53 Wren
E ncontraron a Masika de pie en medio del bosque, a tan solo unos metros de la entrada de Blackwood, con un montón de ceniza a sus pies.
Pero había algo que estaba brotando de entre las cenizas…
, una semilla. Al principio, Wren no supo decir qué era exactamente lo que había cambiado, pero Masika estaba distinta.
Supuso que quizás se trataba del ambiente.
El aire estaba cargado de una energía extraña.
Del intenso crepitar de la magia. Pero, cuando por fin observó a Masika, fijándose en ella de verdad , y se dio cuenta de lo que estaba pasando, fue como si alguien la hubiese golpeado en el pecho de lleno.
La magia, ese poder que sentía Wren crepitando por el aire, procedía de ella .
—¡Masika! —Emilio salió corriendo hacia ella y la abrazó con fuerza contra su pecho.
Wren no sabía si es que de verdad todavía no se había percatado del inmenso poder que le corría ahora a Masika por las venas, o si simplemente había decidido ignorarlo—.
¡Te hemos estado buscando por todas partes!
Los Demien…, su magia sombría se ha desvanecido. Y han empezado a retirarse.
Masika no parecía sorprendida por aquella noticia, tan solo aliviada.
—Bien —susurró—. Eso significa que el plan ha funcionado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó August, de pie junto a Wren—. ¿Y dónde está Irene?
La mirada de Masika se posó entonces en el montón de cenizas que había a sus pies.
—Se ha ido.
—¿Qué quieres decir con que «se ha ido»? —repitió Olivier, con una carcajada amarga—. ¿A dónde se ha ido?
Masika cerró la mano derecha en un puño. Llevaba un anillo en el dedo índice. Una banda dorada brillante que resplandecía con un tenue brillo ambarino.
¿Siempre lo ha llevado puesto? , se preguntó Wren.
—La corrupción ha sido erradicada —susurró Masika, con un deje triste en la voz.
Emilio la observó atentamente, con el ceño fruncido.
—¿De qué estás hablando?
La chica echó un vistazo a su alrededor.
—Logramos destruir el anillo del Desalmado…, pero todo tiene un precio.
El significado de lo que les estaba contando le cayó como un balde de agua helada, y a Wren se le escapó un grito ahogado.
Se volvió hacia los demás, y observó el momento exacto en el que sus expresiones cambiaron, al darse cuenta de lo que había ocurrido.
Emilio se tambaleó hacia atrás como si lo hubiesen golpeado.
Olivier se puso a negar con la cabeza, mirando a Masika con incredulidad.
August se limitó a quedarse ahí de pie, con el rostro impasible, aunque Wren se fijó en la forma en que se clavó las uñas en la palma de la mano, las marcas en forma de medialuna que se dejó en la piel.
—No… —La negación de Emilio le rompió el corazón—. No .
—Esa idiota … —balbuceó Olivier. Su mirada, llena de pánico, bajó entonces hacia el montón de cenizas que había a los pies de Masika—. ¿En qué…? ¿En qué estaba pensando ?
August respondió en un susurro entrecortado.
—Nos ha salvado.
Olivier se encogió de dolor.
—A costa de su propia alma.
—Ni siquiera se despidió —murmuró Emilio con impotencia, aunque parecía que estaba hablando tan solo consigo mismo, como si estuviese tratando de asimilar lo que había ocurrido.
Olivier se acercó a Masika y la agarró con fuerza de los brazos, observándola con desesperación.
—Tiene que haber alguna forma de traerla de vuelta. —Escudriñó su rostro, impotente—. Este no puede ser… No puede haberse ido de verdad.
—Su sacrificio es definitivo. —A Masika se le quebró la voz—. Se ha ido.
Y entonces les contó todo lo que había ocurrido.
Cómo el verdadero director y el Desalmado habían estado conectados desde el principio, porque eran la misma persona.
Cómo Irene había sacrificado su propia alma para salvar el más allá, absorbiendo el poder del anillo y dejando que la consumiera.
Y cómo, a raíz de aquella destrucción, de entre los escombros y las cenizas, había surgido un nuevo director, elegido por la propia academia para desterrar a la oscuridad del purgatorio.
Masika.
La directora de la Academia Blackwood.
—Joder… —murmuró Olivier, recorriendo a Masika de arriba abajo con la mirada—. ¿Quieres decir que… tú eres la nueva directora?
Masika alzó la mano en la que llevaba el anillo, que refulgió con fuerza alrededor de su dedo índice.
—La academia… me eligió —respondió, y le tembló la voz al hablar, pero siguió adelante—. No sé por qué. Y tampoco espero descubrir nunca sus motivos, pero… lo único que sé es que este es mi deber. Para lo que mi alma fue creada. Para lo que nací.
A Wren le fallaron las rodillas. En cuanto aquellas palabras abandonaron los labios de Masika, el mismo dolor abrasador que había sentido antes comenzó a retorcerle las entrañas.
Las pocas fuerzas que el sanador pudiese haberle infundido se desvanecieron en cuestión de un parpadeo, y Wren cayó de rodillas al suelo, aunque August se acercó a ella a la carrera, antes de que pudiera desplomarse, sosteniéndola con sus fuertes manos mientras se agachaba a su lado.
—¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿Qué ocurre?
El mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor.
—Estoy… bien.
—No, no lo estás. —La voz de August sonaba ronca y desesperada.
Masika se arrodilló también a su lado y le acunó la mejilla con delicadeza.
En cuanto la rozó, un calor abrasador le recorrió la piel.
Una presencia. Era Masika. Se había introducido con suavidad en la mente de Wren, en el corazón de su propia alma.
Y cuando sus miradas se encontraron de nuevo, Wren lo supo, con una certeza arrolladora.
Ese era el fin.
Se me ha acabado el tiempo .
—¿Qué ocurre? —August las observó alternativamente—. ¿Qué le está pasando?
—El fragmento de tu alma que la mantiene atada al más allá no va a aguantar mucho tiempo más. —Masika se volvió hacia August y lo observó con solemnidad—. Y, cuando se rompa… —Dejó la frase colgando y apartó la mano del rostro de Wren.
August negó con la cabeza, con sus ojos plateados ardiendo de indignación.
—Pues haz algo.
Masika guardó silencio por un momento, como si estuviese considerándolo seriamente.
—Solo puedo hacer una cosa.
La nueva directora se puso de pie e invocó su poder.
Este brotó de su interior formando una aureola brillante, compuesta de una serie de zarcillos de luz dorada que ondulaban por el aire a su alrededor. Wren nunca había presenciado algo tan hermoso. Toda Masika estaba iluminada. Sus ojos ambarinos refulgían como el mismísimo núcleo del sol.
—Le puedo otorgar una segunda oportunidad. —La voz de Masika reverberó con fuerza a su alrededor, como si se encontrase en todas partes a la vez—. Pero solo una más.
—¿Una segunda oportunidad para qué? —le preguntó August.
Masika bajó la mirada hacia ellos y sus labios se curvaron hasta esbozar una diminuta sonrisa.
—Para vivir.
Y entonces Masika juntó las manos y la magia explotó a su alrededor.
Wren tuvo que llevarse una mano a los ojos para protegerse de aquella oleada dorada de luz cegadora.
Cuando por fin pudo volver a ver con claridad, se fijó en la puerta que había aparecido frente a ellos.
Estaba hecha de piedra y cubierta de enredaderas.
Estaba abierta, y se podía vislumbrar un remolino de colores al otro lado del umbral.
«Para vivir».
A Wren se le llenó el corazón de alegría cuando aquellas dos palabras resonaron en su cabeza.
—¿Podré volver a vivir? —preguntó, incapaz de reprimir la esperanza que se aferraba desesperadamente a su alma.
—Tu alma renacerá —le explicó Masika—. Pero… bajo una condición. No recordarás nada de tu antigua vida. Te olvidarás por completo de todo esto…, de nosotros .
August ni siquiera lo dudó. Se volvió hacia Masika, con los ojos bien abiertos, y le lanzó una mirada suplicante.
—Déjame ir con ella.
Masika vaciló.
—Podrías irte con ella…, técnicamente hablando. Pero bajo las mismas condiciones. Tus recuerdos de Blackwood desaparecerán. Tus recuerdos de Wren se desvanecerán.
—Tengo que hacerlo —respondió August, observándola con decisión—. Tengo que intentarlo.
Pero ¿cómo podía pedirle que hiciera eso por ella? ¿Cómo podía esperar que renunciase a su propia alma, a sus recuerdos, por ella?
—Podrías quedarte aquí, August. —Wren esbozó una sonrisa débil y vacía a duras penas—. Ayudar a reconstruir Blackwood. Podrías tener la eternidad que siempre has deseado. Libre del yugo de tu hermana. De tu deber. Podrías simplemente… existir.
—¿Es que no lo entiendes? —August soltó una carcajada amarga y se le anegaron los ojos de lágrimas—. Tú eres lo que le da sentido a mi eternidad, Wren. Mi alma es tuya. En esta vida y en la siguiente.
Wren también se echó a reír y se le anegaron los ojos de lágrimas ardientes.
Alargó las manos hacia el rostro de August y lo acunó con delicadeza entre sus palmas.
Recorrió en una suave caricia sus angulosos pómulos.
Su mandíbula. La cicatriz que tenía justo debajo del ojo.
Sus espesas cejas. Sus suaves rizos negro azabache.
Quería grabárselo a fuego en la memoria, recordarlo fuera como fuese. Encontrar la manera de desafiar las leyes de la naturaleza. Daba igual lo que dijese Masika, estaba segura de que lo recordaría.
De que siempre lo recordaría.
—Te encontraré. —August le acunó el rostro entre sus manos y bajó la frente hacia la suya, apoyándola sobre su piel con delicadeza, casi con reverencia—. Allá donde vayamos. Allá donde acabemos. Te lo prometo, Wren Loughty. Te encontraré. Te encontraré.
Sus labios se encontraron en un beso desesperado, salvaje y caótico. Wren enredó los dedos entre sus rizos oscuros, mesándolos con suavidad. Solo necesitaba un segundo más con él. Otro beso más. Solo necesitaba un poco más .
Se apartó de él y ambos se levantaron lentamente. A su espalda, Olivier y Emilio los observaron con atención, con las manos entrelazadas. Olivier carraspeó con fuerza, conteniendo toda una oleada de emociones, mientras Emilio lloraba desconsolado a su lado.
—Diría que nos vemos pronto, aunque no estoy del todo seguro de que ese «pronto» vaya a llegar nunca —comentó Olivier.
Wren esbozó una sonrisa triste.
—No, yo tampoco lo creo.
Olivier guardó silencio por un momento, como si estuviese pensando en algo.
—Entonces, supongo que será mejor que os desee… «que tengáis una buena vida». —Miró alternativamente a Wren y a August, y soltó un suspiro tembloroso—. Los dos.
August asintió con la cabeza. Apretó la mandíbula con fuerza, pero se las arregló para esbozar una pequeña sonrisa.
—Lo intentaremos.
Se volvieron hacia Emilio, que seguía llorando desconsolado.
—Os echaré de menos —murmuró Emilio, con voz suave y casi ininteligible.
A Wren se le partió el corazón al verle así.
—No te preocupes, Emilio. —August le dedicó una sonrisa reconfortante—. En realidad solo estaremos a una puerta de distancia.
Emilio asintió con la cabeza, sorbiéndose los mocos.
—Supongo que tienes razón.
—Escuchad… —La voz de Masika cobró un tono solemne, al tiempo que los observaba a todos alternativamente—.
No puedo garantizaros que vuestros caminos vayan a volver a cruzarse en un futuro, y tampoco que vayáis a poder reconoceros el uno al otro si eso ocurre.
Lo único que puedo hacer es asegurarme de que vuestras almas regresen al mundo de los vivos.
Pero nada más. Será como si nunca os hubieseis conocido.
Wren soltó un suspiro jadeante.
—Lo sé, pero… tenemos que intentarlo.
August y Wren se volvieron el uno hacia el otro, mirándose a los ojos.
Había llegado la hora. Una vez atravesasen esa puerta, ya no habría vuelta atrás, ya no podrían cambiar de opinión.
Sus almas, tal y como las conocían, desaparecerían para siempre.
Se verían arrancadas de este plano de la existencia y serían arrojadas a otro muy distinto.
Pero aquella era su única oportunidad. Su única esperanza.
Y, al fin y al cabo, de eso iba exactamente la vida, ¿no? De atreverse a tener esperanza. De atreverse a amar.
Wren le dio a August un último beso en los labios.
—¿Nos vemos en la siguiente vida? —le preguntó.
August le secó una lágrima rebelde que le cayó por la mejilla.
—Nos vemos en la siguiente vida.
Y entonces Wren Loughty y Augustine Hughes atravesaron el umbral de la vida, de la mano…, y dejaron de existir .