UNO
Clover
E l salón principal olía a pino, a cera derretida y a flores de invierno.
Era mediados de enero y la nieve sepultaba Wildwater Falls bajo medio metro de nieve, pero allí dentro, rodeada de luces cálidas y guirnaldas blancas, la temperatura rozaba la perfección.
Repasé mentalmente la lista de tareas con la respiración contenida, alisándome la falda del vestido.
Como madrina y organizadora extraoficial, no iba a permitir que fallara ni un solo detalle.
Hoy se casaba Caleb, mi hermano mayor, mi faro y la persona que me había mantenido a flote durante mis peores años.
Y lo hacía con Hannah O'Malley, la jefa de trauma del hospital, la mujer a la que yo idolatraba de niña y a la que quería como a una hermana.
Que los apellidos Donovan y O'Malley se unieran hoy frente a un altar era un milagro.
Llevábamos trece años destrozándonos mutuamente por culpa del accidente de autobús en el que murió nuestro hermano Carson, pero Hannah y Caleb habían logrado superar las barreras familiares y romper con todos los prejuicios habidos y por haber.
Y luego estaba él.
Patrick O'Malley. El hermano pequeño de la novia.
El padrino de la boda. Mi antiguo mejor amigo de la infancia.
Ahora vivía en mi propio apartamento ocupando la tercera habitación, compartiendo techo con Violet Grant, mi actual mejor amiga, y conmigo mientras terminaba su especialización en la academia de rescate vertical, y su sola presencia me desestabilizaba hasta darme náuseas.
—Clover.
La voz grave de Caleb me sacó de mis pensamientos.
Giré sobre mis tacones y sonreí al instante.
Mi hermano estaba impresionante con el traje oscuro.
A su lado caminaba Cormac, nuestro hermano y mellizo de Caleb, masivo e imponente con su postura militar, y un paso por detrás venían mis padres, Vera y Sean Donovan.
Caleb se pasó una mano por el pelo, un gesto inequívoco de que los nervios se lo estaban comiendo vivo, pero bajo esa tensión había una seguridad aplastante. Estaba exactamente donde quería estar.
—¿Todo listo? —me preguntó, clavando sus ojos en los míos.
—Todo está perfecto, Caleb —le aseguré, acortando la distancia para rodearle la cintura con los brazos.
Me devolvió el abrazo con fuerza, apoyando la barbilla en mi cabeza—.
Octavia está arriba con Hannah y con los O'Malley.
Está dando saltos de emoción con su vestido nuevo.
No te preocupes por nada. Va a ser la boda más mágica que ha visto este pueblo en mucho tiempo.
Él suspiró, aliviado, y me besó la frente antes de que Cormac le diera una palmada en el hombro para llevarlo hacia el altar.
Los invitados empezaron a llenar la sala, el murmullo de voces elevándose por encima de la música de cuerda que sonaba de fondo. Revisé mi reloj. Faltaban quince minutos para que empezara la ceremonia y el padrino no estaba por ninguna parte. Como de costumbre.
Bufé por lo bajo y me abrí paso hacia la entrada principal. Levanté la mirada y lo vi.
El corazón me dio un vuelco doloroso y traicionero contra las costillas.
Patrick O'Malley cruzaba el umbral sacudiéndose unos copos de nieve de los hombros.
Su metro ochenta y cinco de altura llenaban el espacio.
Llevaba el esmoquin negro de padrino a medida, ajustado sobre la espalda ancha y los hombros fuertes que se ganaba a pulso en la academia de bomberos.
Estaba guapo a rabiar. Su pelo castaño oscuro estaba ligeramente despeinado y tenía esa maldita sombra de barba de dos días que le daba un aire canalla insoportable.
Insoportablemente sexy. Insoportablemente comestible. Follable.
«Basta, Clover.»
Cuando me vio, sus ojos oscuros se clavaron en mí y una media sonrisa arrogante curvó sus labios. Me sacaba de quicio.
—Llegas tarde, O'Malley —le espeté en cuanto estuvo a un palmo de mí.
—Tranquila, muñeca —ronroneó, con esa voz grave que siempre lograba que se me erizara el vello de la nuca—. Aún no ha empezado el espectáculo.
—Acompáñame. Tienes que ponerte la rosa blanca en la solapa y no pienso dejar que salgas ahí fuera pareciendo un desastre.
Lo agarré por la tela de la manga y tiré de él hacia una pequeña sala anexa donde los camareros guardaban suministros y yo había dejado los últimos detalles florales.
Cerré la puerta de madera a mis espaldas, cortando el ruido de los invitados de golpe.
El espacio era minúsculo. Demasiado estrecho para los dos.
Cogí el prendedor con la rosa blanca y se lo tendí.
—Toma. Póntela.
Patrick ni siquiera levantó la mano. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón del esmoquin, se apoyó contra el borde de una mesa de servicio y me miró desde arriba.
—Pónmela tú —exigió en voz baja, con un brillo desafiante en los ojos—. Aquí no hay espejos y no quiero que me quede torcida.
Resoplé, apretando la mandíbula. Odiaba tenerlo tan cerca, odiaba que mi cuerpo reaccionara a su olor a limpio y a frío. Pero no iba a montar un número a diez minutos de la boda de mi hermano.
Di un paso al frente, invadiendo su espacio personal. Me concentré ciegamente en la solapa de seda negra de su chaqueta, clavando el alfiler con más fuerza de la estrictamente necesaria, intentando ignorar el calor que irradiaba su pecho a centímetros de mis nudillos.
—Tienes el pulso alterado, muñeca —murmuró Patrick, inclinando la cabeza. Su aliento cálido me rozó la frente—. ¿Te pongo nerviosa?
El comentario fue una estocada directa a mi orgullo.
Levanté la vista de golpe, dispuesta a soltarle cualquier insulto, pero las palabras murieron en mi garganta.
Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban.
Sus ojos castaños habían perdido cualquier rastro de burla; ahora eran oscuros y estaban fijos en mi boca.
El tiempo pareció detenerse en esa sala de suministros. Patrick esbozó una media sonrisa, mucho más suave esta vez, y yo, traicionando a mi cerebro, a mi orgullo y a mi memoria, me incliné hacia adelante.
Él acortó los pocos centímetros que nos separaban.
El impacto de su boca contra la mía fue un cortocircuito.
Patrick me besó de forma implacable, posesiva.
Soltó un gruñido sordo, me agarró de la nuca con una mano firme y pegó su cuerpo contra el mío, empujándome ligeramente hasta que mi espalda chocó con la pared.
Abrí los labios con un suspiro tembloroso y su lengua invadió mi boca, saboreándome con una desesperación que me nubló la razón.
Le devolví el beso con la misma ferocidad.
Hundí los dedos en su pelo, tirando ligeramente de las hebras oscuras, mientras mi otra mano bajaba por su pecho, desesperada por sentirlo.
La fricción de nuestros cuerpos era un incendio.
Al rozar su cadera, sentí la dureza de su erección pulsando contra la tela del pantalón.
El deseo apagó mis alarmas. Bajé la mano, acariciándolo por encima de la ropa, arrancándole un gemido ronco contra mis labios.
Mis dedos encontraron el frío metal de la hebilla de su cinturón.
Tiré de ella, escuchando el leve clic de liberación en la pequeña sala.
Estaba a un segundo de deslizar la mano por debajo de la cinturilla, cuando Patrick se apartó una fracción de milímetro.
—Sabía que te morías por hacer esto, muñeca —susurró contra mi boca, con la respiración entrecortada pero con un inconfundible tono de suficiencia en la voz.
Fue como si me vaciaran un cubo de agua helada sobre la cabeza.
La realidad me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías.
«Mierda. Mierda, no».
Lo empujé por los hombros con tanta fuerza que Patrick trastabilló un paso hacia atrás, chocando de nuevo con el borde la mesa.
El rubor me incendió la cara, quemándome las mejillas y el cuello.
—Eres un imbécil arrogante, O'Malley —le siseé, con la voz temblando por la furia y la humillación—. No pienso volver a tocarte ni con un palo en lo que me queda de vida.
No le di tiempo a responder. Me giré sobre mis talones, agarré el pomo de la puerta y salí escopeteada al pasillo, con la respiración errática y el pulso latiéndome en las sienes.
—Muñeca, no tienes por qué ponerte así…—escuché que decía a mis espaldas.
Se calló en seco.
Levanté la vista. Frente a mí, a escasos dos metros en el pasillo, estaban Sloane y Noah.
Mi prima y directora médica del hospital y el técnico sanitario del equipo Alfa y hermano de mi mejor amiga, nos miraban con los ojos muy abiertos.
Sloane tenía una mano apoyada en el brazo de Noah, ambos congelados en el sitio, habiendo presenciado claramente mi huida apresurada y a Patrick saliendo detrás de mí con la pajarita torcida y el cinturón desabrochado.
La vergüenza amenazó con tragarme entera. El suelo podría haberse abierto bajo mis pies y habría sido un alivio.
—Por favor —rogué en un susurro frenético, mirando a Sloane y luego a Noah—. No digáis nada.
Sin esperar a ver si asentían, eché a correr hacia el fondo del pasillo, huyendo hacia la seguridad del salón principal, donde estaba mi familia. Necesitaba poner la mayor distancia física posible entre Patrick y yo antes de que mi cerebro colapsara.
Llegué junto a Cormac justo cuando empezaba a sonar la música. Mi hermano mediano me miró de reojo, notando mi respiración agitada, y me preguntó con un gruñido bajo si ya estaba todo listo.
Asentí frenéticamente, incapaz de articular palabra.
Desde la otra punta de la sala, vi a Patrick salir del pasillo.
Tenía el cinturón abrochado, la pajarita perfecta y la rosa blanca inmaculada en la solapa.
Caminaba con esa frescura y chulería de siempre, sonriendo a los invitados que le daban palmadas en la espalda, como si hace dos minutos no hubiéramos estado a punto de devorarnos en un cuarto de suministros.
Sentí que lo odiaba un poco más solo por verlo tan campante. Como si todo le diera igual.