2 Glen
cFN
CAPÍTULO DOS
GLEN
Cuando entro por la puerta de casa, me sorprende darme cuenta de que está mi padre.
Debería estar en el estadio, es donde siempre está.
Sin excepción. Si hiciera un recuento de las veces que he dormido allí o en mi cama, estoy segura de que habría una clara ganadora.
No es una queja, antes no me importaba ese dato, allí he pasado los mejores años de mi vida.
O más bien, todos los años de mi vida antes de largarme a la universidad.
Me acerco hasta su despacho, desde donde se escucha una música estridente, demasiado alta como para que alguien esté cerca, pero que, en mi padre, es lo más normal del mundo.
Me apoyo en el quicio con los brazos cruzados mientras observo cómo revisa papeles y más papeles y se mueve de forma inconsciente con el ritmo techno de la canción.
Sé que está de buen humor gracias a la elección que ha hecho.
Tiene un ritmo para cada estado de ánimo.
Es tan exasperante como familiar. Carraspeo por encima de la canción Sandstorm y mi padre alza la vista de golpe.
En cuanto repara en mí, su sonrisa se amplía tanto que es posible que hasta le duela.
Le devuelvo el gesto, aunque no tan exagerado como el suyo.
—¡Glen! Pensaba que llegarías más tarde.
—Rodea el escritorio y viene directo a darme un abrazo.
Se lo devuelvo porque, aunque a veces odie que sea mi padre, o más bien quién es, que se haya quedado en casa a esperar a que llegase me ha descongelado un poco el corazón.
Solo un poco—. ¿Cómo ha ido el vuelo? ¿Has dormido algo?
—Algo. —Los dos sabemos que miento, pero no pasa nada. Mi padre pone los ojos en blanco y me insta a salir del despacho después de apagar la música—. ¿Te vas ya?
—No, quiero enseñarte una cosa antes de desayunar.
—¿Vamos a desayunar juntos? —Me sorprendo cuando asiente con una sonrisa—. ¿Te han despedido y no me lo has dicho?
—No digas tonterías —resopla—. Es que te he echado de menos.
—Nos vimos en Acción de Gracias —le recuerdo, aunque me ignora. Se queda parado en la puerta de mi habitación y me mira con tanta ilusión que parece un niño en Navidad—. ¿Qué has hecho? ¿No me habrás cambiado cosas?
—Nadie en esta casa osaría tocar nada de tu templo sagrado. —Niega con la cabeza y sonríe—. Te hemos preparado una sorpresa para la gala de esta noche.
—¿Me has comprado un vestido? —me quejo y suelto un suspiro exasperante.
Mi padre tiene un gusto pésimo para la moda, todavía recuerdo el jersey horrible que me compró por mi decimoquinto cumpleaños.
Abro la puerta esperándome lo peor: un vestido rosa chicle con flecos, o de color arcoíris o con unicornios, pero me quedo en shock cuando me encuentro un vestido negro, corto, sin mangas y con una cremallera que lo atraviesa.
Me giro para mirarlo sin poder creérmelo.
—Tu madre tenía uno igual —murmura y carraspea para quitarse el nudo de la garganta que le produce hablar de ella—. Lo vi y pensé que te gustaría. Además, combina con tus botas, porque imagino que no quieres ni oír hablar de ponerte tacones.
—Yo… —Lo abrazo y, cuando me envuelve, me traslado a cuando tenía cinco años y me compraba algo solo para hacerme sonreír. Reconozco que es una de las cosas que más echo de menos desde que me fui a la universidad—. Gracias.
—Martha me ha dicho que ha reservado peluquería y maquillaje en un sitio que te gusta. —Me frena con la mano cuando voy a quejarme—. Eso lo discutes con ella.
—¿Dónde está? —pregunto cerrando de nuevo la puerta de mi habitación para dirigirme al salón—. No la he visto al llegar.
—Preparándote mil cosas para desayunar. Lleva toda la mañana dando órdenes sin parar.
—Por eso te has puesto la música tan alta.
—Es increíble que, para lo pequeñita que es, tenga un tono de voz tan amplio.
—¿Cuándo tienes que irte?
En sus ojos veo la culpabilidad que lo ha acompañado siempre, así que sonrío para que vea que no me molesta.
Su trabajo es muy importante para él, pero nunca jamás me he visto desplazada por ello, así que no tiene por qué sentir culpa, aunque lo lleve haciendo desde que tengo uso de razón.
Otros padres no hubieran llevado a su hija como una mochila en cada viaje, pero él adaptó todo para que eso fuera posible, así que lejos de sentir que su trabajo estaba por encima de mí, lo que sentía era que me integraba en cada aspecto de su vida.
Odio quién es por culpa de otras personas, no por él.
Nunca por él, aunque sea el que esté pagando las consecuencias.
—En un par de horas. Nos veremos directamente en la gala de esta noche.
—Pensaba que no ibas a ir. —Lo miro extrañada y me acerco a la puerta que une el salón con la cocina para observar cómo Martha apila más tortitas de las que soy capaz de comer.
—No podía pedir entradas y luego no aparecer, hubiera sido raro.
—Gracias por hacerlo posible.
—Gracias por pedírmelas y hacerme sentir que todavía me necesitas.
—No te pongas dramático. —Lo señalo con el dedo.
—No sabe ser de otra forma —lo acusa Martha con una bandeja de tortitas en la mano—. ¡A la mesa, los dos!
—Madre mía, Martha, ni un beso de recibimiento ni nada —bromeo y me acerco a ella para dárselo mientras todavía sostiene la bandeja—. A ver si me tendría que haber quedado en la universidad…
—No digas tonterías —farfulla—. Esta casa es mejor contigo aquí, niña. Nunca lo olvides. —Me devuelve el beso y me empuja para que me siente—. Y antes de que te quejes por haber buscado a alguien para que te acicale para la gala de esta noche, que sepas que es ese salón de Tribeca que tanto adoras.
—Pensaba que no tenían horas hasta febrero y, mucho menos, que hicieran servicio a domicilio.
—A veces se te olvida quién es tu padre. —Martha me mira de forma acusadora y bajo la cabeza—. O lo insistente que puedo llegar a ser yo.
—Yo no he hecho nada —se defiende mi padre cuando Martha se pierde de nuevo en la cocina—. Es cosa de ella.
—De eso no me cabe duda. —Suspiro y me armo de valor para la conversación que se viene—. Papá…
—Lo sé, lo sé. Esta noche no soy tu padre. Aunque me gustaría tener una foto contigo.
—Puedo aparentar ser una gran fan tuya —bromeo y pone los ojos en blanco—. Hasta puedo emocionarme si quieres.
—Con pedirme una foto bastará. No creo que tus amigos te hayan visto en modo fan jamás y dudo que quieras que hoy sea la primera vez.
—No sé si sabría hacerlo.
Nos reímos y, con el gesto, se me mueve el pelo hacia atrás, algo insignificante y a lo que no doy importancia hasta que a mi padre le cambia la expresión a una de preocupación.
Es cuando me coge del cuello y lo examina que recuerdo la marca que Viktor me dejó anoche.
Todavía estoy cabreada con él por ello, aunque si tengo en cuenta que, cuando se despierte y no me vea, se le romperá el corazón, se me pasa un poco. Solo un poco.
Mi padre no me aprieta, pero, aun así, siento como si me ahogase. Ningún padre quiere ver estas cosas en su hijita.
—Glen… Dime que estás yendo con cuidado, por favor.
—Papá…
—Glen, tenía veintiún años cuando naciste, es decir, tu edad. Así que sí, pienso insistir en que no cometas locuras.
—Y yo que pensaba que tenerme era lo mejor que te había pasado en la vida —bromeo para rebajar la intensidad del momento. Esta conversación no es cómoda para ninguno de los dos.
—Y lo es, pero no estaba preparado y cometí muchas estupideces. Si no llega a ser por tu madre… —Suspira y baja la cabeza a su plato—. No tengo edad ni salud mental para ser abuelo. Solo ve con cuidado, ¿vale?
—Lo hago —aseguro y asiente conforme—. Además, tengo un táser precioso por si alguno no quiere colaborar.
—Lo peor de todo es que, desde que te fuiste a la universidad, tuve claro que algún día tendría que salir corriendo para sacarte de algún calabozo. Lo extraño es que no haya pasado todavía.
—Nuestra niña sabe borrar muy bien sus huellas. —Martha me guiña un ojo y deja delante de nosotros una bandeja de huevos revueltos con beicon—. Y ahora, a desayunar los dos. —Nos señala con la cuchara—. Que tú tienes que irte a trabajar y tú a dormir.
—A veces dudo si la dueña de la casa es ella o yo —murmura mi padre con una mueca divertida—. Antes de verano, llegué un día de madrugada y me la encontré sentada en las escaleras esperándome. Casi me cago del susto.
—¿Y qué hacías llegando a esas horas fuera de temporada? —Esbozo una sonrisa maligna y me vengo—: ¿Te estás cuidando, papá?
—Desde el mismo momento en el que recobré el sentido después del susto que me llevé al ver el test positivo que me confirmó tu existencia.
—Así me gusta. —Le guiño un ojo—. No tengo edad ni salud mental para ser hermana mayor.
—Me encanta tenerte por aquí. —Me da un beso en la mejilla—. ¿Vas a viajar mucho estas navidades? El año pasado casi no te vimos el pelo, y no es porque no lo lleves llamativo precisamente.
—Había pensado quedarme aquí o irme contigo. —Me mira sorprendido, aunque enseguida suaviza la expresión y veo como está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no ilusionarse—. No lo he decidido todavía.
—¿Sigues enfadada con Barry? En Acción de Gracias no quise sacar el tema, pero…
—No sé cómo estamos, esa es la realidad. —Me encojo de hombros—. Ahora mismo, no sé si es mi amigo o si solo seguimos en contacto por la inercia de los años.
—Te pidió perdón —me recuerda—, eso le honra.
—Pero Candy sigue ahí, absorbiendo su cerebro como un zombi silencioso. —No evito la mueca de desprecio que me sale al pensar en la novia del que se supone que es mi mejor amigo—. Cualquier día me lo encontraré medio muerto babeando por los pasillos.
—¿Sabes? A veces me arrepiento de haberte dejado ver películas de mayores cuando no tenías la edad.
—Pongo los ojos en blanco por su comentario y me pone una mano en la rodilla.
Ni siquiera sabía que necesitaba esa muestra de cariño hasta que la ha hecho—.
Te conozco como para saber que, si no quisieras seguir siendo su amiga, lo habrías mandado a la mierda, así que, si sigues estando ahí, tendrás que hacerlo con la novia zombi incluida.
—Hace un gesto como si un pensamiento se le hubiera cruzado por la mente—.
Eso o le disparas en la cabeza con una escopeta. Así se mata a los zombis, ¿no?
—Es tentador —admito riendo—. Sin embargo, ni tu nombre ni tu reputación podrían salvarme de la silla eléctrica si hago eso, papá.
—Venga ya, princesa, te he enseñado bien: hay que matar en los estados donde no haya pena de muerte.
—Estoy segura de que los padres no suelen tener estas conversaciones con sus hijas —bromeo negando con la cabeza. A ver, es muy goloso pensar en la muerte de Candy, pero moralmente cruza un límite que todavía no estoy dispuesta a sobrepasar. «Todavía» es la palabra clave de ese pensamiento.
—Y yo estoy seguro de que, si fuéramos normales, seríamos las personas más aburridas del planeta. —Se acerca a mí como si fuera a hacerme una confesión—. Si esta noche la tal Candy esa te molesta, me haces una señal y puede que se me caiga una copa de vino tinto en su vestido.
—Tú bebes bourbon, papá, no vino.
—Te sorprendería de lo que es capaz un padre por su hija.
Sonrío como una idiota, porque sé, sin lugar a dudas, que mi padre sería capaz de tirarle toda la botella de vino sin despeinarse y luego decir que ha sido un accidente como si nada.
Puede que a veces —la mayoría del tiempo— odie quién es y todo lo que representa, pero cuando estamos a solas, siendo solo él y yo, vuelvo a ser esa niña que lo admiraba con todo su ser y la que sabía que siempre lo tendría a su lado cuando lo necesitase.
Y es en estos instantes donde mi corazón se agrieta un poco más de lo que ya lo está, porque sé todo el daño que le hace que lo aparte, aunque lo entienda.