Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 48 Masika #3
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48 Masika #3

Y entonces una sencilla palabra brotó de entre sus labios.

— No .

Irene se puso el anillo.

Y luego el mundo estalló.

Un rayo de luz anaranjada surgió de su interior, emergiendo de su pecho, consumiéndola.

Una ráfaga de viento se arremolinó a su alrededor, sacudiendo los árboles del bosque con una violencia inaudita, las hojas caídas que había por el suelo se alzaron, formando torbellinos por todas partes, y una horrible tormenta hendió el firmamento nocturno.

Un trueno retumbó sobre sus cabezas. Varios rayos plateados iluminaron el cielo.

Y entonces Mateo gritó. Profiriendo un chillido casi inhumano, una especie de bramido salvaje.

—¿QUÉ… HAS… HECHO?

Irene sonrió.

—¿Celoso?

Los ojos de Mateo se iluminaron con un resplandor salvaje y feroz. No era más que un cascarón vacío de lo que antaño había sido un hombre. No era más que un recipiente de violencia en estado puro.

De una rabia absoluta e implacable.

— Zorra estúpida.

Irene se carcajeó y los ojos comenzaron a sangrarle.

—Qué poco original, menuda decepción.

Luego simplemente chasqueó los dedos y el alma de Mateo estalló en mil pedazos.

Su pecho se resquebrajó, y un oscuro torrente de sombras surgió de su interior, deslizándose a través de aquella herida con una fuerza sobrecogedora.

Mateo gritó y gritó, profiriendo un chillido animal cargado de rabia que prometía venganza.

Pero esa noche no habría ningún ajuste de cuentas.

El rostro de Mateo se desintegró. Sus huesos se hicieron añicos.

Su alma se convirtió en una nube de ceniza y polvo.

Mateo era el verdadero director. El Desalmado.

Un antiguo ser hecho de magia, oscuridad y corrupción purulenta.

E Irene lo había destruido con tan solo chasquear los dedos.

Masika se estremeció cuando se volvió hacia ella. Estaba brillando . Un intenso haz de luz surgía del interior del anillo, subiéndole después por los brazos y consumiendo cada centímetro de su cuerpo.

—¡¿Qué narices has hecho?! —gritó Masika—. ¡Quítate esa cosa ahora mismo!

Irene la miró, y sus labios esbozaron una pequeña sonrisa.

—No puedo.

Masika se estremeció cuando aquellas dos palabras se le clavaron como un puñal en el pecho.

—¿Qué quieres decir con que «no puedes»?

—La magia ya se ha activado. —Hablaba con calma, inquietantemente tranquila—.

Si me lo quito…, solo conseguiré que explote.

Consumirá todo Blackwood. Todo el purgatorio.

Pero… si me lo dejo puesto…, puedo dejar que se alimente de otra cosa.

—Hizo una pausa y un brillante rayo surcó el firmamento nocturno, iluminándolo todo con su luz plateada y azulada—. Puedo dejar que se alimente de mí .

—No…, no puedes hacer eso. —Masika negó con la cabeza—. Ese poder te destruirá.

Irene sonrió y una gota de sangre se deslizó por la comisura de sus labios.

—Esa es la idea, Masi.

A su alrededor, el bosque pareció rugir en señal de desafío; los árboles gimieron con fuerza y el suelo se agrietó con una violenta sacudida.

Una nube opaca de humo y ceniza surgió de repente bajo los pies de Irene, formando una serie de densas columnas a su alrededor que se alzaban después hacia el firmamento.

—No lo hagas… —jadeó Masika, sin poder dejar de toser, porque las nubes de humo y ceniza la estaban ahogando—. Irene. Para. Por favor .

Pero no le hizo caso. La magia la estaba consumiendo. Calcinándole las venas. Recorriéndola de la cabeza a los pies. Se volvió a mirar a Masika, con las lágrimas anegándole los ojos resplandecientes.

—Ya está hecho.

—No. —Masika negó con la cabeza—. No puedo… No puedo hacer esto sola.

—Cállate, Masi —se carcajeó con suavidad—. Las dos sabemos que estarás bien.

Masika maldijo con furia, en un susurro.

—Te juro por Dios que…

—¿Lo juras por mí, entonces? —Irene sonrió, pero lo que se dibujó en su rostro era una sonrisa rota y extraña.

La sangre le goteaba por las comisuras, formando un fino riachuelo oscuro que se resbalaba lentamente por su barbilla.

De su piel emanaba un resplandor ardiente, y una especie de aureola dorada y centelleante envolvía sus extremidades.

—Por favor —le suplicó, aunque su voz quedó ahogada por el aullido del viento. Incluso los árboles gimieron angustiados, al tiempo que sus hojas se sacudían con fuerza, como si estuviesen susurrando una advertencia que solo ellos podrían entender—. Te necesito.

Al oírla decir aquello, Irene se carcajeó.

La magia se adentró aún más en su interior.

La piel le ardía con un intenso resplandor carmesí que se extendía por todo su cuerpo, consumiendo cada fragmento de su alma.

Este se deslizó lentamente por su cuello, calcinándole las venas y propagándose por su interior, como un virus implacable y voraz.

Masika observó con impotencia cómo varios zarcillos de sombras surgieron del pecho de su amiga, deslizándose bajo su piel y enredándose con la luz ardiente que la estaba consumiendo, formando una terrible red mágica que estaba devorando lentamente su alma.

—No. —Irene negó con la cabeza, pronunciando aquella palabra en una especie de gemido entrecortado que resonó desde lo más profundo de su garganta. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de sangre—. ¿Es que no lo entiendes? Tú nunca me necesitaste. Era yo quien te necesitaba .

—No puedo soportar esta existencia sin ti —sollozó, negando con la cabeza—. No puedo. No lo haré.

La expresión de Irene se dulcificó y ladeó la cabeza.

—Sí puedes —replicó en un susurro—. Y lo harás.

A Masika le entraron ganas de gritar. Quizás podría llamar a los demás. A lo mejor alguno de ellos podría ayudar a…

—No llegarían a tiempo —dijo Irene, como si le hubiese leído el pensamiento. Y tal vez lo había hecho . Porque ahora era capaz de hacer cualquier cosa. Podría destruir el más allá con solo chasquear los dedos si quisiese. Podría acabar con todos ellos… con solo pensarlo.

»Mírame, Masi. —La voz de Irene devolvió a Masika al presente—.

Si alguien puede arreglar este desastre, si alguien puede devolver a Blackwood a su antiguo resplandor, eres tú.

Creo… Creo que mi existencia siempre estuvo destinada a acabar así, contigo frente a mí. Creo que este siempre fue mi destino.

—Nunca estuviste destinada a sacrificarte por este mundo —le espetó, asqueada—. ¿Cómo puedes siquiera pensar algo así?

Irene puso los ojos en blanco.

—No seas tan melodramática.

—Irene…

— Quiero hacer esto . —La intensidad en su voz provocó una onda expansiva que se propagó por el aire a su alrededor, haciendo que los árboles se doblasen.

Irene asintió con la cabeza. Con suavidad.

Con ternura—. Solo… déjame hacerlo, ¿vale?

Tengo que hacerlo. No pienso permitir que el más allá se desmorone.

No quiero ser yo quien lo destruya todo.

No quiero ser como ellos . ¿Para qué? ¿Por la ambición ciega de unos hombres?

¿Por sus egos frágiles y su orgullo desesperado?

—Pero a lo mejor existe otra manera de…

—No la hay.

—Maldita sea, Irene. —Soltó un sollozo entrecortado—. ¿Por qué has decidido hacerte la heroína justo ahora ?

—Por un momento… pensé… que me había vuelto leal a Blackwood. Que había elegido el bando equivocado —repuso, con voz temblorosa—. Pero no elegí a Blackwood. Sino a ti. Elegí serte leal a ti . Te elijo a ti .

Masika profirió un sollozo angustiado y roto.

—Por favor —le suplicó—. Tiene que haber otra manera.

Irene estaba sonriendo. Ahí estaba de nuevo esa pequeña y tierna sonrisa. Esa sonrisa triste.

Era una disculpa.

—Dentro de unos años… —Irene alargó los brazos a ambos lados, la magia vibraba con violencia en su interior, rasgándole la piel para abrirse paso a través de su cuerpo, como si no fuese más que un montón de polvo.

Se le iluminó la mirada con un resplandor cegador, un brillo dorado que eclipsó por completo el blanco de sus ojos—, cuando cuentes esta historia…

, asegúrate de mencionar lo impresionante que estaba, ¿vale?

Masika avanzó un paso hacia ella.

— Irene, NO…

Para cuando Masika se lanzó hacia ella…, ya era demasiado tarde .