15 Glen
CAPÍTULO QUINCE
GLEN
Si las miradas matasen, ahora mismo esta casa estaría llena de cadáveres y solo habría un culpable posible: Barry.
Da igual quién se acerque a hablarle, nos ignora a todos.
Nos observa desde el sofá, el lugar donde lo hemos dejado al llegar, como si fuéramos escoria.
Lo peor es que ni siquiera me sorprende.
Cualquier otra cosa me preocuparía más. Si estuviera feliz, contento o incluso esperanzado, me saltarían todas las alarmas de mi cabeza.
Mientras siga con esa ira en su interior, estamos bien.
Lo único que tenemos que controlar es que no se cierre del todo.
Me acerco a Kieran, que está a punto de explotar y gritarle. Le acaricio el brazo y me mira con una cara que conozco bien: la de impotencia. Le sonrío.
—Está como tiene que estar —le aseguro mientras se pasa la mano por la cara.
—Parece un cascarón vacío. —Qué raro es ver a Kieran sin su máscara habitual, está demasiado triste como para disimular—. No habla, ni siquiera está contestando a las provocaciones de Donovan. Y está siendo especialmente capullo.
—Lo está haciendo para ver si reacciona. Me ha preguntado antes de venir cómo tenía que comportarse y le he pedido que fuera él mismo.
—¿Querías matarnos a todos? —bromea, haciéndonos reír a los dos—. ¿De verdad que no podemos hacer nada?
—Podemos, pero es un proceso lento. Ahora mismo lo que tenemos que hacer es estar a su lado, seguir hablándole sin enfadarnos porque no nos conteste y tener una paciencia infinita. Intentará alejarnos, y es justo lo que no tenemos que hacer.
—Si no fuera por ti, es posible que ya nos hubiéramos cabreado con él varias veces.
—Créeme, soy la primera que quiere zarandearlo hasta que espabile, pero no serviría de nada. Por si la lesión no era golpe suficiente, que Candy lo dejase lo acabó de rematar.
—¿Cómo supiste que lo había dejado? Fue verla salir y fuiste directa hacia dentro, hasta a mí me costó leerla.
—Porque sabía que pasaría. —Me encojo de hombros—. Es lo que tienen las cazafortunas, una vez se complica ser la «mujer de», huyen como las ratas que son.
—¿Te puedo hacer una pregunta personal?
—¿Desde cuándo dudas? —Lo miro confusa y me doy cuenta de que lo que quiere decir es que me va a consultar sobre algo que nadie más sabe. Asiento.
—Hablas como si supieras lo que está pasando Barry a un nivel muy cercano. No hablo de empatía o de algo que has estudiado. Tu forma de comportarte es la de alguien con experiencia.
—Eso no es una pregunta —suelto cuando se queda callado y alza una ceja.
Observo a mi alrededor antes de contestar—: Es la cuarta vez que me enfrento a un duelo de este calibre; la segunda por la misma lesión.
Lo bueno es que, esta vez, además de la experiencia, tengo los conocimientos para ayudarlo.
—Lo siento. Si alguna vez necesitas hablar…
—Reúne fuerzas para todo lo que tenemos por delante con Barry. Yo estoy bien.
—He pensado que las escaleras son un problema, ¿qué te parece si subimos una mesa arriba, al pasillo, para que Barry no tenga que subirlas y bajarlas tanto?
—Me parece una buena idea. Además, es un gesto que, aunque no valorará cuando lo hagas, se quedará en su interior.
—¿Queréis? —nos interrumpe Joe ofreciéndonos un par de porciones de brownie.
Los dos lo cogemos y le damos un bocado, aunque sea mi tercer trozo; está buenísimo.
Joe se coloca a mi lado y baja la cabeza antes de decir—: No sé cómo actuar con él.
No habla, no contesta, no reacciona. Ni siquiera le ha dado un abrazo a nuestra madre cuando se han despedido en el aeropuerto.
Lo único que me hace contenerme es que, si lo mato, no me lo perdonaría en la vida.
—Solo nos queda tener paciencia —admito con pesar. Esto va a ser muy duro para todos.
Cuando salgo del entrenamiento, voy directa a casa de Barry.
Me da la impresión de que esta va a ser mi rutina durante todo el semestre: por la mañana, desayuno con Barry y clases; por la tarde, entreno, y por la noche con Barry.
No es que me moleste, en realidad, me gustaría poder pasar más tiempo con él; lo necesita.
Sigue sin hablar. Ni siquiera se queja. Lo ayudan a levantarse para ir a la mesa improvisada que ha comprado Kieran para el pasillo, se sienta y come, aunque nada que ver con lo que está acostumbrado, y espera paciente a que lo vuelvan a llevar a la cama.
Ni siquiera quiere jugar a la consola o ver la televisión.
Sé que es normal, pero me frustra. Me encantaría poder entrar en su mente y sacarlo del pozo negro en el que está metido.
Aparco mi preciado Mini detrás del Jeep de Hunter y entro en la casa sin llamar.
Subo las escaleras, desde donde me llega más ruido del habitual y sonrío al darme cuenta de por qué.
Ayer les comenté que Barry no se había duchado desde que salió del hospital de Arlington, y de eso hace ya cuatro días, así que ahora mismo estoy frente a cuatro jugadores de fútbol americano en bañador, buscando la estrategia perfecta para llevar a Barry hasta la ducha de la habitación de Kieran, que al parecer es enorme.
Me siento al lado de Aba en la mesa y Savannah me pasa una bolsa de palomitas.
—¿Habéis venido a ayudar o a mirar? —bromeo mientras las cuatro se comen a sus respectivos novios con la mirada. Me río porque ninguna me ha escuchado—. Chicas, ¿os traigo baberos?
—¡No! —Suelto una carcajada por el tono agudo de Riley, o por su sonrojo, no lo tengo claro.
—Hemos venido por si necesitan ayuda y a cenar —me informa Brooke sin mirarme, sonrojada también, pero siendo incapaz de apartar los ojos de Tyler.
—Y a disfrutar de las vistas —admite Savannah mordiéndose el labio inferior—. Lo habré visto mil veces en bañador y, aun así, me seguirá pareciendo sexy siempre.
—¡¿Se puede saber qué mierda hacéis?! —No puedo evitar la sonrisa ante la queja de Barry; al menos ha hablado.
—¡A la ducha! —La voz de Joe resuena por todo el pasillo.
Se escuchan golpes, quejas y algún quejido de alguien que no es Barry, pero al final consiguen sacarlo de la habitación. Me río al ver cómo han envuelto la rodilla, aunque debo admitir que parece eficaz. Lleva varias vueltas de film transparente y lo han cerrado con precinto.
—¿Sabéis que la venda que lleva puesta es de quita y pon? —les pregunto llevándome una palomita a la boca.
—¿Y para qué la hemos tapado? —Tyler mira al resto y todos tienen la misma cara de desconcierto.
—Hombres tenían que ser —me burlo y se escuchan varias risas detrás de mí—. Os ayudo.
—No —sentencia Barry, pero lo ignoro poniéndome en pie.
Entro al baño detrás de ellos y Kieran me acerca unas tijeras para cortar el invento que le han puesto.
Barry se queja por lo bajo todo el rato y, aunque no debería, es música para mis oídos y creo que para el de todos los que estamos aquí.
Al menos habla. No para de moverse mientras intento quitarle la venda y estoy tentada de darle un manotazo.
—Estate quieto.
—No quiero —refunfuña como un niño pequeño; pongo los ojos en blanco.
—Será más cómodo para ti ducharte sin ella, pero podemos dejarla y luego pedirle otra al médico del equipo. No creas que es algo especial que no podemos encontrar. O incluso dejártela mojada, a ver si estás cómodo.
—¿Disfrutas con esto?
—Claro, Barry —ironizo y me levanto cuando consigo quitarle la venda. Me cruzo de brazos y alzo la cabeza—. Claro que disfruto viéndote mal, soy esa clase de persona.
—Hombre… —Se encoge de hombros y tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no contestarle.
—¡Que disfrutes de la ducha! —Me despido con la mano y salgo fuera con las chicas.
Admito que me encantaría quedarme a mirar, porque los sonidos que nos llegan son, cuanto menos, peculiares, pero no estoy dispuesta a ver el culo desnudo de Barry. Además, no creo que sea cómodo para ninguno de los dos.
Hunter aparece por el pasillo mientras se seca la cara con una toalla y se pierde en la habitación de Barry para salir poco después con ropa en la mano.
—¿Qué tal se está comportando? —me burlo, porque tiene cara de querer matarlo.
—El cabrón se ha sacudido entero para mojarnos cuando lo hemos sacado de la ducha. Vaya equilibrio tiene con una sola pierna.
—¿Por qué se comporta como si nos odiara? —pregunta Riley, a todas y a nadie, cuando Hunter vuelve a meterse en la habitación de Kieran.
—Porque es el único sentimiento que se permite tener; ahora está en shock. Después de la operación vendrá otra etapa. Es normal.
—No está todo perdido, pueden ficharlo el año que viene —aporta Brooke.
—Depende de cómo salga la operación, que no debería ir mal, pero eso es lo único que tiene Barry ahora en la cabeza. No va a mirar más allá, solo está pendiente de todo lo perdido.
—Me encantaría poder ayudarlo más —admite Savannah—. Esta sensación de impotencia es una basura.
—Aunque no os lo parezca, venir cada noche a cenar con él, estar pendientes y no dejarlo solo… le ayuda.
—Me da mucha pena no poder bromear con él. —Riley esboza una mueca de tristeza—. Ni siquiera era consciente de lo que me gustaba hasta que ha dejado de hacerlo.
—Volverá a ser él, dadle tiempo.
No paro de repetir estas palabras una y otra vez, en parte porque todos tienen que entenderlo, en parte para creerlo yo también.
Barry necesita que seamos constantes y pacientes.
Tenemos que estar a su lado para que no caiga más y para que, el día que decida dar un paso adelante, estemos ahí para acompañarlo. Pero, joder, qué difícil es.