Finge que es mentira (Rise as One 5) 28 Barry
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28 Barry

CAPÍTULO VEINTIOCHO

BARRY

Una vez pillé a un par de chavales fumando en el baño del instituto.

Otra, pillé a dos profesores magreándose en un despacho, ambos casados, y no entre ellos.

Fui el primero en enterarme de que a Steffany le había bajado la regla en una fiesta con dress code blanco.

También pillé a dos compañeros de equipo comiéndose la boca en el vestuario.

Incluso entré en la habitación de Joe en segundo curso cuando estaba follando con un ligue.

Y, si sumo la incomodidad de todas esas experiencias juntas y las multiplico por mil, el valor resultante no alcanzaría a la incomodidad que siento al pensar en Glen.

Es decir, nos besamos. Ni siquiera sé por qué lo hicimos, de hecho, a estas alturas no sé ni cómo.

Estábamos hablando y, un segundo después, saboreaba sus labios por primera vez.

Fue un buen beso, lo tengo que admitir. Tierno, dulce, real.

«Real», nunca imaginé que usaría ese término para referirme a un beso, claro que nunca imaginé que besaría a mi mejor amiga.

Esto es una cagada, apenas estamos retomando la amistad después de toda la mierda que le he echado encima a nuestra relación, y no sé en qué nos va a afectar.

No puedo decir que fuera indiferente a ese contacto, pero, incluso, aunque me lo plantease, está el tema de que me corrí mirándola a los ojos.

En mi defensa, tengo que admitir que ya estaba a punto cuando entró por la puerta.

Y que no esperaba a nadie. Después de lo raro que fue todo con el tema del beso, lo último que pensé era que Glen aparecería por mi habitación, y menos aún sin avisar.

Joder, es que no hay forma humana de abordar esta conversación sin decir una estupidez o algo que la ofenda hasta el infinito y más allá.

«No estaba pensando en ti», «No quería correrme», «Entraste cuando estaba a punto y no pude pararlo», son algunas de las opciones que he barajado, cada cual peor.

Además, no sé hasta qué punto son verdad.

Nos hemos besado, me ha observado mientras me corría, desnudo, y el único motivo por el que reaccionamos fue porque Joe apareció.

Es que he intentado pensar en qué hubiera pasado si no nos hubieran interrumpido y todas las opciones me han llevado al mismo punto: volver a hacerme una paja.

Creo que algo no está bien en mi cabeza.

Lo he querido achacar a la falta de sexo, pero entonces a mi mente me viene un consejo que me dio un chaval de último año en el instituto: «Si quieres verla después de machacártela, es que te gusta, no solo es la necesidad de mojar el churro».

Y joder, mi imaginación tiene muchas ganas de volver a ver a Glen.

Me encantaría saber su opinión sobre todo esto, para mí sería más fácil a la hora de ejecutar el siguiente paso.

En la facultad actuamos, los dos, como si fuéramos los de siempre, pero los dos sabemos que no es así.

Al menos Glen miente mejor a nuestros compañeros que a Joe.

En lo único que podía pensar después del beso era en que se iba hundiendo cada vez más en la montaña de mentiras con cada palabra, y en que era incapaz de sacarla de ahí.

Lo más gracioso es que llevamos varios días así, esquivando el quedarnos solos, compartiendo espacio solo si hay más gente.

Aunque le dije que la avisaría cuando estuviera preparado y…

eso todavía no ha pasado. Empiezo a pensar que nunca lo haré.

—Barry, ¿estás bien? —Alzo la vista y me encuentro con la expresión serena de Vanessah. Joder, se me ha ido la mente cuando me ha preguntado por lo que había hecho esta semana que se pudiera apuntar en la lista—. Creo que no estabas aquí.

—No, perdón. Es que pasó una cosa el fin de semana pasado que me tiene despistado.

—¿Quieres hablar de ello?

—¡Dios, no! —Me llevo las manos a la cara. Dato curioso: Vanessah sonrojada aparenta muchos años menos—. Es que es una situación un poco embarazosa.

—Entiendo. —Carraspea—. Por experiencia, ese tipo de situaciones embarazosas, no suelen resolverse solas. Y la incomodidad suele ir a más si no se enfrenta.

—Es difícil.

—No va a mejorar, de hecho, seguramente vaya a peor. Dices que pasó el fin de semana. ¿Qué ha ocurrido en estos cinco días que han transcurrido desde entonces?

—La sensación es cada vez más asfixiante.

—Mi recomendación es que, si puedes arreglarlo, lo hagas. Y lo antes posible.

—No puedo prometerlo.

—Y si quieres hablarlo cuando lo consigas…

—No —la interrumpo, y enfatizo mis palabras con la cabeza. Se le escapa una risa.

—Muy bien, no sacaré más el tema. Quería comentar una cosa contigo.

—Asiento y la miro confuso, porque ha usado un tono más serio del que estoy acostumbrado—.

Estás mejorando al ritmo adecuado, ya no llevas las muletas y has conseguido aumentar el peso en las pesas.

Creo que va siendo hora de reducir las sesiones a una a la semana, si te parece bien.

—Oh. —Ni siquiera había pensado en la posibilidad de no venir cada día, aunque tiene sentido.

—Tienes mi contacto, me puedes escribir o llamar si lo necesitas. No voy a dejarte de lado.

—Me parece bien. —Le sonrío—. Estará genial tener las tardes libres.

—¿Lo fijamos para los miércoles?

—Perfecto.

Nos despedimos y vuelvo a casa dando un paseo. No puedo andar a mi velocidad normal, pero tampoco tengo prisa. La fisio me ha dado permiso para este tipo de caminatas, así que prefiero aprovecharlas en lugar de obligar a alguien a venir a por mí.

Cuando llego a casa, no hay nadie. Respiro hondo y me doy cuenta de que es la primera vez que estoy solo desde la Combine.

Hacía un mes que no experimentaba esta sensación, pero, en esta ocasión, no me pesa.

De hecho, la disfruto. Últimamente esta casa parece un lugar de paso de todo nuestro grupo de amigos, así que un poco de paz no me vendrá mal.

Le robo una Pepsi a Aba de la nevera y me siento en el sofá a, simplemente, estar.

Cinco minutos después, me aburro como una ostra.

Saco el móvil y contesto a los comentarios de mis últimas publicaciones en redes.

Savannah me aconsejó que, si quería mostrar mi proceso de recuperación, esa era la mejor baza.

Sonrío ante un comentario de Glen de tres brazos alzados en el vídeo de esta mañana levantando ciento cincuenta kilos y le mando un mensaje antes de procesar la decisión:

Barry

Oye, estoy solo en casa

¿Te pasas y hablamos?

Glen

Dame cinco minutos y voy

Le mando un dedo hacia arriba y suspiro. Casi me hubiera alegrado de que no hubiera podido. Casi. Me bebo toda la Pepsi y me deshago de la prueba del delito. Estoy revolviendo la bolsa de basura del vidrio para que no me pillen cuando llaman a la puerta. Suelto una carcajada sin poder evitarlo.

—¿Ahora vas a llamar cada vez que…? —Se me atascan las palabras en la boca cuando veo a la persona que tengo delante—. Candy.

—Hola, Barry. ¿Puedo pasar? —Me aparto para que entre, todavía alucinado con la visita. Desvía la vista a la rodillera y sonríe—. Te veo bien.

—Estoy bien.

—Me alegro mucho. ¿Podemos hablar?

La acompaño hasta el salón y me acomodo en el sofá. Como no quiero que se siente a mi lado, estiro la pierna, ocupando todo el espacio y obligándola a sentarse en una de las butacas individuales.

—Tú dirás —la insto a hablar, porque solo me observa con una sonrisa que antes me encantaba y que ahora sé que está llena de veneno.

—Vengo a pedirte perdón. Dejarte fue un error, Barry. Me equivoqué.

—¿Es una broma? —Flipando estoy, lo juro.

—Estos dos meses sin ti han sido los peores de mi vida. —«Estoy seguro de que para mí ha sido peor»—. Te he echado mucho de menos.

—¿Y?

—Me he dado cuenta de lo mucho que te quiero, Barry. —Joder, qué engañado estaba con su cara dulce. Ahora que me he quitado la venda vislumbro todo lo que veían los demás y, joder, yo también hubiera insistido en que la dejase—. Me gustaría retomar nuestra relación.

—¿En qué términos?

—¿Perdón?

—Dices que quieres retomar nuestra relación, te estoy preguntando en qué términos: ¿los de amistad, los de interesada? ¿En cuáles?

—Me parece muy injusto que digas que me he aprovechado de ti. —Es muy buena actriz, parece indignada de verdad—. Me asusté, ¿vale? Dijeron que estarías un año en la cama, sin poder andar y me asusté. No supe gestionarlo.

—¿En qué términos?

—En los que somos uno. Tú y yo contra el mundo. —Me regala una sonrisa tierna, casi cariñosa—. ¿Qué me dices?

—La verdad es que no lo veo. —No hay ni un ápice de emoción en mi voz. Grave error, porque se levanta y se sienta a mi lado. Incluso me coge la mano.

—Barry, venga, vamos. Hacíamos un gran equipo. ¿Se te ha olvidado?

—No, pero ¿sabes lo que tampoco he olvidado? Que después de la peor noche de mi vida, postrado en la cama sin poder moverme, me dijeras que esa no era la vida que tú querías. Como si yo lo hubiera elegido, como si para mí no hubiera volado por los aires toda mi vida en ese instante.

—Estaba asustada, no había dormido. ¿De verdad quieres tirar a la basura un año y medio juntos por un error?

—No, Candy. No te equivoques, la decisión fue tuya. Yo te quería, y mucho. Me peleé con mis amigos y mi familia por ti, te demostré una y otra vez que quería estar contigo, pasase lo que pasase. Y, a la primera dificultad real, me dejaste tirado.

—Y estoy aquí intentando arreglarlo. —¿Eso son lágrimas? Ojo, cuidado, esto es nuevo—. De verdad que lo siento, Barry. Dame otra oportunidad, no te defraudaré.

—¡No te vas a creer lo que me acaba de pasar! —Glen entra al salón de golpe y se queda parada cuando nos encuentra a los dos en el sofá cogidos de la mano.

Joder, ¿no podemos tener ni un puto respiro?