7 Glen
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CAPÍTULO SIETE
GLEN
A veces hay que tomar decisiones dolorosas para que no te sigan haciendo daño.
Tenía claro que, mientras Barry no dejase a Candy, esta relación a medias nos acabaría explotando en la cara.
Y debo admitir que, muy en el fondo, tenía la esperanza de que la dejase de una vez.
La tía es buena, debo reconocerlo. Si Barry no hubiera abierto los ojos al enterarse de que Kieran y Aba tenían una relación desde hacía meses y él no sabía nada —a pesar de vivir en la misma casa—, estoy segura de que ahora mismo no estaría en Nueva York, porque habría dejado de hablar hasta con sus padres.
Qué peligrosas son esas relaciones, y más aún cuando te quieren por quién serás, no por lo que eres.
Odio a Candy con todas mis fuerzas y odio que Barry no se dé cuenta de cómo es, pero odio todavía más que nuestros amigos se hayan resignado a un simple «mientras Barry sea feliz» solo por no apartarlo de nuevo.
Que los entiendo, pero no lo respeto ni lo comparto.
—¿Estás bien? —Mi padre me pasa el brazo por los hombros y me aprieta contra él en cuanto me abrocho el cinturón.
—No, he cortado la relación con Barry definitivamente. —Suspiro y me hundo más en su pecho—. Aunque sabía que acabaría pasando, no me duele menos.
—Siento oírlo. —Me da un beso en la cabeza que, aunque no me quita la pena, me llena un poco el corazón—. ¿Quieres hablar de ello?
—Candy es gilipollas y Barry no quiere verlo, ese sería el resumen de lo que ha pasado. Nada nuevo: ella intentando apartarme y Barry sin tener los huevos necesarios para plantarse. Al final me he cansado de hacer como si no me afectase ni tuviera consecuencias.
—Tendría que haberle tirado toda la botella de vino —se queja Henry y alzo la vista para encontrarlo girado hacia nosotros desde el asiento del copiloto—. Con una copa no ha bastado.
—¿Cómo lo has hecho? —Una sonrisa se me dibuja en la cara sin querer evitarlo, me hubiera encantado estar ahí en ese instante—. Te conozco lo suficiente como para saber que no te has ensuciado las manos.
—No hay nada que no se pueda conseguir con dinero. —Se encoge de hombros—. Y menos si sabes a quién pagar.
—Candy ha tratado con bastante condescendencia a los camareros —me explica mi padre—. No han faltado candidatos para la causa.
—Pensaba que no podían aceptar sobornos por contrato. ¿No pueden echarlos por eso?
—No pueden aceptar sobornos por información, pero sí propinas. —Henry me guiña un ojo y me río. Siempre está buscando el rincón por el que colarse.
—¿Qué os ha parecido?
—Me hubiera gustado que estuvieras equivocada, que realmente tu amistad con él te cegara, pero… tenías razón. —Henry me confirma mi peor sospecha: Candy es una cazafortunas, pero en lugar de sentir alivio, siento frustración.
—No creas que me alegro por ello.
—Lo sé. —Henry me da un apretón en la rodilla—. Cuanto más conozco a Barry, mejor me cae y peor me sabe pensar que no se da cuenta de la persona que tiene al lado.
—Admito que es de las mejores que he visto —añade mi padre—. Es sutil, tiene una planta que, si no le prestas mucha atención, podría decirse que es hasta buena… Habla demasiado, pero todo lo que ha hecho o dicho ha sido para que Barry destaque por encima de todos.
—Es de las que piensan que para subir hay que pisar al resto, sean competencia o no —escupo.
—Ha aprendido muy bien qué se espera o no de ella —admite Henry—.
He hablado con ella en privado y no tenía nada que ver con lo que ha mostrado en grupo.
Ha dicho tantas cosas buenas de Barry que ha sido hasta empalagoso.
Si hubiera estado hablando con alguien de fuera del entorno deportivo, habría quedado como la reina que se cree que es.
—¿Y no puedes decírselo a él? —le propongo con mi mejor cara de pena. Esa que hacía que me comprase todos los dulces que quisiera.
—Sí, pero no es fácil decirle a alguien que la persona a la que ama es una cazafortunas.
—Conmigo no tuviste ningún miramiento —se queja mi padre riendo.
—Pues claro que no, pero con Barry no llevo diez años trabajando. Ni es mi amigo.
—Ni estabas enamorado, solo enchochado —le recuerdo a mi padre y se queja mientras Henry y yo nos reímos.
—Hablaré con él cuando pasen los playoffs —me promete Henry—. Antes sería un suicidio, tiene que estar centrado en el fútbol y en nada más.
—Me parece bien. —Henry me regala una sonrisa complacida y me guiña un ojo.
—¿Vas a ir a los playoffs como el año pasado? —me pregunta mi padre y, aunque parece una pregunta casual, sé que detrás de ella hay mucho más.
—No, no tengo ganas ni de ver a Barry ni de forzar una situación incómoda —admito—, he pensado que podría viajar contigo, si quieres.
—Me encantaría. —Mi padre me aprieta contra él con tanta fuerza que apenas puedo respirar, pero le dejo hacerlo porque es justo lo que necesito.
—Se ha hecho de día en el coche —bromea Henry—. Bueno, y ahora vamos a hablar de lo importante: Glen, ¿cuándo piensas empezar a trabajar para mí?
—¿No podemos echarlo del coche? —le pido a mi padre riendo—. Joseph, en el siguiente semáforo, abre la puerta, yo me encargo de que caiga.
—Es tentador —bromea el chófer que mi padre suele contratar para este tipo de eventos—, pero no diría nada bueno de mí como conductor.
—¿Has oído, Henry? Es tentador —me burlo y el mejor amigo de mi padre niega con la cabeza—. No quiero trabajar para ti.
—Puedes decir que trabajas conmigo si te sientes más cómoda con esa terminología.
—David también le ha ofrecido un puesto —le cuenta mi padre y los dos ignoran mi queja—. Tienes competencia.
—Soy mejor jefe que David —se indigna Henry—. Además, conmigo viajarías más y podrías no pisar un estadio de fútbol si así lo deseas. Todo son ventajas.
—¿Soy al único al que le preocupan tus representados si tienen a Glen como agente? —interviene mi padre—. A la primera tontería, los mandaría a la mierda.
—Como he dicho: todo son ventajas. —Henry mira a mi padre como si fuera obvio y no puedo evitar reírme.
—Ya le he dicho a mi padre que pienso buscar trabajo en algún equipo de béisbol —comento lo más seria que puedo mientras aguanto la risa con todas mis fuerzas.
La primera carcajada me sale sola cuando hasta Joseph se indigna y, al llegar a casa, tengo una sonrisa de oreja a oreja, a pesar de lo que ha pasado con Barry. Hay días malos y días en los que olvido esta sensación, pero, por suerte, mi padre y Henry nunca van a dejar que me hunda. No de nuevo.