Finge que es mentira (Rise as One 5) 6 Barry
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6 Barry

CAPÍTULO SEIS

BARRY

Después del ultimátum que le di en verano, parecía que Candy había cambiado y, la verdad, me alegré por ello porque en ese momento fue la primera vez que vi lo que todo el mundo me decía de ella.

Le soltó a mi madre una contestación que, todavía a día de hoy, sigo sin explicarme, y no pude quedarme callado.

Es cierto que eso fue la culminación de un proceso que se fue cociendo a fuego lento; cansado de sus celos, de sentirme apartado de mis amigos y de su comportamiento cuando había más gente cerca, y ella lo entendió.

Realmente había cambiado. He visto el esfuerzo que ha hecho para integrarse con mis amigos —a excepción de Glen—, pero lo de hoy me hace plantearme si debería darle o no otra oportunidad.

Joder, me estoy jugando mi puesto como profesional, ¿por qué intenta entorpecerme?

Cuando llego a una zona apartada donde están Savannah y Aba junto a Candy, las dos se alejan y se van con Brooke para dejarnos solos.

Candy lleva todo el maquillaje corrido de tanto llorar y se ha cambiado el vestido por un chándal que le queda enorme.

Sería cruel por mi parte señalar que está más preciosa que nunca, pero lo cierto es que es así.

Me apoyo en la pared de enfrente con los brazos cruzados y la observo sin decir nada.

He aprendido que es la mejor forma de enfrentarme a ella: dejar que hable primero y no interrumpirla, a no ser que me haga una pregunta directa.

De esa manera suele llegar ella sola a la conclusión que busco.

Me costó meses darme cuenta, pero eso es otra cosa.

—Tengo el vestido destrozado y llevo ropa que me han prestado los del catering. No puedo volver así a la fiesta. No sabes lo que lo siento, Barry. Quería estar perfecta para ti hoy y lo he fastidiado todo por patosa. ¿Te he dejado en evidencia?

—Sí —contesto cuando se queda callada y parece que no va a añadir nada más—, pero no por mancharte.

Eso ha sido un accidente. Me has dejado en evidencia todas las veces que has hablado cuando nadie te había preguntado o has contestado por mí.

Puede que para ti esta fiesta fuera una excusa para ponerte un vestido caro y lucirte, pero para mí esto es trabajo y te lo he dicho antes de venir.

—Solo quería ayudar, Barry. Sé lo importante que es para ti llegar a ser profesional y, como tu pareja, quiero estar a la altura de lo que sé que vas a llegar a ser. Por eso sé que no puedo volver así a la fiesta.

—Nadie cuestiona eso, Candy —la interrumpo y me separo de la pared—.

El problema no es tu intención, es que no cambias cuando te digo que dejes de hacerlo o ¡que te calles la puta boca!

—Me mira sorprendida por mi tono enfadado, creo que jamás le había hablado así—.

Que he tenido que hacerte daño para que te callaras cinco minutos después de decirte que, por favor, dejases de hacer comentarios.

Y encima llego aquí y toda tu preocupación es un puto vestido manchado.

¿Sabes qué pasaría si hoy decidieran que no soy apto para sus equipos?

Que todo por lo que he luchado, vivido y respirado durante toda mi vida se acabaría.

Todo, Candy. Te lo dije cuando empezamos y te lo llevo repitiendo más de un año: no hay nada ni nadie más importante que el fútbol para mí y ser profesional es mi meta.

El fútbol ha estado siempre en mi vida y va a seguir estando si tú sales de ella.

¿Eso es lo que quieres? ¿Dejarme? Porque se me ocurren formas menos crueles de hacerlo, te lo aseguro.

—¡No, claro que no! ¿Cómo puedes pensar eso? —Se levanta para llegar hasta mí y me acaricia la mejilla—. Estoy aquí contigo para que puedas ser profesional, mi objetivo es el tuyo, siempre.

—Entonces, ¿por qué parece que estés haciendo justo lo contrario, Candy? Joder, que había hablado contigo cinco minutos antes sobre las pruebas a las que nos están sometiendo. ¿Cómo crees que me hace quedar que mi novia conteste por mí o hable cuando nadie le pregunta?

—Lo siento, Barry. De verdad que sí. Llevo toda la temporada buscando información sobre cómo ayudarte. —La miro extrañado, no me había dicho nada—. Leí que tener una pareja a tu lado que te apoye es importante para un jugador de la NFL y eso he intentado hacer. Ser mi mejor versión para ti.

—¿Y no se te ha ocurrido preguntarme qué necesito, Candy? Esas guías no siempre tienen razón ni son válidas para todos los casos.

—Tú necesitas destacar, Barry. Como jugador ya lo haces, ahora tienes que hacerlo como persona, y para eso estoy yo.

—No estoy de acuerdo. —En sus ojos se refleja lo que le duelen mis palabras—.

Esto lo tengo que trabajar solo, sin nadie más.

Ni tú, ni mi hermano, ni mis padres, ni siquiera mis compañeros de equipo o mis entrenadores, yo, Candy.

Solo. Evidentemente hay cosas que ayudan, pero ¿de verdad crees que, si hubiera ayudado lo que estabas haciendo, te habría pedido que pararas?

—No, no lo habrías hecho.

—Exacto. La próxima vez que quieras saber cómo comportarte en un ambiente así, imita a las otras chicas.

Las tres estaban en un segundo plano y solo han hablado cuando les han hecho una pregunta directa.

No quieren conocer a nuestras parejas, eso vendrá con el tiempo, ahora les interesamos solo nosotros.

—Aba ha hablado con muchos de ellos —escupe y suspiro.

—Aba es jugadora de élite, Candy. Juega en la selección nacional, por el amor de Dios. No puedes compararte con ella.

—No, claro que no —contesta enfadada y se cruza de brazos—. Ella es mejor, ¿no? Yo solo soy una simple camarera.

—No pongas palabras en mi boca que yo no he dicho.

—Pero lo piensas. A ella no se le ha caído una copa de vino encima.

—¿Sabes? Si hubieras estado con ellas, no te habría pasado.

—Suelto un suspiro exasperado, harto de que no me entienda o de que use los celos como artillería—.

Voy a volver a la fiesta. Tú puedes quedarte aquí y esperar a que acabe para irnos juntos o te puedes largar sola al hotel.

Haz lo que quieras, ahora mismo, no te haces una idea de lo que me la suda lo que hagas.

—He hecho lo que se espera de mí.

—No, Candy, has hecho lo que te ha dado la puta gana. La próxima vez que quieras ayudarme, me preguntas a mí cómo. Internet no siempre tiene una respuesta para todo.

Me largo de ahí, más enfadado de lo que me gustaría, pero con la tranquilidad de haberle dicho lo que quería decirle.

Hace tiempo que decidí no callarme con ella.

Puedo entender que es el primer evento importante al que vamos y que no sepa comportarse, pero, joder, si te pido que te calles, ¡lo haces y punto!

Si luego quieres gritarme por gilipollas, lo haces en privado, pero en ese momento obedeces y fin.

Estoy tan metido en mis pensamientos que me choco con Henry cuando me intercepta. Se ríe de mí y no puedo evitar seguirle.

—¿Tienes un rato? Alguien quiere hablar contigo en privado.

—¿Alguien y en privado? —bromeo y me ajusto la camisa y la americana—. Eso suena un poco siniestro.

—Tú decides si vienes o pierdes la oportunidad. —Me guiña un ojo mientras vamos a una zona donde hay varias puertas—. ¿Qué dices, Coleman? ¿Te arriesgas?

—Siempre, señor.

—Eso es justo lo que quería escuchar.

Siempre he oído que la magia se hace en los despachos y siempre he pensado que era una absurdez, que donde en realidad se hace magia es en el campo.

Bueno, pues estaba muy equivocado. Acabo de salir de lo que tengo claro que han sido las dos reuniones más importantes de mi vida.

La primera con el general manager y el entrenador de los Raiders, la segunda con el equipo directivo de los Detroit Lions.

Todavía estoy alucinando con esta última.

Habían mostrado un total de cero interés en mi hermano o en mí, pero al parecer estaban jugando al despiste.

Odiaría esa sensación si no estuviera en una nube de felicidad.

Henry me ha dicho que la fiesta está a punto de acabar, así que me dirijo al salón para encontrarme con Joe y los demás y explicarles qué ha pasado cuando una mano me frena.

Una mano que conozco demasiado bien. Al mirar a Candy, me sorprendo al encontrarla sin manchones de maquillaje y vestida con otro vestido.

—He ido al hotel, me he cambiado, me he lavado la cara y he vuelto —me informa con una sonrisa—. No quería desaparecer y que pudieran pensar que había pasado algo si no se habían enterado del incidente. No te preocupes, me mantendré en un segundo plano.

—Gracias. —La beso y respiro tranquilo. Al menos parece que lo ha entendido. Solo han tenido que tirarle una copa de vino encima para que se diera cuenta. Supongo que no soy el único que está nervioso con todo esto, y mucho menos hoy.

Cuando llegamos al salón, está casi vacío, solo quedan un par de grupos que es evidente que están esperando a alguien, como nuestros amigos. Llevan los abrigos en la mano y Joe me acerca el mío y, de forma automática, se lo coloco a Candy.

—Cuando lleguemos al hotel tengo cosas que contarte —le susurro a mi hermano y asiente.

—Yo también. Hemos quedado todos en mi habitación ahora para hablar.

—Perfecto. —Un pelo rosa llama mi atención y ladeo la cabeza—. ¿Está Glen?

—Sí, lleva un rato por aquí con nosotros. —Noto cómo Candy se tensa a mi lado, pero la ignoro—. ¿Nos vamos?

Asiento y los sigo hasta la salida, donde nos están esperando las dos mismas limusinas que nos han traído.

Sonrío cuando veo a Aba apoyada en Glen con los zapatos en la mano y esta se ríe por algo que le ha dicho.

Me encanta el contraste que hacen, tan distintas, tanto en la forma de ser como en el físico y, sin embargo, se complementan superbién.

Se hicieron amigas en esos meses en los que yo estaba más pendiente de mi relación con Candy que de otras cosas —como mi mejor amiga— y, aunque me encantaría saber cómo fue, me da miedo preguntarlo.

Glen no será precisamente diplomática ni evitará las pullas en la historia.

Supongo que con el tiempo me acabaré enterando.

Glen se despide de Hunter y Savannah, que se marchan junto a su familia en la primera limusina, y empieza a abrazar al resto mientras les desea felices fiestas.

Cuando llega hasta nosotros y hago el amago de acercarme, da un paso hacia atrás.

Me mira durante un par de segundos con una cara tan inexpresiva que no sabría decir si me está gastando una broma, está enfadada o no siente nada.

Pasado ese tiempo, que se me hace eterno, se gira y se ajusta el abrigo para irse.

—¿Vendrás a los playoffs? —suelto, sin saber muy bien ni por qué ni para qué. Glen nunca se ha perdido un partido.

—No —contesta después de girarse y mirarme como si le hubiera ofendido que le hablase.

Lo dice con tanta contundencia que lo siento como una bofetada. Parpadeo del impacto, pero, antes de que pueda preguntar, Candy abre la boca:

—Bueno, es que no pinta nada allí. Como tampoco aquí hoy.

—¿Tienes idea de…?

—Kieran, no —le interrumpe Glen lanzándole una mirada de advertencia—. Candy tiene razón, no pinto nada aquí. ¿Verdad, Barry?

Siento todas las miradas sobre mí, las de mis amigos, pero sobre todo dos que pesan por encima del resto: la de Candy y la de Glen.

Conteste lo que conteste, perderé a una de las dos.

Este es el momento que he estado aplazando desde que empezó este curso, desde que decidí reconciliarme con Glen y me comporté como un egoísta porque, a pesar de que no se soportan, las quiero a las dos en mi vida.

Esto es lo que me advirtió el irlandés hace meses: «te acabará explotando en la cara».

Me quedo callado, como si eso solucionara algo.

Si no digo nada, no estoy eligiendo, ¿no?

Pero supongo que sí lo hago, porque noto el instante exacto en el que Glen toma la decisión por mí.

Y no soy el único. Candy me sonríe y me tira del brazo para besarme en la mejilla mientras el resto de mis amigos y mi hermano me observan como si hubiera cometido el peor error de mi vida.

Sobre todo Kieran, que tiene una mirada de hielo como si estuviera conteniéndose para no pegarme una paliza.

Glen suelta una risa seca y niega con la cabeza antes de girarse de nuevo e irse directa a un coche que la estaba esperando detrás de la limusina.

No sin antes soltar unas palabras que se instalan en mi pecho de forma permanente:

—Adiós, Barry. Que te vaya muy bien la vida.