Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 48 Masika #2
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48 Masika #2

—Sé cómo es la historia que os han contado.

Os dijeron que Silas se infiltró entre los muros de Blackwood y se hizo con el poder, así, sin más.

Pero no es cierto, al menos, no del todo.

Fui yo quien lo encontró, a las puertas de Blackwood, después de que hubiese logrado salir a duras penas de las Tierras Sombrías.

Por aquel entonces, yo era el director de la academia y, gracias a ello, sabía quién iba y venía por mis dominios.

Y supe, sin lugar a dudas, que él no pertenecía al más allá.

—Las observó con la mirada perdida, como si se hubiese sumido por completo en el pasado, atrapado en sus recuerdos—.

Me apiadé de él. Ahora sé que fui un necio al hacerlo.

Pero, una parte de mí pensó…, una parte de mí se preguntó…

, si quizás la academia se había equivocado al considerarlo un alma corrupta.

Pensé que, quizás, podría arreglarlo. Que podría cambiarlo.

Mateo suspiró con fuerza y regresó de nuevo al presente.

—Fui yo quien lo dejó entrar en la academia.

Yo lo matriculé en Blackwood. Desde el principio sabía que estaba cometiendo un error, porque pude sentir el descontento del Éter, pero no me importó.

Poco a poco, Silas se fue ganando mi confianza.

Formábamos parte de un grupo…, parecido al vuestro, he de admitir.

Confiaba en él. Lo veía como a un hermano.

Se le quebró la voz con aquella última palabra, pero siguió hablando.

—Para cuando descubrí que me iba a traicionar…

, ya era demasiado tarde. Pero tuve el tiempo justo para fragmentar mi alma y esconder uno de los pedazos en el purgatorio, y para confiarle a una de mis mejores amigas la tarea de resucitarme si Silas tenía éxito en su plan.

—La expresión de Mateo se oscureció de repente.

Sobre sus cabezas, las nubes carmesíes comenzaron a agruparse, formando un remolino en el cielo negro—.

Y su plan tuvo éxito. Pero, en vez de destruirme, creyó que sería mucho más apropiado encerrarme en las Tierras Sombrías, para que mi alma se marchitase y pudriese lentamente.

Su estúpida necesidad de justicia poética sería lo que al final acabaría conduciéndolo a la ruina.

Porque no me destruyó…, al menos, no del todo.

Y, al igual que él, yo también aprendí a invocar la magia de las Tierras Sombrías.

Dejé que la corrupción se apoderase de mi alma.

Permití que se alimentase de mi ira. Dejé que me consumiera .

Y eso me dio las fuerzas suficientes para arrastrarme de vuelta al purgatorio, para salir de las Tierras Sombrías.

Pero, lo que vi después, lo que descubrí…

Se le formó un nudo en la garganta. Cuando volvió a hablar, su voz había cobrado un deje mucho más grave y ronco, un rumor oscuro que hizo temblar las hojas de los árboles que los rodeaban.

Incluso el terreno pareció estremecerse, como si el purgatorio entero se estuviese encogiendo de miedo ante su poder.

—La persona a la que le confié la tarea de resucitarme con el fragmento de mi alma que dejé atrás también me traicionó.

Le entregué el mapa que la llevaría hasta la primera llave, y luego descubrí que ella le había entregado ese mapa a Silas inmediatamente después.

Ella le eligió a él. —Le tembló la voz, y Masika juraría que vio algo demasiado parecido al dolor surcar sus ojos bañados en sombras—.

Pero, al final, esa elección irrevocable fue la que la sentenció.

Supongo que Silas no quería dejar ni un solo cabo suelto.

Quizás acabó con ella porque sabía demasiado, o tal vez simplemente sabía que, al destruirla, me condenaría a un destino muchísimo peor de lo que podría haber imaginado o soportado.

Irene se había quedado increíblemente quieta junto a Masika, y estaba observando a Mateo con una expresión indescifrable. En ese momento, Masika deseó más que nada en el mundo poder meterse en su cabeza y leerle el pensamiento.

—Mis dos mejores amigos me traicionaron —dijo Mateo, con una firmeza que les puso los pelos de punta—.

Y los dos acabaron desapareciendo . Porque, aunque el alma de Silas siguiese aquí, él no era quien yo creía que era, la persona a la que creía conocer.

Lo único que quedaba de ese chico era una abominación con ansias de poder.

—Alzó una mano y un torrente de sombras se deslizó sobre su palma, bajando después por su antebrazo—.

Entonces comprendí que no tenía sentido seguir creyendo que el equilibrio del más allá podría mantenerse eternamente.

No mientras Silas siguiese al mando. Por lo que tenía que dejarlo todo atrás si quería encontrar la manera de destronarlo. Y eso incluía mi propia alma.

—¿Fuiste tú ? —le preguntó Masika, con voz temblorosa—. ¿Tú destruiste el fragmento de tu alma que había en aquella cripta?

—Fue un plan bastante estúpido, no lo voy a negar —respondió Mateo, apretando los dientes—.

Un plan trazado por un chico ingenuo y con el corazón roto que pensó tontamente que podría salvarse, a sí mismo y a su amigo.

Tomé el último fragmento puro que quedaba de mi alma y lo destruí, dejando así también atrás el último recuerdo que tenía de la chica que me traicionó.

Y lo enterré en esa cripta, para que se pudriese allí por toda la eternidad.

El dibujo , recordó Masika. El que nos mostró August. El que estaba firmado por esa misteriosa «V». Esa debía de ser la chica que le rompió el corazón a Mateo, la que había acabado eligiendo a Silas.

Mateo continuó hablando:

—Pero no tardé mucho en descubrir que sin mi anillo de director, sin mi verdadero poder, jamás podría ser rival para Silas.

Por eso necesitaba recuperarlo, fuera como fuese.

—Se acercó un poco más a ellas, con la cabeza ladeada—.

Así que… me deshice de mi humanidad. Les di la bienvenida a las sombras y descubrí una fuente infinita de magia que de otro modo me habría sido imposible conquistar.

Mientras mi cuerpo se rendía a las sombras, tuve varias visiones del futuro…

Vi a una chica con el cabello cobrizo que tendría el poder de abrir la caja donde se encontraba mi anillo, de recuperarlo y de liberarme.

Masika bajó la mirada hacia el anillo, que seguía oculto en el interior del puño de Irene.

—Pero… —Mateo soltó una carcajada amarga y esbozó una sonrisa socarrona—.

Por suerte o por desgracia…, esa chica no llegaría al más allá hasta mucho mucho tiempo después.

Así que tuve que esperar. Ser paciente. Mientras tanto, oí hablar de un grupo de alumnos y directores de las casas que habían sido desterrados de la academia y que habían huido hacia las profundidades del purgatorio.

Aquellos que se habían negado a seguir a Silas cuando se alzó como nuevo director de Blackwood.

Y pensé… ¿qué mejor manera de pasar el tiempo que formando un ejército?

Irene soltó un suspiro tembloroso.

—¿Cómo pudiste? —le espetó, llamando así la atención de Mateo—. Confiaba en ti. Creía… Creía que te importaba. Que habías visto potencial en mí. Pero me engañaste. Me… —A Irene se le rompió la voz y, por primera vez desde que Masika la conocía, las lágrimas le anegaron los ojos.

A Mateo se le borró la sonrisa socarrona de los labios en un abrir y cerrar de ojos.

—Si te sirve de consuelo… —murmuró—, lo decía en serio.

—Me mentiste —le escupió Irene.

—Tienes razón. —Mateo se acercó a ella, con pasos vacilantes—. Pero tuve que hacerlo. Si te hubiese contado la verdad, si te hubiese dicho quién era en realidad, lo que soy en realidad, ¿habrías confiado en mí? ¿Me habrías abierto tu corazón?

Irene abrió la boca para replicar, pero no le salió nada.

—Aún puedo entregarte lo que te prometí —continuó diciendo Mateo.

A Masika no se le pasó por alto la forma en que Irene se estremeció ante sus palabras, el débil destello de esperanza que surgió en su interior—.

Todavía puedo compartir todo este poder contigo, Irene. Te puedo conseguir lo que te mereces.

Mateo se detuvo a solo unos pasos de ellas, con un brazo extendido.

—Solo… tienes que entregarme el anillo.

—No lo hagas —soltó Masika. Mateo se volvió hacia ella como un resorte, con un brillo ardiente y furioso en la mirada—. Está mintiendo, Irene. No puedes creer nada de lo que diga. Él mismo nos lo acaba de confesar. Las sombras han consumido por completo su alma. No se puede confiar en él.

Pero Irene parecía absorta en sus pensamientos, mordiéndose el carrillo con nerviosismo y observándolos con desesperación. No podía estar valorando seriamente si hacerle caso. No pretendería volver a traicionarlos, ¿verdad?

La chica dio un paso adelante.

Masika profirió un grito ahogado.

—Irene. No.

Pero su amiga no la estaba escuchando. Irene tenía la mirada clavada en Mateo mientras se acercaba a él lentamente, con el anillo todavía guardado a buen recaudo en su puño. ¿Masika iba a tener que atacarla para detenerla? ¿ Podría hacerlo?

—Eso es, Irene —la alentó Mateo, animándola a que siguiese acercándose—. Entrégamelo. Reclama el poder que te corresponde.

Irene avanzó un paso más. Frente a ella, Mateo le tendió una mano, con los dedos temblorosos, y un brillo hambriento refulgiendo en su mirada.

Masika notó cómo sus propias piernas se movían también antes de que pudiese pensar siquiera en avanzar, con el pánico oprimiéndole el pecho.

Se preparó por si tenía que atacar, recurriendo a su magia a regañadientes.

Por favor, Irene.

No me obligues a hacer esto.

Y entonces, cuando Irene estaba a punto de entregarle el anillo, se detuvo.

Algo cambió de repente en su expresión.

Las lágrimas siguieron cayéndole por las mejillas, pero la tristeza que se había apoderado de su expresión tan solo unos minutos antes había desaparecido.

Sus labios se curvaron hasta esbozar una sonrisa burlona.

En su mirada refulgía un brillo desafiante y febril.