47 Wren
E l monstruo en el que Wren Loughty se había convertido se adentró en el despacho del director Silas.
A cada paso que daba, los viejos tablones de madera bajo sus pies se oscurecían y pudrían, dejando tras de sí un río de podredumbre.
Pero Silas ni siquiera se sorprendió. Se quedó sentado detrás de su escritorio, observándola atentamente.
En su mano, sostenía una pequeña caja.
—Esto es lo que estás buscando, ¿verdad?
—Su voz rompió el silencio que reinaba en la estancia.
Dejó la caja sobre el escritorio y las sombras que le corrían a Wren por las venas ronronearon de placer.
Pero antes de que pudiese alargar una mano hacia ella y tomarla, Silas se la arrebató.
Se puso de pie lentamente, sin dejar de mirar a Wren en ningún momento.
Había algo ardiendo con fuerza tras sus ojos marrones oscuros.
Una pequeña y casi inexistente parte de Wren reconoció lo que refulgía en su mirada.
Lo comprendió. Pero esa cosa en la que se había convertido, ese monstruo parásito, no le prestó atención siquiera.
— Dámela.
Cuando Wren habló, su voz y la del Desalmado se entremezclaron, surgiendo de entre sus labios como un gruñido ronco y distorsionado que sacudió las paredes del despacho con una fuerza invisible.
Silas se quedó observándola fijamente, como si estuviese evaluándola con esa mirada ; esa mirada repugnante y patética.
¿Qué se escondía detrás de esos ojos? En el fondo, Wren lo sabía. Y, sin embargo…
Silas rodeó el escritorio. Y lo que dijo a continuación la hizo arder de rabia.
—¿Qué te ha hecho?
Wren ladeó la cabeza. Cuando se rio, los cristales de las ventanas se estremecieron con sus carcajadas.
— El Desalmado no me ha hecho nada. Fuiste tú quien me convirtió en esto. Fue tu corrupción. Tu traición.
—¿Es que ha arraigado su alma tan profundamente en la tuya que ya no eres capaz de ver las cosas con claridad?
— ¿Cómo te atreves ? —le espetó Wren. Las sombras se expandieron a su alrededor, retorciéndose por el aire y saliendo disparadas en todas direcciones.
—No… —murmuró Silas, negando con la cabeza.
Si le preocupaba lo más mínimo aquella demostración de poder, no lo pareció en absoluto—.
Tienes razón. No soy ningún santo, Wren Loughty.
Más bien todo lo contrario. Soy un hombre enfermo que se está ahogando en su propia avaricia.
Lo único que hago es tomar más, y más, y más poder, y, sin embargo, no es suficiente.
Nunca será suficiente. —Se le quebró la voz al hablar y se acercó un poco más a ella—.
Dime. Si destruyes Blackwood…, ¿qué surgirá en su lugar? ¿Más destrucción? ¿Más caos?
— Algo puro —respondió sin vacilación— . Algo que esté libre de tu corrupción.
Silas ladeó la cabeza.
—No lo creerás en serio…, ¿no, Wren?
La voz del Desalmado rugió en su interior.
TRÁEMELO .
—Wren. —El director le tendió una mano suplicante—. Mírame.
Pero Wren no podía apartar la mirada de su otra mano.
De la cajita que sostenía. La llamaba. Le pertenecía a ella.
Les pertenecía a ellos . Silas debió de intuir entonces que daría igual lo que dijese, no podría hacerla entrar en razón.
Daba igual lo mucho que se lo suplicase o tratase de apaciguarla, Wren no daría su brazo a torcer.
—Vi que tenías potencial…, ¿tan mal estuvo lo que hice?
Al oírle decir aquello, Wren alzó la vista hacia su rostro. Y soltó un gruñido distorsionado como respuesta.
— Me arrebataste la vida.
—Y a cambio de ti todo esto . —Barrió la estancia con un gesto de la mano. Las sombras que brotaban del interior de Wren—. Magia. Poder. Un propósito .
Se acercó un poco más a ella. Lo suficiente como para que Wren pudiese quitarle la caja de las manos si se le presentaba una oportunidad.
—La grandeza nace del sacrificio —susurró con reverencia—.
¿De verdad te arrepientes? ¿De verdad desearías no haber experimentado nunca esta existencia?
—Wren consideró su pregunta por un momento.
Una parte de ella vaciló, pero la acalló rápidamente, reprimiéndola aún más en su interior—.
Sé cómo te hace sentir la magia. Cómo te llama.
—Silas se llevó la mano libre al pecho—.
Yo te entregué eso. Yo te concedí esa libertad.
Silas tenía razón. Wren nunca se había sentido más completa, más ella misma, que cuando había experimentado el poder de la magia por primera vez.
Cuando esas primeras y poderosas gotas de magia le habían comenzado a correr por las venas al cruzar las puertas de la Academia Blackwood.
Pero Silas también se equivocaba. Porque, aunque Wren sabía que la magia que le había sido concedida nada más llegar a Blackwood le había ofrecido un propósito, también sabía que habría estado dispuesta a renunciar a todo eso con tal de recuperar a su hermana.
— No haces más que robar, y robar, y robar … —susurró, con la cabeza ladeada— . Y ahora me toca a mí.
Sus sombras se lanzaron al ataque. Pero Silas se movió con rapidez, respondiendo con su propio escudo de luz. Se encontraron a medio camino, formando una ardiente explosión de magia; las sombras y la luz se enfrentaron en un delicado equilibrio al borde de la destrucción.
El director de la Academia Blackwood era fuerte…, pero la catalizadora de la destrucción lo era mucho más .
Wren siguió presionando. Sus sombras se abalanzaron sobre el escudo de Silas, hasta que consiguieron abrir una grieta a un lado.
Y después otra. Y otra . Con cada paso que avanzaba, las defensas de Silas se iban debilitando, Wren le iba robando lentamente los poderes.
Bajó la mirada hacia la caja que el director seguía teniendo en la mano, y un hambre salvaje y voraz se abrió paso en su interior al imaginarse el anillo que sabía que se escondía en su interior.
Alargó un brazo hacia él y las sombras que surgieron de su interior contuvieron a Silas, al tiempo que invocaba otro remolino de sombras para que fuesen a su derecha y se enrollasen alrededor de la caja, antes de lanzarla hacia ella.
Wren la atrapó al vuelo con la mano libre.
Cuando Silas se percató de lo que había hecho, profirió un grito ronco, y los ojos se le abrieron como platos por culpa del miedo.
— ¡No lo hagas!
En cuanto la caja rozó la mano de Wren…, lo sintió. Esa conexión. Esa llamada. La caja conocía su alma…, la reconocía. Desabrochó el cierre, la abrió lentamente y dejó caer el anillo que contenía sobre su palma.
—¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo! —rugió Silas, apretando los dientes, mientras trataba de zafarse a la desesperada de la oleada de sombras que lo retenía.
Wren soltó una risita amarga y cerró la mano alrededor del anillo.
— Yo creo que sí .
ACABA CON ÉL.
Y eso haría…, encantada.
Pero antes de que pudiese ordenarles a sus sombras que atravesasen el alma de Silas, que derribasen su escudo de luz de una vez por todas, una voz se abrió paso a través del caos, haciéndose oír por encima del rugido del viento.
Una voz que habría reconocido en cualquier parte.
—¡WREN!
August había irrumpido en el despacho del director, llamándola a gritos, derribando la puerta con una explosión. Y no estaba solo. Otros cuatro alumnos aparecieron justo detrás de él, tan solo unos segundos más tarde. Cuatro alumnos a los que conocía muy bien.
Olivier. Emilio. Irene. Masika.
Estaban todos… allí .
Pero aquello era imposible. No deberían estar allí.
De repente, algo despertó en su interior.
Una voz desesperada que no dejaba de gritar, tratando de abrirse paso a través de su cabeza.
¡DÉJAME SALIR! , parecía chillar sin parar.
Pero aquella no era la voz del Desalmado.
Era la de… ¿La de quién? Le resultaba muy familiar.
Podría haber jurado que la conocía. Sonaba amortiguada, como si las sombras que se retorcían en su interior la estuviesen ahogando, pero, aun así, logró oír su grito entrecortado, la desesperación que resonaba con impotencia en su interior.
Por favor. Basta ya.
Y entonces lo supo. Esa voz. Esa súplica desesperada.
Era la suya .
— Vete —gruñó Wren. Ya ni siquiera estaba segura de con quién estaba hablando, si se había dirigido a los intrusos que tenía enfrente o si se lo estaba diciendo a esa voz, a esa parte obstinada de sí misma que seguía aferrándose a su mente, suplicando que la dejase salir—.
Tus actos tan solo te traerán más sufrimiento.
—Por Dios… —Irene se quedó pálida. Observó a Wren como si la estuviese viendo por primera vez—. Te has vuelto loca de verdad.
—Wren. —Emilio pronunció su nombre con delicadeza, lentamente, levantando las manos para tratar de apaciguar su ira—. Hemos venido a ayudarte.
La voz del Desalmado rugió con fuerza en su interior.
NO LES HAGAS CASO.
Wren apartó la mirada del grupo con un gruñido, y la clavó de nuevo en Silas.
— ¡¿Tenéis siquiera alguna idea de lo que hizo?! —Se le rompió la voz, y un rugido disonante se entremezcló con sus palabras— . ¡Jugó a ser Dios con nuestras almas! ¡Es un asesino !
Entonces, por fin, Silas perdió la compostura. Su rostro se contorsionó en una mueca furiosa. De rabia.
—¡Os he dado a todos lo que queríais! ¡Y lo sabéis! ¡Porque todos deseabais esto!
Algo dentro de Wren se quebró de repente.
Una fuerza furiosa se despertó en su interior.
Esa voz . Se abrió paso con uñas y dientes hasta la superficie, aunque solo durante una fracción de segundo, pero, aun así, cuando Wren volvió a hablar, fue su voz la que surgió de entre sus labios. No la del Desalmado.
Solo la suya .
—¡MATASTE A MI HERMANA!