45 Irene
P or suerte, había conseguido despertar a Masika del todo con otra rápida bofetada. Las dos habían salido de las mazmorras a trompicones, y se habían teletransportado a la primera planta de la residencia de los Ascendidos. Pero, una vez allí, ninguna parecía saber cómo proceder.
La batalla seguía desarrollándose cerca de los muros de la academia, junto a los principales puntos de acceso, aunque había comenzado a desplazarse lentamente hacia el norte, hacia la biblioteca.
Irene se acercó a la ventana a la carrera y observó el caos que estaba teniendo lugar al otro lado del cristal.
A tan solo unos cuantos metros, una horda de Demien se había abierto paso a través de los terrenos de la academia, y el grupo iba flanqueado por varias criaturas sombrías.
El hedor pútrido de la sangre y la violencia lo impregnaba todo.
La mayoría de los alumnos de Blackwood se habían encerrado en sus dormitorios, aunque unos cuantos habían decidido salir y unirse a la batalla para ayudar a los Ascendidos, decididos a proteger los sagrados pasillos de la academia.
Pero, de todos modos, se encontraban claramente en inferioridad numérica.
La única ventaja con la que contaban eran Silas y los demás directores de las casas.
Su poder era el único capaz de igualar al de los Demien, ya que podían hacer uso de la magia ancestral para destruir sus oscuras almas con tan solo un giro de muñeca.
—¿A dónde vamos ahora? —jadeó Masika, llevándose una mano a los ojos para protegerse de la nube de magia sombría que se había filtrado en el interior de la residencia, a través de las grietas de las ventanas.
Irene hizo una mueca al oír lo agotada que sonaba.
Debía de tener la garganta en carne viva de tanto gritar.
De las horas y horas de tortura a las que Silas la había sometido.
Mientras yo me quedaba de brazos cruzados.
—Masika.
Su nombre surgió de entre los labios de Irene antes de que le diese tiempo a morderse la lengua.
Cuando sus miradas se encontraron, la expresión de Masika se dulcificó. Como si ya supiese lo que quería decirle con solo mirarla.
—Sabes que te perdono, así que mejor nos ahorramos las disculpas, ¿te parece?
Pero aquello no bastaba. No era suficiente. Irene se merecía que la odiase.
Grítame. Pégame. Haz algo.
—Yo no… —Negó con la cabeza y tragó saliva con fuerza—.
Jamás debería haber… —Pero las palabras se le atoraron en la garganta, formando un nudo inamovible.
Bajó la mirada hacia el suelo. ¿Por qué nunca podía hacer lo correcto?
¿Por qué no era capaz de dejar a un lado su maldito orgullo y pedir perdón?
Una mano le tomó con delicadeza la barbilla, obligándola a volver a alzar la mirada.
Masika le dedicó una sonrisa.
—Lo sé, Irene. Lo sé.
La mirada de la chica dejaba bien claro que la había perdonado, y aquello la estaba ahogando.
Porque no se merecía su perdón. No se la merecía a ella .
Pero no quería seguir insistiendo con el tema, lo cierto era que ni siquiera estaba del todo segura de ser físicamente capaz de seguir hablando de ello, así que se limitó a asentir con la cabeza y tragó saliva con fuerza para tratar de deshacerse del nudo que se le había formado en la garganta.
—Supongo… —soltó Irene, con voz ronca—. Deberíamos ir a buscar a tus amigos. A la gente con la que estás colaborando.
Masika asintió.
—Seguro que Catherine y Dina están por aquí, en alguna parte…
—¿Catherine? —Irene abrió los ojos como platos por la sorpresa—. ¿ Esa Catherine?
Masika se puso extrañamente nerviosa.
—Eh…, sí. —Se sonrojó y esbozó una sonrisa tímida—. Esa Catherine.
Nunca la había visto sonreír así y, a pesar de la situación en la que se encontraban, no pudo evitar devolverle la sonrisa. Quería verla esbozar esa sonrisa así más a menudo. Por una vez, quería que fuese feliz, porque se lo merecía más que nadie.
—Genial, entonces. —Irene asintió con la cabeza—. Vamos a encontrar a tu chica.
Pero, antes de que pudiese darse la vuelta siquiera, las enormes puertas dobles que daban acceso al vestíbulo principal se abrieron de par en par, y una ráfaga de viento gélido se adentró en el interior de la residencia de los Ascendidos.
Entonces se oyó el ruido sordo de unos pasos. Una cacofonía de gritos sorprendidos.
Hubo un instante de confusión. De total y absoluta incredulidad.
—Pero ¿qué… demonios?
Emilio y Olivier se encontraban de pie en el umbral.
Los dos parecían igual de sorprendidos, con sus expresiones oscilando entre la confusión y una felicidad desenfrenada.
Y entonces echaron a correr, casi tropezando con sus propios pies cuando se lanzaron sobre Masika.
Se tambalearon y se balancearon de un lado a otro mientras se abrazaban con fuerza.
—Por Dios. —Emilio se apartó de ellos y acunó el rostro de Masika entre sus manos—. Estás aquí. Has conseguido escapar. Tienes… —Se quedó callado de golpe y la observó detenidamente de arriba abajo, con los ojos entrecerrados—. Tienes un aspecto horrible.
Masika soltó una sonora carcajada, aunque a Irene no se le pasaron por alto las lágrimas que le anegaron los ojos.
—Hola a ti también.
Olivier prácticamente hizo a Emilio a un lado de un empujón, antes de agarrar a Masika con fuerza de los hombros y cubrirle la frente de besos mientras la chica no podía parar de reír y fingía intentar apartarlo de un manotazo.
—Eres. — Beso—. Una. — Beso —. Mujer. — Beso —. Maravillosa. — Beso .
—Vale. Ya basta . —Masika puso los ojos en blanco—. Estáis locos por mí. Lo pillo.
Olivier se volvió de pronto hacia Irene.
—Hola a ti también. —Le dedicó una sonrisa genuina, aunque un poco tensa—. Me alegro de ver que al final has entrado en razón.
Irene se removió nerviosa en su siento.
—Me… Eh… Me alegro … de volver a veros.
—Cuidado, Irene —bromeó Olivier—. No querrás que piense que te caigo bien de verdad, ¿no?
Irene frunció el ceño.
—¿Sabes? Esta suele ser la parte en la que tendrías que decir: «Ay, vaya, gracias, Irene, yo también me alegro de…
» —Pero sus palabras se vieron interrumpidas cuando Emilio se acercó a ella y la envolvió con fuerza entre sus brazos.
Todo su cuerpo se puso de repente en tensión, aunque no hizo ningún amago de apartarlo.
De hecho, una diminuta parte de ella tan solo deseaba devolverle el abrazo.
Pero sus brazos no se lo permitieron del todo, así que se conformó con darle una torpe palmadita en el hombro.
El chico le dedicó una sonrisa de oreja a oreja cuando se apartó de ella.
—Gracias.
Irene se estremeció.
—Pero si yo no he hecho nada.
—Has ayudado a Masika. La has salvado.
Retrocedió como si la hubiesen golpeado.
—Vale. No seas tan exagerado.
La sonrisa de Emilio tan solo se ensanchó ante su evidente incomodidad.
—Eres una heroína .
A Irene le entraron ganas de vomitar.
—Muy bien, ya basta, o si no puede que retome eso de tramar cómo acabar con todos vosotros.
Masika observó atentamente a los dos chicos.
—No lo entiendo. ¿Cómo habéis llegado aquí tan rápido?
—Nos, eh… —Olivier carraspeó con fuerza—. August nos ha echado una mano.
Irene abrió los ojos de par en par.
— ¿August?
—Está de nuestro lado —les explicó Emilio con cautela—. Tan solo renunció a su humanidad para tratar de rescatar a Wren. La… La Orden de los Demien la secuestró. Porque ella es la catalizadora. La que, según la profecía, destruirá Blackwood.
Masika soltó una risa burlona.
—Y una mierda.
Olivier levantó los brazos en alto en un gesto exagerado.
—¡¿Verdad?! ¡Yo dije exactamente lo mismo cuando me enteré!
Irene hizo una mueca.
—Cierto, se me había olvidado mencionar ese pequeño detalle.
Masika se volvió hacia ella como un resorte, con los ojos como platos.
—¿Tú también lo sabías? ¿Y no me lo contaste?
—Es que estaba demasiado ocupada salvándote —respondió a la defensiva, en un murmullo.
Olivier carraspeó con fuerza para llamar de nuevo la atención de Masika.
—Pero… ya es demasiado tarde. Wren se ha ido.
Ahora solo queda la catalizadora. Su cuerpo no es más que una marioneta que el Desalmado está usando para llevar a cabo su venganza.
August ha ido a buscarla. Creo… Creo que todavía tiene la esperanza de que exista alguna forma de llegar hasta ella, de que Wren siga ahí dentro. De que haya alguna manera de detenerla.
Una explosión resonó en la distancia. Los cristales de las ventanas del vestíbulo se estremecieron. Masika, que había estado hasta ese momento apoyándose en Olivier para sostenerse, echó un vistazo a su alrededor, observando a sus amigos.
—Bueno. —Carraspeó para aclararse la garganta—. ¿Y cuál es el plan?
—A ver… —Olivier entrelazó las manos—. Teníamos planeado resucitar al verdadero director para que nos echase una mano, aunque todos sabemos que ese plan se fue al garete en cuanto entramos en su tumba y nos dimos cuenta de que el sarcófago estaba vacío.
Así que supongo que nuestra siguiente mejor opción es ir a buscar a August e intentar ayudarle a liberar a Wren del control del Desalmado.
Creo que se marchó hacia el Centro Elíseo.
Seguramente podríamos llegar hasta él a tiempo si nos trasladásemos hasta allí…
—Perdón por interrumpir, pero ¿estabais planeando hacer qué ? ¿Resucitar a quién ? —Irene se había puesto blanca como la cera mientras intentaba asimilar lo que acababa de escuchar.
—Eso ya no importa —murmuró Olivier, con un gesto displicente de la mano—. Porque hemos fracasado. Estrepitosamente. Así que ahora vamos a tener que luchar.
—Y una mierda —soltó Irene—. Podemos huir. August puede encargarse de Wren él solito. ¿Por qué tenemos que involucrarnos?
—¿Y a dónde se supone que iríamos? —insistió Olivier—.
Si el Desalmado y su nueva marioneta se salen con la suya, quién sabe lo que quedará del más allá cuando arrasen con todo.
Si la mera presencia de Silas en el purgatorio ya basta para alterar el equilibrio del Éter, imagina lo que ocurriría si Blackwood desapareciese.
Si las almas de miles de alumnos inocentes fuesen destruidas.
Mierda . Olivier tenía razón. ¿Qué sentido tenía huir si no tenían ningún lugar al que ir ?
—Vale, bien… —Se devanó los sesos, tamborileando con los dedos sin descanso sobre sus brazos—.
Tengo guardados en mi habitación unos cuantos diarios que podrían sernos de ayuda.
Antes de que ocurriese todo esto, antes del Decenio , estaba trabajando con un Demien.
El cabrón me mintió. Pero a lo mejor encontramos algo en sus diarios que pueda servirnos.
Alguna clase de información de la Orden de los Demien que pueda darnos un poco de ventaja.
»Se llama Mateo… —Sacó el pequeño espejo que llevaba guardado en el bolsillo de la chaqueta y se lo mostró a los demás.
Abrió el broche e hizo memoria para evocar el recuerdo del rostro de Mateo, y el reflejo se transformó lentamente, mostrando lo que había grabado hacía tan solo unos días, cuando estaban juntos en el patio de la academia—.
Silas me regaló este espejo encantado. Puede grabar y reproducir recuerdos.
Tal vez, si alguno de nosotros lo ve, podríamos intentar convencerlo de…
—¿De dónde demonios has sacado esto? —le espetó Olivier, interrumpiéndola.
Irene parpadeó, desconcertada por el repentino tono hostil que había adoptado su voz.
—¿Es que no me estabas escuchando? Acabo de explicaros que Silas me lo regaló.
Pero, cuando Irene alzó la mirada, no se encontró solo con Olivier observándola anonadado. Emilio también estaba contemplando el reflejo con los ojos como platos y boquiabierto por la sorpresa.
—Vale… —murmuró—. ¿Podéis explicarme por qué tenéis cara de haber visto un fantasma?
—¿Has dicho que lo conoces ? —le preguntó Emilio, con voz temblorosa.
—Por el amor de Dios. —Puso los ojos en blanco y soltó un gruñido frustrado—. ¿En serio me vais a hacer repetirlo todo? Sí . Se llama Mateo. Es un Demien. Me utilizó para conseguir información sobre Blackwood y después me abandonó en cuanto le entregué lo que quería…
—No es ningún Demien —la interrumpió Olivier, que se había quedado imposiblemente quieto.
—¿Qué narices estás diciendo? —soltó Irene, y se le formó un nudo de pánico en la garganta—. Pues claro que lo es. Él mismo me lo demostró. Puede utilizar la magia sombría. Y tiene acceso a toda la información de la Orden. Hablaba con sus generales todos los días.
Olivier negó con la cabeza.
—No lo es. No puede serlo.
Irene soltó un suspiro frustrado.
—En serio, ¿a qué demonios viene todo esto?
Olivier se llevó una mano a un bolsillo y sacó un pequeño trozo de pergamino rasgado y arrugado.
Había un rostro dibujado encima.
Uno que Irene conocía demasiado bien.
—¿Por qué narices tienes un retrato de Mateo? —le preguntó.
—Porque ese no es Mateo —respondió Olivier en un murmullo. Sostuvo el retrato junto al espejo de Irene, al lado del reflejo de Mateo, colocando los dos rostros idénticos el uno junto al otro—. Es el verdadero director.
—No. —Se tambaleó hacia atrás como si la hubiesen golpeado, negando con la cabeza—. No.
—No lo entiendo —murmuró Masika, confusa—. ¿Estás diciendo…? ¿Estás diciendo que son la misma persona?
Emilio soltó un suspiro tembloroso.
—Eso parece, desde luego.
—No —repitió Irene, alzando las manos—. No puede ser. Es imposible .
Olivier se guardó el trozo de papel en el bolsillo.
—Irene. Sé que parece imposible, pero acabas de verlo con tus propios ojos…
Pero Irene no le estaba prestando atención. El pánico se había apoderado de ella mientras intentaba encontrar cualquier motivo razonable que le permitiese negar lo que acababa de ver.
—Mateo no puede ser el verdadero director —murmuró—.
No…, no puede. Estuve con él todos los días.
Os aseguro que podía invocar magia sombría.
¿Por qué iba a haber renunciado a su humanidad el verdadero director?
¿Por qué iba a convencerme de que tenía que ayudarle a destruir las salvaguardas de Blackwood para que los Demien pudiesen acceder a los terrenos de la academia?
Olivier soltó una carcajada seca y burlona.
—Tal vez deberíamos preguntarnos mejor cómo demonios logró resucitar sin la ayuda de nadie.
—A lo mejor no lo hizo solo —sugirió Emilio—. Quizás alguien sí que le ayudó.
Irene se estremeció solo de pensarlo.
—Mirad. —Masika suspiró con fuerza para tratar de calmarse—. Eso ahora ya no importa. Esté dónde esté, sea quién sea en realidad , no está aquí. Y, a menos que uno de nosotros sepa cómo encontrarlo por arte de magia, en este momento, es el menor de nuestros problemas.
—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos? —preguntó Olivier.
—¿Quién es realmente la única persona que podría destruir Blackwood? ¿La única de la que depende el plan de los Demien?
Irene soltó un gruñido frustrado.
—La maldita Wren Loughty.
—Entonces, tenemos que encontrarla —concluyó Masika—. Tenemos que encontrarla y detenerla .