Finge que es mentira (Rise as One 5) 35 Glen
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35 Glen

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

GLEN

Cuando abro la puerta, me quedo de piedra al encontrarme a Barry ahí.

Tardo unos segundos en reaccionar y dejarle entrar.

Lo hace en silencio, cojeando, seguramente porque ha forzado la rodilla más de lo que debería.

«Claro, porque después del viaje necesita descansar y, en cambio, está aquí».

La culpabilidad me golpea como una losa, otra más que se instala en mi estómago.

A este paso, seré incapaz de levantarme de la cama.

Barry observa el salón y me doy cuenta de que es la primera vez que está aquí.

Me trago un suspiro. «¿Cómo iba a funcionar algo que se limitaba a su habitación?

Es imposible». Se sienta en el sofá estirando la rodilla y voy directa a ayudarlo a ponerse un cojín debajo.

Ni siquiera me mira mientras lo hago, pero no puedo dejarlo pasar.

Aunque intenta disimularlo, veo cómo hace una mueca de dolor al acomodarse, así que me acerco a la cocina y vuelvo con un paquete de guisantes congelados envueltos en un trapo.

Le quito la rodillera y ajusto el paquete para que no se le caiga y, solo cuando he acabado, levanto la vista hacia él.

—Gracias —susurra y se aclara la garganta—. He estado hablando con Henry.

—¿Ha pasado algo? —le pregunto extrañada por la información. Pensaba que vendría a hablar de Inside Haven, no de su agente.

—¿No has mirado el móvil? Te ha mandado un mensaje.

El corazón se me acelera ante sus palabras y voy directa a buscar el teléfono. La verdad es que lo he lanzado a mi escritorio, harta de él y de todo lo que significa. Entre todas las notificaciones, veo una de Henry que me corta la respiración:

Henry

Lo siento, pequeña, pero Barry se merece saber la verdad

No le he contado nada de lo que pasó ni de quién eres, solo la relación que nos une

Alzo la vista hacia Barry y noto cómo su mirada ha cambiado; me mira como si no me conociera.

Supongo que es así. No conoce a la Glen que fui, aunque tampoco tengo claro que quede algo de ella en mí.

Me siento a su lado, de frente a él, con las piernas cruzadas y me abrazo a uno de los cojines.

Justo en el que pone «Me han roto y sigo entera».

Ahora mismo no me siento nada entera. La mano de Barry se posa sobre mi rodilla e intenta darme ánimos con la mirada, aunque no tengo claro si es a mí o a él mismo.

Ninguno de los dos seremos las mismas personas después de esta conversación.

—Imagino que, para entender la historia, debería empezar diciéndote quién soy.

—Respiro hondo y bajo la vista al cojín—.

Me cambié el apellido cuando me vine a la universidad; Bennet era el de mi madre.

Mi nombre real es Glen Callahan y mi padre es Patrick Callahan, el actual general manager de los New York Jets y exquarterback del equipo.

—¿Perdona?

—Mis padres me tuvieron en el último año de la universidad —continúo sin reaccionar a sus palabras, porque no estoy segura de que pueda seguir hablando si paro—.

Nací una semana antes del draft. Cuando a mi padre lo eligieron para los New York Jets, mi madre lo dejó todo para irse con él y formar una familia.

Y todo era perfecto hasta que ella murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía tres años.

Ahí fue cuando mi padre decidió que no contrataría a una niñera para que estuviera conmigo en casa, que viajaría con él.

Mi padre no quería que me sintiera sola después de perder a mi madre y me quería tener lo más cerca posible.

Y así empezó mi vida como la hija de Patrick Callahan: lo acompañaba a todos los partidos, entrenamientos o cualquier cosa que tuviera. Prácticamente vivíamos en el estadio.

—¿Y por eso odias el fútbol? —me pregunta cuando me quedo callada intentando ordenar mis pensamientos.

—Adoro el fútbol. Adoraba mi vida rodeada de jugadores de fútbol, adoraba llegar al estadio y tener mi propio pase.

Que los de marketing me explicasen qué campañas iban a sacar antes que a nadie o ver el nuevo diseño de la camiseta después de colarme en una sala donde no debía estar.

Ese era todo mi mundo. Estaba deseando ir a la universidad, sacarme una carrera para volver y trabajar allí.

De hecho, discutí mucho con Henry sobre ello.

Siempre ha querido tenerme en su equipo.

—Serías una agente muy dura —bromea, y no sabe lo que se lo agradezco.

—Mi padre se retiró cuando yo tenía dieciséis y pasamos unos meses muy duros.

Él atravesó su duelo y yo quise estar a su lado.

Le acompañé en todo el proceso, sin dejar que se hundiera en ningún momento.

En realidad, creo que los dos nos enfrentamos a ello en cierta medida, porque yo también perdía toda esa parte de mí, pero no me importó, porque sabía que después de la universidad podría volver.

Cuando mi padre estaba mejor y se planteaba qué hacer con su futuro, le ofrecieron el puesto de general manager y, por suerte, volvió a ser el que era y yo volví a vivir en el estadio.

Mi vida se normalizó de nuevo. —Aprieto más el cojín contra mí, ahora viene la parte mala—.

Una de las cosas que había dejado de lado en todo ese tiempo eran a mi pareja de entonces y a mis amigos.

Todos parecían entenderlo, por lo que no me preocupé mucho.

Así que, como justo había vuelto de vacaciones, me acerqué a su casa para darle una sorpresa.

—¿Quieres hacer un descanso? —me propone Barry cuando me quedo callada y niego con la cabeza.

—Al llegar a la casa, entré como lo había hecho infinitas veces y me dirigí al salón desde donde se escuchaban risas. La risa de él junto con todos nuestros amigos. Me extrañó que no me dijeran nada, pero no le di importancia, hasta que los escuché hablar.

—Entonces, ¿no vas a cortar con ella al final? —le preguntaron a alguien, no supe a quién hasta que mi novio contestó.

—¿Estás de coña? Ahora que su padre es el general manager es todavía mejor. Tendremos acceso VIP a todo el estadio y gratis. En cuanto salga de la universidad, me meteré de lleno en el equipo directivo y a vivir.

—Yo creo que no esperaré a acabar la universidad para ir a por alguno de los novatos —soltó una de las chicas, la que yo consideraba mi mejor amiga por aquel entonces.

Me quedé helada, sin poder reaccionar, sobre todo porque alguna más de las chicas dijo que ¡bien hecho!

y que pensaba hacer lo mismo—. Mis padres están superpesados con que estudie y me meta en la empresa familiar.

Están flipando si creen que voy a renunciar a toda mi vida para perder el tiempo trabajando. Yo no nací para eso.

—Trabajar es de pobres —bromearon algunos.

—La verdad es que me da un poco de pereza quedar con ella mañana, estos meses que apenas nos hemos visto han sido una fantasía. —El desprecio con el que hablaba el que se suponía que era mi novio me rompió el corazón, no solo por él, sino porque todos mis supuestos amigos le daban la razón.

—Lo sé… Es tan pesada y tan intensa. —Esas palabras de mi mejor amiga acabaron de enterrarme—. Es en plan «nena, relájate, a nadie le importa tu vida».

—Es que, tal cual. —Mi novio resopló—. Si no fuera porque gracias a ella tenemos acceso a los Jets, no la tocaría ni con un palo. En parte, tenía la esperanza de que su padre no volviera, así podría haber cortado con ella y olvidarla.

—Bueno, iréis a universidades diferentes, solo tendrás que fingir en las fiestas.

—Mucho me parece —se quejó mi novio y resopló de nuevo—. En fin, ¿un baño?

»Ahí entendí algo: la gente a la que yo consideraba mis amigos, solo estaba conmigo por quién era mi padre y el beneficio que eso les traía. ¿Cuántas veces habría pasado y no había sabido verlo?

—¿Te quedaste callada? —Barry me limpia las lágrimas de las mejillas. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.

—No. —Sonrío de medio lado—. Me acerqué a la entrada del salón, me apoyé en el quicio, me miré las uñas hasta que alguien me vio y me saludó como si la conversación previa no hubiera existido.

Alcé la vista y tuvieron que ver en mi mirada todo el odio que sentía hacia ellos, porque alguno incluso dio un paso hacia atrás.

Les dije que esperaba que les gustase cualquier otro deporte que no fuera el fútbol porque, a partir de ese momento, todos iban a estar vetados por la NFL en cualquier estadio.

Y que no me tocasen los ovarios, porque estaba segura de que podía conseguir vetarlos en muchos más sitios si me lo proponía.

—Me encanta. —Barry se ríe y, por primera vez desde que he empezado a hablar, me atrevo a posar mis ojos en él. Su mirada de ternura es tan abrumadora, que vuelvo a la seguridad de mi cojín.

—Mi exnovio intentó contradecirme, diciendo que yo no era nadie para conseguir eso.

—Se me escapa una risa irónica—. Siempre fue un bocazas.

Lo fulminé con la mirada como la escoria que era y le dije que, si hacía dos minutos creía que tenía el poder de meter a alguien tan mediocre como él a trabajar como directivo, qué le hacía pensar que no tenía influencia para vetar a la basura en el estadio.

—¿Lo hiciste?

—No hizo falta. Llegué al estadio en un estado lamentable.

Cabe decir que días después me llevé una buena bronca por coger el coche en esas condiciones, pero ese es otro tema.

Aunque yo no los hubiera amenazado con ello, en cuanto mi padre se enteró, les canceló el pase que tenían e hizo todos los trámites para vetarlos en todos los estadios.

Henry se ocupó del resto de deportes. Ni siquiera tuve que pedírselo.

Sin embargo, nada de eso bastó porque el daño ya estaba hecho.

Nunca pensé que ser hija del gran Patrick Callahan podría ser algo malo, ese día me di cuenta de que sí.

Joder, iba a un colegio lleno de niños pijos y ricos, no necesitaban el dinero.

—Y decidiste cambiarte el apellido y venir a la universidad siendo solo Glen —deduce y asiento.