Finge que es mentira (Rise as One 5) 14 Barry
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14 Barry

CAPÍTULO CATORCE

BARRY

En esta habitación hay demasiada gente y todos están hablando; hay demasiado ruido.

Ni siquiera sé lo que dicen, ni quiero saberlo.

No quiero escuchar nada de lo que tengan que decirme.

No quiero que me vendan esperanza, no quiero que digan palabras vacías como «no está todo perdido» o «esto es solo un bache».

Tampoco quiero escuchar que esto es el final, porque, aunque lo sé, si alguien lo verbaliza, será real y no quiero.

No quiero pensar que el fútbol se acaba para mí, no quiero pensar que acabo de volatilizar mis posibilidades en el draft o que ningún equipo quiere un lesionado.

Sé que, por mucho que me engañe, mi situación no va a ser distinta, pero no quiero y punto.

Por suerte, mi madre ha dejado de llorar.

No porque esté feliz, sino porque no le quedan más lágrimas por sacar.

Mi padre no deja de mirarme y lo único que noto es la decepción que sé que siente por dentro, aunque no lo verbalice.

Al menos tiene los huevos de hacerlo, no como mi hermano, que es incapaz de mirarme a la cara.

Él no acaba de tirar su carrera a la basura, ni ha perdido nada por lo que llevamos años luchando.

Tampoco Hunter, Tyler o Kieran, que intentan mantener una conversación conmigo, aunque les esté ignorando.

No quiero hablar con ellos. No quiero que me cuenten cómo levantaron el trofeo de campeones o los planes que tienen cuando lleguen a casa.

Solo quiero que se larguen y me dejen tranquilo.

Cuando Henry, mi agente, y Glen, mi supuesta amiga, entran a la habitación, tomo una decisión:

—¿Podéis dejarme solo? —pido, porque estoy harto de ver a tantas personas.

La voz me sale distorsionada, como si no fuera mía, pero al menos nadie protesta y se largan rápido.

Cierran la puerta y me apoyo en la almohada para volver al sonido que no me ha abandonado desde ayer: el crack de mi menisco.

Al menos ahora sé lo que era. No creo que lo olvide en la vida.

Los calmantes que me han puesto no hacen bien su trabajo y la rodilla me duele, pero es un dolor aceptable.

Uno que me recuerda qué ha pasado y por qué estoy aquí.

No quiero disfrazarlo, no quiero que las drogas me nublen ante lo que está por venir.

Me van a operar y, cuando salga del quirófano, se acabó.

Ni siquiera sé quién soy sin el fútbol y, siendo sincero conmigo mismo, no sé si quiero comprobarlo.

He vivido y respirado por y para el fútbol, forma parte de mi ADN, sin él en mi vida no soy nadie.

Sin él no tengo amigos ni nadie a mi alrededor.

No hay otra razón de ser que ser jugador de fútbol, ninguna.

Si no soy jugador, ¿quién soy? Y, más importante, ¿para qué ser?

Barry Coleman es y será siempre guardia, no tengo nada más que eso. No soy nadie sin el fútbol en mi vida.

Giro la cabeza, desde donde veo el pasillo por las ventanas de la habitación y observo cómo Henry habla con mis padres y mi hermano mientras Hunter, Tyler, Kieran y Glen están apoyados en la pared con la cabeza gacha.

No sé por qué tendrían que estar tristes, ellos no son los que están postrados en la cama sin poder moverse.

Ellos no son los que necesitan ayuda hasta para mear.

Volverán a sus vidas y este día será un recuerdo más.

Candy aparece en ese momento con una bandeja llena de cafés, que reparte a mis padres y mi hermano, aunque no parece tener para el resto.

Da igual, ellos no lo necesitan, estoy seguro de que han pasado la noche en el hotel durmiendo y descansando.

O celebrando la victoria. La observo sonreírle a mi madre y un pensamiento me cruza la mente: al menos la tengo a ella.

Es mi único vínculo que no está impregnado de fútbol, mi apoyo.

La única persona que no cuestionará lo que hago ni me venderá humo.

Ella siempre ha sido sincera conmigo. Ahora mismo solo quiero estar con ella.

Nuestras miradas se cruzan por el cristal y sonríe antes de entrar en la habitación. Se acerca a la cama, pero se queda en los pies. Y, aunque me encantaría decirle que se tumbe conmigo, no lo hago, porque veo el dolor que mirarme le produce. Debe de ser muy duro para ella verme así.

—¿Cómo estás? —me pregunta apoyando las manos en la parte baja de la cama.

—Bien —miento, porque no quiero que se preocupe más de lo que ya está—. Un poco cansado.

—Están hablando de que volveréis mañana a la universidad —me informa y me encojo de hombros. Me la sopla dónde voy a estar—. Yo no viajaré contigo.

—¿Qué? —La miro extrañado, no sé si he entendido lo que me está queriendo decir.

—Me voy a quedar aquí, en Texas, con mi familia.

—Sin problema. —Le resto importancia e intento esbozar una sonrisa que no muestre que me molesta que no venga conmigo—. ¿Ha pasado algo?

—No, Barry. No me estás entendiendo. —Me quedo callado, porque ha dejado de usar su tono dulce con el que siempre se dirige a mí—. Quería estar contigo, verte en la lista del draft y animarte en tus partidos como profesional, pero eso ya no va a pasar. Esta no es la vida que yo quería.

—No te sigo. —Intento incorporarme, pero un dolor agudo en la rodilla me deja postrado de nuevo en la cama.

—Esto se ha acabado.

Parpadeo un par de veces mientras proceso lo que me acaba de soltar.

Una vez lo hago, empiezo a reírme; una risa nerviosa e irónica que sale desde lo más profundo de mi ser.

Me paso las manos por la cara y me río todavía más alto.

No me lo puedo creer. Llevo un año y medio luchando por esta relación, peleándome con todo el mundo que me aseguraba que Candy no era la adecuada, que no me hacía bien, para que ahora venga ella y me demuestre que el único que ha estado equivocado aquí he sido yo.

Apoteósico. Simple y llanamente, apoteósico.

—Cierra la puerta al salir —le suelto en respuesta. No hay nada que hablar, ni nada que añadir. Tengo delante a la Candy que todos veían y que yo fui tan ciego como para negarme a asumir que existiera. Justo antes de que abra la puerta, la freno—: ¿Me has querido alguna vez?

—Te tengo mucho cariño, Barry —admite girándose hacia mí—. Te deseo todo lo mejor.

«Yo a ti no», quiero contestarle, pero no lo hago, porque cuando me quiero dar cuenta, ya ha salido de la habitación, dejando la puta puerta abierta. Ni siquiera eso ha sido capaz de concederme. Tenían razón, todos tenían razón y no quise verlo. Soy un imbécil.

La primera en entrar es Glen. Por supuesto que es ella. Tiene que estar dando volteretas por lo que acaba de pasar. Se apoya con los brazos en el mismo sitio donde estaba Candy y le lanzo una mirada de odio que ignora.

—¿Qué necesitas?

—Que te largues —escupo.

—Barry, sabes tan bien como yo que no puedes quedarte solo en estos momentos.

—¿Y quién me va a hacer compañía? ¿Tú?

—No tiene por qué, fuera hay varias personas que estarían encantadas de acompañarte.

—Hasta que se den cuenta de que esta no es la vida que querían y se larguen. —Glen aprieta la mandíbula.

—¿Eso es lo que te ha dicho para dejarte? Será escoria.

—¿Por qué te enfadas? —Me cruzo de brazos mientras la fulmino con la mirada—. Esto es lo que querías, ¿no? Pues, felicidades, ya lo has conseguido.

—Alguien que te deja en tu peor momento, no te merece, Barry. Está demostrando la clase de persona que es.

—¿Y tú qué cojones vas a saber si nunca has tenido pareja? Solo vas de cama en cama como si los coleccionaras.

—¿Qué coño acabas de decir? —Giro la cabeza hacia la puerta, donde están Kieran, Hunter y Tyler mirándome con distintos grados de sorpresa. Glen los frena con la mano.

—Barry, yo no tengo la culpa de que Candy te haya dejado. —No sé qué me cabrea más, si el tono relajado con el que me habla Glen o sus palabras—. Estamos aquí contigo y no vamos a dejarte solo.

—¡Qué suerte la mía! —siseo y giro la cabeza hacia la ventana para no verlos.

Siguen hablándome, hasta que se cansan de que los ignore.

Vuelvo a mi ruido, a mi chasquido, a mi mundo de soledad donde no queda nada, ni siquiera Candy.

Este lugar oscuro y frío donde no hay fútbol, donde no queda vida, donde no queda nada ni nadie.

No contesto mientras me explican los detalles del vuelo, ni cuando me indican las recomendaciones hasta la operación, ni los pasos siguientes.

Me da igual. No hay nada que decir, porque después de la operación no habrá nada. Ni siquiera yo.