23 Glen
CAPÍTULO VEINTITRÉS
GLEN
Lo malo de ser cotilla es que te pones los auriculares para disimular que no estás escuchando, pero puedes oír todo a tu alrededor, como al capullo con muletas que se acaba de sentar a mi lado.
—Hola, Glen. —Por supuesto, lo ignoro. Una tiene una dignidad y una reputación que mantener.
Me toca el brazo para llamar mi atención, como si yo fuera una idiota que no es consciente de lo que pasa a su alrededor.
¿Puede dejar de insultarme? Por favor y gracias.
Lo muevo para que se aparte; por suerte para él, lo hace—.
Vale, solo quería asegurarme de que no te habías quedado dormida.
—Pongo los ojos en blanco, incluso si no puede verme—.
¿Podemos hablar? —Silencio. Esto es lo que quería, ¿no?
No entiendo la necesidad de escribirme o acercarse, de verdad que no—.
Lo siento, Glen, me pasé contigo. No quería decir lo que dije.
—«Claro que no, campeón». Si me apeteciera intervenir, que no es el caso, le preguntaría a cuál de las veces se refiere.
Por supuesto, no pienso rebajarme a ello—.
En realidad, sí quería. —«Oh, vaya, esto no lo he visto venir.
¿Estará borracho?»—. Quería alejarte e hice todo lo posible por hacerlo.
—«No lo había notado»—. Lo que quiero explicarte es que no siento realmente lo que te dije.
Eres mi amiga, siempre te he considerado como tal.
—«Tenemos conceptos diferentes de lo que significa la palabra “siempre”, chaval»—.
Aunque… Quizá llevo un tiempo que no te lo estoy demostrando mucho.
«Mucho», «nada», lo cierto es que hace tiempo que tendría que haber cortado por lo sano con esta relación, esa es la realidad.
No digo que me haya sentado bien hacerlo, digo que era necesario.
Una no debería volver allí donde no la quieren bien.
Por el rabillo del ojo veo que Henry se acerca a nosotros y me trago un suspiro.
A saber qué querrá ahora. Espero que venga por Barry y no por mí, bastante me está costando estar aquí hoy y disimular que no conozco a la mitad de la gente.
Me ha partido el corazón cruzarme con el doctor Freeman e ignorarlo.
No debería estar aquí, pongo en peligro todo lo que llevo ocultando desde que llegué a la universidad, pero es que…
anoche mi padre no pudo venir a cenar y después de la conversación con Kieran he necesitado un abrazo extra de buena mañana.
Volverá hoy a Nueva York, así que me he quedado para poder despedirme antes de que se vaya al aeropuerto de aquí a unas horas.
La verdad es que no sé muy bien qué me ha motivado a venir, supongo que he sentido la necesidad de tenerlo cerca.
No tenía ganas de estar encerrada en mi piso.
—¡Barry! Me alegra verte. Tu entrenador me ha dicho que te encontraría aquí. —Nos mira a los dos de forma alterna, disimulando que no sabe que estoy aquí de antes, y sonríe—. ¿Interrumpo?
—No —escupo cuando veo toda la intención de Barry de contestar que sí. Henry disimula una risa con una tos. Pongo los ojos en blanco, a veces lo mataría y otras me arrepiento de no haberlo hecho.
—Henry, ella es mi amiga Glen. —Por la forma que lo dice es como si hubieran hablado de mí antes. ¿En serio? ¿El qué? ¿Por qué? Y lo más importante, ¿el estado de Indiana tiene pena de muerte?
—Oh, la chica de los tacos. —Alzo una ceja que, aunque es posible que no se vea mucho con las gafas de sol, sé que Henry habrá interpretado—. Barry, te buscaba porque tengo un par de equipos que quieren hablar contigo. ¿Te va bien ahora?
—Ehh. —Me mira de reojo y juro que me encantaría hablarle para gritarle que la respuesta a esa pregunta siempre es «sí». ¿Es tonto? Debe de serlo, porque se queda callado.
—Por mí no os preocupéis, estoy aquí para ver las pruebas que quedan —intervengo, porque el muy capullo es capaz de quedarse aquí sentado. De verdad que entiendo cuando Kieran quiere tener un lanzallamas a mano.
—¿Te vas a quedar aquí? —me pregunta Barry y asiento. Se nota que el muy cabrón me conoce, porque no me cree—. Glen, quiero hablar contigo y, hasta que no lo consiga, no pararé. ¿Te vas a quedar aquí?
—Barry, lárgate antes de que te rompa la otra rodilla por gilipollas.
Henry ni siquiera disimula esta vez y suelta una carcajada que llama la atención de la mitad de la grada.
Mira que es escandaloso. Le pide a Barry que se adelante, indicándole dónde tiene que ir, y pone una excusa de mierda, que ni siquiera sé cómo Barry le cree, para quedarse conmigo.
Una vez lo perdemos de vista, me baja las gafas de sol y me lanza una mirada que siempre me hace reír.
Si no me intimidaba con cinco años, no lo va a hacer con veintiuno.
Aunque es bonito que lo siga intentando, supongo.
—¿La chica de los tacos? —le pregunto incrédula y se le escapa una risa.
—Pregúntale a tu padre. —Se encoge de hombros y se apoya en la valla—. Por cierto, estaban muy buenos.
—¿Qué quieres? —le exijo—. Porque me está cabreando que sigas aquí y la gente nos esté viendo.
—Nadie está pendiente.
—Me da igual. ¿Qué quieres, Henry?
—Me preocupa que nos vayamos hoy y te quedes sola —se sincera y vuelvo a subirme las gafas. Henry me conoce demasiado bien, así que no quiero que me lea—. Barry parece dispuesto a pedir perdón.
—La cuestión no es si pide o no perdón. La cuestión es que es la tercera vez que me aparta de su vida. Y tengo mi límite de cuántas oportunidades doy. Que, por cierto, es una, así que ya lleva dos de regalo.
—¿Por qué se las diste las otras dos veces?
—La primera porque me prometió que se había dado cuenta de a quién tenía como novia, cosa que no fue así. Y la segunda, porque acabó en el hospital con el ligamento cruzado roto.
—Fuiste al partido antes de eso, así que ese no fue el motivo.
—Le ibas a decir a quién tenía al lado y quería presenciarlo de cerca. —Alza una ceja y pongo los ojos en blanco—. Iba a necesitar una amiga que le dijera: «Te lo dije».
—La realidad es que estuviste ahí, aunque no se lo mereciera, porque sabías que en algún momento volvería tu amigo. Y, si me perdonas el comentario, creo que estar pasando el duelo de una lesión es mucho mejor argumento para intentar arreglar las cosas que tener una novia tóxica.
—Las veces anteriores no fue cruel. Solo se apartó.
—Vale, es verdad. —Suspira—. Voy a obviar que sabes muy bien por lo que está pasando, porque cada persona es diferente.
Pero, antes de que tomes la decisión final, quiero que te hagas una pregunta a ti misma: ¿serás capaz de perdonarte si no estás ahí cuando tenga el siguiente bajón?
¿O si lo paga con su hermano o su madre?
Porque los dos sabemos que lo de hoy es un paso, pero volverá a caer y alguien tiene que sostenerlo.
Vienen semanas en las que sus amigos avanzarán, llegará el draft y necesitará a alguien fuerte ahí, Glen.
—Odio cuando haces estas cosas —refunfuño y me cruzo de brazos—. Tiene a sus amigos.
—Ni siquiera me voy a molestar en contestar a eso. —Pone los ojos en blanco y se despega de la valla, dispuesto a irse—. Solo piénsalo, ¿vale? No tienes por qué perdonarlo de buenas a primeras y tratarlo como siempre, pero creo que sí merece otra oportunidad.
—¿Por qué? —le pregunto justo cuando se está girando.
—Porque fue la persona que te devolvió la sonrisa.
Dicho esto, se va por donde ha venido y me deja con un sentimiento de remordimiento que no quería tener.
He tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no llamar a Kieran para preguntar cómo estaba Barry estos días.
Me costó mucho no contestar a sus mensajes suplicando perdón y me he obligado a quedarme callada.
Lo cierto es que me alegro de ver a Barry mejor, que haya venido y que esté usando las muletas.
Se merece estar mejor y que los equipos lo tengan en cuenta a pesar de la lesión, pero el problema es que no sé si estoy preparada para que vuelva a intentar eliminarme de su vida.
Sus palabras me dolieron en unos niveles que ni siquiera creo que entienda.
Kieran se deja caer a mi lado y se ríe cuando segundos después sigo ignorándolo.
—¿Y ese look de incógnito que no engaña a nadie?
—Era una forma de que me dejasen en paz, pero parece que lleve un cartel de neón encima que ponga «Tengo ganas de hablar», porque no me dejan tranquila.
—Esperaba encontrar a Barry aquí. —Me encanta cuando la gente no pilla las indirectas.
—Su agente se lo ha llevado para que hiciera un par de entrevistas.
—Al parecer, ayer hizo tres más.
—Bien por él.
—¿Lo vas a perdonar? —He aquí el motivo de la conversación.
—Todavía no lo tengo claro —admito.
—Yo no lo haría. —Me giro para mirarlo y no da la impresión de que mienta o intente manipularme—. La verdad es que no sé ni cómo aguantaste todos esos desplantes. Además, ya no es solo que te alejase de él, es que te alejó de nosotros con mentiras. Sigo muy cabreado con él.
—¿Y por qué le has traído hoy o has organizado el desayuno de los cinco juntos en casa? —A ver, no es un reproche, es para que vea la hipocresía de la situación.
—Porque es mi amigo. —Suspira—. Estoy enfadado con él, pero entiendo la situación por la que está pasando. El curso pasado, Ethan tuvo que sacarme de un entrenamiento para que no matase a nadie.
—Pues por eso he aguantado, Kieran. Pero se pasó de cruel, aunque lo admita, las palabras las dijo y me dolieron mucho. Y estoy harta de tener la sensación de que me arrastro.
—Haz que se arrastre él. —Se encoge de hombros—. No digo que lo perdones de buenas a primeras, pero puedes tolerarlo. Darle un poco de su propia medicina. En realidad, no creo que te resulte muy complicado, es como tratas al resto de la humanidad.
—Tendrás queja —me burlo y se ríe.
—Sé que, si fuera cualquier otra persona, ya no estaría en tu vida y por eso, como amigo tuyo, quiero que te alejes de ese cabrón.
Sin embargo, como amigo de él, quiero que lo achuches como al peluche que es, porque te necesita.
Así que, hagas lo que hagas, tendrás mi apoyo.
Ahora, una cosa te digo: si vuelve a faltarte el respeto, no podrás evitar el puñetazo que le pienso dar.
—Le tienes ganas —bromeo, pero su cara me dice que él no.
—Desde la ceremonia del trofeo Heisman —admite—.
Me reconcilié con él porque era lo mejor para todos y porque sabía que no podía explicarle por qué estaba tan enfadado sin dar más datos.
Pero… No puedes desaparecer de la vida de tus amigos, volver como si nada y esperar que la gente te trate igual que antes.
Y menos si en el proceso has discutido con todos en cierta manera.
Adoro a Barry, pero la sensación que siempre he tenido con él es que se deja llevar y no es consciente de las consecuencias.
—Suspira—. Perdona, no creo que esto te ayude.
—Barry siempre ha tenido una persona sosteniéndolo: Joe, tú, yo…
Candy. —Los dos ponemos los ojos en blanco—.
Y ahora le toca hacerlo por sí mismo. No es que no podamos acompañarlo, pero tiene que recorrer el camino solo.
Aunque sea cruel decirlo, creo que la lesión le ha ido muy bien para espabilar.
—Y que te largaras de casa también. —Sonríe de medio lado—. Hay una cosa que no te he contado: ha hecho ejercicios de rehabilitación en casa, se ha duchado sin ayuda y hoy ha bajado las escaleras. Escoltado por los cuatro, pero solo con las muletas.
—Entonces, es mejor si yo no estoy —me burlo.
—¿La verdad? No lo sé, pero yo sí prefiero tenerte.
—¿Sabes que eso es chantaje emocional?
—Por supuesto. —Se ríe—. La cuestión es: ¿ha funcionado?
Cuando Barry llega a las gradas, no puede disimular la sonrisa de oreja a oreja que tiene en la cara. Por su expresión, y por lo que me contó Henry hace un par de días, estoy segura de que ha hablado con el equipo deportivo de los Detroit Lions. Cuando va a sentarse, se frena.
—¿Te importa moverte un asiento? —le pide a Kieran.
—¿Cómo se piden las cosas? —se burla Kieran y se me escapa una sonrisa que intento disimular.
Llevo dos horas escuchando sus chorradas, alguna consecuencia debería tener. Barry le da con una de las muletas en la pierna y el cabrón del irlandés se ríe, pero acaba cediendo. Será traidor. Barry se sienta a mi lado, saca la cartera, le da un billete al irlandés y este lo mira extrañado.
—¿Puedes ir a por refrescos? —Kieran alza una ceja y Barry carraspea—. Por favor.
Kieran esboza una sonrisa espléndida antes de irse y dejarme sola con Barry. Vale, antes estaba equivocada, ahora sí ha sido un traidor.
—No pienso perdonarte —escupo, porque paso de alargar la conversación más.
—Lo entiendo y no tienes por qué hacerlo.
—Me giro para mirarlo con incredulidad. Si no tuviera las gafas puestas, estoy segura de que me vería—.
Glen, sé que me pasé, todas y cada una de las veces que quise alejarte.
Sé que fui cruel, soez y desagradable, y que da igual lo que diga porque no voy a arreglar el pasado.
También sé que es injusto pedirte que me des otra oportunidad de nuevo, porque ya van unas cuantas, y que sería mentira prometerte que no volveré a tener un mal día, pero realmente quiero tenerte en mi vida.
Sin condiciones ni tonterías. No puedo decir que no discuta contigo si no estoy de acuerdo con tu criterio, pero eso forma parte de la amistad.
Has estado ahí cuando menos lo merecía y pagué contigo toda mi frustración.
Te quería lejos, pero la realidad es que al único al que quería lejos era a mí mismo.
—Suspira—. El lunes empezaré a ir a la psicóloga del equipo después de la rehabilitación.
Es el momento de asumir que no voy a salir de esto solo y, lo más importante, que no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—Siempre fuiste muy mal estudiante —bromeo y se ríe.
—He cambiado los horarios de la fisio también. —Frunzo el ceño ante sus palabras—. He pensado que va siendo hora de volver a clase.
—Muchos cambios de golpe, Barry.
—Lo sé, pero tengo que empezar a controlar mi vida de una vez.