Flare (Wildwater Falls 5)
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PRÓLOGO
Clover
Doce años antes
E l frío de mediados de diciembre en Wildwater Falls te congelaba hasta los huesos si respirabas demasiado rápido, pero a mí me daba igual. Estaba eufórica.
Solté una carcajada que resonó en todo el porche de madera de mi casa, apoyando las manos en las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
Frente a mí, al otro lado de la calle, se alzaba la casa de los O’Malley, con las luces del salón ya encendidas contra el gris del cielo de la tarde.
Pero mi atención estaba clavada en el chico que se frotaba el muslo con expresión de falso sufrimiento a un metro de mí.
—Admite que te he machacado, Pat —jadeé, señalándolo con un dedo—. Te he sacado tres metros de ventaja antes de llegar a la valla.
Patrick O’Malley resopló, revolviéndose el pelo castaño oscuro bajo el gorro de lana. Tenía trece años recién cumplidos, y ya empezaba a sacar pecho por todo.
—Ha sido un tirón —gruñó, aunque la comisura de sus labios temblaba, delatándolo—. Si no se me llega a montar el gemelo, te habría dejado comiendo el barro de mi suela.
—Excusas de perdedor. Eres un llorón.
Me eché a reír de nuevo y me dejé caer en el escalón del porche, abrazándome las rodillas. Esperaba que Patrick me devolviera la pulla, que me lanzara una bola de nieve o me empujara con el hombro, pero cuando levanté la vista, me encontré con que había dejado de frotarse la pierna.
Estaba de pie, quieto, mirándome fijamente. Tenía los ojos muy abiertos, los labios ligeramente entreabiertos y una expresión tan embobada que me desconcertó por completo. Parecía incapaz de moverse, como si se le hubiera olvidado cómo respirar.
Ladeé la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Qué te pasa? —le pregunté, pasándome la mano por la mejilla—. ¿Tengo monos en la cara o qué?
Patrick parpadeó, sacudiendo la cabeza como si saliera de un trance, y un rubor furioso le subió por el cuello.
—No me pasa nada, tonta —masculló, pateando la barandilla de madera, aunque su sonrisa torcida volvió a asomar.
Iba a contestarle que el idiota era él, cuando el inconfundible chirrido metálico y estridente del autobús escolar frenando cortó nuestra conversación.
Giramos la cabeza al unísono. El enorme autobús amarillo del instituto acababa de detenerse en la esquina de nuestra calle, soltando una espesa nube de vapor en el aire helado.
Las puertas se abrieron y Carson, mi hermano mayor, bajó los escalones pesadamente.
Llevaba la chaqueta desabrochada y caminaba encorvado, con las manos metidas en los bolsillos y la vista clavada en el suelo.
No venía riéndose con sus amigos, ni haciendo el ruido que siempre lo acompañaba.
Estaba tenso, con los hombros rígidos como bloques de granito.
Al acercarse a la entrada de casa, levantó la cabeza un segundo.
Fue entonces cuando la vi. Tenía una mancha violácea y roja que le cubría la mitad de la mandíbula y el pómulo.
Carson intentó pasar por nuestro lado ignorándonos por completo, pero me levanté de un salto y me crucé en su camino.
—¿Qué te ha pasado? —exigí saber, bloqueándole el paso hacia la puerta principal.
Mi hermano mayor se detuvo. Sus ojos, de un azul turquesa idénticos a los míos pero cargados de una hostilidad eléctrica, bajaron hasta mí. Su respiración era agitada.
—Quítate de en medio, Clover.
—Tienes la cara destrozada. ¿Con quién te has peleado?
—Logan me ha pegado —escupió, y el nombre sonó lleno de veneno—. Ahora aparta.
Me quedé quieta, procesando lo que acababa de decir. Si Logan Pierce, que siempre evitaba los problemas, había llegado al extremo de golpear a Carson en la cara, la ecuación era sencilla. Conocía a mi hermano lo suficiente y a sus amiguitos como para deducir lo que había sucedido.
—Si Logan te ha pegado, es porque tú has hecho algo primero —lo acusé, señalándolo con el dedo, sintiendo cómo la sangre me hervía de indignación—. ¿Has vuelto a meterte con él? ¿Otra vez?
La expresión de Carson se endureció. Toda la tensión contenida en su cuerpo pareció dirigirse hacia mí.
—¿Qué más te da a ti? —me gritó, dando un paso al frente que me obligó a dar un paso atrás—. Eres una maldita mocosa que no sabe nada. No te metas en lo que no te importa.
—¡Sí me importa! —grité de vuelta, apretando los puños.
Sentía el pecho latiendo desbocado bajo el abrigo—.
Logan es el mejor amigo de Hannah. ¡Y Hannah era mi amiga!
Venía a casa, me hacía de canguro, se reía conmigo...
hasta que tú y tus idiotas empezasteis a reíros de ellos.
¡Por tu culpa Hannah va a dejar de ser mi amiga!
Carson soltó una carcajada seca y carente de humor. Se limpió una gota de sangre seca del labio y me miró con una superioridad que me revolvió el estómago.
—No te preocupes por eso, hermanita —dijo con desprecio—. Los pringados como Hannah, Logan y sus compañeros siempre van arrastrándose detrás de la gente guay como nosotros. Da igual lo que les hagamos.
La respiración de Patrick cambió a mi lado. Fue un sonido duro, animal.
—¡Cállate! —bramó Pat, dando un paso al frente, interponiéndose a medias entre Carson y yo. Tenía los puños apretados y el cuerpo tenso como la cuerda de un arco—. ¡Baja la voz y no vuelvas a hablar así de mi hermana! ¡Hannah no es ninguna pringada!
Carson lo miró de arriba abajo. A pesar de tener quince años, mi hermano era mucho más grande, más ancho y más fuerte que Patrick. Su mirada fue de puro desdén, el tipo de mirada que le dedicas a un insecto antes de aplastarlo.
No le respondió a él. Volvió a clavar sus ojos en mí.
—Deja de juntarte con pringados y con su familia, Clover —sentenció Carson, arrastrando las palabras con desdén—. Dan pena.
La rabia me cegó. Fue un fogonazo caliente y físico que me subió desde el estómago hasta la garganta. No pensé. Di un paso adelante y estrellé mis dos manos contra el pecho de Carson con todas mis fuerzas.
Fue como empujar un muro de ladrillo. Carson ni siquiera se movió un milímetro, pero el golpe físico liberó lo que tenía atrapado en la garganta.
—¡TE ODIO! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones.
Mi voz aguda rasgó el silencio de la calle. El eco rebotó contra la madera del porche y se perdió en el aire helado.
Carson no parpadeó. No me devolvió el empujón. Ni siquiera se enfadó más. Simplemente me lanzó una última mirada de superioridad por encima del hombro. Se giró sobre sus talones, agarró el pomo de la puerta, entró en casa y cerró con un portazo que hizo temblar los cristales.
Me quedé allí, clavada en el suelo del porche.
El silencio cayó sobre nosotros con la misma fuerza que la nieve que amenazaba con empezar a caer.
Tenía la respiración agitada, los pulmones ardiendo y los ojos picándome de la rabia contenida.
Miraba la puerta de madera oscura por la que acababa de desaparecer mi hermano.
De repente, sentí el calor de un cuerpo a mi lado. Patrick acortó la distancia, levantó el brazo y me rodeó los hombros, atrayéndome hacia él con una fuerza firme y desesperada. Apreté la cara contra el tejido grueso de su abrigo, respirando el olor a frío que siempre desprendía.
—Eh... —susurró Patrick, acercando sus labios a mi oreja para que su voz quedara solo entre nosotros dos.
Su tono ya no era el del chico chulo con el que competía corriendo, era mi mejor amigo, la única persona que me hacía reír hasta saltarme las lágrimas —.
No le hagas caso, muñeca. Yo jamás dejaré de ser tu amigo.
Pase lo que pase... siempre podrás contar conmigo. Te lo juro.
Cerré los ojos, aferrándome a su chaqueta con dedos temblorosos. Creí en su promesa con la certeza absoluta con la que solo creen los niños.
Al día siguiente, Carson subiría a un autobús hacia las pistas de esquí del que jamás regresaría. Y Patrick O'Malley... Patrick también se iría de mi lado, llevándose con él el último resquicio de inocencia y felicidad.