22 Barry
CAPÍTULO VEINTIDÓS
BARRY
Cuando Kieran y mi hermano llegan esa noche de la Combine, me encuentran sentado en la mesa del pasillo. A la sorpresa inicial, se le une la culpabilidad, sobre todo por parte de Joe. Trago saliva y rompo el silencio incómodo que lleva acompañándome todo el día:
—He pedido pizza para cenar.
—Nosotros indio. —Joe se ríe y se sienta junto a mí. Kieran hace lo mismo y me observa con la cabeza ladeada.
—¿Y Aba y Riley? —pregunto; los dos se miran un segundo antes de contestar.
—En Boston. —Es mi hermano el que habla—. Tenían partido fuera.
—Pues igual tenemos pizza para varios días —intento bromear, aunque esto es bastante incómodo—. ¿Qué tal la Combine?
—Agotadora —admite Joe—, pero productiva.
—Está siendo modesto —se burla Kieran hablando por primera vez—. Han hablado con él todos los equipos de una forma u otra. Y sus tiempos han sido increíbles.
—Me alegro. —Mi hermano me regala una sonrisa sincera y se la devuelvo—. A mí me han entrevistado de tres equipos.
—¿En serio?
—Bueno, no tengo muy claro qué ha sido, pero me han dejado caer que podría ser un posible fichaje en el mercado libre el año que viene si me recupero.
Hay unos segundos de silencio después de mi afirmación en los que Joe y Kieran vuelven a intercambiar una mirada. Justo en ese momento llaman a la puerta y Kieran se levanta.
—Pues ya sabes —suelta cuando pasa por mi lado y me da una palmada en la espalda.
—¿Papá y mamá se han ido ya? —le susurro a mi hermano cuando nos quedamos solos.
—Sí. —Me mira con una mezcla de pena y culpabilidad—. Anoche estuvieron aquí. No quisieron subir para no molestarte.
—Vale. —No puedo contestar otra cosa, yo mismo los llevo ignorando desde Texas y pidiendo a todo el mundo que me deje en paz. Me trago un suspiro y sonrío—. Cuéntame cosas de la Combine.
Kieran vuelve con las pizzas y la comida india, que dejamos relegada para cenar mañana.
Me cuentan qué ha pasado estos tres días que llevan de Combine, aunque noto que omiten detalles y que están siendo comedidos.
Desconozco si lo hacen por no crearme malestar o porque no saben cómo actuar conmigo.
Seguramente sea una mezcla de las dos cosas.
Casi toda la conversación la lleva Joe y, aunque Kieran aporta alguna que otra broma, se nota a leguas que se está conteniendo.
Cuando la charla parece que ha llegado a su fin, suelto la pregunta que llevo tres días queriendo hacer:
—¿Sabéis algo de Glen?
—Me voy a dormir —contesta Kieran levantándose, aunque se lo piensa mejor, porque en lugar de meterse en su habitación, vuelve a salir y se dirige a mí—: ¿Sabes qué?
No, no pienso callarme. Llevo mordiéndome la lengua desde que te lesionaste y no pienso hacerlo más.
No, no sabemos nada de ella. ¿Nos quieres explicar por qué?
No contesta a nuestros mensajes, ni a las llamadas.
Está desaparecida después de salir de aquí dejándote solo cuando no puedes ni ir a mear sin ayuda.
Así que a saber qué cojones hiciste para conseguir que una persona tan fuerte como Glen lleve días encerrada en una cueva.
—Le grité y se fue llorando —admito y trago para quitarme el nudo que se me ha formado en la garganta.
—¿Perdona?
—¿Estás de coña? —Kieran se lleva las manos a la cara—.
Estamos todos intentando tener paciencia contigo, Barry.
Es que no creo que seas consciente de cuánto.
Glen es la única que nos ha sostenido a todos este tiempo, incluido a ti, a pesar de que has hecho todo lo posible por alejarla.
Por el amor de Dios, Barry, ¡intentaste masturbarte en su cara!
—Perdona, ¿qué? —Joe me mira alucinado y aparto la vista, no me atrevo a mirar a ninguno de los dos ahora mismo.
—Es que no me puedo creer que, después de todas las putadas que le hiciste, fueran tus palabras las que hicieran que decidiera que no mereces la pena. ¿Qué cojones le dijiste?
—Es una tontería, además de que es mentira…
—¿Qué.cojones.le.dijiste? —sisea Kieran.
—Que no era nadie aquí y que nadie quería que estuviera —murmuro—. Que ni era mi amiga ni tampoco la vuestra.
—Estoy flipando. —Joe se levanta y cuando se gira hacia mí, tiene los ojos llenos de lágrimas.
«Joder»—. ¿Qué cojones te pasa por la cabeza?
Ya no es que no te reconozca, es que no soy capaz de entenderte.
Llevo más de un mes justificando tu comportamiento frente a papá y mamá, pero es que ya no puedo más.
Se han ido llorando, Barry. —Joe se lleva las manos a la cara y a mí se me encoge el corazón solo de pensar en mis padres así—.
¿Sabes lo que me ha costado no subir y partirte la cara?
Y lo peor de todo es que no creo que seas consciente de que la única razón por la que todos seguimos aquí es por Glen.
Nos ha tranquilizado, nos ha dado consejos para lidiar con la frustración de no poder ayudarte y nos ha ido guiando para no matarte, básicamente. Y vas tú y ¿le sueltas esa mierda?
—Le pedí perdón en cuanto salió por la puerta.
—¿Y crees que eso va a servir de algo? —escupe Kieran—. Es la tercera vez que la echas de tu vida. —Niega con la cabeza—. Me voy.
—¿A dónde? —le pregunta Joe confuso.
—A arreglar esta mierda. Glen nos está ignorando porque cree que no somos sus amigos. ¡Joder! Y yo pensando que solo necesitaba tiempo.
—¿Crees que me perdonará? —suelto sin pensar y me gano dos cejas alzadas.
—Yo no lo haría, pero yo no soy Glen. —Kieran se encoge de hombros—. Y no te confundas, no pienso decir ni media palabra en tu defensa. Esto lo vas a solucionar tú solito.
—Vale.
—Haz el favor de no matarlo mientras esté fuera —le pide Kieran a Joe—. O no podré ayudarte a tener una coartada sólida.
—Lo intentaré. —Diría que mi hermano está bromeando, pero no lo tengo muy claro. Se queda mirando las escaleras por donde se ha ido Kieran y suspira antes de girarse hacia mí—: ¿En qué cojones estabas pensando?
—No estaba pensando.
—Me ha quedado claro. —Se deja caer en la silla a mi lado y niega con la cabeza—. No sé cómo ayudarte, Barry.
—Yo tampoco.
Anoche no escuché a Kieran cuando volvió de hablar con Glen, aunque tampoco me extraña.
En cuanto llegué a la cama —con ayuda de mi hermano—, me quedé dormido de tantas cosas que tenía en la cabeza.
Entraron en una batalla campal tan heavy que mi cerebro colapsó y se apagó.
Aun así, saqué varias cosas en claro: soy un mierdas, he hecho daño a mucha gente y, por encima de todo, no puedo seguir así.
Esta situación es una mierda ya de por sí, y mi actitud no ha ayudado a mejorarla.
Lo peor de todo es que no sé ni cómo solucionarlo ni cómo salir de este bucle.
Hoy me han despertado dos capullos haciendo bromas y hay otros dos sentados en la mesa con envases de comida, así que supongo que la conversación de ayer, aunque dura, sirvió de algo.
No hay ni rastro de Glen, pero supongo que eso era pedir demasiado.
Hablamos un poco de todo, nada sobre lo que les he hecho pasar.
Me cuentan que las chicas vuelven esta tarde, que Savannah estaba en Chicago por algo de su familia y lo mucho que las echan de menos.
Me burlo un poco de ellos, pero a ninguno le afecta, y me da un pinchazo el corazón porque la verdad es que les tengo cierta envidia.
Yo pensaba que tenía lo mismo que ellos, pero todo era mentira.
La imagen de Candy se me cruza de repente y me doy cuenta de que no la he echado de menos en todo este tiempo, aunque, para ser justos, no he echado de menos a nadie, porque no quería estar con nadie.
Aun así, cuando pienso en ella, no siento nada, solo el rencor de cuando te han hecho daño y te has sentido como un imbécil.
—¿Estás bien? —me pregunta Joe y sonrío.
—Sí, perdona, me he despistado.
—¿Barry en su mundo? Ha vuelto a ser él —se burla Hunter y me da una palmada en la espalda—. ¿Necesitas ayuda para llegar a la habitación?
—No, voy con las muletas. —Asiente y me regala una sonrisa.
—¿Cómo las llevas? —Tyler me las acerca y se lo agradezco.
—Me duelen las manos y las axilas —admito.
—Habla con la fisio del equipo, seguramente tenga protecciones extras —me indica Kieran.
—Seguramente no, las tiene —le corrige mi hermano—. Se lo dijo después de la operación, pero no la escuchó.
—Entonces, igual lo que deberías pedirle es que te repita todo lo que te ha dicho en el último mes —se burla Kieran. Se me forma un «puto irlandés» en la punta de la lengua y no puedo evitar reírme.
Bajo las escaleras escoltado por cuatro tíos mientras lidio con el hecho de que en lo único que puedo pensar es en cómo quedaría mi cara al caerme.
Sin embargo, consigo llegar a la planta baja por mi cuenta y sin matarme en el proceso.
Eso sí, con un dolor de brazos que no es ni medio normal.
Tengo que volver a hacer pesas, porque esto antes no me hubiera pasado.
Deciden que es más cómodo para mí ir en el coche de Kieran y aprovecho para preguntarle por Glen, pero solo me mira de reojo.
Al final insisto tanto que me dice que cree que está solucionado, pero que no lo tiene claro, que está esperando a que vuelva Aba para que tantee el terreno.
No puedo evitar el pellizco en el corazón. Necesito hablar con ella.
Cuando entro al Lucas Oil Stadium, no puedo evitar volver a sentir el ambiente del fútbol por todos los poros de mi piel y aprovecho para empaparme de él.
Todo el equipo deportivo de Havenwood y muchos compañeros están aquí, aunque no participen.
Me saludan con una sonrisa en cuanto me ven, me dicen que se alegran de mi regreso y me preguntan por mi recuperación.
Joder, echaba de menos esto. ¿Cuántas cosas me he perdido?
Demasiadas. Llego hasta donde están el entrenador Phillips y los coordinadores Mason y Grant, que me reciben con una gran sonrisa.
—¿Qué pasa, Coleman? ¿Vienes a correr? —bromea Phillips.
—Tengo un poco oxidado el reglamento, pero creo que no se puede usar nada para potenciar la carrera. —Ethan señala las muletas—. Seguro que les ha puesto ruedas.
—Es un buen recurso si quiere quedarse también sin dientes. —Mason me da una palmada en la espalda—. ¿Cómo estás?
—Tirando.
—Al menos es sincero —me reconoce Phillips—. Me alegra tenerte por aquí.
—Gracias.
—Nos han preguntado por ti, deberías dejarte ver —me aconseja Ethan y asiento.
Salgo al campo y el corazón se me encoge.
Aunque sé que es donde quiero estar, me cuesta lidiar con el hecho de que lo voy a contemplar todo desde las gradas.
Cuando miro hacia ellas, veo a alguien que no esperaba encontrarme aquí: Glen.
Lleva el pelo recogido, capucha y gafas de sol, pero sé que es ella por los pantalones rotos y la postura de perdonavidas con un pie apoyado en la valla.
Respiro hondo y me infundo ánimos para hablar con ella.
Es posible que me mande a la mierda, pero que no sea porque no lo he intentado.