48 Masika
–¡¿
A DÓNDE NARICES ESTAMOS YENDO?! —gritó Olivier mientras abandonaban el Centro Elíseo y se adentraban a la carrera en el caos de la noche.
A lo lejos, cientos de Demien, Ascendidos y soldados de la Resistencia se arremolinaban por los terrenos de la academia, todos enzarzados en una sangrienta batalla.
Los gritos rasgaban la noche, y una sofocante nube de magia impregnaba el ambiente.
Las criaturas sombrías se deslizaban por el aire sobre sus cabezas, algunas de ellas sosteniendo cuerpos inertes entre sus garras.
—A la base —murmuró Masika entre jadeos—. Es el único lugar donde podríamos encontrar algo con lo que destruir el anillo. Eso sin mencionar que probablemente sea el lugar más seguro al que podríamos ir en este momento.
—Pero ¡tardaremos días en llegar hasta allí! —replicó Olivier, agachándose justo cuando un remolino de sombras se abalanzó sobre ellos, desde algún lugar a su izquierda. Agarró a Emilio del cuello del jersey y lo atrajo hacia sí—. No lo conseguiremos.
—¿Se te ocurre algo mejor? —le espetó Irene, levantando los brazos sobre su cabeza, frustrada.
Olivier vaciló por un momento, mordiéndose el carrillo con fuerza. Su mirada se desvió entonces hacia el norte, hacia el corazón de la batalla.
—Vale. —Sacudió la cabeza, dando su brazo a torcer—. Marchaos. Pero… yo me quedo.
—¿Qué quieres decir con que te quedas ? —le preguntó Masika.
—Los otros… —Olivier señaló hacia la biblioteca—. La Resistencia necesita a todos los que puedan luchando junto a ellos.
Emilio entrelazó su mano con la de Olivier.
—Si él se queda, yo también.
Irene pareció pararse a considerar sus opciones por un momento. Al final, acabó cediendo con un suspiro.
—Vale…, marchaos. Pero tenemos que irnos, ¡ya!
Tenía razón. A tan solo unos metros de distancia, justo delante de ellos, una horda de Demien se estaba acercando, con sendos ríos de sombras flanqueándolos a ambos lados.
Todavía tenían las miras puestas en el grupo de soldados de la Resistencia contra los que se estaban enfrentando, pero no tardarían mucho en descubrirlos, y entonces…
Entonces tendrían que unirse a la batalla.
Masika se lanzó hacia ellos, envolviendo a Olivier y a Emilio en un fuerte abrazo. Después se apartó de nuevo y les echó un último vistazo.
—Tened mucho cuidado.
Olivier asintió con la cabeza.
—Y vosotras también. —Señaló a Irene, en un gesto acusador, y la observó con los ojos entrecerrados—. Cuida de nuestra chica. Tráenosla de vuelta de una pieza. —Cuando Irene puso los ojos en blanco como respuesta, Olivier esbozó una sonrisa divertida.
Emilio se sorbió los mocos y se secó una lágrima rebelde con el dorso de la mano. Observó a Masika e Irene alternativamente, con los ojos bien abiertos y una mirada suplicante.
—¿Nos vemos luego?
Las dos chicas asintieron.
—Sí —le aseguró Masika—. Nos vemos luego.
Y, dicho eso, Emilio y Olivier se desvanecieron, desapareciendo bajo la nube oscura del hechizo de traslación que Olivier invocó.
Por un momento, Masika se quedó allí de pie, mirando fijamente el lugar donde habían estado los chicos.
La tristeza la golpeó de lleno, clavándosele en el corazón como una daga afilada.
Acababan de reencontrarse, por fin estaban de nuevo todos juntos, y ahora corrían el riesgo de volver a perderse los unos a los otros, y esta vez para siempre.
—Tenemos que irnos —le dijo Irene en un susurro.
Masika asintió con la cabeza. Tenía razón.
—Vámonos.
Irene la agarró con fuerza de la mano, y las dos se sumieron en la nube carmesí del hechizo de traslación que lanzó Irene, materializándose a tan solo unos cuantos metros de distancia de las puertas de Blackwood.
Y entonces echaron a correr.
No tenían ni idea de quién podría estar esperándolas ahí fuera.
La mayoría de la batalla se había ido desplazando lentamente hacia el interior de Blackwood, avanzando hacia las residencias y edificios principales, pero todavía había unos cuantos Demien acechando entre las sombras del bosque, esperando a quienes intentasen escapar.
Estaba a punto de sugerir que lanzasen un hechizo de invisibilidad para camuflarse cuando se percató de que Irene ya no estaba a su lado. Se había detenido a unos cuantos metros de distancia, y tenía la mirada clavada en el anillo que llevaba en la mano.
—¡Irene! —la llamó—. ¡Vamos! Tenemos que seguir.
Pero Irene se quedó donde estaba, como si sus pies hubiesen echado raíces, anclándola al suelo. Masika vio cómo negaba con la cabeza, con la cara desencajada por la confusión.
—Es imposible… —murmuró.
—¿Qué? —le preguntó. La batalla rugía con fuerza en la distancia, y Masika era plenamente consciente de que debían seguir moviéndose, de que tenían que poner toda la distancia que pudiesen entre la guerra que se estaba librando en Blackwood y ellas—. ¿De qué estás hablando?
—El anillo… —susurró, como si estuviese sumida en sus pensamientos—. Le perteneció al Desalmado.
—Sí —dijo Masika, exasperada—. Lo sé. Estaba ahí cuando Wren lo ha dicho.
Irene por fin apartó la mirada de la joya y sus ojos se posaron sobre Masika, tan afilados como la hoja de una guillotina. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un susurro tembloroso, con la incredulidad y el miedo reflejándose en su expresión.
—Entonces, ¿por qué tiene grabado el nombre de Mateo?
Masika parpadeó, desconcertada.
—¿Qué?
La chica sostuvo el anillo con delicadeza entre los dedos, tendiéndoselo a Masika. Cuando esta se acercó a ella y leyó el nombre que había grabado en el interior del anillo de latón, su mundo se tambaleó.
«Mateo Albano».
Masika alzó la vista hacia los ojos de Irene. El silencio se apoderó de todo lo que las rodeaba.
—¿Cómo es posible? —preguntó en un susurro.
—Mateo no es el verdadero director —respondió Irene con un escalofrío—. Y tampoco es el Desalmado.
Hizo una pausa y cerró la mano alrededor del anillo.
—Es ambos.
Pasos. El crujido de una rama al romperse. Una risa profunda y ronca.
Mateo Albano, el verdadero director de Blackwood…
, el Desalmado, se encontraba de pie frente a ellas, abriéndose paso a través de la oscuridad.
A su paso, el suelo pareció marchitarse bajo sus pies, con las briznas de hierba convirtiéndose en ceniza, y las plantas pudriéndose y transformándose en polvo.
Sus ojos, de un profundo azul zafiro que brillaba con fuerza en la oscuridad, se posaron sobre ellas.
Las sombras lo rodeaban, deslizándose de un lado a otro, a la espera de que les ordenase qué hacer.
—Te lo dije, Irene. —Su voz rezumaba poder—. Si me llamas…, acudiré a tu encuentro.
A Masika no se le pasó por alto la forma en que Irene pareció ponerse en tensión al verlo. Nunca la había visto tan dolida…, tan asustada.
Mateo se volvió entonces hacia Masika, y la observó con una curiosidad escalofriante.
—La famosa Masika Sallow. Por fin nos conocemos…
Masika se mantuvo firme y alargó un brazo frente a Irene en un gesto protector.
—Sabemos quién eres —le espetó, esperando sonar mucho más valiente de lo que se sentía—. Quién eres en realidad .
Mateo soltó una suave carcajada.
—No esperaba menos de vosotras. Ya sabéis, teniendo en cuenta el anillo que Irene lleva ahora mismo en la mano.
Irene se estremeció al oírlo pronunciar su nombre.
—No lo entiendo —murmuró—. Todo este tiempo…, ¿cómo has podido ser el verdadero director y el Desalmado a la vez?
—Porque esos no son más que nombres que se me han dado —respondió, encogiéndose de hombros, como si no tuviese importancia alguna—.
Títulos sin más. ¿Quién soy yo para dictar lo que la gente puede escribir o no en los libros de historia?
—Se acercó un poco más a ellas, con pasos lentos y deliberados—.
Era el verdadero director. Antes de que Silas se infiltrase en Blackwood y se hiciese con el control de la academia.
Pero para ese entonces yo ya había tenido la sensación de que algo estaba cambiando.
De que alguien me iba a traicionar. Así que me anticipé.
—El mapa —susurró Masika—. Dejaste unas cuantas llaves que se suponía que debían servir para liberar un fragmento de tu alma. Pero en tu tumba no había nada.
De repente, todo se quedó en silencio. Mateo las observó alternativamente, con expresión solemne. Cuando habló, lo hizo esbozando una pequeña sonrisa…, teñida con un toque de melancolía.
—Silas era mi amigo. ¿Lo sabíais?
Masika se estremeció.
—¿Qué?
—No llegó a la academia con la intención de destruirme —les explicó—.
La historia no ocurrió tal y como os la han contado, al menos, no del todo.
Hay muchos detalles que desconocéis. Silas era meticuloso.
Brillante, la verdad. —Mateo soltó una carcajada amarga—.
¿Os habéis fijado en cómo su aspecto siempre suele…
cambiar ? ¿Cómo era imposible discernir su edad?
—Junto a ella, Irene asintió con la cabeza de forma casi imperceptible—.
Es por la magia que robó. Cuanto más pierde el control, más le arrebata Blackwood.
Cuando le conocí, hace ya tantos siglos, no era más que un chico. Más o menos de vuestra edad.
A Masika le bajó un escalofrío por la espalda. Aquello era imposible…
Mateo siguió hablando, acercándose más y más a ellas.