Finge que es mentira (Rise as One 5) 27 Glen
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27 Glen

CAPÍTULO VEINTISIETE

GLEN

Cosas que no esperaba que pasaran hoy: quedar invicta en mi última competición, batir mi propio récord de puntuación, que mi maestro —el hombre más serio que he conocido en mi vida— me diera un abrazo y que mis amigos vinieran a animarme.

He intentado disimular que no se me ha llenado el corazón al verlos, pero ha sido complicado.

Por suerte, en cuanto ha empezado la competición, me he olvidado de todo y de todos.

Aunque creo que lo más surrealista de todo es que mi padre estaba en las gradas y ninguno lo ha reconocido.

Anoche se presentó en mi casa, con dos bolsas a rebosar del puesto de tacos y la cara de cachorrito que pone cuando quiere librarse de una bronca.

Por supuesto, tuve que perdonarlo. Lo cierto es que se ha perdido pocas competiciones y la mayoría fueron el primer año de la universidad.

Ahí sabía que no hubiera cedido. Después de aparecer en la primera, y que nadie lo reconociera, se ha ido viniendo arriba, hasta hoy, que ha cruzado una línea peligrosa: estar en las gradas con gente que lo conoce en persona, no solo a través de una pantalla.

Por mucho que hubiera varias filas de distancia, no eran suficientes.

Aunque tengo que reconocer que el miedo que me ha invadido no ha sido el de siempre.

Esta vez no estaba pensando en «todo el mundo se va a enterar de quién soy», sino «¿mis amigos se enfadarán mucho cuando se enteren?

». Creo que la palabra clave de esa frase es «cuando».

Quizá deba rescatar la idea de contárselo en la graduación, sobre todo a Barry. Se merece saberlo.

Vaya, tengo que pensar en todo esto cuando no esté con todo el subidón de la competición, porque ahora mismo estoy ignorando todas las consecuencias que tendrá.

Kieran me ha dejado elegir qué y dónde comer, así que estamos todos en su comedor engullendo tacos.

Sí, estoy repitiendo la cena de ayer, pero es que me encantan y mi padre no trajo de mis favoritos.

No es una queja, es posible que cambie de opinión cada mes, y mi padre no viene a visitarme tanto como para quedarse con esos detalles.

Además, me trajo mi regalo de cumpleaños por adelantado —un portátil nuevo— y el de Martha: unos cojines para el sofá bordados por ella misma con frases como «Pego como una niña, protégete» o «Tengo carácter, no un mal día».

Y mi padre preocupado por si no tenía referentes femeninos en mi infancia.

—He hecho rollitos de canela para el postre, acabo de meterlos en el horno para que estén calientes —me explica Joe cuando vuelve de la cocina, guiñándome un ojo.

—Nosotras hemos comprado helado de vainilla. —Aba se señala a ella y a Riley.

—Sabéis que, ahora que se han acabado las competiciones, ya no volveré a entrenar, ¿verdad? —Me río—. Tendré que controlar lo que como o me volveré una bola.

—¿Por qué? —Tyler me mira confuso—. Barry lleva dos meses y medio sin mover el culo y ahí sigue.

—Sin mover el culo, mis cojones —se defiende.

—No, los cojones tampoco los has movido mucho. —Todos ponemos cara de asco ante el comentario de Kieran y el cabrón se ríe.

—Aba, no sé qué ves en él —bromea Hunter y ella suspira.

—A veces yo también me lo pregunto.

—Esta mañana en el coche me has dicho que quieres tener hijas, en plural, conmigo —le rebate el irlandés.

—Puedo cambiar de opinión, ¿sabes? —Aba suelta un grito cuando Kieran la levanta en volandas.

—No puedes. —Kieran estampa sus labios contra ella para que no le conteste, porque tenía claro que no se iba a quedar callada.

—No hace falta que Joe les ponga azúcar a los rollitos —me murmura Barry al oído y lo miro curiosa—. Rodeados de todas estas parejas empalagosas tenemos suficiente.

—Espero que ninguno sea diabético —bromeo y nos reímos.

Nadie se da cuenta de nuestra conversación, están pendientes de sus parejas.

Kieran está jugando con la resistencia de Aba, susurrándole cosas que hacen que se sonroje.

Joe y Riley están en la cocina preparando el postre.

Savannah le está enseñando algo en el móvil a Hunter, que sonríe embelesado.

Tyler le está haciendo cosquillas con el final de su trenza a Brooke en la mejilla mientras ella intenta no sonreír y Jazz se está quejando de lo mucho que ha comido mientras Katherine se ríe.

Es bonito y extraño observarlos. Barry y yo somos los únicos solteros, estamos en otros puntos vitales.

—Oye, cuando nos comamos esos rollitos, ¿subimos a mi habitación a jugar a la consola? —me propone Barry.

—Tus palabras son música para mis oídos.

Suspiro cuando nos matan a los dos y estiro los brazos. Vaya mierda de partida, se nota que estamos cansados, porque ni siquiera nos hemos esforzado. Llevamos demasiadas horas jugando.

—¿Un descanso? —propongo y alzo la vista para mirar a Barry. Entre lo mucho que ocupa y la rodilla, he acabado usando su pierna buena como almohada. He de decir que esperaba estar más incómoda.

—No me apetece moverme.

—No he dicho que tengamos que hacerlo, solo esperar cinco minutos para la siguiente partida.

—Compro. —Se ríe y se mueve, enganchándome el pelo. Antes de que pueda quejarme, me levanta un poco la cabeza para ponerlo bien y de tal forma que no vuelva a pasarme. Lo hace con una delicadeza que me deja un poco descolocada—. ¿Mejor? —Asiento con una sonrisa.

—No te he dado las gracias por venir a la competición. —Cambio de tema para quitarme la extraña sensación de antes—. Me ha hecho mucha ilusión.

—La verdad es que estaba un poco acojonado, no sabía si te gustaría o si nos matarías —admite riendo—. Me alegro de que sea lo primero. Me sabía mal que estuvieras sola en tu última competición.

—Mi padre estaba allí. —Pongo los ojos en blanco—. Nunca me hace caso.

—¿Y dónde está? ¿Lo has dejado tirado por desobedecerte?

—¡Qué va! —Me río—. Se tenía que ir por trabajo, así que, en cuanto me ha visto ganar, se ha despedido desde lejos y se ha ido.

—Lo siento.

—No pasa nada, llegó anoche. Hemos estado juntos desde entonces hasta la competición.

—Igualmente siento que no haya podido abrazarte para celebrar el pedazo torneo que has hecho.

Algo cambia a nuestro alrededor. No acabo de entender qué, pero nuestras miradas se quedan clavadas y no podemos apartar la vista ni hablar.

Una tensión electrizante nos envuelve y el resto del mundo deja de existir.

No sabría decir quién de los dos se mueve; ni siquiera soy capaz de procesar que yo misma me he acercado hasta que nuestros labios se unen.

Un beso tierno que dura unos segundos, hasta que nuestros cerebros asimilan lo que están haciendo y nos separamos de golpe.

Me alzo hasta quedar sentada y los dos nos miramos estupefactos, sin saber ni qué ha pasado ni por qué. «¿Qué coño?».

—Oye, chicos, vamos a ir al sitio de carne ahumada. —Los dos nos asustamos cuando la puerta se abre de golpe y aparece Joe por ella. Se nos queda mirando y frunce el ceño—. ¿Estáis bien?

—Sí. —Carraspeo porque me ha salido la voz rara—. Es que hemos hecho una cosa en la partida que no esperábamos.

—Oh, genial. —Joe sonríe de oreja a oreja—. Pero ¿ha molado o no? Porque tenéis una cara un poco extraña.

—No lo sé, ha sido raro —admite Barry poniendo palabras a lo que yo también siento.

—¿Raro en qué sentido? —Joe está flipando un poco, pero no tanto como nosotros.

—Tampoco lo sé.

—Bueno, ya me lo enseñaréis.

Esas son las palabras clave para que empecemos a actuar todavía más extraño que antes.

Me levanto de golpe y me pego a la pared, como si la cama hubiera empezado a arder de repente, y Barry hace lo mismo, pero hacia el otro lado.

Lo hacemos con tanto ímpetu que casi nos caemos.

Joder, menos mal que nos ha interrumpido Joe, porque si llega a ser Kieran, se estaría riendo de nosotros.

Además, habría deducido a la primera qué ha pasado, aunque ni siquiera nosotros lo sepamos.

—¿Venís al final? —La cabeza de Aba aparece con una sonrisa por la puerta y ayuda a que nos recompongamos un poco. Solo un poco—. ¿Estáis bien?

—Creo que han matado a alguien —suelta Joe serio.

Y no sé si es la situación surrealista que estamos viviendo o la convicción con la que lo dice, que me da un ataque de risa. «Muy bien, Glen, es lo mejor que puedes hacer si quieres disimular». Aba frunce el ceño y ladea la cabeza. Justo en ese momento, aparece Brooke por detrás de ella.

—Estamos distribuyendo los coches, necesitamos saber si somos ocho o diez.

—¿A quién hemos perdido? —pregunta Aba y, por fin, tanto Joe como ella, dejan de examinarnos.

Cruzo una mirada con Barry y no sé cuál de los dos está más acojonado.

Lo malo es que ni siquiera sé por qué, si es porque nos hemos besado, porque casi nos pillan o porque no sabemos disimular que no tenemos ni idea de cómo actuar.

Me hace una pequeña seña con la cabeza para preguntarme si vamos con ellos y asiento.

Ahora mismo necesito salir de esta habitación, aunque tengo claro que en breve deberé tener la conversación más extraña de mi vida. Joder, Barry y yo nos hemos besado.

«Barry, lo que pasó ayer fue algo del momento. No pasa nada. Lo olvidamos y fin». No, eso no.

«Barry, sé que beso de puta madre, pero no puede volver a pasar. Tendrás que vivir con ello». No, eso tampoco.

«¿Y si hacemos como si no hubiera pasado nada?». Imposible, otra cosa.

«Barry, ¿hablamos de lo que pasó ayer? Ya sabes, cuando se nos fue la olla y nos besamos». Pasable, la dejamos en reserva.

Para cuando llego a casa de Barry, no he decidido con qué frase voy a iniciar la conversación, pero no pasa nada.

Lo importante es que estoy aquí y vamos a hablar.

A ser posible, de lo que pasó ayer. Anoche, después de cenar en el puesto de carne ahumada, tuve que irme a casa.

No pude justificar ir a otro sitio después de soltar un bostezo tan sonoro que hasta la mesa de atrás se giró a mirar.

Además, Barry estaba tan ausente como yo, no creo que hubiera sido muy fructífera la charla.

Al parecer, cuando nuestros cerebros se fríen, se buscan y acabamos besándonos. No, es mejor hoy.

Saludo a Joe y a Riley, que están en el comedor. Él jugando a la consola y ella leyendo, de hecho, diría que ni siquiera se ha enterado de que he llegado, pero no es importante. Mi destino está en la planta de arriba. Respiro hondo antes de abrir la puerta, esto no va a ser cómodo.

Nada más entrar, me arrepiento de no haber llamado.

Barry está desnudo encima de la cama, con la mano en la polla, claramente dándose placer.

Se nos corta la respiración y nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer, aunque su cuerpo tiene otra idea porque, un segundo después, se corre.

Ni siquiera soy capaz de reaccionar, aunque no soy la única, porque no apartamos la mirada en ningún momento hasta que escuchamos un ruido en el pasillo.

—¡Joder! —suelta Barry y extiende la mano para coger un paquete de pañuelos.

Es lo último que veo antes de salir de la habitación y cerrar la puerta a mi espalda. Ni siquiera me ha dado tiempo a tomar una respiración completa cuando Joe aparece por las escaleras. La sonrisa se le borra en cuanto me ve y frunce el ceño.

—¿Estás bien? ¿Mi hermano te ha hecho algo?

—¿Qué? ¡No! —Vale, tengo que regular la voz, porque esto no es nada creíble—. Es que estaba viendo una película de miedo y me he asustado con una escena.

—¿Tú? —Me mira como si no me conociera—. ¿Te has asustado viendo una película de tu género favorito? No mi hermano, ¿tú?

—Es que es una de esas japonesas de terror psicológico. —Joder, tengo que dejar de mentir de una vez—. No sé qué decirte, he reaccionado por puro instinto.

—¿Seguro que estás bien? Llevas desde ayer un poco rara.

—Me tiene que venir la regla y tengo las hormonas revolucionadas. —Martha me daría un capón por tremendo comentario de mierda y, sinceramente, me lo habría ganado.

—Vale. —Cuando creo que se va a ir, se gira de nuevo hacia mí—. ¿Por qué no vuelves a entrar?

—Ehhh…

La puerta de la habitación de Barry se abre en ese momento y sale con un pantalón corto sin camiseta. Joder. «Deja de comértelo con los ojos, Glen». Aparto la mirada y doy un paso atrás.

—Voy… —Carraspea. Lo miro de soslayo y él también está esquivando la mirada. Bien, que los dos estemos incómodos es bueno—. Voy a ducharme.

—¿No estabas viendo una película? —pregunta Joe confuso y Barry me lanza una mirada rápida—. ¿Tú también te has acojonado?

—Me he cagado de miedo —reconoce—. De ahí la ducha.

—¿De verdad que estáis bien?

—Sí —contestamos los dos a la vez con un tono que dice que no. Joe resopla y niega con la cabeza, antes de dejarnos solos.

—Barry… —susurro pasados unos segundos en los que nos ha envuelto una tensión tan espesa que se podría masticar.

—Glen, no soy capaz de mirarte a los ojos ahora mismo. ¿Podemos hablar en otro momento?

—Sí, claro. —La voz me sale una octava más alta—. ¿Me avisas?

—Perfecto.

Huyo. Sí, no se puede definir de otra forma la carrera que he hecho hasta llegar al coche.

Respiro varias veces antes de arrancar y salir lo más rápido que puedo de allí.

Joder, si ya pensaba que iba a tener una conversación incómoda, ahora se le han añadido más factores.

Aunque lo peor es que no he podido quitarme de encima el calor que ver a Barry correrse me ha provocado.