52 Emilio
A su alrededor, los Demien comenzaron a dispersarse. Los gritos aterrados resonaban por todas partes como una sinfonía disonante. Emilio no estaba del todo seguro de lo que podía haber ocurrido; en un momento, las sombras habían estado allí, rodeándolos, y, al siguiente, habían desaparecido.
Había estado enzarzado en una batalla bastante complicada contra tres Demien, luchando espalda contra espalda con Olivier.
Habían creado juntos un escudo a su alrededor, pero este había empezado a resquebrajarse bajo los ataques de los Demien.
Las grietas se extendían por el centro del escudo mientras las sombras empujaban contra ellos.
Emilio había estado seguro de que no aguantaría.
De que así era como acabaría todo. Pero entonces, como si Dios hubiese alargado sus manos hacia ellos desde los cielos y se las hubiese arrancado él mismo de las venas, las sombras de los Demien se desvanecieron.
A partir de ese momento, todo se volvió difuso.
Algunos de los Demien cayeron de rodillas al suelo, gritando de agonía, como si estuviesen atrapados en una corriente de dolor imparable, aunque Emilio no vio que tuviesen ninguna herida.
Se llevaron las manos al pecho, clavándose las uñas en la piel.
Y después las alzaron hacia sus rostros.
Otros tan solo se marcharon; huyeron hacia las profundidades del bosque, aunque no tenía ni la menor idea de a dónde pensaban ir exactamente.
Por lo que parecía…, la Orden de los Demien se había venido abajo.
Luego, Emilio y Olivier se habían abierto paso a través de los terrenos de la academia, buscando frenéticamente con la mirada algún rostro familiar entre la multitud.
Rebuscaron entre los escombros y los cuerpos heridos.
Entre los montones de polvo y ceniza que cubrían los edificios salpicados de hiedra, entre lo que quedaba de las almas que habían caído en la batalla.
Es gracioso , pensó. Después de todo…, no podía diferenciarlas. Entre esos montones había soldados de la Resistencia, Demien y Ascendidos y, a pesar de sus diferencias, una vez que sus almas habían sido destruidas, todos quedaban reducidos a lo mismo.
A solo un montón de polvo.
Al final, acabaron encontrando lo que buscaban.
Catherine y Dina estaban junto a Bonestrod, cerca de la entrada de la academia, rodeadas por el resto de los soldados de la Resistencia que seguían en pie.
Emilio se lanzó a abrazarlas en cuanto las vio, sin querer soltarlas ni siquiera cuando Catherine se puso roja como un tomate y murmuró algo entre dientes.
Dina, cuyo cabello plateado estaba ahora manchado de rojo por culpa de la sangre, estuvo a punto de echarse a llorar desconsolada en cuanto los vio.
—¡Seréis idiotas! —lloriqueó, dándole un puñetazo a Emilio en el hombro, lo que, en idioma de Dina, se traducía por un «te quiero» o, al menos, era lo más parecido a ello—. ¡¿Dónde os habíais metido?!
Olivier soltó una carcajada ronca.
—¿Cuánto tiempo tienes?
Les contó todo. Cómo habían encontrado a Masika y a Irene en la residencia de los Ascendidos.
Cómo después habían ido todos juntos a buscar a August para ayudarlo a detener a Wren.
El momento en el que Wren y Silas habían hundido sus manos en el pecho del otro, arrancando así sus almas de la existencia mutuamente.
El instante en el que el director de la Academia Blackwood por fin había sido destruido.
—Pero ¿qué pasa con las sombras? —preguntó entonces Olivier, echando un vistazo a su alrededor—. Han desaparecido de un momento a otro. ¿Cómo es posible?
—No tengo ni idea. —Catherine negó con la cabeza—. Las sombras era lo que los mantenía anclados al Desalmado. Así que, a menos que los haya abandonado o haya sido destruido… —Se encogió de hombros y se pasó una mano por el pelo.
—¿Qué más da? —ladró Dina entre risas—. ¡Lo que importa es que los Demien se están retirando!
Sus sombras han desaparecido . Y si nos estáis diciendo que Silas se ha ido esta vez para siempre…
—Dejó la frase colgando en el aire, con un atisbo de esperanza y aprensión iluminando su mirada.
Emilio la entendió. Porque aquello era demasiado bueno para ser cierto.
La Orden de los Demien parecía haberse desmoronado tan solo unos minutos después de que Silas hubiese sido destruido.
Lo que significaba que, de alguna manera , habían ganado.
El ruido sordo de unos pasos resonó a sus espaldas. August salió de repente de entre la oscuridad, acunando a Wren entre sus brazos. La chica estaba luchando por mantenerse consciente, y sus párpados se estremecían mientras intentaba permanecer despierta.
—¡Un sanador! —suplicó August a gritos, aterrado—. ¡Por favor!
Catherine llamó a un grupo de soldados de la Resistencia que se encontraban a tan solo unos metros de distancia, y un chico con una banda dorada atada alrededor del brazo se acercó a ellos a la carrera, dejándole caer a Wren una mano en la frente con delicadeza.
Entonces se quedó blanco como la cera.
—Su alma… ¿Qué le ha ocurrido?
—¿Puedes ayudarla? —le rogó August, con voz temblorosa.
El sanador presionó los dedos contra la sien de Wren. Unos cuantos zarcillos de luz plateada emergieron entonces de la palma de su mano, hundiéndose en la piel de Wren. El rostro del sanador se ensombreció antes de que apartase rápidamente las manos de la frente de la joven.
Negó con la cabeza.
—He conseguido aliviarle un poco el dolor. Darle un último empujoncito, pero… no puedo hacer nada más por ella. No puedo hacer nada para evitar que su alma se desvanezca.
—No. —August soltó un jadeo roto y desconsolado—. Por favor . Tiene que haber algo que puedas hacer.
Wren le llevó una mano temblorosa al antebrazo.
—No pasa nada —susurró—. August. Mírame.
—Pero August no podía mirarla a los ojos en ese momento.
Wren soltó un gemido ronco y, usando las pocas fuerzas que le quedaban gracias a la ayuda del sanador, se liberó del agarre del chico y se puso de pie.
Se tambaleó de un lado a otro al hacerlo, y August tuvo que sujetarla por los hombros para que no se cayese.
Cuando sus miradas por fin se encontraron, Emilio pudo ver la agonía y el amor que se arremolinaba entre ellos.
—Todo va… a salir bien —le aseguró Wren—. Deberíamos… Deberíamos centrarnos en encontrar a Masika e Irene.
Catherine alzó la cabeza en cuanto la escuchó decir aquello.
—¿Dónde están?
—La última vez que las vimos, Masika e Irene se estaban yendo de Blackwood para encontrar una manera de destruir el anillo del Desalmado —explicó Emilio, y observó cómo el pánico iluminaba de repente los ojos de Catherine—.
Solo nos queda asumir que lo consiguieron, pero… nadie las ha visto desde entonces.
Catherine desenvainó su lanza de inmediato. Pero, antes de que pudiese salir corriendo hacia el bosque para buscar a Masika, Dina alargó un brazo hacia ella y la agarró del codo, frenándola con delicadeza.
—Espera un momento —murmuró—. No puedes adentrarte en el bosque así como así.
Todos queremos encontrar a Masika, pero te necesitamos aquí.
—Señaló hacia los soldados de la Resistencia que se habían reunido a su espalda con un gesto de la cabeza.
Emilio sabía que tenía razón. Aunque estaba claro que la suerte se encontraba ahora de su parte, era difícil saber con exactitud qué quedaba de la Resistencia.
Alguien iba a tener que encargarse de recoger los pedazos y volver a unirlos.
La chica abrió la boca para replicar, pero Olivier se le adelantó.
—Nosotros la encontraremos —dijo—. Y te la traeremos de vuelta.
Catherine aceptó con un asentimiento de cabeza, pero Emilio se fijó en el brillo preocupado que perduró en su mirada. Era evidente que le estaba costando un mundo no zafarse en ese mismo instante del agarre de Dina, y salir corriendo hacia el bosque para buscar a Masika.
—Loughty. —August contuvo el aliento—. Deberías quedarte aquí. A lo mejor otro de los sanadores puede echarte un vistazo y darte una segunda opinión. Tal vez haya algo que puedan hacer…
—Si fuese uno de nosotros quien estuviese ahí afuera… —le interrumpió Wren con delicadeza, paseando la mirada de August, a Emilio y después a Olivier—, ellas no habrían dudado por un momento en salir a buscarnos.
—Tiene razón —murmuró Emilio—. Masika habría salido corriendo a buscarnos de inmediato. E Irene…, bueno…, por extraño que parezca, creo que ella habría hecho lo mismo.
—Iremos todos juntos a buscarlas. —Olivier entrelazó su mano con la de Emilio y le dio un suave apretón—. Empezamos esto juntos, y lo terminaremos juntos.
—Entonces, está decidido. —Wren recorrió al grupo con la mirada. Respiró hondo, con brusquedad, con la cara blanca como la cera—. Traigámoslas de vuelta a casa.
Mientras se dirigían hacia la entrada de la academia, impulsados por una determinación férrea, Emilio, por primera vez en toda su existencia, hizo a un lado las dudas y la preocupación que clamaban en su cabeza. Por una vez, se permitió creer en los milagros.
Incluso aunque eso lo convirtiese en un necio .