Finge que es mentira (Rise as One 5) 3 Barry
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3 Barry

CAPÍTULO TRES

BARRY

Me abrocho la pajarita y doy un paso atrás para mirarme en el espejo.

Odio llevar esmoquin, pero adoro estar aquí.

No me puedo creer que me encuentre en un hotel de Nueva York a punto de coger un coche que nos llevará a la gala del trofeo Heisman, el mayor premio que un jugador de fútbol americano universitario puede obtener.

Estoy tan orgulloso de que Hunter sea uno de los finalistas que, aunque no gane, lo pienso celebrar igual.

Y podría decir mil mierdas, como que es gracias al trabajo duro —que lo es— o que se lo ha ganado por todo el esfuerzo que ha hecho desde que entró en el equipo —que, vuelvo a decir, es así—, pero la realidad va más allá.

Estoy seguro de que todos los quarterbacks de todos los equipos universitarios trabajan duro y se esfuerzan al máximo, pero ellos no están aquí.

Ni ellos ni el resto de los jugadores que forman parte de la NCAA.

Tampoco está ningún jugador de la Universidad de Houston, algo que me llena el corazón y me demuestra que hace cinco años tomé la decisión correcta.

Hunter está hoy aquí porque se lo ha ganado, sí, pero no se lo ha ganado solo jugando como el mejor.

Se lo ha ganado fuera del campo, instándonos a todos a ser los mejores.

Hablando, corrigiendo, pidiendo y entendiendo qué necesitábamos y qué podíamos aportar al equipo.

Eso nos ha llevado a donde estamos hoy: clasificados para los playoffs y asistiendo a la gala del trofeo Heisman.

En definitiva, siendo un auténtico líder.

He aprendido más jugando con él estos cuatro años que durante los diez años anteriores.

Y sé, sin lugar a dudas, que si ahora estoy preparado para jugar en la NFL es gracias a tenerlo a él como mi quarterback.

La puerta del baño se abre y la voz de Rosalía llena la habitación.

A Candy le encanta, aunque no entendamos nada de lo que dice.

Sale moviendo las caderas enfundada en un vestido dorado que me corta la respiración.

Todavía no me puedo creer que esta mujer tan espectacular sea mi novia.

Da una vuelta sobre sí misma y me mira con una sonrisa preciosa.

—¿Te gusta?

—Me encanta. —La atraigo hacia mí por las caderas y la beso. Intento profundizarlo, pero me frena.

—Ni se te ocurra. —Me señala con el dedo dando un paso hacia atrás y pongo cara de no entender nada, aunque sé a la perfección qué quiere decir—. No me he gastado doscientos dólares en el peinado y el maquillaje para que ahora los destroces.

—No necesitas gastarte tanto para estar preciosa. Lo eres.

—Ese comentario es tan de hombre… —Pone los ojos en blanco y se sienta en la cama para colocarse unos zapatos con unos tacones tan altos como su mano. No sé cómo puede andar con eso—. ¿Qué hora es?

—La hora de bajar.

—Traducción: vamos tarde.

—No —sentencio, pero, al mirar el reloj, veo que sí, que hace cinco minutos que deberíamos estar abajo.

Se pone en pie y coge un bolso del mismo color que el vestido—.

Candy, recuerda que hoy no es solo una celebración.

Estaremos rodeados de directivos y entrenadores que nos pondrán a prueba con cada cosa que hagamos; estaremos trabajando, aunque no lo parezca.

—Lo sé, y también sé que lo harás genial. —Me da un beso en los labios y sonríe.

—¿Vamos? —propongo antes de que se me olvide adónde nos dirigimos.

—Solo una cosa más. —Frunzo el ceño cuando llega hasta mí, me agarra de las solapas de la americana para hacerme bajar hacia ella y me susurra—: Cuando volvamos, no me importará que me destroces el peinado, el maquillaje y hasta el vestido.

—¡Joder, Candy! —me quejo cuando sale disparada para la puerta y mi polla, medio empalmada, refunfuña por la espera—. ¡Eres cruel!

—También podemos dormir… si lo prefieres —se burla mientras abre la puerta.

Pongo los ojos en blanco y cojo el abrigo que sé que no usaré, pero que Candy acabará robándome. También la bolsa con calzado de recambio que se ha preparado y las tarjetas de la habitación —la mía y la suya— y agarro su bolso para guardarlas.

Cuando llegamos al vestíbulo, ya están todos allí esperando.

Hunter mira a Savannah, su prometida, con tanta adoración que creo que no es consciente de que no están solos, mientras ella le arregla la pajarita.

Ella le devuelve el gesto orgullosa y se me llena el corazón de amor solo de verlos.

Habrá quien piense que son empalagosos, yo opino que quien dice eso es un envidioso de mierda, no hay nada mejor que el amor entre dos personas.

Desvío la vista hacia mi hermano, al que acaban de romperle el corazón, y algo se me encoge por dentro.

No sé cómo ayudarlo, no sé cómo hacer que esté mejor…

De los dos, él siempre se ha comportado como el mayor, como si no fuéramos gemelos idénticos y solo nos llevásemos unos minutos.

Se ríe por algo que ha soltado Kieran, pero se nota que no está como siempre.

Al menos, nadie le exige más. Supongo que solo necesita que estemos cerca.

Llego hasta ellos con Candy cogida de mi brazo y sonrío.

—Vais muy guapos —giro la cabeza hacia las chicas— y guapas. Sobre todo vosotras, ellos van normalitos.

—Pues tiene razón —admite Tyler besando a Brooke en la cabeza, que lleva un vestido verde que resalta su pelo pelirrojo. Ella se sonroja, como siempre, y mi amigo la abraza todavía más contra él.

—Normalitos vamos nosotros. —Kieran esboza una sonrisa de medio lado y Aba ya está poniendo los ojos en blanco y conteniendo la risa antes de que continúe—: Tú y tu hermano parecéis personas, en lugar de pordioseros. Quién hubiera dicho que, si os quitabais el chándal, estaríais hasta guapos.

—Puto irlandés —murmuro conteniendo la risa.

Le echo una mirada rápida a mi hermano y veo cómo aprieta la mandíbula.

Kieran me sigue y, durante un segundo, una mueca entre la culpabilidad y el enfado cruza su rostro.

El estado de ánimo de mi hermano no tiene nada que ver con el comentario del irlandés, estoy seguro de que está pensando en la ropa que se compró expresamente para la cita con Riley y que no le sirvió para nada.

Esta situación es una mierda y que sea el único que viene hoy sin pareja no creo que ayude.

—¿Nos vamos? —pregunto viendo que nadie se mueve.

—Los coches no han llegado todavía —me informa Aba—. Al parecer, Savannah tenía miedo de que fuéramos tarde y nos dijo a todos que bajásemos antes.

—Y, visto lo tarde que ha bajado Barry, bien que ha hecho —se burla Kieran.

—¡Oye! Nadie me está esperando, así que he llegado bien —me defiendo y todos se ríen.

Me giro para mirar a Hunter, que está apartado hablando con sus padres y la familia de Savannah, y sonrío.

Me encanta estar aquí hoy con él—. Por cierto, Kieran, gracias por conseguir las entradas para la gala. Bueno, y todo lo demás.

—Un placer.

Me extraña que Kieran no diga nada más ni haga una broma, pero cuando voy a comentarlo, entran dos hombres uniformados de chófer que nos instan a salir.

Dos limusinas nos esperan fuera, una para Hunter, Savannah y sus familias y la otra para el resto de nosotros.

Miro a Candy y no puedo evitar besarla en la mejilla ante su cara de ilusión.

—Es la primera vez que subo a una limusina, es una pena que no podamos recorrer todo Manhattan con ella.

—Mañana podemos hacer algo de turismo —le prometo antes de subir.

El ambiente es de expectación, ganas de ver a Hunter levantando el trofeo, pero, sobre todo, de nervios por lo que está por venir.

La gala de hoy no va solo de Hunter como ganador, habrá muchos entrenadores y directivos de casi todos los equipos de la NFL y tenemos que dar nuestra mejor versión.

Aquí no tenemos a la universidad de apoyo, estamos solos ante ellos y tenemos que causar una buena impresión, cualquier fallo nos puede dejar fuera.

—El entrenador y el general manager de los Raiders estarán en la gala —me avisa Joe después de guardar su móvil—, me lo acaba de confirmar nuestro agente.

—Recordad que también habrá agentes en la celebración —nos informa Kieran, sobre todo a Tyler, que es el único que no tiene agente todavía—, os intentarán cazar. Tened cuidado con decirles que sí demasiado rápido, puede sonar a desesperación.

—¿Kieran nos acaba de dar un consejo? —se burla Tyler—. Joder, tío, entre eso, los billetes de avión, las entradas, los esmóquines, el hotel y las limusinas vamos a pensar que eres buena gente y todo.

—En realidad, el hotel y las limusinas han sido cosa de la familia de Savannah.

—¿Y ahora intenta quitarse el mérito? —Joe nos mira a todos como si no entendiera nada—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué?

—Me habéis pillado de buen humor. —Kieran se encoge de hombros y todos esperamos una réplica que nunca llega.

—Me gusta mi agente —suelto para romper el silencio extraño que se estaba formando, retomando el tema anterior.

—No pasa nada si valoras más opciones —me recuerda Candy con una sonrisa que le devuelvo, aunque no le digo que no voy a hacerlo, porque ya lo sabe. No es la primera vez que tenemos esta conversación.

—¿Vendrá hoy? —se interesa Tyler—. ¿Me lo podéis presentar?

—Claro. —Joe le sonríe y me muerdo la lengua para no señalar el hecho de que Tyler siga sin agente a estas alturas.

Si hubiera sido por mí, habría contratado a un agente el año pasado o incluso desde que entramos en la universidad.

Una de las cosas que tengo claras es que para ser una opción en el draft tienes que ser visible, si no te ven, no te seleccionan.

Tan simple y tan importante como eso. Nos hemos hecho un nombre como una de las mejores ofensivas de la liga y eso se nota, pero si alguien hubiera presionado antes, llevaríamos más tiempo en el punto de mira.

Verían la evolución y todo lo que podemos aportar, no solo ahora como jugadores, sino como personas que aprenden y se adaptan a los cambios.

A veces es más importante eso que cómo juegues para que te seleccionen.

Supongo que llevar toda la vida enfocada en llegar justo a este momento tiene sus cosas buenas y sus cosas malas.

Por un lado, estoy preparado de sobra para todo lo que está por venir; por otro, siento un vacío al darme cuenta de que ya se acaba, que estoy llegando a la meta.

Sí, conseguiré mi objetivo, pero no sé si sabré lidiar con quién soy sin un objetivo, aunque siempre puedo buscarme otros.

Observo a Candy y pienso que seguro que ella puede formar parte de mis nuevas metas en la vida.

Recorro con la vista toda la limusina y el corazón se me encoge ante una de las consecuencias negativas de estar en nuestro último año: dejaré de jugar con ellos.

Los playoffs serán nuestros últimos partidos juntos y, encima, no sé si será un partido o cuatro.

En el peor de los casos, nos despediremos para siempre como Warriors después de un solo partido; en el mejor, de aquí a un mes diré adiós a una de las mejores etapas de mi vida.

Sacudo la cabeza e intento obviar ese hecho, hoy es un día para celebrar, no para ponerse nostálgico por lo que vendrá.

La limusina se para en la puerta del Jazz at Lincoln Center y respiro hondo antes de salir. Este evento es la antesala a ser jugador de la NFL, así que tengo que comportarme como tal, como alguien dispuesto a jugar con los grandes, como alguien capaz de hacerlo.

Ayudo a Candy a salir, pero, antes de subir la escalinata del Lincoln Center, algo rosa llama mi atención y observo, con la mandíbula desencajada, cómo Glen se agarra del brazo de Joe, que tiene la misma cara que yo.

De hecho, el único que no está alucinando es Kieran, aunque no me sorprendería que estuviera manteniendo la compostura.

—¿Qué pasa, chicos? ¿Con ganas de ver cómo gana Hunter?

—¿Qué haces aquí? ¿Te has perdido? —bromea Aba mientras la abraza.

—¿Pensabais que ibais a venir a mi ciudad y me lo iba a perder? Para una cosa interesante que pasa en la universidad…

Veo cómo Hunter se acerca a abrazarla emocionado y ella bromea con algo. Sonrío a mi mejor amiga, no esperaba que viniera, pero, ahora que está aquí, me alegro de tenerla a mi lado.

—¿Tú sabías algo? —me pregunta Candy en un susurro y noto cierto resquemor en el tono. Me trago un suspiro.

—No, estoy tan sorprendido como tú.

—No me gusta que esté aquí. No pinta nada.

—Hunter también es su amigo, no es tan raro.

—Lo que tú digas.

«Mierda». Esto me va a traer consecuencias, incluso si no sabía nada.

Sé que llevo meses aplazando este tema, igual que soy consciente de que se me acaba el tiempo.

Candy y Glen no se soportan. Así de simple y así de complicado.

Y aunque Candy sea mi novia, Glen es mi mejor amiga, la que hice sin mi hermano de por medio, la que lleva —o llevaba— tres años aguantando mis tonterías con una sonrisa.

La que me ha ayudado los días en que no sabía lidiar con el fútbol y los estudios.

Y la misma que me pega tantas palizas a los videojuegos que debería ser ilegal.

No quiero renunciar a ninguna, aunque sé que en algún momento tendré que tomar una decisión.

Pero no será hoy. Hoy toca poner mi mejor cara, ser mi mejor versión y dejar el drama personal en Havenwood, que es donde debería haberse quedado.