Finge que es mentira (Rise as One 5) 16 Barry
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16 Barry

CAPÍTULO DIECISÉIS

BARRY

Me tienen hasta la polla. Todos y cada uno de ellos.

¿No pueden dejarme en paz? No tengo ni un puto minuto libre, joder.

Me tienen harto. Por la mañana toca desayunar todos juntos —ya ves la necesidad que tengo yo de despertarme a la misma hora que ellos si no voy a clase—.

Después, la pesada de la fisioterapeuta con sus ejercicios de movilidad que no llevan a ningún lado, seguido de comer todos juntos en casa, cuando no lo hemos hecho nunca.

Y a eso le sumamos una tarde de conversaciones absurdas, juegos de mesa o videojuegos en los que no quiero participar, para acabar cenando todos juntos, otra vez, felices y contentos, como si mi rodilla no estuviera rota.

Mira, de verdad, en mi puta vida los había visto durante tanto tiempo seguido.

¿Es que no entienden que quiero estar solo?

Pero claro, ahí está Glen todo el rato, como si ella supiera mejor que yo lo que necesito.

Pues no. No tiene ni puta idea. Quiero estar solo; solo estoy mejor.

¡Es que no puedo ni mear tranquilo, joder!

Aunque eso se debe a que las putas muletas no me van bien y no puedo usarlas.

Si no fuera una guarrada, mearía en la papelera de la habitación solo por verles las caras.

Observo los huevos con beicon que mi hermano ha preparado para desayunar y solo tengo ganas de vomitar.

No tengo hambre, pero aquí estoy, sentado en esta mesa en mitad del pasillo, que ni siquiera sé qué pinta, mientras todos hablan de mierdas que ni me importan.

Agarro el bote de calmantes y lo observo antes de sacar una pastilla de dentro y tomármela.

No estoy siguiendo la pauta recetada, pero me da igual.

Prefiero que me duela. Si me duele, al menos sé que sigue ahí.

—Pensaba que eran dos pastillas cada doce horas. —Me doy cuenta de que Glen me habla directamente a mí cuando todos se callan y me miran sorprendidos.

—¿Y? ¿Te va a doler a ti o a mí?

—Los calmantes te ayudan a trabajar la movilidad de la rodilla.

—¡Me importa una mierda! —escupo en su dirección y me levanto de golpe para enfatizar mi cabreo. Algo que claramente no debería haber hecho, porque la rodilla no me acompaña y me quedo a medio camino, acabando de nuevo en la silla.

Kieran y Joe se levantan para ayudarme y me suelto de su agarre en cuanto intentan tocarme. Noto cómo se resisten para no gritarme y eso me cabrea todavía más. No soy un niño, joder. Solo quiero que me dejen en paz y tranquilo.

—Hay que bajarte a la planta principal —me informa Glen levantándose con toda la tranquilidad del mundo, como si se estuviera burlando de que yo no puedo hacerlo—. Tienes visita con el cirujano.

—¿Ahora eres mi agenda?

—Alguien tiene que serlo —sisea y percibo cómo recula al momento. Bien, eso es justo lo que quiero, llevarla al límite para que deje de aparecer por aquí como si tuviera todas las respuestas.

—¿Y si no quiero? —Sé que he dicho las palabras equivocadas cuando sonríe de medio lado y cruza los brazos.

—¿Crees que estás en condiciones de huir? —Señala la rodilla con la barbilla—. Llevadlo a su habitación para que se vista. Tienes cinco minutos antes de que te saquen por esa puerta para bajarte, estés como estés. Tú mismo.

La fulmino con la mirada, igual que a Kieran y a mi hermano, que me levantan como si no pesara más de cien kilos. Me dejan con cuidado en la cama y mi hermano me saca la ropa de la cómoda. Ayer me obligaron de nuevo a ducharme como si fuera un perro. Observo lo que me ofrece mi hermano y sonrío.

—Esta ropa no conjunta, ¿no puedes buscarme otra cosa?

—¿Es una puta broma? —Kieran es el primero que salta, y me encanta. Siempre fingiendo que es una persona serena, que no se altera con cualquier cosa… Pues parece que sí. Cuanto más lo lleve al extremo, antes dejará de darme por culo.

—Ya has oído a la jefa, tengo hora con el cirujano. Tendré que ir decente, ¿no?

—Barry… —sisea el irlandés y vuelvo a sonreír, lo tengo justo donde quería.

—O te vistes ya o te visto yo. —Me giro hacia la puerta, donde Glen está apoyada en el quicio mirándose las uñas—. Tú eliges.

—Dejadme solo —refunfuño cogiendo la ropa que tiene mi hermano en la mano de un tirón.

—Cinco minutos, Barry.

La odio con todo mi ser. Es que no puedo con ella y esos aires de grandeza, como si lo supiera todo. No tiene ni puta idea de nada. Me tiene harto. Tengo que pensar en cómo hacer para que no vuelva a pisar esta casa. Una vez ella esté fuera, podré ir echando al resto uno a uno.

Al menos me dejan solo para poder vestirme.

Reconozco que veo las estrellas cuando tengo que ponerme los calzoncillos o los pantalones, pero paso de pedirles ayuda.

Solo me falta eso, que me vean los huevos además de tocármelos.

Ya me jode el momento ducha con todos ahí observando o sujetando, como para encima incrementarlo.

Cuando estoy listo, no aviso, aprovecho los minutos de silencio y me relajo con mi chasquido interno. Mi rodilla rompiéndose.

La mañana pasa como un borrón, solo que más absurdo que otros días.

Mason aparece con la fisioterapeuta y me echa en cara que los ejercicios los estoy haciendo a medio gas.

Ni siquiera lo miro mientras lo ignoro, pero a él no puedo contestarle, así que sigue hablando y hablando, incrementando mi dolor de huevos.

Después de eso me han metido en el coche del irlandés para llevarme con el cirujano.

Al menos solo están él y mi hermano; no tengo ganas de escuchar a Glen ni un minuto más hoy.

El viaje es tenso, pero me la sopla, no tengo ganas de hablar.

Así que aquí estoy, esperando a que el señor médico me diga de una vez cuándo me operan y olvidarme de todo.

—Vamos a retrasar la cirugía unos días —suelta sentándose como el rey que se cree que es, como si el título de Medicina le diera superpoderes o algo—. La rodilla sigue demasiado inflamada. Además, no has recuperado la movilidad como esperábamos.

—¿Perdón? ¡Llevo una semana esperando! —Ni siquiera se inmuta.

—Si llegas al quirófano con la rodilla muy inflamada y rígida, aumenta el riesgo de que luego no recuperes bien la movilidad.

Precisamente por eso te pedimos que hicieras los ejercicios.

No vale solo los que haces con la fisioterapeuta, tienes que hacerlo también por tu cuenta.

Aunque ya me han contado que ni siquiera con ella los haces.

—Lo hará —promete mi hermano, como si fuera cosa suya.

—Perfecto, pues nos vemos en un par de días para ver cómo evoluciona. —Me levanto, apoyándome en la mesa, y Joe se coloca a mi lado para ayudarme a salir—. Después de la operación, aunque necesitarás muletas, podrás apoyar el pie.

Ni siquiera le contesto. Paso. ¿De qué sirve recuperar la movilidad si no hay nada después del fútbol? Tan absurdo como el esfuerzo que están poniendo todos en tocarme los cojones. ¡Me tienen harto!

Cuando abro los ojos, lo primero que veo es el foco blanco que tengo encima y que me ciega.

Joder, ¿es que a nadie se le ha ocurrido apagar la puta luz?

Poco a poco voy recuperando la vista y recuerdo dónde estoy: en el hospital.

Ya me han operado, después de tres días en los que mis acosadores particulares no me han dejado tranquilo ni un segundo y me han obligado a hacer los putos ejercicios que me mandó la fisio.

Al parecer, debe de haber ido bien la cirugía, porque no estoy muerto.

Aunque, para vivir así, no sé si merece la pena.

Esta vez la dosis de calmantes es la correcta, porque no siento dolor.

Bendita mi suerte. Muevo las piernas y, al menos, parece que las dos siguen ahí.

Giro la cabeza hacia la izquierda y me encuentro a Glen con una postura muy extraña dormida en un sillón.

Estoy tentado de hacer un ruido fuerte para que se despierte de golpe, pero me apetece esta tranquilidad que estoy teniendo.

Al girar para el otro lado, me encuentro a Joe y a Kieran dormidos en un sofá demasiado pequeño para los dos.

Supongo que no puedo librarme de ellos ni ingresado.

Por suerte, con el cambio de fecha de la operación mis padres no han podido venir y no he tenido que volver a ver su casa de decepción.

Cierro los ojos y me acomodo. Debería pedir algo de beber o quizás avisar de que ya he recobrado el conocimiento, pero no hago nada de eso. Solo disfruto de no escuchar nada ni a nadie, a excepción de mi chasquido particular. Al menos esta noche podré dormir.

Al parecer, hoy no hay clases ni entrenamientos, porque está todo el puto mundo metido en mi casa.

Supongo que debería alegrarme de que tanta gente se preocupe por mí y por cómo ha ido la operación, pero estoy harto de la gente.

Es que no puedo más, estoy agotado de ver pasar comida que no me apetece, de conversaciones insustanciales o de partidas a la consola que no estoy jugando.

Lo único que necesito ahora mismo es estar solo.

La operación ya ha pasado, ya está, se acabó, ¡que me dejen en paz de una vez!

Observo a Glen, que se está riendo de algo que le han dicho Donovan y Price, y aprieto la mandíbula.

Seguro que, si quiero largarme de aquí, necesito su permiso.

Porque claro, la señora lo sabe todo y tiene que supervisar cada movimiento que hago.

Igual que en el hospital, que se ha encargado de recoger todos los papeles, de que me enterase bien de la rehabilitación y de no sé cuántas tonterías más.

No he prestado atención, total, me lo va a repetir hasta el fin de mis días.

—¿Cómo estás, tío? —Blake me da una palmada en la espalda y me sonríe.

No le devuelvo el gesto. A ver, no tengo nada en contra de Blake, me cae bien, pero no entiendo muy bien por qué mi casa se está llenando de jugadores de hockey. Como si no tuviera bastante con los de fútbol americano y las jugadoras de fútbol soccer.

—¿La verdad? Deseando irme a la cama.

—¿Y por qué no lo haces? —Me doy cuenta de que no tengo una respuesta real a su pregunta, más allá de que no he hecho nada de lo que he querido desde que me lesioné. Blake me mira como si fuera obvio—. ¿Te acerco las muletas?

—No las estoy usando —suelto sin más y me observa extrañado.

—¿Por qué? —Tampoco tengo respuesta para eso. Me molestan y son incómodas, pero la realidad es que ni siquiera lo he intentado, me he dejado llevar. Mi confusión tiene que ser evidente, porque me sonríe de nuevo antes de decir—: Te ayudo entonces.

Cómo no, Kieran aparece al momento para alzarme también, aunque, por suerte, no dice nada y me lleva a las escaleras junto a Blake.

Las subimos más lentos que otros días, no sé si porque a Blake le cuesta alzarme o si Kieran está siendo prudente por la operación, pero se me hacen eternas.

Una vez llego a mi habitación, me dejan en la cama y el irlandés me acerca el pantalón que suelo usar de pijama, además de acomodarme la almohada.

Lo observo en silencio, un poco confuso con lo que acaba de pasar.

—Buenas noches —dice antes de desaparecer.

Me quedo mirando la puerta cerrada un rato, como esperando algo, no tengo muy claro el qué. Me cabreo en cuanto alguien llama a la puta puerta. Eso es justo lo que estaba esperando.

—¿Puedo pasar?

—Sí —escupo en respuesta a mi hermano. Supongo que ya viene a tocarme los huevos por subirme.

—Te he traído la botella de agua y el móvil, que te lo has dejado abajo. —Le sigo con la mirada mientras lo deposita todo en la mesita y me sonríe—. Te dejo descansar.

—No tienes que cuidarme —suelto justo cuando va a salir.

—Lo sé.

El chasquido de la puerta me indica que se ha ido, pero mi cerebro no parece procesarlo bien.

No estoy entendiendo nada. Esto es muy raro.

Llevo desde que volvimos de Arlington deseando estar solo, que me dejen tranquilo, que no me toquen los huevos, y parece que lo único que tenía que hacer es pedirlo.

No, no puede ser eso. Bueno, da igual, la cuestión es que ha funcionado.

Me pongo el pantalón de pijama y lanzo la ropa a la silla del escritorio como puedo.

Joder, esto es más fácil cuando Joe la recoge.

Suspiro y me tumbo en la cama. La rodilla no me duele, pero la mierda esta que me han puesto es incómoda de cojones.

Veo el cojín que me trajo Glen para ponerlo debajo de la rodilla e intento acercarlo con el pie derecho.

Tardo una barbaridad, pero termino consiguiéndolo y, aunque ayuda, no es perfecto.

Me centro en el techo, en el silencio, en la sensación de soledad que me rodea, para encontrar la paz que tanto ansiaba, pero no la consigo.

Mi cerebro empieza a reproducir la jugada una y otra vez, buscando el momento exacto en el que la cagué.

No tendría que haber intentado avanzar para bloquear más fuerte, no tendría que haber plantado el pie, no tendría que haber dejado que me pudieran los nervios por acabar.

Íbamos ganando, Indiana no iba a remontar, no tendría que haber ido a por todas. No había necesidad.

Ese fallo no lo puede tener un jugador de la NFL. Quizá la lesión solo ha puesto las cosas en su sitio y me ha demostrado algo que no quería ver: que nunca iba a llegar.