescate está justo a la mitad.
Me quedan tres meses. Y cuando se acaben, voy a tener que tomar la decisión de irme o pedir una plaza fija para quedarme.
Y si ella me sigue mirando como si fuera veneno...
Violet cruzó las piernas, observándome con esa calma suya que me desesperaba.
—Piensa en cómo funciona su cabeza. Clover ha sido abandonada sistemáticamente por todas las personas a las que amaba.
Sus padres dejaron de verla cuando murió Carson, hundidos en su propia miseria.
Sus hermanos mayores estaban demasiado rotos o ausentes tras el accidente.
Y tú... su mejor amigo, la persona a la que le contaba todo... tú también te fuiste.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.
—Yo no quería irme. Era un niño dolido. Y ella sabe... —Me callé de golpe, mordiéndome la lengua antes de hablar de más.
—Da igual el motivo —continuó Violet—. Para ella, amar significa que tarde o temprano te quedas sola. Está aterrorizada, Patrick.
Sostuve la mirada de mi compañera de piso. Entendía cada palabra que decía. Lo llevaba sabiendo desde que éramos unos críos y yo le guardaba los secretos. Pero la teoría no curaba la distancia kilométrica que nos separaba en la práctica.
—Lo sé —murmuré —. Conozco sus heridas mejor que nadie. Pero hay decisiones que no dependen de mí. Puedo aguantar sus desprecios, puedo intentar provocarla para que al menos me mire, pero la decisión de dejarme entrar y dejar de huir... solo puede tomarla Clover.