Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 51 August
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51 August

N o iba a permitir que Wren se desvaneciese sin más.

Se negaba a quedarse de brazos cruzados, viendo cómo la luz de sus ojos se apagaba.

Así que, cuando la ayudó a ponerse en pie, obligándola a pasarle un brazo por los hombros, ignoró la corriente abrasadora que le recorrió de la cabeza a los pies, las sombras que se estaban apoderando rápidamente de sus venas.

Toda su atención, todo su interés, se centró en Wren.

En encontrar la forma de salvarla.

Tenía que encontrar a la Resistencia. A lo mejor había algo que pudiesen hacer por ella. Si lograba localizar a alguno de sus sanadores en medio del caos de la batalla que rugía fuera, entonces, quizás, podrían arreglar lo que quiera que se hubiese roto dentro del alma de Wren.

Pero, en cuanto la sacó a rastras del despacho de Silas, saliendo el pasillo del Centro Elíseo, algo le hizo detenerse de golpe.

Alguien los estaba esperando ahí fuera.

Edith Hughes estaba en medio del estrecho pasillo. Observándolos con una mirada ardiente y furiosa.

—No te bastó con traicionarme una vez, ¿no?

—Por favor, Edith. —August levantó la mano libre en señal de rendición.

Junto a él, Wren soltó un gemido ronco y dejó caer la cabeza sobre su hombro.

Apenas estaba consciente, y a August le estaba costando un mundo sostenerla—.

No quiero hacerte daño. —Eso sin mencionar que estaba desesperado por no tener que usar ni una sola gota más de magia sombría.

Estaba seguro de que, si lo hacía, si se permitía recurrir de nuevo a su poder, esa sería su ruina.

Las sombras lo estaban envenenando. Podía sentirlas desgarrándole las entrañas, suplicando por consumirlo.

Edith soltó una carcajada amarga.

— ¿Hacerme daño? ¿En serio crees que tú puedes hacerme daño? —Alzó una mano y una esfera de sombras se arremolinó sobre su palma—. De eso se trata todo esto. Ya nada ni nadie puede hacerme daño. Ni tú. Ni el pasado. Nada.

August sacudió la cabeza.

—Sé que, en el fondo, una parte de ti se sigue preocupando por mí, me sigue queriendo —murmuró, apretando los dientes con fuerza, luchando por no perder el equilibrio mientras sostenía el cuerpo inerte de Wren entre sus brazos—. Sigues siendo mi hermana.

Edith tan solo frunció más el ceño ante aquella acusación.

—Ya no soy nada tuyo.

August fue dolorosamente consciente del momento en que Edith invocó sus sombras. A su alrededor, el tiempo pareció detenerse por un momento. Su hermana alargó un brazo hacia él, preparándose para atacar, apuntándole con la mano directamente al corazón, y entonces… nada.

El rostro de Edith se contrajo en una mueca de dolor.

Observó fijamente su mano extendida, desconcertada, y vio cómo la esfera de sombras que había invocado hacía tan solo un momento se desvanecía en el aire.

Abrió la mano del todo para crear otra, pero no ocurrió nada.

Y entonces, como un suave rayo de luz de luna abriéndose paso a través de la negrura, las sombras que se deslizaban por sus venas comenzaron a disiparse.

Una a una, se desvanecieron, hasta que cada una de las sombras que había ennegrecido su torrente sanguíneo desapareció, incluso aquellas que formaban la infame corona que se cernía sobre su cabeza.

August, desconcertado, notó cómo su cuerpo se volvía mucho más fuerte.

Sintió sus brazos y piernas mucho menos cansados y doloridos. Y el dolor insoportable que se había apoderado de él al usar demasiada magia sombría se fue desvaneciendo lentamente, hasta que dejó de sentirlo.

Las sombras que habían estado a tan solo unos segundos de consumirlo parecían haber… desaparecido .

—¿Qué es esto? —escupió Edith, con el pecho subiéndole y bajándole a toda prisa, al ritmo de sus respiraciones aceleradas, claramente aterrada. Se dejó caer de rodillas al suelo—. ¡¿Qué está pasando?!

Wren alzó una mano temblorosa hacia el rostro de August y le recorrió la mandíbula en una caricia.

Él bajó la mirada hacia ella y contempló sus preciosos ojos azules, que lo observaban con atención.

Wren parpadeó, lenta y perezosamente, como si estuviese empleando todas las fuerzas que le quedaban para mantenerse despierta.

—Tu cara… —Soltó una suave risa, brillante y etérea—. Las sombras… se han ido.

Edith profirió un aullido casi salvaje. Se retorció y gritó, tirada en el suelo, mesándose el cabello con todas sus fuerzas y clavándose las uñas en el cuero cabelludo. August depositó a Wren con cuidado contra la pared más cercana y se acercó a su hermana con cautela.

Se arrodilló a su lado despacio.

—Edith.

Pero su hermana parecía haber perdido por completo el control de sí misma.

Se había vuelto totalmente loca, estaba observando todo lo que la rodeaba con los ojos como platos y la mirada desquiciada, al tiempo que una serie de sollozos desgarradores surgían de entre sus labios, mientras se tironeaba con fuerza del cabello, mesándoselo como si estuviese tratando de desgarrarse el cráneo para acceder a lo que se ocultaba en su interior.

Las lágrimas le caían descontroladas por las mejillas.

El torrente de emociones que llevaban años reprimidas en su interior estalló en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Haz que pare! —gritó, desesperada—. ¡HAZ QUE PARE DE UNA MALDITA VEZ!

Acunó el rostro de su hermana entre sus manos.

—¿Que haga que pare el qué ?

Edith se quedó mirándolo fijamente, con los labios temblorosos.

—Lo que siento. —Se llevó una mano al pecho y se clavó los dedos en la piel—. Puedo sentirlo todo.

En ese momento, August lo comprendió todo.

Sus emociones .

De alguna forma, gracias a alguna clase de milagro inconcebible, sus sombras habían desaparecido.

Lo que tan solo podía significar que el vínculo que los había unido a la magia sombría se había roto.

Todos esos sentimientos que Edith se había encargado en cuerpo y alma de embotellar en su interior, enterrándolos en lo más profundo de su ser, todas esas emociones que había adormecido con ayuda de las sombras que le corrían por las venas, habían regresado.

Ya no podría seguir huyendo de ellas. Ya no podría seguir escondiéndose.

Ese era su castigo eterno.

—Podemos encontrar el modo de arreglar todo esto —le prometió August, en un susurro alentador—. Podemos… —Pero sus palabras se vieron interrumpidas cuando Edith le lanzó un rayo de magia corpórea, con un grito ronco que le rasgó la garganta al salir.

August esquivó su ataque en el último segundo, y suspiró aliviado al ver que el hechizo no había alcanzado tampoco a Wren, aunque por muy poco. Se volvió hacia su hermana como un resorte y la agarró con fuerza de las muñecas, antes de que pudiese intentar volver a atacarlo.

— Para —le suplicó—. No lo hagas.

Pero Edith no le estaba escuchando. Gritaba sin parar, al tiempo que le asestaba una patada a August en el estómago y lo mandaba volando hacia el otro lado del pasillo.

Antes de que pudiese volver a atacarlo, lanzándole la oleada de llamas furiosas que había invocado, levantó las manos para formar un escudo dorado y resplandeciente a su alrededor, y la luz de su escudo y la de las llamas de Edith se encontraron con un estruendo atronador.

—¡Esto ha sido cosa tuya! —rugió—. ¡Todo esto es culpa tuya !

¡Tú me has arrebatado mis sombras! ¡Me has traicionado!

Tú… —Una repentina ráfaga de viento golpeó a Edith desde la izquierda, lanzándola por los aires y acallándola de inmediato.

Se estampó con fuerza contra la pared y sus llamas se desvanecieron cuando perdió el equilibrio y se golpeó con la ventana.

August parpadeó, desconcertado, y entonces vio a Quinn aparecer al fondo del pasillo.

La sangre le empapaba el cabello rosa, y un riachuelo oscuro y rojizo le marcaba la mandíbula.

Sacudió la mano y una cortina cercana se agitó, moviéndose bajo su control, antes de lanzarse hacia Edith y enroscarse con fuerza a su alrededor, inmovilizándole los brazos a los costados.

—¡TE MATARÉ! —gritó Edith, retorciéndose y pataleando sin descanso, para tratar de librarse de las cortinas que la mantenían atrapada—. ¡TE JURO QUE TE…! —Y entonces Quinn chasqueó los dedos y una de las cortinas se enroscó sobre sus labios, acallándola de inmediato.

La chica soltó una risita débil.

—Mucho mejor.

Se sacudió el polvo de las manos y se acercó a August a la carrera, dejándole caer una mano en el hombro en cuanto llegó hasta él.

—¿Te encuentras bien?

August se encogió de hombros, aturdido.

—Eh…, sí. Estoy bien, o eso creo. Pero… —Contuvo el aliento y echó un vistazo a su espalda, hacia donde había dejado a Wren. Seguía desplomada contra la pared del pasillo, con los hombros hundidos, luchando por mantenerse despierta y erguida.

Quinn se volvió a mirarla de inmediato.

—¿Ha…?

August asintió con la cabeza.

—Vuelve a ser ella.

Quinn soltó un suspiro aliviado. Se acercó a Wren con cautela. Un tenso silencio se extendió a su alrededor mientras Wren luchaba por mirarla a los ojos, con la mirada anegada de remordimiento.

—Lo… Lo siento mucho. —Wren soltó un sollozo ahogado—. Lo siento muchísimo. —Entonces, a Wren le flaquearon las rodillas y Quinn se lanzó hacia ella, tomándola en brazos y apartándole el pelo de la cara en una caricia.

—No eras tú misma —le dijo la chica en un susurro, con voz temblorosa—. No fue culpa tuya.

Wren se estremeció. Estaba respirando con dificultad, entre jadeos.

—Yo… lo maté.

Quinn soltó una risita suave y rota.

—Ya estaba muerto.

Wren alzó la vista para encontrarse con la mirada de Quinn.

—Yo lo arruiné —murmuró—. Lo destruí. Lo convertí en un monstruo . Lo…

—Wren. —Quinn le acunó la cara con delicadeza.

En cuanto le posó las manos sobre las mejillas, esta se encogió sobre sí misma, como si la ternura de Quinn, su perdón , le doliese mucho más que cualquier herida física que le hubiesen podido infligir.

Quinn siguió hablando, esta vez con mayor lentitud, marcando cada palabra para dejarle claro que lo decía en serio—. No. Eras. Tú. Misma.

Wren soltó un suspiro entrecortado. Asintió débilmente con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa triste. Cuando volvió a hablar, la voz le salió ronca y extraña.

—Se merecía… algo mucho mejor.

Quinn sonrió también, pero le tembló el labio inferior al tratar de contener las lágrimas que habían comenzado a anegarle los ojos.

—En eso estamos de acuerdo. —Entonces se volvió a mirar a August—. ¿Sabemos cómo ha ocurrido todo esto?

August no necesitó que le aclarase de qué estaba hablando. Porque era evidente a qué se estaba refiriendo.

Negó con la cabeza.

—Las sombras simplemente… se han desvanecido.

—El anillo —respondió Wren con voz débil—. A lo mejor… A lo mejor los demás han encontrado la forma de destruirlo.

Junto a ellos, Edith soltó un grito ahogado que se abrió paso a través de la vaporosa tela de la cortina que le hacía las veces de mordaza. Quinn bajó la vista hacia ella con un brillo claramente molesto en la mirada.

—Bueno, supongo que deberíamos de hacer algo con esta de aquí.

Estoy segura de que los de la Resistencia se mueren de ganas de hablar con ella.

—La mirada de Quinn se deslizó entonces de nuevo hacia Wren, y la observó con el ceño fruncido, claramente preocupada—.

Aunque os recomiendo encarecidamente que vosotros dos os quedéis aquí dentro, a resguardo.

Porque ella no está en condiciones para luchar.

—No podemos. —August tomó a Wren con delicadeza de los brazos de Quinn, acogiéndola entre los suyos.

Al momento, Wren volvió a perder el conocimiento, y sus párpados se estremecieron de nuevo mientras trataba de luchar contra el agotamiento que batallaba con llevársela—.

Tenemos que encontrar a un sanador. Si no encontramos a alguien que pueda ayudarla, no saldrá de esta.

La expresión de Quinn se endureció con una determinación férrea.

—Entonces, marchaos. Yo me puedo ocupar de esta de aquí.

Wren alzó la vista hacia Quinn, luchando por mantener los ojos abiertos.

—Gracias… —le dijo en un susurro—. Por todo.

Quinn le dedicó una sonrisa.

—Solo estoy haciendo mi trabajo.

August observó cómo una oleada de emociones contradictorias se reflejaba en el rostro de Wren.

Sabía que una parte de ella quería quedase allí, luchar junto a Quinn, para asegurarse de que la chica sobreviviese a aquella batalla, pero se les estaba agotando el tiempo.

Así que, antes de que ninguno de los dos pudiese cambiar de opinión, August se alejó de Quinn, sosteniendo a Wren con delicadeza entre sus brazos, y echó a correr .