UNO #3
La banda empezó a tocar una melodía lenta y acústica. Patrick no pidió permiso. Levantó una mano, entrelazó sus dedos con los míos y deslizó la otra alrededor de mi cintura, sobre la seda de mi vestido. Tiró de mí. Fuerte.
Choqué con su pecho con un jadeo ahogado.
Su brazo actuó como una barrera de hierro en mi espalda baja, acercando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos.
Me envolvió de inmediato su calor, traspasando la tela de su esmoquin y la de mi ropa.
Olía a frío de montaña y a algo puramente masculino que me disparó el pulso directamente a las sienes.
Mantuve la vista rígidamente clavada en el nudo de su pajarita, negándome a levantar la barbilla. Negándome a hablar. Si abría la boca, le daría pie a burlarse de mí, a sacar a relucir el momento en el cuarto de suministros, mis manos en su cinturón y mi pérdida total de control.
Bailamos en silencio durante los primeros compases. Él dominaba cada movimiento, arrastrándome por la pista con una firmeza que me obligaba a seguirlo ciegamente. Sentía el peso de su mirada oscura quemándome la piel de la cara.
—¿No vas a decir nada, muñeca? —Su voz vibró profunda, rozándome la sien, lo bastante baja para que nadie más nos escuchara.
Apreté los labios, manteniendo los ojos fijos en la tela negra de su chaqueta.
Odiaba que me llamara así. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si siempre hubiéramos sido Pat y Clover.
Como si aún fuera el chico que me hacía reír hasta que se me saltaban las lágrimas.
El mismo chico que me rodeaba los hombros con su brazo y me consolaba. Mi persona.
Pero yo tenía claro que ya no éramos Pat y Clover. No éramos nada. Solo un recuerdo doloroso.
Patrick soltó un suspiro hondo que expandió su pecho contra el mío. Sus dedos, apoyados en mi espalda, ejercieron una presión sutil, como si quisiera hundirme todavía más en él.
—No puedes ignorarme para siempre, Clover.
Levanté la cabeza de golpe y clavé mis ojos en los suyos.
—Claro que puedo, O'Malley —le espeté, con un tono afilado como el hielo de la calle—. De hecho, lo voy a convertir en mi única misión de vida durante los tres meses que te quedan de formación en la academia. Y créeme, estoy contando los días.
Patrick no parpadeó. Me observó en silencio durante un segundo eterno, evaluando la hostilidad de mi rostro. Y entonces, lentamente, esa maldita y arrogante sonrisa burlona curvó la comisura de sus labios.
—Quizá te fallen los cálculos, muñeca —ronroneó, arrastrando las palabras con una chulería insoportable—.
Quizá me quede para siempre. Ahora que Hannah vive aquí de forma permanente y que mis padres pasan más tiempo aquí que en su casa, no tengo nada que me ate a Portland.
Voy a especializarme en rescate vertical y de alto riesgo.
Con mis credenciales, quizá solicite una plaza fija en la base aérea.
El suelo pareció desaparecer bajo mis tacones.
«No».
Apenas estaba sobreviviendo a tenerlo en la ciudad de forma temporal.
Solo soportaba la asfixia de su presencia, de cruzarme con él en la cocina, de oler su gel de ducha en nuestro baño, porque sabía que tenía fecha de caducidad.
Si él decidía quedarse en Wildwater Falls, si entraba en la base de rescate, mi resistencia no aguantaría.
Tendría que verlo a diario. Tendría que soportarlo en las barbacoas familiares de los domingos en casa de Caleb y Hannah. En el bar The Switchback con nuestros amigos. Y lo que era infinitamente peor... al final tendría que verlo con otra.
Una punzada de dolor tan aguda y violenta me atravesó el pecho que casi me corta la respiración. Bloqueé la mente al instante. No quería analizar ese terror. No quería desenterrar el recuerdo de hace seis años, sintiéndome la persona más estúpida y abandonada del universo.
Enderecé la espalda, con una máscara de total indiferencia.
—Puedes hacer lo que te dé la reverenda gana con tu carrera —repliqué, destilando hielo en cada sílaba—.
Pero en cuanto acabe tu curso en la academia, recoges tus cosas y dejas mi apartamento, tal y como acordaste con Violet.
No quiero tenerte cerca ni un solo segundo más de lo estrictamente necesario.
No esperé a que la canción terminara. Tiré de mi mano para soltarme de la suya.
Patrick endureció la mandíbula y cerró los dedos, resistiéndose a dejarme ir durante una fracción de segundo en la que su fuerza se impuso.
Me sostuvo la mirada, y vi un destello oscuro y peligroso en sus ojos castaños que me advirtió que no estaba dispuesto a ponérmelo fácil.
Pero apliqué más fuerza, dándole un tirón brusco, y logré liberarme de su agarre.
Me di media vuelta, abandonándolo en el centro de la pista, sintiendo su mirada clavada en mi nuca a cada paso que daba.
Tenía que alejarme. Tenía que mantener unas distancias kilométricas con él. Porque si Patrick O'Malley volvía a entrar en mi vida de verdad, sabía con una certeza aterradora que terminaría rompiéndome el corazón.
Otra vez.