19 Barry
CAPÍTULO DIECINUEVE
BARRY
En cuanto leo el comentario de Faith, lanzo el móvil a la cama.
Yo debería estar ahí, demostrando que merezco un puesto en la NFL, demostrando que llevo años preparándome para este momento, que toda mi vida gira en torno al fútbol.
Sin embargo, estoy tirado en mi cama, solo, sin poder valerme por mí mismo por culpa de una rodilla que está tardando demasiado en curarse.
De hecho, es posible que no lo haga nunca.
Lo tenía todo a mi favor: la mejor línea ofensiva de la liga, Hunter ganador del trofeo Heisman, vencedores del campeonato…
Todo. Y tuve que joderlo en el último momento.
Sé que mis padres van a venir para apoyar a Joe —cómo no—, pero no tengo ganas de verlos.
No tengo ganas de que me miren con pena, ni de sentir su decepción en cada palabra.
De hecho, llevo sin hablar con ellos desde que nos despedimos en Texas.
Sé que Joe los mantiene informados, así que no necesitan más.
Él es el hijo pródigo, el que será jugador profesional; y yo solo soy el pobre desgraciado que tenía un sueño y nunca lo cumplió.
El que tendrá que buscarse la vida cuando se gradúe mientras intenta recuperarse de una lesión. La vergüenza de la familia.
Por suerte, me he librado de ir al campus deportivo estos días.
Están todos demasiado ocupados con la Combine como para que les importe un pobre lisiado que está haciendo rehabilitación.
Me han enviado los ejercicios para que los haga en casa; en realidad, más, porque ya debería estar haciéndolos, pero la verdad es que no los hago.
No vale la pena, la lesión no va a desaparecer porque los haga, ni ningún equipo de la NFL va a ficharme por hacerlos, así que no voy a perder el tiempo en ello.
Resoplo cuando escucho la puerta de la casa.
Pensaba que tendría la mañana tranquila.
Joe se ha largado antes de que me despertara y Kieran nada más volver del baño, así que solo puede ser una persona.
¿No se cansa nunca? La llevo ignorando desde que todos mis planes fracasaron, no sé por qué sigue volviendo.
Yo me habría largado el primer día sin mirar atrás.
¡Cómo no!, Glen aparece por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja que me encantaría borrarle.
Cojo el móvil y me pongo a revisar aplicaciones, con un poco de suerte se irá a clase pronto.
—Buenos días, tus padres ya están en Indianápolis con Joe.
Me han dicho que esta noche vendrán a verte.
¿Has desayunado? ¿Te subo algo? Si quieres te ayudo y entre los dos vemos cómo bajar a la planta baja.
—Alzo la vista desde el móvil y la observo unos segundos antes de volver a él e ignorarla de nuevo.
Resopla y se acerca hasta la cama para poner una mano en la pantalla—.
Barry, ¿puedes al menos contestar a la pregunta del desayuno?
¿O eres tan orgulloso que prefieres morirte de hambre a responder?
Vamos a pasar todo el día solos, lo mínimo que puedes hacer es contestar a lo básico.
—No tengo hambre —escupo y aparto el móvil de su mano.
—Esa no era la pregunta —murmura mientras niega con la cabeza—. ¿Cómo te ayudo para hacer los ejercicios de rehabilitación?
—No pienso hacerlos —confieso sin mirarla.
—Barry, no puedes estar cuatro días sin mover la rodilla. —Cuando me quiero dar cuenta, me ha quitado el móvil de las manos y se lo ha guardado en la parte trasera de los vaqueros.
—¡Devuélvemelo! —vocifero y resuena por toda la habitación.
—Ven a por él —me reta dando un paso atrás. La fulmino con la mirada y da otro más. No creo que sea consciente de cuánto la odio en estos momentos—. Cuando hagas los ejercicios de rehabilitación, te lo devolveré.
—Los tengo en el móvil —miento y alza una ceja.
—Buen intento. No puedes quedarte en la cama todo el día tirado, Barry. Tienes que moverte.
—¡¿Para qué?! ¿Para que tú te sientas mejor contigo misma pensando que me ayudas?
—Algo en sus ojos me envalentona a seguir—.
Porque tengo noticias para ti: no me estás ayudando una mierda.
¿Sabes lo que siento cada vez que te veo?
Que soy un inútil que no se vale por sí mismo.
He hecho todo lo posible para que no vuelvas, pero lo sigues haciendo.
Apareces y pululas por aquí como si fueras alguien, pero la realidad es que no eres nadie…
—Barry…
—No entiendo que te empeñes en volver un día sí y otro también —la interrumpo. No he acabado con ella—. No pintas nada aquí, solo gorroneas comida y vas de que, como estás estudiando Psicología, sabes de qué va el tema, pero la realidad es que no tienes ni puta idea.
—En realidad… —No la dejo continuar.
—No eres mi amiga, no eres amiga de mis amigos. Así que asume de una vez tu papel aquí: ninguno. ¡Lárgate! Y déjanos a todos tranquilos. Nadie te quiere aquí, joder.
Traga saliva antes de dar un paso atrás, dejar mi móvil en la cómoda y salir por la puerta dando un portazo.
Y entonces escucho algo que jamás creí que escucharía: un sollozo de Glen.
¿Qué coño he hecho? Glen es fuerte, más fuerte que yo, es imposible que mis palabras la hayan afectado tanto.
Sin embargo, lo han hecho. Tardo un segundo en tomar la decisión, aunque mucho más tiempo en ejecutarla.
Agarro las muletas que llevan desde hace más de un mes descansando al lado de mi cama e intento ponerme en pie varias veces hasta que lo consigo.
Me desplazo hasta la puerta como puedo, con miedo a caerme, pero cuando la abro y grito su nombre, nadie responde.
Llego hasta la cómoda para coger el móvil y mandar el único mensaje que pensé que nunca mandaría:
Barry
Glen, lo siento
Vuelve, por favor
Por supuesto, no obtengo respuesta.
A la hora de comer, un repartidor me sube la comida y la deja en el escritorio sin emitir una sola palabra.
Es la única persona que veo en todo el día.
Nadie viene a ver cómo estoy ni a preguntar si necesito algo.
Nadie viene a ayudarme a moverme ni para ir al baño.
Tampoco cenan conmigo; me encuentro un plato de comida en la mesa del pasillo al salir de mi habitación para mear cuando no puedo aguantar más.
He conseguido lo que quería: que me dejaran en paz, y es justo lo único que no deseo.