Flare (Wildwater Falls 5) UNO #2
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UNO #2

Fue entonces cuando la organizadora del evento se me acercó corriendo, con los auriculares colgando del cuello y la cara radiante.

—La novia está lista —me anunció, dándome un golpecito en el brazo—. Colóquese en la puerta, señorita Donovan. El padrino y usted deben caminar juntos por el pasillo para abrir el cortejo nupcial.

Se me heló la sangre en las venas.

Miré hacia el inicio de la alfombra blanca. Patrick ya estaba allí, esperándome, con los brazos cruzados y esa media sonrisa exasperante bailando en sus labios mientras me sostenía la mirada desde la distancia.

No podía huir. Tenía que agarrarme a su brazo y caminar frente a cien personas. Iba a ser una lenta y agónica tortura.

El murmullo del salón se apagó gradualmente cuando las primeras notas de los violonchelos llenaron el aire. Me detuve en el umbral que daba inicio a la alfombra blanca. Patrick ya estaba allí.

Se giró hacia mí, impecable, y me ofreció el brazo con una lentitud exasperante.

Esa maldita sonrisa arrogante, tan suya, le curvaba la boca.

Dudé un segundo, sintiendo el calor de la humillación aún latiendo en mi cuello tras lo que acababa de pasar en el cuarto de suministros, pero terminé deslizando la mano reticente sobre la manga de su esmoquin.

El músculo de su bíceps se tensó bajo mi tacto, sólido como una roca. Maldito él y sus músculos.

—Es hora del espectáculo, muñeca —murmuró, inclinando la cabeza hacia mí.

Lo ignoré, girando el rostro hacia atrás.

Allí estaban. Hannah esperaba al final del pasillo, lista para avanzar.

Llevaba un vestido blanco de corte sirena, sencillo pero devastadoramente elegante, cubierto por una capa de manga larga que le daba un aire etéreo, como una princesa de las nieves en medio del invierno salvaje de Wildwater Falls.

A su lado, Octavia aferraba una pequeña cesta, enfundada en un vestido azul que hacía resaltar el turquesa de sus propios ojos.

Una punzada de emoción pura me oprimió el pecho. Estaban preciosas. Le guiñé un ojo a Hannah, incapaz de articular palabra, y vi cómo sus labios temblaban al devolverme una sonrisa radiante, desbordada de felicidad.

Empezamos a caminar.

Como ya había previsto, avanzar del brazo de Patrick era una tortura de contrastes.

Sentía el calor que irradiaba su cuerpo, la fricción de nuestros costados rozándose a cada paso, alimentando esa mezcla perturbadora de deseo irracional y hostilidad que me ahogaba cada vez que lo tenía cerca.

Era magnético y repulsivo a la vez. Sin embargo, cuando levanté la vista hacia el altar, lo que vi me ayudó a centrarme.

Me sentí repentinamente ligera. Feliz. Caleb nos esperaba allí.

Estaba pletórico de pie con una seguridad aplastante.

A su lado, Cormac mantenía los hombros rectos y la mandíbula tensa, con esa expresión severa de militar que nunca lo abandonaba, pero conocía lo suficiente a mi hermano para ver el orgullo brillando en sus ojos.

Al llegar al altar, la caminata terminó.

Patrick se separó de mí para colocarse en el lado de la familia de la novia, mientras yo daba un paso para situarme junto a mi hermano.

Obligué a mi cerebro a ignorar la absurda sensación de vacío que me recorrió el costado derecho al perder el contacto con el brazo de él.

La música subió de intensidad. Todos los invitados se giraron.

Hannah comenzó a avanzar por el pasillo del brazo de su padre, Ben O’Malley, con Octavia abriendo el camino.

Podría haber mirado a la novia, pero mis ojos se clavaron instintivamente en Caleb.

Mi hermano, el piloto de rescate de nervios de acero, se estaba desmoronando.

Vi cómo su pecho subía y bajaba con brusquedad.

Sus ojos, siempre tan calculadores, se llenaron de lágrimas que fue incapaz de contener.

Soltó un suspiro tembloroso, mientras observaba a la mujer de su vida caminar hacia él.

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que casi saboreé la sangre, luchando contra mis propias lágrimas.

Buscando un punto fijo para no echarme a llorar, levanté la vista y crucé la mirada hacia el otro lado del altar. Patrick no estaba mirando a su hermana. Me estaba mirando a mí.

Tenía la vista clavada en mi rostro, completamente ajeno a los invitados, a la novia y a la música.

Tenía los labios ligeramente entreabiertos y una expresión absolutamente embobada.

Era la misma mirada que me había dedicado trece años atrás en el porche de mi casa, segundos antes de que Carson bajara de aquel autobús escolar.

Le fruncí el ceño, advirtiéndole en silencio. Él pareció despertar de un trance, apretó la mandíbula y desvió la vista hacia el pasillo.

La ceremonia fue perfecta. Las promesas juradas en voz baja, la tensión emocional en el aire, el estallido de aplausos cuando Caleb besó a Hannah con una necesidad absoluta. Todo fluyó hacia el banquete con una energía vibrante.

Me pasé toda la comida esquivando a Patrick. Ignoré sus miraditas irritantes desde la otra mesa, su forma de reírse con los invitados mientras, de reojo, controlaba cada uno de mis movimientos como un depredador aburrido.

Cuando por fin llegó la hora de la fiesta, me refugié cerca de los ventanales. Sostenía una copa que apenas había probado, observando a Caleb y Hannah girar en el centro de la pista durante su primer baile. Parecían gravitar el uno hacia el otro, protegidos en su propio universo.

—Se ven tan felices.

La voz de mi madre me sobresaltó. Vera Donovan se detuvo a mi lado, observando la pista. Asentí despacio.

Giré la cabeza para mirarla. Sonreía, pero a pesar de la alegría por su hijo mayor, había una sombra opaca en sus ojos, un velo de melancolía imposible de borrar.

—¿Estás bien, mamá? —le pregunté en voz baja.

Vera apretó los labios y soltó el aire lentamente.

—Sí. Lo estoy —murmuró, aunque su mirada se perdió en las vigas del techo—. Solo... desearía que Carson estuviera aquí. Y desearía no haber perdido doce años de la vida de tu hermano Caleb.

El nombre de Carson flotó entre nosotras.

—Caleb te ha perdonado —le aseguré. Hannah le había salvado la vida a mi madre, y ese acto había dinamitado el rencor entre los Donovan y los O’Malley.

Vera me miró, y había una tristeza infinita en las arrugas finas alrededor de sus ojos.

—Lo sé, Clover. Lo sé. —Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Pero saber que te perdonan no borra lo que hiciste. Es muy difícil superar el hecho de que me convertí en un monstruo durante doce años. Es difícil vivir contigo misma cuando sabes el daño que fuiste capaz de causar.

Me quedé helada. Las palabras de mi madre se clavaron en mi pecho como una daga. No supe qué responderle. No pude.

Porque en el fondo, sabía exactamente a qué se refería. Sabía lo que era cargar con una mochila de culpa y arrepentimiento.

Aparté la mirada hacia la oscuridad al otro lado del cristal. El eco de una voz infantil resonó en las paredes de mi cráneo, tan nítido como la tarde en que lo pronuncié.

«¡Te odio!».

En ese momento, la voz de la organizadora resonó por los altavoces, cortando de raíz la neblina de mis oscuros pensamientos.

—Damas y caballeros, ruego que presten atención a la pista. Ha llegado el momento de los bailes tradicionales. Invitamos al padre de la novia y a la madre del novio a acompañar a los recién casados... y, por supuesto, a nuestros espectaculares padrinos.

El pánico me atenazó la garganta. Antes de que pudiera girarme para huir hacia la barra del bar o atrincherarme en el baño de mujeres, la multitud se apartó ligeramente.

Lo vi de inmediato. Patrick caminaba directo hacia mí con una determinación depredadora.

Su paso era largo, fluido, completamente seguro.

No me dio tiempo ni a retroceder un centímetro. No tenía escapatoria.