50 Masika
C enizas. Eso es todo lo que quedaba de la que había sido su mejor amiga. Un montón de cenizas.
Masika hundió un poco más las manos en ellas, buscando algo…, pero allí no había nada. No quedaba nada de Irene. Vuelve , le suplicó, con las lágrimas nublándole la vista, mientras un grito a medio camino entre un sollozo y un gemido le brotaba de la garganta.
Y entonces lo encontró. Ahí, escondido bajo aquel montón de cenizas. Como una semilla brotando de la tierra.
El anillo estaba frío al tacto. Masika lo alzó un poco más, volviéndolo hacia los rayos de luz plateada que se filtraban a través de las ramas de los árboles.
Cuando dejó la joya sobre la palma de su mano, esta pareció vibrar, y una corriente abrasadora le recorrió el brazo y bajó después por su cuerpo.
Lo primero que sintió fue miedo. ¿Acaso Irene se había sacrificado en vano? ¿Que hubiese dejado que la magia que contenía aquella joya destruyese su alma no había servido para destruirlo ?
Pero no…, ese anillo era distinto.
No era el de Mateo. Ni tampoco el de Silas.
En la banda dorada no estaba grabado ninguno de sus nombres.
«Masika Sallow».
Se quedó mirando fijamente aquellos delicados surcos que tallaban su nombre en el interior del anillo. Pero aquello no podía ser. Era imposible que…
Una ráfaga de viento le agitó los rizos, apartándoselos de la cara.
Algo despertó de repente en su interior.
Sintió como si un millón de almas le tendiesen la mano.
La abrazasen. La llamasen. Percibió los cientos de hilos de magia que conformaban el tejido del más allá… , casi pudo incluso vislumbrarlos .
¿Cómo era posible que antes no hubiese podido verlos?
Esos hilos que los unían a todos. El corazón palpitante del más allá.
Masika exhaló un suspiro tembloroso y alzó la vista hacia la entrada arqueada de la Academia Blackwood. Tuvo la sensación de que los edificios cubiertos de hiedra de la escuela la llamaban. Susurrando su nombre.
El viento cobró fuerza. El suelo bajo sus pies se estremeció.
Cuando un último relámpago iluminó el firmamento, Masika lo comprendió todo.
Ahora todo tenía sentido. La extraña conexión que había sentido con Blackwood desde el principio. La forma en que su caricia había logrado apaciguar al rebelde sauce cuando este había intentado devorar a Olivier. Esa conexión tan inexplicable que había sentido con el zorro.
Aquello le pertenecía. Ese era su último acto de rebeldía.
Su vocación.
Masika se colocó el anillo con delicadeza.
Había llegado la hora de que la academia tuviese una nueva directora .