4 Glen
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CAPÍTULO CUATRO
GLEN
Conozco a demasiada gente en esta gala. Demasiada gente que ha venido a saludarme como si fuera lo más normal del mundo, demasiada gente que no sabe que no quiero que lo hagan.
Demasiada gente que se ha alegrado tanto de verme que he sido incapaz de rechazarles el saludo.
Quizá no tendría que haber venido. ¡Qué coño!
, nada de quizá, no tendría que haber venido y punto.
Aunque reconozco que se me ha calentado el corazón cuando han pronunciado el nombre de Hunter Miller como ganador.
Después he sentido vergüenza ajena por los gritos de Kieran, Tyler, Joe y Barry, que se han levantado y se han puesto a vitorearle tan fuerte que ni siquiera se oía la megafonía.
Y se me ha vuelto a encoger el corazón al ver las lágrimas de la señora Miller escuchando el discurso de su hijo.
Reconozco que Hunter se ha pasado el juego con el texto, aunque no tenía dudas de que iba a ser tan espectacular como emotivo.
Observo al grupo, que están hablando con el equipo directivo de los Detroit Lions y me aguanto una sonrisa al ver cómo Barry y Joe intentan aparentar normalidad cuando se están muriendo por dentro por conocer al entrenador del equipo del que han sido fans toda la vida.
Una mano en la parte alta de mi espalda me saca de mi momento de acosadora y sonrío de verdad —no mi mueca ensayada de siempre— cuando veo de quién se trata.
—Hola, doctor Freeman. —El hombre me abraza con cariño y le devuelvo el gesto—. ¿Cómo está?
—Llámame David, Glen. No estamos en el estadio. —Asiento, consciente de que me va a ser imposible hacerlo—. Tu padre me ha dicho que te has especializado en Psicología Deportiva.
—Sí… —Hago una mueca de desagrado—. Al final la cabra tira al monte.
—No creo que haya nadie mejor que tú para ello. —Me regala una sonrisa de quien está orgulloso de una niña que conoce desde que nació—. Cuando te gradúes en mayo quiero que me llames. O vienes a verme, me da igual, pero te quiero en mi equipo.
—Yo… Lo haré. —Si nota lo forzada que es mi sonrisa, no dice nada. No tengo claro que vaya a hacerlo, pero no tengo por qué mentirle ahora, ya buscaré una excusa en mayo.
—¿Conoces al chico que ha ganado?
—Sí, va a mi universidad.
—No te he preguntado eso. —Su mirada perspicaz me hace reír.
—¿Ves a esos tres de ahí? —Le señalo con el dedo el grupo y asiente—. Son el entrenador Phillips y los coordinadores Mason y Grant. ¿Tienen pinta de aceptar a cualquiera en su equipo?
—A ellos no los conozco de nada, a ti sí y me fío de tu criterio.
—Si hubiera algo, ya lo sabrías. Y yo no estaría aquí.
—Tan escurridiza y diplomática como siempre —se burla y vuelve a abrazarme—. Te dejo que disfrutes de la gala, tu padre me había prohibido saludarte y no quiero que me pille. Pásate un día por el estadio, a todos les alegrará verte.
—Lo intentaré.
Asiente antes de irse y lo observo mientras se mezcla entre la gente.
En cuanto lo pierdo de vista, suelto el suspiro que llevo reteniendo desde que ha pronunciado las palabras «te quiero en mi equipo».
Ahora tengo más claro que nunca que debo huir de Nueva York si quiero buscar trabajo de lo mío y también… de cualquier estadio de fútbol.
Voy a por una copa y me encuentro a Kieran mirando los canapés como si fueran lo más interesante del mundo.
—Si no sabes qué elegir, los de queso con trufa son mis favoritos.
—En realidad, estaba disimulando para hablar contigo. —Esboza una sonrisa de medio lado y pongo los ojos en blanco.
—Como si lo necesitaras y no fueras de los que cogen las cosas sin pedir permiso.
—Parecías ocupada. —Me remuevo incómoda y se me borra la sonrisa—. Tranquila, no seré yo quien le diga a alguien que no tenga secretos. —No contesto y lo sigo observando para que hable él—. Se te ve muy cómoda en este ambiente.
—Define cómoda, porque no es precisamente cómo me siento.
—Me refiero a que te desenvuelves bien. No parece que sea la primera gala a la que vienes, ni que sea la primera vez que te rodeas de directivos.
—¿A dónde quieres llegar, Kieran? —Mi paciencia suele ser corta, pero hoy es diminuta. Cruzo los brazos y le sostengo la mirada, no me gusta adónde está intentando llegar con esta conversación.
—¿No vas a decirles que eres tú quien ha conseguido las entradas? —me pregunta señalando el grupo con la cabeza—. ¿Ni siquiera a Barry?
—No. —Alza una ceja y resoplo—. Si hubiera querido contarlo, lo habría hecho hace años.
—Es tu mejor amigo.
—¿Lo es? —escupo y Kieran baja la cabeza—. Que seas justo tú quien intente darme lecciones de moral es, cuanto menos, gracioso.
—No intento nada, eres libre de no contar lo que no quieras. Sin embargo, te he visto muy sola, Glen, y… Bueno, solo quería saber si estabas bien o si había alguna forma de solucionarlo.
—Estoy bien, Kieran. Y sí, es incómodo para mí estar aquí, porque me encantaría poder estar con vosotros y no puedo.
—No quieres, que es distinto.
—¿Se puede saber qué coño te pasa, Kieran?
—lo enfrento, porque, aunque sea un tocapelotas, suele saber cuándo no presionar, y hoy no lo está haciendo—.
¿Tienes algún problema conmigo? Porque, igual que os he conseguido las putas entradas para que estuvierais aquí, podría hacer que os echaran a todos a patadas.
—Perdona —murmura y alza las manos—. Estamos todos muy nerviosos. Además, me está costando lidiar con Candy, y en lo único que puedo pensar es en que ella está ahí, entorpeciendo la carrera de Barry, y tú aquí apartada.
—¿Y qué hago? ¿Me presento allí y la amordazo? —Resoplo—. Con quien deberías hablar es con él, no conmigo.
—Lo he intentado. Aunque está siendo difícil tener un momento para hacerlo.
—Si has venido a pedirme ayuda, lo siento, pero no voy a hacer nada, Kieran. Barry ya tiene pelos en los huevos como para tomar decisiones adultas, si no lo hace, que se atenga a las consecuencias.
—¿De verdad no te importa? —Parece dolido y eso no hace más que agravar mi cabreo.
—He pasado todo el semestre fingiendo que no me afecta que Barry no pare de relegarme, después de pedirme perdón y prometerme que no volvería a pasar, así que claro que me importa —me sincero por primera vez en todo este tiempo—.
Sin embargo, me he cansado de ser la única que hace algo por esta amistad.
Si Barry es tan gilipollas como para tirar por la borda todo por lo que ha luchado porque no es capaz de decirle a Candy que se comporte como se esperaría en un entorno laboral, sinceramente, que se joda.
Aunque estoy segura de que Candy ni siquiera sabe lo que significa eso ni lo que implica ser deportista de élite.
—Kieran niega con la cabeza y se nota que se está controlando para no liarla y perjudicar al resto.
Supongo que por eso ha venido a pedirme ayuda, pero no pienso hacer nada, aunque me duela.
Porque, si intervengo, Candy saltará y será peor para Barry—.
No estamos en la universidad, no estamos jugando, esto es la vida real, y si su novia no entiende que está trabajando y se comporta como si estuviera de fiesta, quien tiene que pararla es él.
Así que sí, Kieran, me importa, pero me importo más yo como para hacer algo.
Y ahora, si me disculpas, voy a saludar a gente que sí se alegra de tenerme hoy aquí.
Me largo de su lado antes de que diga algo, aunque por la cara que había puesto mientras hablaba, tengo claro que no iba a hacerlo.
Kieran no tiene la culpa de que Barry haya decidido que nuestra amistad no es compatible con tener novia ni de que no pueda ni ver a Candy; sin embargo, sabe tan bien como yo que esa relación no le hace bien a su amigo y ha decidido no hacer nada.
Así que la única mala aquí soy yo, que no he dejado de intentar que Barry abra los ojos y vea a la cazafortunas que tiene al lado.
Como si no supiera cómo son o cómo se las gastan.
Pero la decisión no es mía y estoy cansada de fingir que no me afecta o que no me duele.
Barry no quiere posicionarse y eso, al final, es tomar partido, quiera o no.
Saludo a algunas personas más y me camuflo con el ambiente, planteándome si debería irme o no.
La verdad es que me hacía ilusión estar con Hunter y los chicos hoy aquí, ya que siempre me han tratado como a una más, pero empiezo a pensar que habría sido mejor haber quedado mañana para desayunar con ellos y fin.
Al menos podríamos hablar algo. Cojo otro canapé de queso y trufa y me planteo lo mal que quedaría que me metiera el resto en el bolso en un descuido.
Tampoco creo que nadie me dijese nada aunque lo hiciera.
Estoy evaluando mis opciones cuando alguien me alza desde atrás.
—¡Glen! —La voz de Barry me provoca una sonrisa sin querer y me gira para abrazarme después de dejarme en el suelo—. Pensaba que te habías ido, no hemos hablado nada.
—Has estado ocupado. —No se lo digo como reproche o, al menos, no es la intención.
—¡Lo sé! Está siendo una pasada, tía. —Su alegría es contagiosa, a veces es como un niño—. He conocido al entrenador de los Lions, ¿sabes lo que me ha costado no abrazarlo o llorar?
—Sí, porque te he visto.
—¿Y por qué no te has acercado en ese momento? —Barry me mira extrañado, como si realmente no encontrase un motivo para que no lo hiciera—. Has estado desaparecida durante toda la gala.
—No me gustan este tipo de eventos. —A ver, mentirle no le estoy mintiendo, pero decirle que si me hubiera acercado, Dan Campbell me habría dado un abrazo de oso que los hubiera dejado a todos perplejos no es una opción.
—Oh, cierto, demasiado fútbol para ti —se burla—. Me gustaría presentarte a mi agente, si ya me había caído bien por videollamada, conocerlo en persona ha sido lo más, pero quiero saber tu opinión.
—No la necesitas, sé que has tomado una buena decisión. —Su sonrisa se ensancha y busca a Henry con la mirada.