30 Glen
CAPÍTULO TREINTA
GLEN
—Oye, ¿qué te parece si subimos a mi habitación y hablamos?
—me susurra Barry al oído cuando parece que nadie nos presta atención.
No tengo muy claro que sea así, pero lo están disimulando mejor que antes.
Barry también se tiene que dar cuenta, porque añade—: Si quieres, ve al baño de abajo y nos vemos en cinco minutos arriba.
Asiento y me levanto de su regazo, de donde no me ha dejado moverme, para dirigirme hacia el baño como si fuera algo normal.
Habitual. Nada está fuera de lo normal. En cuanto los pierdo de vista, respiro.
Joder, qué mal se me da esto. Aprovecho para hacer mis necesidades y me escabullo al piso de arriba tan rápido como puedo.
Solo espero que a Kieran no le dé por mirar las cámaras o se reirá de mí durante años.
Barry entra a la habitación un minuto después y, cuando cierra la puerta, pone el pestillo.
Trago saliva justo antes de que se gire y me mire.
Vale, ha llegado el momento. Vamos a hablar de lo que pasó, de que no significó nada y que lo otro fue un…
un incidente desafortunado. ¿El casi beso de antes cuando se ha ido Candy?
La euforia de habernos librado de ella. Eso es.
Eso es lo que está pasando. No es que hayan surgido sentimientos entre nosotros que son difíciles de etiquetar sin que dé un miedo de la hostia. Para nada.
No sé quién de los dos se mueve antes, pero, cuando me quiero dar cuenta, Barry me está alzando por el culo y tengo mi lengua metida en su boca.
El choque es como una explosión, como si todo lo que hemos callado estos días saliera de golpe y lo hiciera en forma de besos, caricias y tirones de pelo.
Se sienta en la cama sin despegarnos ni un solo instante.
Y casi que lo prefiero, primero, porque no quiero parar y, segundo —y más importante—, porque no le quiero mirar a los ojos o que él mire a los míos, porque no estoy segura de lo que están revelando.
Cuando le quito la camiseta, su mano vuela a mi mejilla y vuelve a acariciarme con ternura.
Joder, esto no va a ser un simple polvo, y los dos lo sabemos.
O paramos ahora o seguimos con todas las consecuencias.
Al parecer, vamos a elegir la opción más kamikaze, porque nos volvemos a besar como si lo necesitáramos como el aire para respirar.
Mi camiseta desaparece en algún punto y Barry me mira un segundo antes de desabrocharme el sujetador. A la mierda, no hay vuelta atrás.
Me tumba en la cama y me sigue besando mientras sus manos exploran mi cuerpo y las mías el suyo.
Había visto a Barry antes sin camiseta, pero este es otro nivel.
Aquí puedo agarrar, arañar y morder. Él debe de pensar lo mismo, porque ataca mis pechos sin delicadeza, aunque tampoco lo necesito.
Aprovecho para morderle el cuello y arrancarle un siseo.
Me quita los pantalones con prisa y a trompicones, como si la necesidad de verme sin ellos fuera lo más importante del mundo en este instante.
Se venga de mí dándome un bocado justo encima del borde de mi tanga, aunque a mí lo que me sale es un gemido.
Se ríe y se deshace de mi ropa interior mientras me llena de besos por todo el cuerpo.
Me mira con una ceja alzada cuando le bajo los pantalones con los pies y le sonrío de medio lado.
Vuelve a besarme, aunque baja de intensidad y ahora es un poco más tierno, al menos los primeros segundos, porque en cuanto le bajo los calzoncillos y agarro su polla, me besa con tanto ímpetu que me aplasta contra la almohada.
Sus dedos juegan con mi sexo de manera superficial y le lanzo un gruñido cuando no profundiza.
—¿Me acabas de gruñir? —Se separa para mirarme, sorprendido, pero riendo.
—Sí —admito alzando la barbilla—. Está siendo un poco frustrante que no entres a jugar.
—Perdóname, princesa, pensaba que estaba siendo delicado y prudente.
—Pues deja de pensar y actúa.
Se ríe y me besa de nuevo. Un segundo después, tengo que separarme para soltar un jadeo y el muy cabrón me sonríe de medio lado.
Mueve los dos dedos que me ha metido y juega con el pulgar en mi clítoris.
Intensifica las embestidas mientras me besa y se pone a rebuscar algo en la mesita con la otra mano y sin mirar.
Acaba tirando varias cosas que a nadie le importan y, cuando me quiero dar cuenta, ha sido capaz de abrir y colocarse un condón con una sola mano.
Nos contemplamos un segundo antes de respirar hondo y cambiar de postura.
Barry se posiciona entre mis piernas y se introduce en mi interior sin apartar sus ojos de los míos.
Justo cuando le queda la última parte, la mete de golpe haciéndonos gemir a los dos.
No es tierno, es profundo, rápido y otra vez profundo.
Me quita la almohada y me la coloca en el culo para alzarme y, joder, mucho mejor.
Me levanta las piernas y apoya los pies en sus hombros y ahí es donde me dejo llevar del todo.
La sensación de placer es absoluta y el orgasmo arrasa el poco raciocinio que me queda.
Barry da algunas embestidas más y se corre.
Aparta mis piernas con delicadeza antes de dejarse caer encima de mí.
—Buena charla —bromeo cuando consigo volver a respirar con normalidad y los dos nos reímos.
—Podemos hablar así siempre que quieras.
Si alguien me hubiera dicho que la incomodidad iba a dar paso al sexo salvaje, habría obligado a Barry a hablar mucho antes. He perdido la cuenta de los orgasmos que me ha robado. Me dejo caer en su pecho, exhausta y feliz. Me rodea con sus brazos y me regala caricias perezosas, adormilado.
—No dejes que me duerma —le pido—. Tengo que irme a casa.
—Quédate a dormir —pide sin más con los ojos cerrados.
Antes de que pueda pensar si me parece o no una buena idea, estoy dormida sobre su pecho.
Havenwood es una universidad de tamaño medio.
Eso quiere decir que hay miles de estudiantes en ella y que, cada año, llegan y se van miles más.
En estos casi cuatro años que llevo aquí, he tenido una vida sexual bastante activa, follando cuando me ha apetecido con uno u otro.
A veces, deportistas; otras, estudiantes de otras facultades.
Muchos tíos, muchas experiencias distintas, algunas más placenteras que otras, pero, en definitiva, podría afirmar que tengo cierta experiencia en el tema.
Una que Barry ha volatilizado en cuatro días.
El resto de los polvos o noches de pasión han sido lapidados por un grandullón mimoso que me trata como una reina morbosa.
Ni siquiera sabía que eso fuera posible.
No hemos hablado de esto que está pasando, pero es que creo que no hace falta.
Al menos de momento. Es algo nuestro y solo nuestro.
Nadie lo sabe. O más bien, fingimos que nadie lo sabe.
Dudo mucho que Kieran no sospeche, más que nada porque he dormido aquí todos los días.
Bueno, he estado pasando la noche, porque dormir no es como definiría a cómo empleamos el tiempo.
Nadie ha dicho nada, y si no se dice, no existe.
Cuando bajan a desayunar, ya estoy en la cocina, puede ser porque ya estaba en la casa o porque acabo de llegar.
Por las noches, ponemos la excusa de que vamos a jugar una partida para subir a la habitación y, si me preguntan, me voy cuando ya están acostados.
Aprovecho para ducharme mientras Joe y Barry entrenan por la mañana.
Podríamos ir a mi piso, pero eso sería mucho más sospechoso.
El primer día me traje ropa suficiente para una semana y seguiremos improvisando entre orgasmo y orgasmo.
Me muevo y Barry me aprieta más contra su cuerpo.
Nunca lo hubiera imaginado tan empalagoso y, aunque suelo ser más de contacto cero, reconozco que me encanta que no pueda estar sin tocarme.
Y no hablo solo sexualmente, aunque también.
Me descubro sonriendo y me río de mí misma.
He pasado de no repetir ni quedarme a dormir, a casi mudarme con él a una habitación en la que vivimos encerrados.
Supongo que solo tenía que encontrar a la persona adecuada.
El corazón me da un pellizco ante ese pensamiento; si esto continúa así, tengo que contarle a Barry quién soy más pronto que tarde.
Se merece saber con quién duerme cada noche. Aunque hoy no será ese día.
Busco la botella de agua y resoplo cuando veo que está vacía.
Me debato entre intentar dormir o bajar a por una, pero gana la sed por goleada.
Son las tres de la madrugada, no debería pasar nada.
Bajo descalza, intentando hacer el menor ruido y yendo lo más rápido posible.
Cuando ya estoy saboreando la victoria con la botella en la mano, escucho una risa a mi espalda.
Pego un bote del susto y Aba se ríe todavía más fuerte.
—Perdona, no quería asustarte, pero acabo de ganar dinero gracias a ti.
—¿En serio? —Me giro para mirarla indignada, pero se me pasa al segundo—. Casi se me sale el corazón por la boca.
—Lo sé, lo sé, no debería haberme reído sin avisarte de que estaba detrás, pero es que ha sido verte y confirmar todas mis sospechas. Es la primera vez que puedo restregarle por la cara a Kieran que sé algo antes que él.
—Lo que me faltaba —me quejo—. Kieran no va a dejarlo estar.
—Puedo convencerlo de que lo haga. —Aba sube y baja las cejas y nos reímos.
—Oh, perdón. —Riley aparece en la puerta de la cocina y se sonroja entera—. Venía a por una botella de agua.
Le paso la mía y saco dos más de la nevera. Le entrego otra a Aba, pero las tres nos quedamos en silencio sin saber muy bien qué hacer o decir. A ver, las tres vamos con camisetas de hombre y se nota que no nos acabamos de despertar. Esto es un poco incómodo. Aba es la primera en reírse.
—¿Sabéis? La próxima vez que bajen ellos a por agua, así será problema suyo, no nuestro.
—O podríamos poner una mininevera en la habitación y evitar toda situación incómoda a altas horas de la noche —propongo y, por sus caras, no les parece una locura.
—¿Y tu piso? —me plantea Aba. Me encojo de hombros y asiente—. Vale, tema delicado.
—Digamos que hemos estado demasiado ocupados para hablar.
—Oye, no era una queja, nos encanta tenerte por aquí. Pero ahora ya sabemos quién le roba el champú a Riley.
—¿En serio? —Riley asiente sonrojada—. Barry me dijo que era suyo.
—Entonces, los ladrones sois los dos —se burla Aba—. Voy a subir, porque Kieran es capaz de bajar a buscarme y no es plan de que nos encuentre aquí charlando.
Asentimos y subimos juntas las escaleras. Esto es muy raro, pero es un raro bonito. ¡Hostia, me he jodido la cabeza a base de orgasmos! Cuando Aba entra en su habitación, Riley me da un abrazo rápido.
—Me encanta que seas el motivo por el que Barry está tan radiante estos días.
Y después de soltar esa bomba, se va. Entro, me acurruco junto al cuerpo de Barry, que me reconoce dormido, me abraza y suspira complacido.
Sin embargo, ese cumplido se instala como una losa en mi estómago, porque, en cuanto le cuente toda la verdad, toda esta felicidad volará por los aires.
Solo espero que me entienda y pueda perdonarme.