Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 47 Wren #3
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47 Wren #3

Dejó escapar un gemido agonizante y se llevó una mano al pecho.

Ese dolor… era peor que cualquier herida física.

Que cualquier lesión que hubiese podido sufrir.

Era el dolor de saber que daba igual lo que hiciese, jamás podría reparar el daño que había causado.

Las sombras que se deslizaron por sus venas le suplicaron que las dejase salir, que les permitiese acallar todos esos recuerdos.

Había logrado abrirse paso a través de ellas, salir de nuevo a la superficie, pero estaba débil, y sabía que, en cuanto dejase caer de nuevo sus defensas, la oscuridad la reclamaría de nuevo.

Pero todavía había algo que podía hacer. Un último acto de rebeldía.

Alargó las manos hacia el montón de cenizas que tenía al lado, hacia lo que quedaba del alma de Silas, pero no pudo llegar hasta él, y soltó un grave gruñido frustrado que surgió de lo más profundo de su garganta. August la observó con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿Qué necesitas?

—El anillo —jadeó, encogiéndose sobre sí misma cuando otra oleada de dolor la recorrió de la cabeza a los pies, como si unas afiladas garras le estuviesen desgarrando las entrañas, rasgándole los ligamentos.

En su cabeza solo oía gritos. Oía su miedo.

Y todo era culpa suya. Todo—. Le pertenecía al Desalmado.

No podéis permitir que se lo ponga. No podéis dejar que libere lo que hay dentro.

¿Crees que puedes detenerme, mi dulce catalizadora? ¿Que puedes remediar lo que has hecho?

Pero Wren ignoró la voz burlona del Desalmado.

Entonces, por fin, sus dedos encontraron el anillo bajo aquel montón de cenizas.

Lentamente, abrió la mano y, sobre su palma, refulgiendo con un brillo esmeralda, se encontraba el anillo de latón que tenía grabado el nombre del Desalmado.

August ni siquiera lo dudó, le arrebató el anillo y cerró la mano con fuerza a su alrededor.

—Vete… —murmuró Wren—. Tienes que encontrar la forma de destruirlo.

—No pienso abandonarte.

—Tienes que hacerlo. Tienes que huir. —Wren notó cómo se le rompían las costillas. Cómo la columna se le doblaba en un ángulo antinatural. Ya no existía ninguna barrera que la protegiese del dolor. Aquel era su castigo, y las sombras no se detendrían hasta que volviese a doblegarse ante ellas.

Mmmm. ¿Puedes sentir cómo mis manos te desgarran el alma, mi dulce catalizadora? ¿Cómo te rompen en pedazos? ¿Puedes sentir cómo tus recuerdos te atormentan? ¿Cómo el dolor te tortura? Déjame quitártelo, Wren. Déjame volver a entrar.

Wren profirió un grito ronco al notar cómo algo se deslizaba de vuelta en su interior. Quería arrancarse la piel. Abrir su cuerpo en canal y sacar aquella oscuridad purulenta a la fuerza. Quería… Necesitaba que el sufrimiento acabase de una vez.

Los ojos gris pizarra de August la observaban presos del pánico.

Por un momento, Wren creyó que había logrado convencerlo, al ver cómo la miraba con determinación, pero entonces August se giró y lanzó el anillo al aire, directamente hacia Irene, quien lo atrapó al vuelo con un grito ahogado, sorprendida.

—Marchaos —les ordenó August, paseando la mirada entre ellos—. Encontrad un modo de destruirlo.

Los demás vacilaron por un momento. Y todos bajaron la mirada hacia Wren.

Ella se las apañó para esbozar una sonrisa triste y tensa, y asentir débilmente con la cabeza para animarlos.

—No pasa nada —murmuró, con voz débil y entrecortada—. Marchaos.

Y entonces los cuatro se dieron la vuelta y abandonaron el despacho a la carrera, regresando al caos de la batalla.

Los encontraré. Y los haré pedazos.

Wren se estremeció. No le daría al Desalmado la satisfacción de responderle siquiera.

En cambio, mantuvo la mirada clavada en August. Se grabó su rostro a fuego en la memoria, imprimiendo cada detalle en lo más profundo de su alma.

En ese lugar donde nadie podría encontrarlo jamás. Ni siquiera el Desalmado.

—No me queda… mucho tiempo.

August le tomó las manos con fuerza y se las llevó a los labios, depositándole suaves besos en los nudillos.

—A decir verdad… —August hizo una mueca de dolor, y entonces Wren se fijó en lo agotado que parecía. Unas profundas y violáceas ojeras le enmarcaban la mirada. Las venas negras le recorrían el rostro y desaparecían después bajo el cuello de su camisa—. A mí tampoco.

Ladeó la cabeza, confundida, pero entonces, cuando comprendió lo que August le estaba queriendo decir, fue como si le hubiesen arrancado de nuevo el alma.

Las sombras… lo estaban consumiendo. Había usado demasiada magia sombría.

Se había condenado a sí mismo.

Wren solo logró articular una pregunta.

—¿Por qué?

August sonrió, pero un brillo apenado refulgió tras sus ojos grises.

—¿Tú por qué crees?

Wren tuvo que contener un sollozo. Se sentía como si todo su cuerpo estuviese en llamas, como si le estuviesen retorciendo las entrañas, sumida en una agonía insoportable, como si un fuego abrasador estuviese consumiendo cada centímetro de su alma y, sin embargo, esbozó una sonrisa.

Alzó una mano hacia el rostro de August, luchando contra el dolor que amenazaba con consumirla, y acunó su mejilla con suavidad.

Él cerró los ojos y se entregó por completo a su caricia.

En ese momento, Wren dejó de tener miedo. Dejó de temer a las afiladas garras del olvido. Dejó de temer a la oscuridad que la esperaba si permitía que las sombras los devorasen.

Porque, si así era como su alma estaba condenada a perderse en el olvido, como todo llegaría a su fin, mientras miraba a August, al chico al que amaba , entonces, que así fuera .