Finge que es mentira (Rise as One 5) 24 Glen
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24 Glen

CAPÍTULO VEINTICUATRO

GLEN

Sonrío cuando Barry se pelea con las muletas al salir del coche de Kieran.

La verdad es que resulta hasta cómico. Me apoyo en un árbol y miro el reloj mientras refunfuña, tenemos tiempo de sobra para llegar a clase, siempre y cuando no se mate en el proceso.

Cuando lo consigue, suspira y me mira. Le regalo una sonrisa de oreja a oreja y niega con la cabeza.

—¿Has pensado en algún momento en venir a ayudarme? —se queja y la risa de Kieran sale del coche.

—¿Quieres la respuesta sincera o la diplomática? —Pone los ojos en blanco y me agacho para hablar con Kieran por la ventanilla del pasajero—: ¿A qué hora vienes a buscarlo? No recuerdo este término de la custodia compartida.

—¡Oye!

—¡Shhh! —le pido a Barry que se calle—. Los mayores estamos hablando.

—Depende de ti, ¿vas a querer comer con él?

—Querer, lo que se dice querer… —bromeo mientras me encojo de hombros e ignoro a Barry, que no para de resoplar—. Tengo que ir al campus deportivo después de comer, lo puedo acercar yo sin problema.

—Eso lo hablas con él, no le da la gana de pedírtelo. —Me giro hacia Barry, extrañada, y me aparta la mirada—. Me tengo que ir, llámame si necesitas que venga a por él.

—Estoy tentada de no hacerlo —me burlo y Kieran se ríe mientras da marcha atrás. Me cruzo de brazos y encaro a Barry—: ¿Ya quieres alejarme de nuevo? Dos días has tardado, tienes que haber batido algún tipo de récord.

—No es eso. —Suspira—. Me sabe mal pedirte cosas. No quiero que pienses que quiero retomar la amistad para aprovecharme de ti.

—¿Sabes? —Niego con la cabeza y bajo los brazos—. Cuando dices esas cosas con esa carita de pena me cuesta mucho odiarte.

—Mi padre siempre ha dicho que es el único motivo por el que nadie me ha matado todavía.

—Anda, vamos a clase —le pido mientras me río. Este es Barry en estado puro: quejica, simple y buena persona. Por eso es tan fácil ser su amiga, porque en lo único que piensas es en abrazarlo.

Casi todos nuestros compañeros de la facultad se acercan a saludarlo y preguntarle cómo está.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que todos le han escrito y de que Barry no les habrá contestado.

Por suerte, su fama con el móvil no es desconocida, así que a nadie le habrá sorprendido que lo ignore.

Todos conocemos la regla: si quieres algo urgente de Barry, pregunta a Kieran o a Joe.

Hasta sus padres llaman antes al irlandés que a él.

Cuando llegamos a la puerta del aula, se frena en seco y respira hondo.

—Me está costando un poco hablar de la recuperación —admite en un susurro—. No esperaba que, al recordar estas últimas semanas, lo que sintiera fuera culpabilidad por cómo me he comportado o por no hacer nada más que estar tirado en la cama en lugar de intentar salir de ahí.

—Forma parte de la recuperación —le recuerdo—. Asumir lo que ha pasado, no solo la lesión, sino todo lo demás, y perdonarte.

—¿Y si no puedo? —Sonrío, podría contestarle que claro que podrá, que muchos han pasado por ahí y lo han conseguido, pero eso no haría que Barry moviera el culo.

—Serías gilipollas. —Se sorprende ante mis palabras y me encojo de hombros—. Has hecho cosas peores y ni un pequeño remordimiento ha salido de ti. ¿Me estás diciendo que no vas a perdonarte por algo que hiciste en tu peor momento?

—Joder, Glen —se queja y entra en el aula—. Odio cuando vienes con tu lógica aplastante a romperme los esquemas.

—Deja de hacer esquemas erróneos y así no podré desmontarlos tan fácilmente —me burlo y sonrío. Ni siquiera se ha dado cuenta de que ha entrado en el aula sin acordarse de la mala sensación de hace un segundo.

—¿Vas a venir a cenar?

—No —contesto a Barry justo antes de salir del coche. Esta vez sí que le ayudo, pero porque mi Mini es demasiado pequeño para él y las muletas. Cuando se estabiliza, le doy un golpe en el brazo—. Aunque no te lo creas, me gusta estar en mi casa, y a la pobre la tengo un poco abandonada.

—¿Tu casa? ¿No vives en la residencia? —No sé cuál de los dos está más sorprendido.

—Me mudé un poco antes de que acabase el curso pasado —admito—. Me cambiaron de compañera y no aguanté más.

Un silencio incómodo nos envuelve con todo lo que no decimos, pero está ahí: en ese momento no nos hablábamos por culpa de Candy.

Después de eso, y aunque me pidió perdón, nuestra relación no era la mejor, así que nuestras conversaciones se limitaban al terreno neutral.

Y así no se sostiene una amistad. Por mucho que ahora estemos en una especie de tregua, hay muchas cosas que arreglar entre nosotros que no podemos aplazar eternamente.

Y hablo de las cosas que somos conscientes los dos, ni siquiera cuento todo lo de mi vida que no le explico.

—Un amigo sabría eso —murmura, pero, cuando voy a contestarle, continúa—: Quizá di por hecho cosas que no eran.

—Barry, no…

—Lo siento, Glen —me interrumpe. Me quedo callada, porque pensaba que iba a decir que yo era la mala amiga—. Sabía que me había perdido cosas, pero no esperaba que hubiera nada tan importante como dónde vives. Mi plan de mantener a mi novia y a mi amiga en mi vida salió peor de lo que esperaba.

—No te fustigues. —Le resto importancia e intento bromear—: Ahora que ya has aprendido, tu próxima novia no será imbécil y podremos mantener la amistad.

—¿Puedo pedirte algo?

—Puedes, pero eso no significa que te lo vaya a dar.

—No es nada guarro —promete riendo.

—Eso solo hace que disminuyan las probabilidades de que lo haga —me burlo y sonreímos. Supongo que hay amistades más sanas, pero no creo que haya ninguna más divertida.

—Cena conmigo y nos ponemos al día de todo lo que nos hemos perdido. O más bien, lo que yo me he perdido.

—Hoy no, Barry. —Le pongo una mano en el brazo y le regalo una sonrisa tierna—. Tienes tu primera sesión de terapia, vas a salir de ahí hecho una mierda. Lo único que vas a querer hacer es irte a casa y dormir.

—Odio a la psicóloga del equipo —refunfuña—. No tiene ni puta idea.

—No vas a estar con ella, es otra persona —le cuento—. Y no te gustará porque será dura contigo, pero es muy buena en su trabajo.

—¿Cómo lo sabes? —se queja y va a alzar las manos. Por un instante, el pánico nos envuelve a los dos y me encuentro cogiéndolo de la cintura. Como si yo pudiera frenar su caída o algo. Mira mis manos y se ríe—. Te agradezco el detalle, pero, si yo me caigo, caemos los dos.

—Ha sido puro instinto, si hubiera pensado me habría apartado.

—Me encanta cuando me demuestras todo el aprecio que me tienes. —Se ríe—. ¿Cómo sabes lo de la psicóloga?

—Un mago nunca revela sus trucos.

—Oh, joder, pasas demasiado tiempo con Kieran.

Admito que, si hubiera apostado, habría perdido. Barry ha asimilado su nueva rutina de una forma tan natural que parece que lleve meses haciéndolo y no solo dos semanas. Sale de su sesión de rehabilitación con cara de cansado y se deja caer a mi lado en el lateral del coche.

—Sabes que, para llevarte, tienes que entrar, ¿verdad? —me burlo y me pone los ojos en blanco.

—A veces me planteo por qué soy tu amigo.

—No pasa nada, ya somos dos. —Le doy un golpe en el brazo—. Venga, vamos. Te llevo a casa.

—¿Tienes planes? —me pregunta cuando arranco el coche. Niego con la cabeza mientras estoy pendiente de salir del aparcamiento—. ¿Cenamos juntos? Me debes una charla.

—¿Seguro? Tienes cara de que te vas a quedar dormido en cuanto llegues a casa —me burlo.

—Estoy hecho una mierda —admite—. He vuelto a levantar pesas y no soy capaz de pasar de los cien kilos. Me duele hasta el alma.

—Eso es imposible, no tienes.

—Pensaba que estábamos hablando de mí, no de ti.

—Tocada y hundida. —Nos reímos—. Venga, va, cenemos juntos. Además, Joe y Kieran no están en casa esta noche. ¿Qué quieres cenar?

—Iba a decir que eligieras tú, pero vas a ir al sitio de tacos y no me apetecen.

—¿Italiano?

—¿Sabes? Si no estuvieras conduciendo, te daría un beso.

—Joder, pues sí que estás cansado —me burlo—. Has entrado en modo cariñoso.

—No te acostumbres.

—Tranquilo, no pensaba hacerlo.

—Al final la lie con Viktor —admito y el muy cabrón sonríe de oreja a oreja—. No te burles.

—Es que me encanta cuando puedo decir «te lo dije». —Pincha sus ñoquis con pesto—. No suele pasar.

—No te acostumbres —le advierto con el dedo y se ríe. No nos habíamos perdido tantas cosas: mi mudanza, mis vacaciones de verano en Canadá, las suyas en Texas con Candy y mis líos amorosos.

—Venga, dame detalles —se burla—. ¿Te pidió matrimonio? ¿Te montó una cena romántica? ¡Cuéntame!

—La gente no hace eso cuando solo follan, Barry. —Pongo los ojos en blanco—. Me pidió que me quedase a dormir y me escapé cuando se quedó dormido.

—¿Sabes? Te mereces a alguien que te monte una cena romántica.

—¿A qué viene ese comentario? —Frunzo el ceño y me llevo a la boca un ravioli de queso. Están espectaculares—. Sabes que no quiero nada serio con nadie.

—No pasaría nada si lo hicieras.

—Eso no lo sabes, mírate a ti.

—Tocado y hundido. —Alza las manos—. No vuelvo a intentar ser amable.

—Mejor, porque se te da fatal.

—Pero lo digo en serio, Glen. Te mereces todo lo bueno que te pase. Y no creas que es porque me siento culpable por haberte dejado tirada. Lo he pensado siempre. Te mereces a alguien que te quiera mucho.

—No —le rebato—. Me merezco a alguien que me quiera bonito. No todo el mundo que te quiere lo hace bien.

—Cuando dices esas cosas me da la impresión de que hay una historia detrás que nunca me contarás.

—Hay miles de historias detrás de eso, Barry. —Le sonrío—. Fíjate en Tyler con Olivia, en la familia de Savannah, en el exnovio de Aba o de Riley. Seguramente, en ese momento los querían mucho y eso no les impidió hacerles daño.

—Me sigue doliendo que no me dejaras darle una paliza a Weston, que lo sepas.

—Weston nunca fue el problema —le recuerdo—. Olivia decidió, de forma consciente, engañar a Tyler con él. ¿Es moralmente cuestionable ir a por una persona con pareja? Por supuesto. Sin embargo, quien lo hizo mal fue Olivia. Y, la verdad, yo le di las gracias a Weston por hacerlo.

—Yo también —reconoce—, pero mucho tiempo después.

Seguimos hablando de todo y de nada. Ya no nos quedan novedades que contar o, al menos, no recordamos ninguna.

Es la primera vez que estamos solos sin nadie alrededor desde el inicio de curso del año pasado.

Solo él y yo. Lo echaba de menos. Aun así, me da la impresión de que ya no somos esas dos personas ni esos dos amigos.

Supongo que una amistad también puede evolucionar.

Cuando vuelve a mencionar algo del desamor, me da un pellizco el corazón.

He esquivado el tema, pero algún día tendré que explicarle muchas historias mías que ni siquiera sabe que existieron.

Pero hoy no es ese día. Todavía tengo que acostumbrarme a tenerlo en mi vida como Barry, mi amigo.