Finge que es mentira (Rise as One 5) 20 Glen
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20 Glen

CAPÍTULO VEINTE

GLEN

Aunque lo leo, ignoro el mensaje de Barry.

No es que no pueda volver, sigo en el coche delante de su casa, es que no quiero.

Barry ni siquiera es consciente de lo mucho que me han dolido sus palabras, mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

No tiene nada que ver con que haya querido echarme, estoy acostumbrada a que lo intente, es justo lo que ha dicho: «No eres mi amiga, no eres amiga de mis amigos».

Probablemente tenga razón. Y una no amiga no volvería.

Arranco el coche pasados unos minutos en los que he conseguido tranquilizarme y me dirijo al campus.

Iba a saltarme las clases para quedarme con Barry, pero supongo que ya no hace falta.

Al mediodía, espero al repartidor de comida en la puerta de la casa. Le explico al tipo la situación —sin entrar en detalles— y le doy una propina del veinte por ciento por las molestias. Antes de que suba, lo freno.

—No puede moverse y lleva solo toda la mañana, a lo mejor te pide que le ayudes a llegar al baño. —Al pobre se le descompone la cara—. Solo tienes que ayudarle a llegar, él puede hacer el resto solo con la puerta cerrada. Si eso ocurre, no te preocupes, te llevarás un extra de propina.

Sube a regañadientes y baja un par de minutos después con una cara de felicidad que me dice que es el tipo de chico que disfruta más de las pequeñas cosas que del dinero.

O que no tenía ningunas ganas de cargar con nadie.

Me despido y salgo por la puerta sin mirar atrás. Esto es lo último que haré por él.

—Entonces, ¿ha estado solo todo el día? —me pregunta Kieran después de explicarle lo que ha pasado.

—He mandado al repartidor con la comida y le he dicho que si se lo pedía, que le ayudara a llegar al baño, pero no lo ha hecho.

—A Joe no le va a gustar una mierda esto —farfulla—. No sé si esperar a que pase la Combine para contárselo.

—Tú mismo. Yo ya no voy a tomar ninguna decisión al respecto.

—Glen, no creo que…

—¿No crees qué, Kieran? —escupo—. ¿No crees que quisiera alejarme o no crees que quisiera ser cruel? Porque, la verdad, dudo mucho que no fuera su intención. Lleva semanas intentando quitarme del medio. Bueno, pues lo ha conseguido.

—¿Te vas a rendir?

—No, lo que voy a hacer es dejar de luchar por alguien que está claro que no quiere hacerlo.

—¿Y qué pasa con lo que nos llevas diciendo todo este mes de tener paciencia?

—Se ha volatilizado cuando me ha recordado que no soy su amiga —admito y se me encoge el corazón.

—No lo ha dicho en serio.

—Los dos sabemos que sí. —Escucho la puerta de casa—. Te dejo, voy a cenar.

—Llámame si necesitas algo. —Cuelgo sin contestar, lo más seguro es que él me necesite antes que yo a él, sobre todo si va a estar cerca de Barry.

Mi padre aparece con una bolsa de comida y le sonrío, aunque debe de notar que algo no está bien porque, antes de que pueda hablar, deja la bolsa en la mesa y me da un abrazo de oso tan fuerte que me crujen hasta los huesos.

Saludo a Henry con la mano y nos observa con cariño hasta que mi padre decide que ya es suficiente. Justo después, otros brazos me rodean.

—Tengo hambre —suelto cuando el tiempo del abrazo se alarga y los dos se ríen.

—El camarero nos ha mirado un poco raro cuando hemos dicho que queríamos el pedido de Glen Bennet —me explica Henry sacando envoltorios de comida italiana—, menos mal que teníamos la captura de la confirmación.

—No descartes que haya llamado a la policía cuando hemos salido —bromea mi padre—. Espero que nos dé tiempo a cenar antes de que lleguen.

—No me preocupa, lo más probable es que cuando vean quién eres se olviden de la pobre chica que se ha quedado sin su pedido de comida —se burla Henry y mi padre pone los ojos en blanco.

—¿Qué tal el primer día?

—Mucha gente —se queja mi padre y nos reímos—. Ningún equipo ha fallado. Ha ido bien y las entrevistas también. Han preguntado por Barry, aunque muy por encima.

—A mí me han preguntado más —admite Henry—. Creo que esperaban verlo allí, aunque no estuviera invitado.

—Mandaría un mensaje de apoyo y recuperación —aporta mi padre—. No le iría mal si quiere acabar jugando como profesional.

—A estas alturas le da igual todo —escupo y los dos me miran extrañados—. Hemos discutido esta mañana.

—¿Quieres hablar de ello? —Mi padre me regala una sonrisa conciliadora y niego con la cabeza—. ¿Quieres que hable con él?

—¿De hombre a hombre? —me burlo y alza una ceja—. No. Se acabó. No puedo seguir fingiendo que no me duele que intente echarme a toda costa. Ya tiene lo que quiere, que asuma las consecuencias.

—Sabes que no es nada fácil pasar por lo que está atravesando. —Mi padre me coge de la mano—. Eres fuerte como para soportarlo.

—Lo soy, pero no tengo por qué hacerlo. No quiere mi ayuda, de hecho, según él, soy el recuerdo constante de que es un inútil. A lo mejor, si no me ve, tiene los huevos suficientes para usar las muletas de una vez.

—¿No las usa? —se extraña Henry.

—Le hacen sentir un lisiado. —Los dos miramos a mi padre y suspira—. Por eso no las usa, es un recuerdo de lo que es y por lo que está pasando.

—¿La rodilla no es un recuerdo suficiente? —escupo—. Nos tiene a todos como esclavos y ni siquiera es capaz de verlo.

—Lo ve, pero no quiere admitirlo, que es distinto.

—Tu padre tiene razón. Además, sabes tan bien como nosotros que, si no hubiera explotado contigo, habría sido con cualquier otra persona.

—Eso no hace que duela menos.

—No, claro que no, pero lo que quiero decir es que no es personal. Tenía que pasar, sabías que acabaría llegando.

—Y se suele explotar con la persona con la que más confianza tenemos —me recuerda mi padre—. Ya ha tocado fondo, ahora es el momento de subir.

—Da igual —admito—. Ya no es cosa mía. Pasemos a otro tema.

—Martha quiere renovar las flores del jardín —resopla mi padre.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

El cambio de tema me ayuda a desconectar, aunque no del todo.

Una parte de mí se siente culpable por haberme ido y haber dejado solo a Barry todo el día, cuando no puede estarlo.

Otra parte, se siente culpable por dejarle el marrón a sus amigos justo en la Combine y con las chicas fuera porque tienen partido.

Y otra, una muy pequeña, pero con mucho peso, siente que he hecho lo correcto porque, si no son mis amigos, es posible que se estuvieran aprovechando de mí.