31 Barry
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
BARRY
Cuando abro los ojos, lo primero que veo es a Glen dormida a mi lado.
No puedo evitar la sonrisa que se me forma.
Me encanta despertarme con su cuerpo pegado al mío.
Hundo la cara en su pelo y aspiro su olor.
Joder, podría hacerme adicto a él. Es posible que ya lo sea.
Ronronea cuando empiezo a besarla en la espalda y sonrío.
Me vuelve loco. Recorro su columna a besos hasta llegar a su culo, donde le doy un pequeño mordisco que la hace reír.
Me tiene en una nube. Bajo mis dedos hasta sus pliegues y gimo cuando ya está lista para mí.
No creo que haya una mejor sensación. Juego con ella, llevándola al límite y parando, hasta que noto que, como siga torturándola, el que acabará mal parado seré yo.
Me pongo un condón, le alzo el culo y pongo una almohada en su estómago para que quede más levantada.
No soy suave cuando entro en ella. Tampoco es lo que quiere.
Profundizo mis embestidas en función de sus gemidos y la agarro del pelo para poder ver cómo se corre.
Una vez lo hace, me arrastra con ella. Joder, es la mejor sensación del mundo.
Me dejo caer sobre su espalda, le doy un beso en la mejilla y le susurro:
—¡Feliz cumpleaños!
—Admito que es el mejor despertar de cumpleaños que he tenido nunca.
—De nada —me burlo.
Salgo de su interior, a pesar de la queja de las dos —Glen y mi polla—, me quito el condón y me limpio para ponerme un pantalón.
Salgo hacia el baño después de que Glen me diga que no piensa levantarse todavía, y, nada más cerrar la puerta, escucho un carraspeo a mi espalda.
Cierro los ojos un segundo antes de girarme hacia Kieran con una sonrisa.
—Buenos días.
—Buenos días —le contesto esperando lo que tenga que decirme.
—¿Puedo entrar un momento en tu habitación a buscar una cosa?
—¿Qué cosa?
—Una camiseta que no encuentro.
—La tendrá Aba.
—Dice que no.
—Miente.
—¿Quién? ¿Ella o tú?
—No tengo motivos para hacerlo.
—Entonces, déjame entrar.
—No veo la necesidad.
—¿Por qué hueles a mujer?
—¿Qué? —Mierda, acabo de cagarla. Kieran está jugando conmigo.
—Hueles a mujer. ¿Tienes algo que contarnos, Barry?
—Me quedé sin champú y uso el de Riley. —A ver, mentira no es.
—¿Sí? A mí me parece que hueles al perfume de Glen.
—Glen no usa perfume. —Kieran sonríe de medio lado.
—Joe está abajo haciendo tortitas para celebrar su cumpleaños. Supongo que vendrá a desayunar, como cada mañana.
—Supongo.
—¿La has felicitado ya?
—Sí.
—¿Y la has llamado o le has mandado un mensaje?
—¿Y este interrogatorio?
—No sé de qué me estás hablando. Son preguntas normales.
—Barry, deja de hacer el imbécil. —La voz de Glen se filtra por la puerta y asoma la cabeza por ella—. Ya lo sabe. Me encontré a Aba y a Riley de madrugada en la cocina hace días.
—No tengo ni idea de lo que habla —miente Kieran con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Feliz cumpleaños, Glen! Espero que hayas tenido un gran despertar.
—¡A ti te lo voy a contar! —suelta cerrando la puerta y provocando una carcajada al irlandés.
—Eres cruel —lo acuso y se ríe más fuerte.
—Lleváis una semana viviendo encerrados en la habitación. Lo mínimo que podíais haber hecho era avisar.
—No veo por qué. ¿Nos avisaste tú de la existencia de Aba los meses que os liabais a escondidas?
—Touché. —Sonríe de oreja a oreja—. Se te ve feliz, Glen te hace bien.
Me río —y puede que también me sonroje un poco— y me dirijo al baño dando por zanjada la conversación.
Sé que Glen me hace bien sin necesidad de que nadie lo verbalice.
El problema es que no hemos hablado de lo que está pasando entre nosotros ni hacia dónde va esto.
Y no voy a hacerlo con Kieran en mitad del pasillo.
Creo —aunque solo creo— que no hay necesidad, porque los dos estamos viviendo esto con la misma intensidad, pero en algún momento tendremos que ponerle nombre.
Supongo. Bueno, sería lo lógico, ¿no? La verdad es que tampoco lo sé.
Solo tengo experiencia en una relación y no es que sea el mejor ejemplo a seguir.
Entiendo que, si los dos estamos bien con esto —y creo que lo estamos—, no es necesario hablarlo. Ya llegará el día. No tengo prisa. Tengo claro que quiero a Glen en mi vida y con eso es suficiente.
Cuando creo que Glen no puede gustarme más, hace algo que me deja totalmente descolocado.
No hay nada que grite más que nuestra relación ha cambiado que bajar las escaleras con el pelo mojado, calcetines y mi camiseta del equipo.
Ha sido gracioso ver las distintas reacciones de nuestros amigos, aunque sí me he dado cuenta de algo: todos lo sospechaban; así que solo ha sido una confirmación de lo evidente.
Joe le saca las tortitas con una vela y Glen no puede disimular la ilusión que eso le hace.
Se fotografía con su pastel personalizado para mandársela a su padre y Savannah aprovecha ese hecho para hacernos varias instantáneas juntos.
Hasta Kieran saca su preciada cámara y Glen vuelve a sorprenderme pidiéndole una de nosotros dos solos.
Después del book fotográfico, le regalan una camiseta con la silueta de una esgrimista y el texto «Lucha como una chica».
Por su cara de felicidad, creo que acaba de convertirse en su favorita, no me cabe duda.
La dejo empaparse del ambiente, aunque reconozco que estoy deseando subir arriba y darle mi regalo.
Nos cuenta que su padre le regaló un portátil nuevo y, al final, la conversación se desvía hacia lo inevitable: el draft.
Me trago un suspiro y sonrío. Me duele escucharlos y no ser partícipe de este momento.
Es un puñetazo en el estómago de mi rodilla —bueno, un rodillazo—.
Puede que acabe jugando en la NFL, pero no entraré por el draft y el camino será mucho más complicado.
Tendré que demostrar el doble o el triple de mi valía.
Tendré que estar recuperado al cien por cien, y para eso todavía queda un largo camino.
Me quedan seis meses para saber con certeza si seré o no jugador.
Y sí, hay muchos trabajos relacionados con el fútbol que no requieren ser jugador, pero ahora mismo me cuesta contemplar esa opción.
Glen pone una mano en mi rodilla y me da un pequeño apretón sin mirarme.
No sé cómo lo hace, pero tengo claro que sabe lo que me está doliendo esta conversación.
Así de maravillosa es. Hunter, Tyler y Joe nos comentan sus planes para el viaje a la ceremonia del draft, lo que les han contado sus agentes y los nervios de la expectativa llenan el salón.
Acaricio el brazo de Glen en un intento de tranquilizarme y, cuando parece que el tema cambia y nos dispersamos, le propongo subir a mi habitación. Nada más entrar, se gira y me suelta:
—Deberías ir a la ceremonia del draft.
—¿Qué?
—Sé que te duele que no te seleccionen, Barry, pero ¿de verdad crees que te perdonarás no estar allí con tu hermano para celebrarlo?
—No sé si estoy preparado —admito y viene hacia mí para cogerme por las mejillas—. No quiero derrumbarme.
—No lo harás —me promete con esa sonrisa que podría convencerme de casi cualquier cosa—.
Sin embargo, si te quedas aquí, es probable que pase y será porque no estás allí con ellos.
Vamos a imaginar dos escenarios plausibles, ¿vale?
—Asiento—. Primer escenario: seleccionan a Hunter número uno del draft, ¿qué es lo primero que quieres hacer?
—Felicitarlo y darle un abrazo —suelto sin pensar; Glen esboza una sonrisa triunfadora.
—Escenario número dos: a Hunter lo seleccionan el décimo. Acabaría siendo jugador de los New York Jets.
—¿Cómo puedes saberte el orden de selección?
—Calla y responde.
—Querría estar a su lado para que no se deje llevar por la decepción de no haber salido en el top cinco, que es el pronóstico que estamos barajando.
—¿Y qué tienen en común las dos cosas?
—Vale, lo pillo. —Resoplo—. Me da miedo derrumbarme y joderles la experiencia.
—¿Te perdonarías dejar a Joe solo en un momento así? Es el más inestable de los tres, se habla de cuarta y quinta ronda, y ya sabes que todo puede cambiar de una selección a otra. ¿Y si lo eligen en tercera? ¿O en séptima? O no lo eligen. —Joder, no quiero ni pensarlo.
—Es tarde para que me apunte ahora al viaje.
Glen alza una ceja y niega con la cabeza. Abre la puerta y vocifera:
—¡Kieran, Barry irá al viaje!
—¡Perfecto! Ahora lo gestionamos. ¡Disfruta de tu regalo de cumpleaños!
—Puto irlandés —murmura Glen riendo y cerrando la puerta con pestillo. Desde que Joe nos pilló después del beso no la dejamos abierta nunca—. Listo.
—Gracias. —La cojo por las caderas y la atraigo hacia mí para besarla—. Y ahora tu regalo.
—¿Ah, sí? —Pone una cara sugerente.
—No es sexo. —Frunce el ceño y me río—. Eso puede ser después.
—O antes. —Esboza su preciosa sonrisa de oreja a oreja y niego con la cabeza—. Vale, después.
Le entrego el paquete envuelto y se sienta en la cama con las piernas cruzadas.
Me trago un suspiro por lo despacio que está abriendo el paquete, incluso si es divertido verla dar saltitos en la cama de alegría.
Cuando por fin lo abre, frunce el ceño. Vale, fallo mío, tendría que haberle puesto algo en la portada para que supiera qué es exactamente.
—Ábrela —le pido y lo hace con miedo. Se lleva una mano a la boca cuando empieza a leer todo lo que he escrito en ella. Alza la vista y me regala la sonrisa más resplandeciente que le he visto—. ¿Te gusta?
—Me encanta. —Comienza a pasar las páginas y se ríe con algunas frases—. Ni siquiera recordaba todas las cosas que has apuntado.
—He tenido que hacer memoria, buscar fotos y, bueno, Kieran y Joe también me han ayudado, lo admito.
—Muchas gracias, Barry. —Me da un abrazo—. De verdad que me flipa. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
—Tú me ayudaste a apuntar todos mis logros, y sé que he tenido momentos en los que me he portado como el culo contigo, pero quería que supieras que me acuerdo de todas las cosas que hemos hecho juntos.
—Oh. —Se ríe cuando llega a la última página, donde he puesto nuestros avances de la última semana—. Vale, no es algo que pueda enseñarle a cualquiera. Para mi padre esto no va a existir.
—Me parece bien. ¿Has hablado con él?
—No, no hablaremos hasta la noche. —Esboza una sonrisa triste—. Es una época de mucho trabajo para él, cada año pasa lo mismo.
—Lo siento. —Niega con la cabeza y sigue pasando páginas hacia delante y hacia atrás.
—Por cierto, hablando de padres… Los tuyos irán a la ceremonia del draft.
—¿Perdona?
—Los ha invitado Joe. —Alza la vista para mirarme—. No te ha dicho nada para que no te sientas peor, pero, como vas a ir, creo que debes saberlo. Y llamarlos.
—Ni siquiera sé cómo afrontar la conversación —reconozco—. Por eso no lo he hecho todavía.
—No te van a echar en cara nada, Barry —me promete poniendo una mano en mi mejilla—. Solo quieren hablar contigo, y contarles que vas a ir al draft es una buena excusa.
—Si luego estoy en la mierda, me vas a tener que consolar.
—Siempre.
Y con esa promesa por parte de Glen, cojo el móvil para llamar a mis padres. Cuando saludo a mi madre, Glen agarra mi libreta de logros y escribe: «He vuelto a hablar con mis padres». No puedo evitar la sonrisa que se me forma, a pesar de estar escuchando a mi madre llorar de alegría.