Finge que es mentira (Rise as One 5) 38 Glen
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38 Glen

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

GLEN

Tamborileo con los dedos sobre el escritorio mientras espero a que sea la hora de la entrevista.

Después de todo lo que pasó ayer con Barry, casi me olvido de que había concertado una reunión inicial con alguien del departamento de recursos humanos de los New York Rangers, el equipo de hockey de mi ciudad.

Sé que la empresa que me recomendó Henry para que me buscara trabajo está enviando el currículum a más equipos y ciudades, pero ellos han sido los primeros en responder.

Con un poco de suerte, no tendré que empezar de cero en una ciudad nueva, aunque tampoco es algo que me molestaría.

Justo a la hora, se conecta una mujer morena con una sonrisa estudiada. Le devuelvo el gesto y activo el micro.

—Buenas tardes, Glen. Mi nombre es Rose Thompson. Sé que tenías la entrevista con mi compañero Erik, pero le ha surgido un imprevisto. Espero que no te importe.

—Sin problema. —Sonrío—. Encantada.

—Debo admitir que lo primero que me ha sorprendido al ver tu currículum son las dos cartas de recomendación que vienen adjuntas con él.

—«¿Qué cartas de recomendación? Yo no le he pedido nada a nadie»—.

Es muy extraño que alguien sin experiencia y en busca de un puesto de prácticas llegue con ese historial, y más viniendo de dos personas tan influyentes en el mundo deportivo.

—Perdona que te interrumpa, Rose, pero tengo que ser sincera.

—Frunce el ceño, no creo que nadie empiece las entrevistas de esa forma.

Bien por mí—. No sé de quiénes son las cartas.

Mi solicitud la ha gestionado la empresa Northgate Sports Group y yo no les adjunté ninguna carta. ¿Es posible que sea un error?

—Esto es un poco inesperado. —Se ríe—. En las cartas aparece tu nombre varias veces, así que no, no es ningún error.

De hecho, una de ellas incluso habla de tu pelo rosa.

—Es mi momento de no entender nada—. Son del doctor David Freeman, el director médico de los New York Jets, y de Marcus Hale, el director médico de los New York Giants. ¿Tiene sentido para ti?

—Los conozco a los dos desde hace años. —Asiente—. Sin embargo, no se las he pedido, por eso no sabía de su existencia.

—Pues es una pena que no las hayas leído, porque hablan maravillas de ti. Sinceramente, después de esas cartas, eres la primera candidata con mucha ventaja.

—Sin presión —bromeo, o eso intento.

No sé cómo sentirme al respecto. Tengo claro que esto no es cosa de mi padre, porque no sabe que ya he empezado a buscar trabajo, le dije que dejaría pasar el verano, así que solo puede ser Henry.

Aun así, no ha escrito una recomendación él mismo —eso sí que sería favoritismo—, se lo ha pedido a dos personas que me conocen y que no tenían por qué escribir nada.

De hecho, no creo que al doctor Freeman le haya hecho ninguna gracia que no lo haya llamado.

Y, de todas formas, me ha escrito una recomendación.

Sin embargo, una carta solo es eso, un pequeño empujón, ahora tengo que demostrar que estoy a la altura de esas palabras, sean cuales sean.

La entrevista empieza con las preguntas típicas de recursos humanos para evaluar que no estás loco, que encajas en la cultura de la empresa y varias preguntas personales que camuflan como que no lo son. La verdad es que no está siendo complicada ni nada fuera de lo esperado.

—Perfecto, Glen. —Me sonríe y deja el bolígrafo con el que estaba apuntando notas a un lado—.

Quedaría la última pregunta, ¿qué te diferencia de los otros candidatos?

No me refiero a tus notas ni a tus estudios, quiero que me hables de Glen.

¿Por qué deberíamos contar contigo antes que con cualquier otra persona con mejores notas? ¿Qué aportarías a los New York Rangers?

—Experiencia —digo casi sin pensar y no sé quién de las dos se sorprende más. Las palabras de hace días de Savannah han vuelto a mi mente en el mejor momento.

—En tu currículum no aparece nada.

—Porque no me refiero a nada laboral. —Carraspeo y respiro hondo antes de hablar—: Mi padre era jugador profesional.

Me he pasado toda la vida rodeada de deporte: partidos, lesiones, presión, duelos mal gestionados, egos desmesurados, así que no me voy a asustar porque un jugador tenga un mal día o dé un puñetazo en la pared.

Esa fue mi vida antes de irme a la universidad y no puedo imaginarme el resto de ella sin todo eso a mi alrededor.

Como habrás imaginado por las cartas de recomendación, mi mundo era el fútbol, pero no por ello será distinto al hockey.

Estoy más preparada que el resto de los candidatos, no por mis estudios ni por mis notas, sino porque no tengo que aprender qué significa el deporte para un profesional, ni lo que se siente en una lesión.

Algo que, por mucho que lo estudies, no lo entiendes hasta que lo vives.

De hecho, lo sé a la perfección. Acompañé a mi padre en una lesión de ligamento cruzado tres años antes de retirarse y, cuando llegó el momento de verdad, el duelo de retirarse sin tener un futuro claro.

Y, por si esa experiencia pudiera parecer anecdótica, este semestre he gestionado con mi mejor amigo una lesión en la final del campeonato a las puertas del draft.

Eso es lo que aportaría: la experiencia de quien ha vivido dentro de este mundo.

—Si no me hubieras conquistado cuando has empezado con tu sinceridad al no querer apropiarte de unas cartas de recomendación que pensabas que no eran tuyas, estas palabras me habrían hecho caer a tus pies.

—Se ríe mientras intento gestionar lo que acaba de decir—.

Glen, es mi momento de ser sincera. No soy del departamento de recursos humanos, soy la psicóloga principal del equipo.

Al leer las cartas, decidí entrevistarte yo misma y, la verdad, no necesito ver a nadie más.

Creo que encajas a la perfección con lo que estamos buscando.

Eso sí, me gustaría hacer una última entrevista presencial.

¿Qué disponibilidad tienes para venir a Nueva York la semana que viene?

Todavía estoy asimilando todo lo que ha pasado en la entrevista cuando llaman a la puerta de casa. Aunque debería extrañarme, porque no espero a nadie, lo cierto es que no proceso ese hecho hasta que abro y me encuentro a Barry tras ella.

—Hola. —Me regala una pequeña sonrisa—. ¿Puedo pasar?

—Claro. —Me aparto para dejarlo entrar, y se acomoda en el sofá. Me siento a su lado, igual que ayer, aunque esta conversación será diferente. Tanto si es para bien o para mal—. Tú dirás.

—Siento no haber venido antes.

—No te preocupes, Barry, sé que necesitas tiempo para ordenar tus ideas. De hecho, no esperaba que vinieras tan pronto.

—Te echaba de menos. —Su confesión me derrite el corazón—. Llevo desde que salí de aquí intentando asimilar quién eres y solo he podido llegar a una conclusión. —Carraspea—. Eres una persona mucho más extraordinaria de lo que ya pensaba.

—¿Qué? —No esperaba esa afirmación.

—Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de lo difícil que tuvo que ser para ti.

Y no me refiero a Inside Haven, me refiero a tener que volver a confiar en alguien, a hacer amigos, volver a un estadio de fútbol…

Te he buscado —admite riendo—. He encontrado una foto tuya tumbada en el césped con siete años y las puntas del pelo rosas.

—Me río, siempre he sido fan de ese color—.

Y también he encontrado otra con la cara desencajada acompañando la camilla de tu padre cuando se rompió el ligamento cruzado.

La misma lesión que yo. ¿Qué edad tenías?

—Trece. Intentaron pararme entre varios para que no saliera corriendo hacia él. El día que te lesionaste sentí la misma necesidad de saltar al campo, reviví ese instante de golpe. Fue muy duro en las dos ocasiones.

—Por eso sabes los tiempos de recuperación, por eso sabías lo que hacer o decir, por eso controlaste la situación desde el primer segundo.

—Se me escapa una mueca de culpabilidad—.

Te has anticipado a cada paso: has gestionado la ansiedad de mis padres, la reacción de mis amigos, pediste el cambio de psicóloga…

Todo mientras yo me revolvía en la mierda sin saber cómo salir.

—No hay una fórmula mágica que haga que la gente pase el duelo más rápido. Tenías que vivirlo y aprender a salir solo, para que, después, en las recaídas, fuera más fácil. Eso no significa que no pudiera allanar el camino.

—¿Por qué no me dijiste que ya habías pasado por algo así?

—No me hubieras escuchado. —Me encojo de hombros y ahora es su turno de sentirse culpable—.

Primero, no podía contarte solo la mitad de la historia, así que, o no me hubieras creído o te hubieras cabreado por no contarte quién es mi padre.

¿De verdad crees que decirte que mi padre había pasado por lo mismo y había salido adelante te hubiera hecho comportarte de diferente forma?

—No lo sé.

—Venga, sabes la respuesta, y es no. Es una lesión tan habitual en el fútbol que ya la gente ni se inmuta, y tú lo sabes. Como también sabes que casi todos vuelven a jugar un año después. Lo que pasa es que no eras capaz de pensarlo. Así que no, no hubiera habido diferencia.

—Siento todo por lo que te he hecho pasar, Glen. Por más que le doy vueltas, no entiendo por qué me perdonaste o me diste otra oportunidad cuando tú nunca se la das a nadie.

—Porque tú no eres nadie, Barry. Eres la persona que me devolvió la sonrisa.

—Y tú eres la persona que me sostuvo en mi peor momento. —Nuestras sonrisas se ensanchan—. ¿Que no sabía quién era tu padre ni conocía parte de tu pasado? No importa, tenemos el resto de la vida para que me lo cuentes.

—¿Quieres venirte conmigo a Nueva York la semana que viene a conocer esa parte de mí?

—Nada me gustaría más. —Me acerco para darle un beso, pero me frena. Frunzo el ceño—. Antes de ir, me gustaría dejarte una cosa clara: si no estás conforme con que Henry sea mi agente, lo despediré.

—¿Estás loco? Sería como pegarte un tiro en el pie. No puedes hacer eso, Barry.

—Lo haré si con eso te demuestro que quiero estar contigo sin importarme quién es tu padre o tu tío postizo. No quiero que pienses que sigo adelante o te perdono para beneficiarme de ello. Aunque eso signifique renunciar al fútbol para siempre.

—Joder, Barry, no puedes decirme esas cosas y esperar que no me emocione. —Tengo el corazón en un puño. Acaba de confesar que me prefiere al fútbol; si esa no es la mejor declaración de amor del mundo, que baje Dios y lo vea.

—Pues emociónate. —Me alza para sentarme a horcajadas en su regazo—. Porque yo también lo estoy. —Me aparta el pelo y me acaricia la mejilla—. No sé qué me deparará la vida, pero quiero enfrentarme a ella a tu lado.

—No sabes lo que dices.

—Claro que lo sé. Te quiero, Glen.