17 Glen
CAPÍTULO DIECISIETE
GLEN
Barry ya está sentado en la mesa cuando me dispongo a desayunar.
Su mirada me indica que no le gusta tenerme por aquí, como cada día, pero supongo que hoy es distinto porque, al aparecer tarde, habrá pensado que no iba a venir.
Bueno, pues que se aguante, porque hoy no va a pasar, aunque sí mañana.
Tengo competición en Wisconsin y estaré cuatro días fuera.
De hecho, ese es el motivo por el que he llegado tarde, me ha tocado hacer la maleta; anoche estaba demasiado cansada.
Intento moverme con normalidad, como si no me afectase que Barry no pare de fulminarme con la mirada.
Sé que, si ahora mismo pudieran concederle un deseo, sería perderme de vista para siempre.
Bueno, suerte con eso, porque no va a ocurrir.
Nadie me va a echar de aquí, por mucho que le pese.
Sé que debo tener paciencia y que este proceso es el habitual, pero me está costando mucho soportarlo día tras día.
A mí y a todos. Está siendo cruel de forma innecesaria solo para alejarnos; a estas alturas esperaba que ya se hubiera resignado.
Empiezo a pensar que no estoy planteando bien la estrategia, que lo que nos han enseñado en la facultad no nos prepara para estos casos y que mi experiencia es solo eso, una experiencia más.
Aunque sean tres. Aunque una sea casi igual a esta.
Es posible que mi memoria esté distorsionada y con el tiempo haya olvidado lo difícil que fue.
Me preocupa qué pasará durante estos cuatro días que no esté.
No sé si Kieran, que está al borde del precipicio, conseguirá controlarse.
No sé si Joe le gritará todo lo que está conteniendo desde la final o si Tyler y Hunter se hartarán de ver a sus amigos sufrir y saltarán los primeros.
Lo cierto es que los cinco estamos cargando con mucha tensión y contención y sé que, o Barry hace algo que nos indique una mínima mejora, o alguno de nosotros explotará. Y no será bonito cuando pase.
—Hoy te llevará Joe a rehabilitación —le informa Kieran a Barry sirviéndose más plátano en los cereales—. Tengo cosas que hacer.
—¡Yuju! —ironiza Barry. Refunfuña mientras machaca sus cereales con la cuchara y murmura—: No sé ni para qué cojones voy.
—Para poder dejar de vernos —suelto sin pensar y alza la vista extrañado—. Cuanto antes te recuperes, antes nos pierdes de vista, que es justo lo que quieres, ¿no?
—Sí —farfulla y sigue asesinando a sus cereales.
Me trago un suspiro y Aba comenta una chorrada con Riley para desviar la conversación.
Sé que es normal que me plantee este tipo de cosas, pero hay días que me cuestiono si merece la pena todo lo que estamos pasando por Barry y si seremos capaces de perdonarlo.
Y, sobre todo —y más importante—, si él será capaz de perdonarse.
Porque si queda algo del que era mi amigo en su interior, dudo mucho que lo haga.
Resoplo cuando veo el nombre de mi padre en la pantalla al salir de la facultad. No sé si tengo ganas de hablar. Hoy no estoy de humor para aguantar a nadie, mucho menos a él. Al final, cuando me llama por segunda vez, claudico y descuelgo.
—Si esperas que no me preocupe, no cogerme el teléfono no ayuda —indica como saludo y me río—. ¿Cómo estás?
—Harta —escupo—. Es como pegarse contra un muro, no veo ni un solo avance y solo encuentro hostilidad.
Es como un autómata que se mueve porque le obligan, ni siquiera es capaz de ducharse solo y no porque no pueda, es que no le da la gana.
No quiere usar las muletas, ahí están muertas de asco, como si fueran una escultura, supongo que cree que, si lo tienen que llevar a los sitios, se hartarán y dejarán de hacerlo. Bueno, pues buena suerte con eso.
—Princesa, no es que no quiera saber cómo está Barry, pero te he preguntado por ti. Me tienes preocupado.
—Cansada.
—No me refiero físicamente. ¿Cómo estás de verdad?
—Frustrada —admito. Estoy segura de que mi tono ha enfatizado aún más mis palabras—, porque no veo el mínimo avance y nerviosa porque me voy cuatro días y no sé qué me encontraré al volver. Empiezo a plantearme si estoy haciendo lo correcto para ayudarle.
—Todavía es pronto para que haya avances, solo hace una semana que lo operaron. Dale tiempo.
—Está en modo odio y solo suelta mierda. No sé si podré gestionarlo mucho más tiempo sin explotar. Y no quiero hacerlo, porque solo empeorará las cosas.
—Estoy seguro de que estás haciendo todo lo posible para que eso no pase —me intenta tranquilizar, aunque no sirve de nada—. Iré a verte a la competición.
—No —sentencio. Ni de coña, vamos, solo me faltaba eso.
—Nadie me verá, no es la primera vez —me promete, pero no le creo.
—En la última te reconocieron en el parking.
—Pero nadie te asoció conmigo —me recuerda, aunque eso no hace que no me enfurezca.
—¡He dicho que no, joder! —vocifero y varias personas que pasean por el campus se giran para mirarme, así que bajo el tono—: Bastante tengo con lidiar con Barry como para tener que lidiar contigo también.
—Quiero verte, Glen. Estoy preocupado.
—Pues hacemos una videollamada, no tienes por qué venir a la competición.
—Estás siendo irracional. —Odio cuando me dice cosas así.
—El único irracional aquí eres tú. Cuando vine a la universidad lo dejé claro: nada de vernos juntos, y aceptaste.
—Glen…
—Tengo cosas que hacer, hablamos mañana.
Joder, no quiero que venga. Un día le pillarán en las gradas, la gente empezará a preguntarse por qué está ahí y, con lo cotillas que son mis compañeros, estoy segura de que acabarán sumando dos más dos.
Y no ayuda que tengamos los mismos ojos.
Al menos en el resto de cosas me parezco más a mi madre.
¿No puedo tener un puto respiro? Entre que no quiero irme y esto, empiezo a entender por qué Barry solo tiene ganas de matar.
Balance de la competición: hemos ganado, he echado un polvo y nadie ha reconocido a mi padre.
Casi puedo decir que ha sido perfecto. Casi.
La ansiedad de pensar que lo iban a reconocer —porque sí, vino igual—, se me pasó en el instante en el que yo misma no lo hice.
«Ten hijos para esto» fue su respuesta mientras estaba doblada de risa por culpa de un bigote falso que se puso.
He de decir que daba el pego, pero mi padre no tiene ni cara ni edad para bigotes, así que todo lo guapo que suele ser se quedó en Nueva York.
Lo bueno es que no vino a ligar, vino para darme un abrazo de cinco minutos que me curó y reestructuró mi alma.
Si es que tengo que quererlo a la fuerza, joder.
Lo único malo es que tanto Kieran como Aba me han estado dando largas cuando les he preguntado por Barry, y Joe directamente me dijo que no pensaba contarme nada mientras estuviera fuera, así que he estado con media mente preocupada por ello.
Paso a comprar cosas para mi casa, dejar la maleta y cambiarme de ropa antes de ir a ver a Barry.
No es que no quiera ir corriendo, pero pasar tanto tiempo fuera ha hecho que me quede sin cosas básicas.
Una vez lo tengo todo listo, me subo en mi preciado Mini y me dirijo a su casa, no sin antes pasar por el puesto de carne ahumada para comprar unas cuantas cosas más.
Martha siempre dice que no hay que llegar con las manos vacías.
Nada tiene que ver con la ansiedad por ver qué me voy a encontrar al llegar que me oprime el pecho y me da por comer. No, qué va.
Llamo a la puerta, más por cortesía que por otra cosa, porque tengo llaves y ya me han dicho que las use cuando me plazca, y espero hasta que alguien decida abrirme. El elegido es Joe y, por su cara, me da la impresión de que me han estado ocultando mucho más de lo que pensaba.
—He traído la cena —le digo nada más entrar, alzando las bolsas.
—Perfecto, gracias, Glen. —Me sonríe, pero no le llega a los ojos—. Kieran y Aba se han ido a cenar por ahí, necesitaban despejarse un poco, y Riley está en la residencia, así que somos los tres solos.
—¿Me lo quieres explicar?
—Ha pasado de odiarnos a ignorarnos —contesta con pesar—. Todo le da igual.
—Se ha cansado de luchar contra nosotros y se deja llevar. Es un paso esperado. Además, lo importante es que ha hecho un cambio, aunque no sea a mejor.
—Esto es una mierda, Glen. —Se pasa las manos por la cara—. No reconozco a mi hermano.
—Yo tampoco —admito—, pero está ahí, ya he vivido esto antes. Volverá.
—¿Cuándo? Porque no sé cuánto más voy a aguantar así.
—El que haga falta, Joe. —Le pongo la mano en el brazo e intento darle ánimos con una sonrisa—. Si te rindes, te arrepentirás toda tu vida.
—Lo sé, y no quiero, pero estoy al límite todo el tiempo y al final lo acabará pagando quien no debe.
—Llevamos tres semanas muy duras y frustra mucho, es normal. Quizás podríamos hacer turnos, no estar siempre todos, ir repartiendo la carga.
—No sé yo… Ya me parece mal que te quedes con él a solas el día de San Valentín como para eso.
—Vamos viendo. —Le resto importancia—. ¿Vamos a cenar?
Asiente y subimos las cosas en un par de viajes.
Cuando llamamos a la puerta de Barry para que salga, no hay quejas, no hay malas caras, solo resignación por su parte.
Se deja caer en la silla, nos mira a los dos, a la cena y se sirve lo que le apetece sin preguntar.
Una vez está conforme, saca el móvil del bolsillo y nos ignora.
Joe me pregunta por la competición y los cuatro días fuera, mientras observamos de reojo a Barry, que ni se inmuta.
—¿Qué tal llevas la rehabilitación? —suelto a bocajarro cuando me canso de que pase de nosotros, pero no obtengo respuesta. Lo que esté viendo en el móvil debe de ser la hostia de interesante.
Joe me contesta cuando ve que su hermano no lo hace. Se queja de que Barry no se lo toma en serio y de que hace los ejercicios a medio gas y ni eso le hace reaccionar. Esto es más preocupante de lo que esperaba, porque ni provocándolo reacciona. Pasado un rato, pruebo otra estrategia:
—¿Qué estás viendo? —Alza la vista un segundo en mi dirección y luego vuelve a centrarse en la pantalla donde no para de scrollear.
Genial. Sí, ha habido un cambio de actitud por su parte, pero esta vez a peor. Y, aunque sabía que era una posibilidad, no esperaba llegar a este extremo. Joder, qué difícil está siendo. Sería más sencillo si me importase una mierda, lástima que eso no va a pasar, por mucho que quiera Barry.