25 Barry
CAPÍTULO VEINTICINCO
BARRY
—Anoche hablé con Henry —nos cuenta Joe emocionado, apareciendo entre los dos asientos de delante del coche. Kieran le da un golpe para que se siente bien y ríe mientras vuelve a su sitio—. Todo apunta a que tendré que mudarme a Las Vegas el año que viene para jugar con los Raiders.
—No te hagas ilusiones y sé prudente —le recuerda Kieran—. Ya sabes cómo funciona esto: mucho politiqueo, mucho secretismo y decisiones que cambian a última hora.
—Lo sé, pero es difícil no pensar que el año que viene seré un novato de la NFL.
Me da un pinchazo en el corazón y le sonrío a mi hermano.
Me jode no poder acompañarle en todo este proceso.
No me sirve solo estar a su lado; tendríamos que estar los dos como locos coleccionando opciones.
No había pensado en que mi lesión también nos había robado esta experiencia.
Y habrá más cosas de las que no me habré dado cuenta, estoy seguro.
Me están yendo bien las sesiones con la psicóloga —que no es la del equipo, sino Vanessah, del servicio de atención psicológica de la universidad—.
Estamos trabajando sobre todo la culpa. Considera que hasta que no sea capaz de perdonarme por lo que pasó y por cómo me comporté después, no seré capaz de avanzar de verdad.
También me ha recomendado registrar todos mis logros, por pequeños que sean.
Lo estoy haciendo un poco a medias, no lo negaré.
Me cuesta considerar un avance el hecho de no ser capaz de hacer las mismas series de press banca que antes de lesionarme, sobre todo porque sigo sin poder levantar más de cien kilos.
—Barry. —Kieran me zarandea y lo miro sin entender nada—. Hemos llegado. ¿Dónde estabas?
—Perdón, me he despistado.
—¿Estás bien? —me pregunta Joe y asiento.
Salgo del coche y voy al encuentro de Glen, que está mirando el móvil con cara de enfadada. En cuanto me ve, lo guarda.
—¿Todo bien?
—Mi padre, que me pone de los nervios —escupe—. Quiere venir a la competición de la semana que viene. No sé qué parte de la palabra «no» no entiende, joder.
—Es tu última competición, es normal que quiera venir.
—Si te vas a poner de su parte, que te lleve él al campus deportivo luego.
—Tranquila. —Alzo las manos y ella observa las muletas.
—¿Te han dicho algo de cuándo vas a poder mandar a la mierda a las muletas? —Emprende la marcha hacia la facultad, murmurando, aunque lo escucho igualmente—: A estas alturas ya no debería llevarlas.
—No —miento—. No tengo prisa.
Asiente y seguimos el camino en silencio. En realidad, se supone que hoy me tienen que decir algo, pero no pinta bien y no creo que pueda librarme de ellas, así que prefiero callarme antes que explicar que voy retrasado en mi recuperación.
—Vas muy bien, Barry —me felicita la fisio del equipo con una sonrisa cuando nos sentamos en su mesa, como cada viernes—.
Sin embargo, no te recomiendo dejar las muletas todavía.
Sé que quieres, y lo entiendo, pero vamos a darle a esa rodilla una semana más de descanso.
Sigue con los ejercicios en casa, te he enviado unos nuevos que empezaremos a hacer aquí a partir del lunes.
Verás que en un mes casi no tendrás ni molestias.
—¿Y los brazos?
Respira hondo antes de contestarme:
—No hay un impedimento físico por el cual no puedas levantar más de cien kilos, Barry. Deberías valorar otros factores. Puedes hablarlo con tu psicóloga ahora en vuestra sesión, creo que te vendría bien.
—Lo haré —vuelvo a mentir por segunda vez hoy.
Me despido y me dirijo hacia los despachos donde hacemos las sesiones.
Estoy agotado de estar todo el día de arriba abajo con las muletas, de no poder librarme de ellas, de depender de alguien para casi todo, de no avanzar.
No puedo más. Suspiro y sigo mi lento camino; estoy un paso más cerca cada vez.
Al llegar, me extraña que la puerta esté cerrada.
Lo normal es que esté abierta y ella me esté esperando.
Llamo, pero nadie contesta. Intento abrir, pero está cerrada.
—¡Barry! —La psicóloga del equipo llega hasta mí a la carrera—. Perdona, he intentado llamarte, pero no me cogías el teléfono. —Reviso los bolsillos y no, mi móvil no está.
—Me lo he dejado en casa.
—Oh, vale. —Hace una aspiración para recuperar la respiración—. A Vanessah le ha surgido un imprevisto familiar y se ha tenido que ir. Me ha pedido que la disculpes y que revises el correo que te ha enviado.
—Vale, genial.
—¿Estás bien? —me pregunta, ladeando la cabeza—. ¿Quieres hablar?
—No, solo quiero irme a casa.
—Sé que pediste tratarte con Vanessah porque tiene más experiencia en este tipo de casos, pero estoy aquí si lo necesitas, ¿vale?
—Frunzo el ceño porque no tengo ni idea de qué está hablando.
Si no estuviera tan cansado, me parecería hasta gracioso que haga el mismo gesto—.
Bueno, no sé, eso me comentó el entrenador Phillips, igual lo entendí mal.
—Yo no pedí nada.
—Entonces, seguro que es cosa mía. —Me sonríe—. No te preocupes. Lo dicho, estoy aquí, ¿vale?
Asiento y, después de unos segundos en los que se da cuenta de que no voy a hablar, se despide y se va por donde ha venido.
Hago el camino de nuevo, pero esta vez paso de largo de la sala de rehabilitación y me dirijo al aparcamiento.
Me siento en un banco y me planteo pedir un Uber, pero no puedo.
Tampoco llamar a Kieran o a Glen para que vengan a por mí.
Me recuesto y observo el horizonte, igual no es mala idea quedarme aquí un rato.
Necesito esta hora libre sin hacer nada.
Sin nadie más. Sin pensar en muletas, pesas, clases, rehabilitación, ejercicios, fútbol, draft, rondas, NFL o cualquier cosa de la que me quieran hablar.
Sin embargo, cuando elimino todo eso de la ecuación, no queda nada.
Y la nada es demasiado peligrosa para mí.
—¿Vanessah se ha hartado de ti y te ha echado? —bromea Kieran cuando llega al aparcamiento a por mí.
Ha llegado diez minutos antes. Ahora que lo pienso, siempre que salgo, ya está aquí esperando.
Pierde varios minutos de su vida en ser mi chófer.
No me había parado a calcularlo, pero tiene que ser más de media hora al día solo porque no puedo valerme por mí mismo.
Echo de menos conducir, ni siquiera sé cuándo podré hacerlo. Casi prefiero no pensarlo.
Me subo al coche y apoyo la cabeza en el respaldo.
Necesito descansar. No hay una parte de mi cuerpo que no me esté pidiendo una tregua.
Creo que este fin de semana me lo voy a tomar de relax, aunque tendría que hacer los nuevos ejercicios si quiero dejar de usar las putas muletas y revisar qué me ha mandado Vanessah.
Los últimos deberes no los hice bien, pero me da la impresión de que eso se acabó.
Siento una palmada en la espalda y, cuando quiero darme cuenta, estoy en el camino de entrada a casa. Joder, voy en piloto automático. No me he enterado del trayecto ni de salir del coche.
—Oye, ¿estás bien? —Kieran me mira con una preocupación muy patente.
—Sí, solo estoy cansado.
—No me gusta cuando te quedas callado —confiesa—. Me recuerda a hace unas semanas cuando no querías hablar.
—Tranquilo, de verdad que lo único que necesito es descansar.
—Pues que sepas que tenemos la casa llena de gente que ha venido a cenar.
—Define llena.
—Ahora lo comprobarás. —Me señala la puerta con la cabeza y me río. Siempre tan enigmático.
Tanta expectativa para que se quedase en nada.
Por un momento me he imaginado el comedor lleno de jugadores de hockey, pero no.
Somos los doce de siempre, incluida Glen, que se ríe de algo que le están contando Jazz y Katherine.
Me alegro de que al final Kieran pudiera arreglar mi cagada, porque me hubiera sentido como una mierda si Glen los hubiera apartado por mi culpa; tanto por ella como por ellos.
Tyler y Hunter aparecen con varias bolsas de comida y nos sentamos alrededor de la mesa a comer.
En algún momento alguien me pregunta si quiero poner música, pero niego con la cabeza.
La cena pasa entre bromas, pullas y noticias del draft.
Escucho a medias y me masajeo la rodilla de vez en cuando.
Hoy me molesta más de lo normal. Estoy harto de la situación, de la rodillera y de la impotencia.
Al menos, la comida está buena, tenía hambre, aunque no me había dado ni cuenta.
Estiro la mano para coger un plato de patatas, pero, cuando lo intento atraer hacia mí, le doy sin querer a la copa de vino de Savannah haciendo que se caiga y se rompa.
Mi mente se llena del sonido del cristal estallando y me levanto de golpe apoyando las manos en la mesa.
—¡Joder! —vocifero y los ojos se me llenan de lágrimas. Acabo de romper una copa.
—Barry, no pasa nada, solo es una copa —le quita importancia Savannah haciéndome una caricia en el brazo.
—Además, ya estaba vacía, así que no se ha perdido nada —bromea Jazz.
Respiro hondo mientras todo a mi alrededor parece un borrón.
No quiero alzar la cabeza, no quiero ver el desastre, no quiero ver la decepción en sus ojos por romper una copa.
Siento unas manos en mi espalda y me rodean del todo en un abrazo que ni siquiera sabía que necesitaba.
Me quedo ahí unos segundos, disfrutando del silencio que me está proporcionando.
Cuando estoy preparado, Glen se aparta y pone una mano en mi mejilla.
—¿Quieres irte a tu habitación? —Me está preguntando qué necesito, no me está echando.
—No tengo fuerzas para subir —admito en un susurro.
—Eso se soluciona rápido —bromea. O eso pensaba, porque dos segundos después estoy siendo alzado por cuatro tíos—. Intentad que no se mate, anda.
—Qué poca fe —se queja Joe negando.
—Si me lo cuentan, no me lo creo —se burla Jazz—. ¿Está bien? La copa ni siquiera era de las caras, si fuera…
—No es por la copa —le corta Glen, y agradezco que no diga nada más.
Me suben por las escaleras, a una velocidad mucho mayor de lo que sería prudente, mientras Glen nos sigue en silencio, aunque tiene una sonrisa burlona en la boca. Me dejan tumbado en la cama y los cabrones se ríen de mi postura.
—¿Qué necesitas? —me pregunta Kieran—. ¿Podemos hacer algo?
—Dormir —admito—. Estoy muy cansado.
—Entonces, te dejamos que descanses.
Se despiden con una sonrisa, pero, cuando Glen se va a dar la vuelta para irse, la cojo de la mano. Me mira extrañada.
—¿Te quedas? —le pido.
—Tienes que dormir.
—Cuando me duerma, te vas. Como si fuera Viktor. —Arruga la nariz y me río—. ¿Qué te ha pasado?
—Es que iba a soltarte si me ibas a hacer lo mismo que Viktor antes de dormirte, pero me ha sonado muy raro decírtelo a ti.
—A ver, puede que no sea un ruso de dos metros con alma de oso de peluche enamoradizo, pero me apaño bien.
—«Me apaño bien», todo lo que una mujer quiere escuchar en la cama. Eres todo un semental.
—Quédate, aunque sean cinco minutos.
—¿Qué te pasa? —Se sienta en la cama y me acaricia el pelo.
—Hoy no he tenido sesión con Vanessah.
—No la puedo sustituir —se burla—. Mi experiencia es algo más limitada.
—¿«Algo más limitada»? Pensaba que ibas a decir nula. —Se encoge de hombros—. El caso es que me ha venido bien tener esa hora libre. Estoy agotado, Glen.
—Te dije que eran demasiadas cosas de golpe. —Odio cuando me mira con su expresión de «Te lo dije»—. De todas formas, no creo que todo sea eso, porque llevas tres semanas con esta rutina y lo estás llevando francamente bien. Me tienes muy impresionada, Barry.
—Madre mía, ¿te he impresionado? Ya puedo morir en paz.
—Deja de bromear y suelta lo que no me estás contando.
—Tendría que haber dejado las muletas hoy y lo han retrasado una semana más.
—Los tiempos son relativos, cada persona se recupera de una forma distinta. Tanto física como anímicamente. —Me pasa los dedos por el pelo y me despeina—. Si hablamos desde la estadística, vas adelantado en la anímica y en la media en la física.
—¿Te lo estás inventando? —La observo para corroborarlo, pero parece sincera.
—Nunca bromeo con la estadística, sabes que es mi ciencia favorita.
—La odias más que yo, por eso te pregunto.
—Lo digo en serio, lo busqué cuando te lesionaste.
—No me lo habías contado.
—Hay muchas cosas que no te he explicado —admite, y hay un deje extraño en sus palabras, pero lo entiendo cuando continúa—: Porque no estabas receptivo para escucharlas.
—Lo de Vanessah, ¿fue cosa tuya?
—Si me preguntas si fui yo la que habló con ella, la respuesta es sí. Si me preguntas si fui quien tomó la decisión, la respuesta es que había más personas en esa conversación.
—Me gusta que me cuides —confieso medio dormido.
—Para eso estamos los amigos. Ahora descansa y duérmete.
—Mandona —bromeo con los ojos cerrados—. ¿Te apetece una partida a la consola mañana?
—Me encantaría.