Finge que es mentira (Rise as One 5) 26 Glen
64%

26 Glen

CAPÍTULO VEINTISÉIS

GLEN

Me río cuando mato a Barry en el juego y lanza el mando a la almohada.

Le estoy pegando una paliza, se nota que lleva más de dos meses sin jugar.

Aunque, en realidad, ya le ganaba antes, así que esto es solo un recordatorio de lo malo que es.

El móvil me vibra encima del escritorio y me levanto para cogerlo.

Joder, creo que llevamos demasiado rato tumbados, porque me duele todo el cuerpo.

Lo rechazo cuando veo que es mi padre y le mando un mensaje rápido de que lo llamo luego.

Cuando se envía el mensaje, veo la hora que es.

—Barry, no hemos cenado. —Llevamos horas jugando, ni siquiera he sido consciente.

—Pues, ahora que lo dices, tengo hambre.

—¿Te subo algo de la nevera? Te lo dejo preparado y me voy.

—¿Una partida más? —Le enseño el móvil para que vea la hora y abre los ojos de golpe—. Vale, sí. Mejor no.

Se mueve por la cama para quedarse sentado y no me pasa desapercibido el gesto de dolor que hace.

—Nos hemos pasado el fin de semana jugando. No has hecho los ejercicios antes de que llegase aquí, ¿verdad? —Agacha la cabeza y me siento a su lado—. ¿Por qué?

—¿Para qué? —escupe y se lleva las manos a la cara—. No avanzo, Glen.

—Sí lo haces.

—No es verdad. Vanessah me pidió que apuntase todos los logros, por pequeños que fueran, y llevo una semana sin escribir nada.

—¿Dónde la tienes?

—¿Perdona?

—La lista, ¿dónde está?

—En la libreta roja que hay en mi escritorio —contesta con desconfianza.

Me levanto, la cojo junto al boli y me siento a su lado con las piernas cruzadas.

Echo un ojo a todo lo escrito y pongo los ojos en blanco.

Me acomodo mejor para completar la lista como debería—.

Sabes que no puedo falsear los datos, ¿verdad?

Además, estoy seguro de que sabrá que esa no es mi letra.

—Calla y lee. —Le planto la libreta en la cara y la agarra a regañadientes. Hace muecas mientras lee lo que he añadido e incluso resopla con alguna—. ¿Y bien?

—Voy a obviar lo acosador que me parece que sepas las fechas exactas de algunas cosas. —Me encojo de hombros, tengo buena memoria—. Pero… No me había dado cuenta de muchas.

—Lo sé, porque te encanta tener la cara metida en el culo y lloriquear —bromeo y se ríe—.

Sí que avanzas, Barry, pero no puedes esperar que el cambio venga de un día para el otro.

Sé lo frustrante que es, de verdad que sí, pero, si no te fijas en los pequeños logros, la sensación de parón te arrastrará como una ola.

Por eso Vanessah te hace escribirlos, para que seas consciente.

—Odio esa sensación.

—Es que es muy odiosa —admito—. Si quieres escribir «He mandado las muletas a tomar por culo», tienes que espabilar.

—Es tarde para hacer los ejercicios ahora.

—Deja de buscar excusas —le reprocho—. De todas formas, después del incidente del viernes, creo que necesitabas un fin de semana de desconexión, pero mañana te quiero a tope. Le voy a pedir a Kieran que te ponga ciento veinte kilos, como te recomendó la fisio.

—No puedo, Glen.

—No quieres, que es distinto. —Me fulmina con la mirada y alzo una ceja—. Barry, levantabas ciento ochenta kilos sin despeinarte hace dos meses, no has perdido tanta masa muscular. Así que, dime, ¿qué te está frenando?

—No lo sé.

—Claro que lo sabes. —Le lanzo una mirada para que lo piense un poco y resopla—. Si no quieres mirar en tu interior, repasa los apuntes. De hecho, hiciste una broma con esto en clase.

—¿En serio?

—Te di un capón por idiota.

—Eso pasa demasiadas veces como para quedarme con todas. —Nos reímos—. ¿En serio?

—Hablábamos del bloqueo por miedo.

—Recuerdo que pensé que me parecía inverosímil que alguien fuera incapaz de ejercitar una parte del cuerpo si tenía una lesión en otra aunque no tuvieran nada que ver. —Se queda pensativo—. Comenté que, cuando me hice el esguince en la muñeca, seguía trabajando las piernas.

—¿Sabes ya qué te frena?

—Hacerme daño en la rodilla otra vez —murmura—. Aunque estoy tumbado, siento la rodilla cuando hago fuerza y me da miedo volver a escuchar el chasquido.

—¿Escuchaste un chasquido cuando pasó?

—Sí —confiesa—. Lo tuve en la cabeza mucho tiempo, solo podía escuchar eso.

Agarra la libreta y escribe: «Ya no escucho el chasquido». Le sonrío y me pongo en pie.

—La fisio no te hubiera dejado empezar con el ejercicio de press banca si no fuera seguro, confía en los profesionales que te rodean.

—Gracias por este fin de semana. Lo necesitaba.

—Yo también.

Le doy un beso en la mejilla y me despido con la mano.

Una vez estoy en el coche, respiro tranquila.

Entiendo tanto por lo que está pasando, que a veces duele demasiado.

Pero Barry es fuerte y está haciendo las cosas bien, aunque tropiece.

Lo raro sería que no le pasara. Lo mejor es que nos tiene a todos para levantarlo cuando lo necesite. No todo el mundo puede decir lo mismo.

BARRY

Resoplo cuando Kieran vuelve a pasar por delante de mí, pero no está listo todavía. Joder, no se tarda tanto en ducharse y vestirse. Joe hace lo mismo y resoplo más fuerte para que todos me oigan.

—¿Te quieres tranquilizar? —me reprende Kieran—. Queda una hora y tardamos cinco minutos en llegar.

—Es que no me la quiero perder.

—Barry, sé racional —me pide Joe—. Que tú lleves dos horas listo no hace que sea tarde.

—Es la falta de costumbre —se burla Kieran y los dos se ríen.

—Barry, ¿y si repasas los bolsillos por si te has dejado algo? —me sugiere Riley con una sonrisa, sacando la cabeza por la puerta del baño—. ¿La cartera? ¿El móvil?

—Lo llevo…

Me callo cuando me doy cuenta de que no he cogido nada y se escuchan varias risas por toda la planta de arriba.

Me lo guardo todo en los bolsillos y aprovecho para bajar poco a poco.

Hoy es el primer día en el que puedo ir sin muletas, aunque tengo que hacerlo de forma prudente.

Un mal paso y volveré a ellas sin opción a réplica.

Tardo bastante, pero no me importa porque, al parecer, vamos superbién de tiempo.

Media hora después, estamos los cinco metidos en el coche de Kieran.

—Entonces, ¿Glen no sabe que vamos? —pregunta Riley.

—Es sorpresa —le recuerdo—. No nos espera.

—Sigo pensando que tendríamos que habérselo dicho. —Aba suspira—. Ella nunca nos ha invitado a ir y se molesta con su padre cuando quiere verla.

—Nosotros no somos su padre.

—Y menos mal —se burla Joe—. Me sale una hija así y me quedo calvo de golpe.

—Es que encima es la clase de niña por la que comprarías una escopeta para matar a todos los que le hicieran daño, pero que acabarías acojonado porque sería ella la que los mataría.

—Riley, ya podemos rezar para tener hijos varones con estos dos. —Aba niega y Riley se ríe—. Ya te advierto que no pienso dejarte ser un cavernícola con nuestras hijas.

—Joder, Aba, no puedes decirme esas cosas cuando te tengo tan lejos —se queja Kieran—. Ahora solo quiero darte todas esas hijas que quieres.

—Tío, contrólate —le pido—. Que estoy a tu lado.

—Hay una cosa que no estamos teniendo en cuenta y que es importante para esta conversación. —Me giro extrañado para mirar a mi hermano. Se ríe—. En cuanto Glen nos vea en las gradas nos va a matar o capar, así que problema resuelto.

—Joder, ¡que no!

—Está tan mono cuando se lo cree —se burla Kieran de mi comentario y el coche se llena de risas.

Los ignoro y sonrío cuando el pabellón aparece en mi campo de visión. A Glen le va a encantar la sorpresa.

Hay varias cosas que me tienen alucinado desde que he llegado: nos hemos podido sentar los once juntos sin ningún problema, la universidad destina muy poco presupuesto a la esgrima y Glen es la puta ama.

A ver, esto es un dato que ya sabía, pero verla en un entorno tan diferente me ha impactado.

Sabemos que ha ganado todos los combates —¿batallas?

, ¿luchas?— en los que ha participado y que ha humillado a un contrincante tanto que hasta a su maestro se le ha escapado una risa, aunque haya intentado disimularlo.

Eso sí, nos ha quedado una cosa clara a los once: no tenemos ni idea de esgrima.

Tampoco es que nos importe, hemos venido a animar a Glen, como si estuviera haciendo un concurso de macramé.

Por supuesto, nos hemos ganado una ceja alzada en cuanto nos ha visto, pero se ha descojonado cuando Savannah y Jazz han sacado un cartel con su nombre rodeado de corazones.

Ese es el único momento en el que la hemos visto desconcentrada; ahora mismo, para ella, no existimos.

Su maestro le indica algo y mueve la cabeza para estirar el cuello.

Ha hecho eso antes de ponerse la careta —¿coraza?

, ¿casco?— todas las veces, así que le toca salir a competir.

Le sienta bien el color blanco, o puede que solo sea el impacto de verla con un color que no sea el negro.

Se hace un silencio sepulcral cuando se coloca frente al tipo del otro equipo, alza el florete —este es el único nombre que me sé— y se coloca en posición.

Se mueve rápido, pero el tipo es bueno y frena su avance, aunque ella no se queda atrás.

Aprovecha un descuido y le da un toque en el pecho —hemos descubierto que eso es lo que tienen que hacer y le dan puntos—.

El contrincante se frustra, pero Glen no se inmuta.

Ni celebra, ni se deja llevar por la frustración del otro; tiene un control absoluto de la situación.

El siguiente movimiento es tan rápido que ni siquiera el tipo se da cuenta antes de ver el florete de Glen en su pecho de nuevo.

¿He dicho ya que es la puta ama? Esta vez sí siento cómo Glen sonríe, incluso si no puedo verla.

Gana el combate dos toques después, casi tan fáciles como el segundo.

Y, por primera vez, la veo dar un salto de alegría.

Se quita la protección y celebra la victoria con sus compañeros.

Se gira hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja y nos hace un saludo con el florete. Joder, qué orgulloso estoy de ella.

—Hazte un poco así, que se te cae la baba —bromea Kieran dándome un golpe con el brazo.

—Vete a la mierda.

—¿Cómo tienes la rodilla? —se interesa. La muevo un poco y sonrío.

—Bien, no me molesta.

—¿Seguro? —Asiento—. ¿Te parece bien si vamos todos a comer juntos por ahí?

—¿Desde cuándo pides permiso?

—Desde que tu bienestar está por encima del resto de las cosas —admite y algo me aprieta el corazón—. No merece la pena si vas a estar mal o luego tiene consecuencias.

—¿Sabes qué? Creo que quien debería elegir qué hacer es Glen. Se lo ha ganado.

—Me gusta cómo piensas.